Convertirnos en un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo.
IV. La eucaristía como sacrificio y el llamamiento a la penitencia
Con la expresión clave «carácter sacrificial de la eucaristía» se pone sobre la mesa el que probablemente sea el problema más difícil de la actual comprensión de la eucaristía. Aquí ha radicado desde siempre el principal punto de controversia entre protestantes y católicos en la cuestión de la eucaristía. Es cierto que el antiguo malentendido de que el sacrificio eucarístico es un sacrificio propio junto al sacrificio de la cruz, lo que lleva en consecuencia a calificar a la misa de «idolatría papal»[294], puede ser aclarado con relativa
facilidad. Ya según la doctrina del concilio de Trento, que el papa Juan Pablo II hace suya, existe en el Nuevo Testamento un único sacrificio, a saber, el sacrificio de Cristo en la cruz, que es sacramentalmente actualizado en la eucaristía[295]. Más difícil resulta, en
cambio, hacer comprensible por qué la eucaristía, como actualización sacramental del sacrificio de Cristo, es al mismo tiempo un sacrificio de la Iglesia.
Pero a estos problemas de teología de controversia se les superponen en la actualidad numerosos problemas de comprensión mucho más fundamentales que el hombre moderno en general tiene con el término «sacrificio». Ello se debe no solo a que en el concepto de «sacrificio» se exacerba la dimensión vertical, sino también –y en mayor medida aún– a que el acto y la actitud de sacrificio parecen contrariar la pretensión de felicidad y autorrealización que alberga el hombre moderno.
De una carta que tan solo pretende tratar algunos aspectos de la doctrina y la praxis de la eucaristía no debe esperarse que ofrezca respuesta a todas estas preguntas. De todos modos, en ella se encuentra un punto de partida útil y que ayuda a avanzar. El papa intenta explicar de pasada el carácter sacrificial de la eucaristía en el marco de una teología de la alianza de Dios con el ser humano y del ser humano con Dios. Según la concepción bíblica, alianza y sacrificio van íntimamente asociados. El acto sacrificial une a Dios y al ser humano, porque en dicho acto este último se entrega y ofrece un sacrificio a Dios con todo lo que es y lo que tiene, a fin de devenir así uno con él. En el sacrificio acontece la devolución del hombre y el mundo a Dios[296]. Esta renuncia a sí mismo en el
acto de sacrificio es paradójicamente la auténtica realización del ser humano mediante la comunión con Dios. Pues «quien se aferre a la vida la perderá, quien la pierda por mí la conservará» (Mt 10,39). Esta reconciliación entre Dios y el ser humano ha acontecido en la nueva alianza de una vez por todas mediante Jesucristo en la cruz. Se hace presente en virtud del hecho de que la Iglesia se presenta y ofrece a sí misma a Dios. Las ofrendas del pan y el vino son solo símbolos de este autosacrificio. Son transformadas en el cuerpo y la sangre de Cristo y, en este sentido, junto con la entrega interior de los creyentes, representan una insustituible contribución a la actualización sacramental del sacrificio de la cruz. En la medida en que la Iglesia se ofrece a sí misma en las ofrendas del pan y el vino, este sacrificio suyo deviene forma sacramental de la actualización del sacrificio de Cristo, a través del cual nos es concedida la nueva realidad pascual de la redención.
Estas consideraciones teóricas, algo complejas y difíciles, expresan en la práctica algo sumamente sencillo y al mismo tiempo muy complejo que el papa expuso por extenso ya en su primera encíclica, Redemptor hominis, y que en la carta que aquí nos ocupa ha considerado apropiado abordar en tres pasajes distintos[297]: la relación entre
eucaristía y conversión o, si se quiere, penitencia. En la Redemptor hominis se afirma: «En efecto, si la primera palabra de la enseñanza de Cristo, la primera frase del Evangelio – Buena Nueva, era “arrepentíos y creed en el Evangelio” (metanoeîte), el sacramento de la pasión, de la cruz y resurrección parece reforzar y consolidar de manera especial esta invitación en nuestras almas. La eucaristía y la penitencia toman así, en cierto modo, una dimensión doble, y al mismo tiempo íntimamente relacionada, de la auténtica vida según el espíritu del Evangelio, vida verdaderamente cristiana… Sin este constante y siempre renovado esfuerzo por la conversión, la participación en la eucaristía estaría privada de su plena eficacia redentora, disminuiría o, de todos modos, estaría debilitada en ella la disponibilidad especial para ofrecer a Dios el sacrificio espiritual, en el que se expresa de manera esencial y universal nuestra participación en el sacerdocio de Cristo»[298].
Salta a la vista que con esta mostración de la relación existente entre eucaristía y penitencia se menciona un punto débil de la actual praxis eucarística. Mientras que en épocas anteriores numerosos cristianos permanecían alejados de la comunión por una severidad exagerada, es más, a menudo por escrúpulos, hoy en ocasiones todos los participantes en la eucaristía acuden a comulgar. Sin embargo, a veces falta celo para recibir el sacramento de la penitencia. La exhortación del apóstol: «Que cada uno se examine» (1 Cor 11,28), corre ocasionalmente el riesgo de ceder en la práctica el paso a un mero conformismo y a la costumbre[299]. Así, la eucaristía se expone al peligro de
verse privada de su sustancia más profunda. Por eso, hay que afirmar abiertamente: la renovación litúrgica sin una simultánea renovación de la praxis penitencial lleva a la superficialidad y cae en el vacío. Más aún, si se entiende la renovación eclesial en el sentido del concilio como purificación[300], entonces la renovación de la praxis penitencial
eclesial es la llave para ello.
En su carta, el papa apunta que tras estos fenómenos teológicos y pastorales de declive se oculta una crisis antropológica todavía más fundamental. Pues allí donde se pierden el valor de la conciencia y la sensibilidad para la distinción entre el bien y el mal, o sea, donde no se reconocen el pecado y el mal, sino que son reprimidos o minimizados mediante interpretaciones psicológicas y sociológicas, allí la dignidad personal corre peligro de ser ignorada y olvidada. Allí donde el ser humano ya solo se atribuye sus buenas obras, sus éxitos y triunfos, pero por lo demás practica el arte de la represión en tanto en cuanto imputa los aspectos negativos de su historia a la sociedad, al pasado, a la naturaleza, allí no existe ya, por supuesto, terreno para comprender la llamada a la conversión ni el mensaje de la redención que se actualiza a través de la eucaristía. Por eso, con el tema «eucaristía y penitencia» se menciona uno de los temas pastorales y antropológicos más candentes de la actualidad.