13.
La pérdida—Lo siento muchísimo, Ellen. —Gracias por venir.
—John era un hombre maravilloso, le echaremos de menos.
—No me lo puedo creer… ¿Qué voy a hacer sin él? —suspiré reteniendo de nuevo las lágrimas—. Se ha ido muy pronto…
Muchos eran los que acudieron a casa para despedir a mi marido. Tan sólo tenía cuarenta y seis años y un infarto me lo había arrebatado.
Me dejaba viuda tan joven… y con dos hijas ya casi adultas, pero necesitando a su padre más que nunca.
Sentí cómo el alma salía de mi cuerpo al descubrir a mi marido en el lado opuesto de la cama ya sin vida. Aquella noche se fue a dormir con una cierta molestia en el pecho que achacó a la ansiedad en el trabajo: John estaba muy estresado en su empresa, trabajaba unas quince horas al día y yo tenía el convencimiento desde hacía mucho de que tanta dedicación le acabaría pasando factura.
—Llamemos al doctor Roof cariño —sugerí a sabiendas que las cosas no pintaban bien.
—Es sólo un poco de presión, nada que no cure una pastilla —contestó. Se la tomó con un poco de agua, besó mi frente y se metió en la cama. —Te quiero, Ellen. Que duermas bien —fueron sus últimas palabras. Esa mañana al comprobar que John no contestaba y estaba frío supe de inmediato que mi vida iba a dar un giro de ciento ochenta grados.
Llegó el doctor que certificó su muerte. Fue todo un caos… Por suerte las niñas, mis gemelas, que ya estaban en la universidad no presenciaron la escena: hubiera sido terrible para ellas.
Mi suegro, mi hermana y mi ex cuñado se encontraban todos en casa apoyándome en tan delicado momento.
Conocí a John en secundaria, éramos unos críos y ya llevábamos treinta años juntos. Nuestra boda fue maravillosa, en una playa de Hawaii… e íbamos a renovar nuestros votos ese mismo año, pero no pudo ser pues la fría
muerte se cruzó en nuestro camino demasiado pronto, teniendo todavía muchos sueños por cumplir.
Estaba segura de que John sabía que algo no iba bien, pues unos meses atrás quiso dejar todo bien atado e hizo testamento, cosa la cual no le había pasado jamás por la cabeza siendo tan jóvenes. Sin embargo, nunca pensé que me dejaría tan pronto y de manera tan abrupta. Ha sido lo más bonito y a la vez lo más duro que me ha pasado en la vida: John.
Éramos incansables viajeros y cada año solíamos ir al extranjero un par de veces, especialmente por el sudeste asiático. Estábamos enamorados de sus paisajes, de sus gentes, de su comida… Incluso nos habíamos planteado en más de una ocasión adoptar un tercer hijo, pero al final no pudo ser. Se nos esfumaron todas las oportunidades el día en que murió. Ya no podríamos hacer planes juntos, no iríamos cogidos de la mano cuando fuéramos dos viejecitos tal y como soñábamos… Me quedé sola, muy sola y muy triste.
Mi mitad exacta partió hacia un destino sin retorno en el que yo no le acompañaría, pero nos volveríamos a reencontrar algún día… Al principio quise que fuera más pronto que tarde, aunque luego pensando en nuestras hijas, sabía que mi deber, por John, era estar con ellas todo el tiempo posible y verlas evolucionar en la vida, el máximo que se me permitiera.
Fantaseábamos mucho con ello… el día que las viéramos licenciarse, casarse, tener hijos…
Los primeros meses sin él, el amor de mi vida, ni siquiera me lo creía. Aún me llegaba el aroma de su colonia en ciertos momentos e incluso por las noches notaba su presencia en mi cama, o el roce de su mano con la mía cuando veía la televisión desde el sofá.
Doné los bonitos trajes y todas sus pertenencias a la beneficencia, como John hubiera querido. Me costó muchas semanas hacerlo… Despojarme de sus cosas fue muy duro hasta que no me di cuenta de la cruda realidad: John no iba a volver jamás.
Las chicas volvieron a la universidad y la casa se me quedó muy grande. Mi hermana menor se vino a vivir conmigo a las pocas semanas; Sue está divorciada y no tiene hijos. Le agradecí sobremanera el gesto, pues mi hogar se me caía encima y el vacío que había dejado la pérdida de John era demasiado para mí.
Yo no trabajaba. Tras licenciarme en psicología nos casamos y pronto llegaron las chicas: Hayley y Courtney, nuestras dos princesas, de lo que más orgullosa me siento. Ambas son chicas maravillosas y, cómo no, al ser
gemelas no se separaban nunca. Hasta estudiaban en la misma universidad, aunque hacían carreras distintas: Courtney iba para economista y Hayley para abogada.
Pensé que sería una buena idea adoptar a un perrito… John siempre quiso y yo me negaba: que si sueltan pelo, que si es uno más que cuidar, que si destrozará la casa… y mil excusas más para no dejarle tener uno.
Fuimos a la protectora del condado y adopté al pequeño Max: un cruce de labrador que tenía tan sólo dos meses. Fue una buena terapia para mí tener que cuidar a un pequeñajo de dos meses, prácticamente como si fuera su madre.
Llegó la Navidad. La más triste de mi vida; sin John no iba a ser lo mismo. Recuerdo cuando las niñas eran pequeñas y él se vestía de Santa Claus para darles tan tierna sorpresa. Era tan increíble mi marido… ese vacío jamás podría ser llenado por nadie y eso que en el vecindario ya me habían rondado varios pretendientes, cosa que consideré no sólo osadía, sino también insultante pues nadie estaría jamás a su altura.
John me había dejado sola, pero también con mucho dinero por su seguro de vida y las acciones de la empresa que presidía y que, con suerte, algún día estaría en manos de mis hijas. Yo iba a los consejos de administración y a alguna reunión, aunque ni de lejos podía dedicarme tanto como lo hizo él y por eso lo delegué todo en su mano derecha.
Talbot Inc. nuestra empresa de productos dietéticos iba viento en popa y había sobrevivido a varias crisis. Económicamente estábamos a salvo.
Yo no era tonta y sabía que mi nueva situación de viuda joven, resultona y con dinero, atraería a todos los buitres de la ciudad, que no dejarían de revolotear a mi alrededor cercando a la presa. Pero en mi interior tenía claro que no necesitaba una nueva pareja en mi vida, pues ya hubo una: mi elegido, John. No entraba en mis planes, ni de lejos, reemplazar ese vacío con otro hombre.