Convertirnos en un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo.
I. El espíritu de la tradición viva y la fidelidad creadora
Las reacciones públicas a la carta del papa que aquí nos ocupa han sido en su mayor parte superficiales. Se ha encuadrado la carta en el conocido esquema: «conservador – progresista», y se ha llegado a la conclusión: «El papa hace concesiones a los tradicionalistas». La razón de este juicio se descubre enseguida: el papa muestra y reclama no solo comprensión, sino también respeto para con los fieles que lamentan la ausencia del latín como lengua única en la liturgia y desea que, en la medida de lo posible, se secunden tales sentimientos y deseos[246]. Critica además que en ocasiones no
se respete la libertad de elección y la voluntad de quienes, allí donde oficialmente está permitida la comunión en la mano, optan por comulgar en la boca[247]. ¡Como si
semejante respeto para con quienes sienten y piensan de manera distinta no fuera más bien un signo de talante «liberal» y de legítima diversidad en la Iglesia! Aquí, como en muchos otros casos, la tópica contraposición entre lo conservador y lo progresista parece transformarse en su contrario.
Esta carta se mueve sin duda alguna sobre el suelo del concilio. Ve en la renovación litúrgica iniciada por este «un esfuerzo providencial para renovar el rostro de la Iglesia en la sagrada liturgia»[248]. Todas las reformas litúrgicas son, por tanto, confirmadas, no se
suprime ni una coma. Al contrario, el papa es consciente de que «una plena renovación tiene otras exigencias»[249]. Quiere proseguir la renovación conciliar «en el espíritu de una
tradición siempre viva»[250]. Con ello queda claro que innovación (renovación) y tradición
no son términos contradictorios para este papa; antes bien, la renovación es tradición viva, fidelidad creadora. Esto vale sobre todo para la eucaristía, que le ha sido entregada a la Iglesia «por el Señor» (cf. 1 Cor 11,23). Semejante don nos compromete con mucha mayor fuerza que cualquier obligación legal. «Debemos permanecer fieles en los pormenores a lo que ella expresa en sí y a lo que nos pide, o sea la acción de gracias»[251].
Esta exigencia de fidelidad creadora incluye de inmediato una triple delimitación. La primera: aggiornamento (actualización) no es sinónimo de adaptación a lo que hoy resulta verosímil. En efecto, tal adaptación sería una acomodación carente de alternativas e imaginación a lo que «se» dice, «se» piensa, «se» hace y «se» tiene por adecuado. La verdadera actualidad resulta solo del «recuerdo peligroso» de posibilidades ya puestas a prueba, pero luego olvidadas y reprimidas. La innovación solamente es posible mediante la actualización de la tradición, el regreso a las fuentes (ressourcement), la obtención de energía de los orígenes. Tal fue el camino por el que optó el concilio. Este, apoyado en inmensas investigaciones sobre la historia de la liturgia, se ha atenido a «lo que proviene de la herencia de los padres»[252]. Tal es también el camino por el que opta esta carta; las
fuentes de las que se nutre son, además de la Sagrada Escritura, las antiguas tradiciones litúrgicas y los padres de la Iglesia.
Por otra parte, la tradición viva no tiene nada que ver con el arqueologismo rechazado ya por Pío XII, con una «repristinación» de los primeros siglos y un clasicismo teológico, que eleva una época determinada a la categoría de norma clásica, de
suerte que los desarrollos posteriores solo pueden ser juzgados como desarrollos erróneos, excrecencias o recortes. ¡Como si el Espíritu de Dios no estuviera en todo momento con su Iglesia! Por eso, también las experiencias y conocimientos posteriores tienen, en la medida en que despliegan de modo creativo el origen, su legitimidad; y justo en una época intelectual y espiritualmente indigente como la nuestra, haremos bien en no arrojar con precipitación por la borda formas devocionales que durante siglos han fecundado la vida de la Iglesia. De ahí que tenga perfecto sentido que el papa recuerde tales formas de devoción eucarística: oración personal ante el Santísimo, ratos de adoración, bendición sacramental, procesiones sacramentales, etc.[253]. De manera
especial se menciona la celebración de la fiesta del Corpus, que, como es sabido, se introdujo en el siglo XIII por iniciativa de Juliana de Lüttich y fue confirmada por el papa Urbano IV en el año 1264. Que lo que mueve al papa no es el apego a las formas tradicionales externas se percibe en el añadido: «Es de señalar que el valor del culto y la fuerza de santificación de estas formas de devoción a la eucaristía no dependen de las formas mismas, sino, más bien, de las actitudes interiores»[254].
Eso nos lleva al tercer y último punto: la tradición no debe compararse con una moneda muerta que pasa de mano en mano y que en ese proceso se desgasta cada vez más; mejor es compararla con los talentos de los que habla el Evangelio y a los que la Iglesia tiene que sacarles rendimiento poniéndolos en práctica en la vida (cf. Mt 25,14- 30). «Pertenece también a la sustancia de la tradición, justamente entendida, una correcta “relectura” de los “signos de los tiempos”, según los cuales hay que sacar del rico tesoro de la revelación “cosas nuevas y cosas antiguas”»[255].
Con ello se ha mencionado ya el gran objetivo que el papa Juan XXIII expresó en su inolvidable discurso de apertura del concilio. El papa dijo entonces que no se trata tanto de la mera repetición de doctrinas dogmáticas cuanto de la actualización de esas doctrinas de la fe, de hacer que den fruto. El concilio retomó esta sugerencia y acentuó que hay que interpretar desde el Evangelio los signos de los tiempos[256], así como, a la
inversa, avanzar desde los signos de los tiempos a una comprensión más profunda del Evangelio[257]. El reto es transmitir la tradición referida al presente y al futuro.
Esta comprensión viva de la tradición se puede caracterizar como histórica o, mejor aún, como profética y pastoral. Tal comprensión no es –esto hay que recordárselo una y otra vez a los tradicionalistas– en absoluto nueva. Ya el concilio de Trento afirmó cabalmente sobre la eucaristía: «Perpetuamente tuvo la Iglesia poder para estatuir o mudar en la administración de los sacramentos, salva la sustancia de ellos, aquello que según la variedad de las circunstancias, tiempos y lugares, juzgara que convenía más a la utilidad de los que los reciben o a la veneración de los mismos sacramentos»[258]. En el ya
mencionado discurso de apertura del concilio, Juan XXIII hizo suya esta distinción entre esencia inmutable y forma de presentación históricamente variable; el concilio le siguió en ello[259] e hizo de tal distinción el fundamento de la renovación litúrgica inaugurada por
él[260]. El papa Juan Pablo II confirma de nuevo dicha diferenciación[261] y alaba el que la
expresar la verdadera esencia de forma más clara para nuestra época. Pero también sabe que todavía son necesarios muchos esfuerzos para «descubrir todas las riquezas encerradas en la nueva liturgia»[262]. Tampoco los textos conciliares son monedas
muertas; antes bien, las renovaciones conciliares exigen «una nueva conciencia y madurez espiritual»[263]. Su objetivo no es la reforma externa de textos y ritos, sino «la
animación y robustecimiento del culto eucarístico»[264]. En este punto quiere
evidentemente empezar el papa. No desea frenar, sino interiorizar y ahondar la renovación litúrgica, para así llevarla a la meta que ella misma se ha fijado.