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La relevancia salvífica de la fe

In document La Liturgia de La Iglesia - Walter Kasper (página 115-118)

según la concepción católica

II. Intento de solución

1. La relevancia salvífica de la fe

Para avanzar en la abundancia de problemas planteados, partamos del sentido originario de «creer»[171]. Pues ni en su sentido originario ni en la concepción bíblica de la palabra

significa «creer» en primer lugar tener frases reveladas por verdaderas. Una concepción de la fe tan estrechamente intelectualista convierte a la fe en una forma deficiente de saber. «Creer» es definido entonces como la afirmación de una verdad cuando no se dispone de la posibilidad de asomarse con seguridad a las razones intrínsecas de la misma. Semejante fe suele encontrarse en la embarazosa situación de sentirse obligada a disculparse ante el «mero» saber y de tener mala conciencia intelectual. Ahora bien, semejante saber solamente es posible allí donde se habla de hechos o relaciones concretos y objetivables. Fracasa, en cambio, allí donde se trata del contexto de sentido del todo, porque, desde la cosa misma, este sentido no es de nuevo objetivamente abarcable ni tampoco puede ser alcanzado mediante el pensamiento. Pero el ser humano se interesa por este sentido del todo cuando, por ejemplo, pregunta por la felicidad, así como cuando se esfuerza por tener una vida realizada. Es en esta pregunta por el fundamento y sentido del ser humano en su mundo y con su mundo donde se asienta originariamente la fe. Aquí no se trata de un saber sobre lo concreto, sino de la certeza del todo. También se trata en último término de nosotros mismos, de algo «que nos importa incondicionalmente» (Paul Tillich). De ahí que la fe no sea un acto de saber derivado, sino una realización fundamental y un proyecto global de la persona. La fe tiene que ver con la integridad y la salvación del ser humano. En este sentido, la pregunta por la fe es la pregunta primigenia del hombre. El ser humano puede intentar quizá eludirla intelectualmente o rechazarla como ilegítima o carente de respuesta. Sin embargo, en la praxis de su vida no puede sustraerse a ella. En las situaciones decisivas de su vida debe darle respuesta en un sentido u otro. Bajo esta óptica, el increyente (en sentido cristiano) cree asimismo en cierto modo. También la incredulidad es una opción de fe, de la que no cabe dar demostrativamente razón por completo en el saber reflexivo. El hombre no desarrolla por sí solo tales posibilidades y proyectos fundamentales de existencia. Le vienen dados previamente por la tradición intelectual y le son revelados y ofrecidos por otras personas. De ahí que la fe siempre esté vinculada con la asimilación de la tradición. También comporta sin falta una nueva solicitud por el prójimo, un escuchar al otro, un salir a su encuentro. Incluye y presupone la confianza mutua entre personas. Por eso, la fe instituye tradición y comunidad. Aunque es un acto sumamente personal, posee de manera esencial y constitutiva un elemento institucional. La fe no solo se expresa en formas externas; también es posibilitada y sostenida antes de nada por la transmisión exterior. En consecuencia, en la fe nunca se trata solo de certeza interior, sino también de certeza exterior, de un espacio de vida tanto humana –en el sentido más

verdadero de la palabra– como convivencialmente familiar. La fe tiene que ver con una condición humana reconciliada en el seno de una humanidad reconciliada.

Es significativo que el equivalente veterotestamentario de la palabra española «creer» sea ante todo el verbo hebreo ’aman[172]. Lo hemos conservado hasta la fecha en

la respuesta litúrgica «amén». Originariamente significa ser firme, seguro, fiable, cierto. Así pues, también según la concepción bíblica, la fe guarda relación con la certeza, la firmeza y el sentido. Ahora bien, en especial el mensaje profético está colmado de la experiencia de la absoluta inconsistencia e incerteza de la existencia y de todas las instituciones, incluidas las religiosas. Lo cual impide toda autocerteza. A tenor del testimonio bíblico, el ser humano nunca encuentra certeza y solidez desde sí y en sí. Por eso, a diferencia de la fe universal-humana que acabamos describir, la fe específicamente bíblica es aquel proyecto global del hombre en el que este soporta la impenetrabilidad de la vida aceptando y afirmando el oscuro misterio de su propia existencia y de su mundo justo en su extrañeza y alteridad en vez de protestar contra ello o de desesperar a causa de ello. La fe solo está en condiciones de proceder así gracias a que entiende la impenetrabilidad de la existencia como la otra cara de la impenetrabilidad de un amor vuelto hacia nosotros por pura libertad y al que llamamos Dios. Creer significa aceptar a Dios como el amén, como el sí al ser humano, para a continuación decir uno mismo amén a Dios, reconocer a Dios como Dios y encontrar en Dios el fundamento y sentido de la propia existencia[173]. «Creer» significa aceptarse a sí mismo y aceptar a los demás

como aceptados. La fe es un acto de la autoexpropiación del hombre a favor de Dios[174],

un acto en el que el hombre se encuentra a la vez a sí mismo. De ahí que la fe sea la justificación y salvación del ser humano. Ella lo hace justo y lo salva. La fe es «principio, fundamento y raíz» de la salvación humana[175]. La fe, sin embargo, no es un medio

necesario de la salvación (como solía decirse tradicionalmente); no es un tercer término mediador entre el ser humano y la salvación. Es la cara subjetivo-personal del ser salvado y justificado del hombre (cf. Rom 1,17; 3,22.26.28).

Tal posibilidad existencial nos es abierta, en su univocidad última, por Jesucristo. En él acontece de una vez para siempre algo definitivo y no superable ya en la historia. Este carácter escatológico es inseparable del acontecimiento Cristo. Eso significa que Jesucristo, por medio de su mensaje sobre el amor de Dios y el amor al prójimo, no solo nos ha anunciado una nueva posibilidad existencial, sino que la ha vivido como modelo para nosotros, posibilitándonosla así[176]. Él es, en persona, «el Amén» (cf. Ap 3,14), el

«iniciador y consumador de la fe» (cf. Heb 12,2). Nuestra fe no puede entenderse sino como un «ser admitidos en la actitud más íntima de Jesús»[177]. Por eso es, en el pleno

sentido de la expresión, «fe de Jesucristo» [pístis Iēsoû Christoû] (cf. Gal 2,16.20; 3,22; y passim). La fe es un estar determinados por Cristo y, por tanto, un «ser en Cristo» (eînai en Christô). Toda vez que posee de este modo su fundamento, medida y contenido en Jesucristo, la fe cristiana nunca es una mera cualificación de nuestra existencia. Tiene más bien un contenido del todo concreto[178]. Es fe materialmente

específicamente cristiana. En virtud de esta relación histórica concreta, depende en esencia de la tradición. El testimonio de la fe no es posible sin los testigos de la fe (cf. Rom 10,14-17; 2 Cor 5,18s). A la fe cristiana le es inherente un elemento institucional[179]. La fe cristiana tiene forma esencialmente eclesial y solo es posible en la

convivencia, reciprocidad y solicitud de la entera comunidad de creyentes.

Esto no quiere decir que la fe cristiana, máxime en nuestra situación poscristiana, no pueda darse también en forma secular, «anónima» y más allá de los límites de las Iglesias institucionalmente constituidas. En cierto sentido puede afirmarse sin problemas: todo aquel que asume el riesgo de la existencia acepta el misterio del amor de Dios ahí oculto, con lo cual en último término también ha «aceptado al Hijo del hombre, porque en él Dios ha aceptado al hombre»[180]. Así, más de uno se ha encontrado en su vida con

Jesucristo sin reconocerlo. Quien acepta en último término al otro, quien no solo lo ama en aras de su propio enriquecimiento y personalización, sino que considera suya la necesidad del otro para compartir con él lo suyo, ese, según el testimonio explícito de la Escritura, se encuentra sin saberlo con Jesucristo mismo (cf. Mt 25,35-45). Una persona así cree, aun cuando se considere a sí misma increyente. Por tanto, esto en modo alguno puede negarse. Pero también es innegable que semejante fe «anónima» no puede ser lo definitivo y auténtico. Permanece desprotegida y confusa, equívoca y expuesta a malentendidos, si no se articula corporal-socialmente de modo inequívoco y tangible y se verifica en diálogo con la gran tradición histórica de la humanidad. Por lo que respecta a la situación personal del individuo, puede constituir, en determinadas circunstancias, el máximo de claridad concretamente alcanzable y responsablemente atestiguable aquí y ahora. En este sentido, la fe «anónima» representa para esa persona concreta también la salvación. Pero en una visión más general de las cosas debe ser considerada como un estadio todavía inmaduro y, en esa misma medida, provisional. Para ser exactos, no se trata de un camino extraordinario de salvación junto al camino oficial-ordinario de salvación, sino de un camino de salvación inconcluso desde la meta de sentido del ser humano y su condición de salvado, aunque eventualmente puede ser más profundo que una parte del cristianismo eclesial[181].

La necesidad y obligación de confesar expresamente la fe cristiana en su forma eclesial no puede afirmarse como un principio abstracto y universal. Esta necesidad y obligación existe solo para quien se encuentra con esta fe cristiana de modo histórico y concreto[182]. Tal encuentro requiere algo más que haber oído hablar de Cristo y del

cristianismo, algo más incluso que conocer el mensaje de Cristo por experiencia directa. Encuentro verdadero solo tiene lugar allí donde el mensaje cristiano se convierte en exigencia personal que insta a optar. Que esto acontezca o no depende de numerosos factores. Cuando no llega a concretarse, ello no necesariamente tiene que deberse a la culpa personal de los afectados. Puede ocurrir, y de hecho con frecuencia ocurre, que el modo en que se atestigua el mensaje cristiano resulte tan poco invitador, interpelante y creíble para la persona afectada que esta no se sienta realmente obligada a confrontarse siquiera con él. La necesidad salvífica de la fe es, por consiguiente, una afirmación que

no debe desligarse de la concreta situación de anuncio ni convertirse en una ley general. Solo el anuncio crea la situación de opción en la que la persona tiene oportunidad de alcanzar univocidad y claridad, pero en la que asimismo puede no encontrar la salvación. No en vano, la Escritura solamente reprueba a quien rechaza el mensaje de salvación (cf. Mc 16,16; 2 Cor 4,3). Donde semejante rechazo acontece de modo consciente y voluntario, allí sale a la luz que la persona afectada no quiere oír ni llevar a la práctica la verdad última sobre sí misma y el mundo (cf. Jn 3,19ss). Donde tal es el caso, allí no puede hablarse ya con sinceridad de un cristianismo anónimo, allí el ser humano renuncia a Dios y no encuentra, por tanto, la salvación. El hecho de que exista la posibilidad real de ello es lo que confiere seriedad a la opción de fe. Sin embargo, ninguna persona puede afirmar con seguridad, ni por lo que respecta a sí misma ni mucho menos por lo que respecta a los demás, si esa posibilidad se torna realidad ni tampoco dónde[183]. Tenemos

que anunciar la fe como buena nueva, como oferta y posibilidad para los seres humanos, sin utilizarla como mensaje amenazador para condenar a otros. Al contrario, toda vez que por la fe estamos persuadidos de que Dios quiere de modo eficaz la salvación de todos los hombres (cf. 1 Tim 2,4), también podemos legítimamente esperar la salvación universal.

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