según la concepción católica
II. Intento de solución
3. La fundamental unidad de fe y bautismo
En el Nuevo Testamento, la praxis del bautismo se da por supuesta como algo evidente desde el principio mismo. Por ninguna parte se encuentran huellas de un tiempo inicial sin bautismo. Al convertirse al cristianismo, Pablo se encontró sin duda con que en las comunidades cristianas ya existía la costumbre del bautismo. El comienzo del bautismo puede fijarse, pues, en el breve lapso de tres años entre la muerte de Jesús y la conversión de Pablo[191]. La costumbre del bautismo en cuanto tal no es, sin embargo,
nada genuinamente cristiano. Encontramos ritos análogos no solo en las religiones mistéricas, sino también en el bautismo de prosélitos judío, en los baños bautismales de Qumrán y en el bautismo de Juan[192]. La diferencia decisiva del bautismo cristiano
consistía, sin embargo, en que este iba vinculado desde el principio con una confesión de fe en Jesús. Acontecía «en nombre de Jesucristo» (cf. Hch 2,38; 10,48), «en nombre del Señor Jesús» (cf. Hch 8,16; 19,5) o «del Señor Jesucristo» (cf. 1 Cor 6,11). El bautismo neotestamentario conllevaba «consagrarse a Cristo» (cf. Gal 3,20) o «consagrarse a Jesucristo» (cf. Rom 6,3). El bautismo estaba asociado a una profesión de fe en Jesús como Señor (cf. Rom 10,9). En ello puede quedar abierta la pregunta de si esta profesión de fe la realizaba el bautizando mismo o los circunstantes. Lo cierto es, en cualquier caso, que no se trataba de una fórmula bautismal en el sentido en que hoy la entendemos[193]. Lo importante y decisivo es meramente que en el marco del bautismo se
realizaba una profesión de fe. Es posible que al principio fuera de índole cristológico- soteriológica. La profesión de fe trinitaria (cf. Mt 28,19)[194], hoy habitual, constituye un
desarrollo posterior. Mediante esta profesión de fe, el bautizando era hecho propiedad de Cristo y sometido a su señorío[195]. No en vano, el bautismo debe ser considerado el Sitz
im Leben [lugar existencial] de la formación del credo protocristiano[196]. Por
consiguiente, el bautismo y el credo van unidos desde el principio.
En la exégesis neotestamentaria se ha llamado ya con frecuencia la atención sobre el hecho de que en la teología paulina existe un considerable paralelismo entre las afirmaciones sobre la fe y las afirmaciones sobre el bautismo. Pablo puede atribuir el mismo don salvífico tanto a la fe como al bautismo. Según 1 Cor 12,13, el Espíritu es comunicado por el bautismo; pero de acuerdo con Gal 3,2.14, le es dado a la fe. Según Gal 3,26s, la comunión personal con Cristo se basa en la fe; los versículos siguientes, en cambio, hablan del bautismo de modo análogo a 1 Cor 12,13 y Ef 3,17. A tenor de Rom 3–5, la justificación y la nueva creación están vinculadas con la fe; según Rom 6, la vida nueva se nos da en el bautismo. Tales afirmaciones podrían multiplicarse. Por lo demás, también pueden señalarse paralelismos estructurales entre la fe y el bautismo: ambos son acciones de Dios sobre el ser humano, ambos conceden nueva vida en Cristo, ambos precisan de la mediación de otras personas, ambos nos sitúan en la tensión entre el presente y el futuro salvíficos, entre el indicativo y el imperativo[197]. Este llamativo hecho
admite diferentes interpretaciones. Algunos exégetas del primer tercio del siglo XX, como Adolf Deißmann, Wilhelm Mundle, Albert Schweitzer y otros, se creyeron obligados a
aceptar la existencia de una doble línea o doble hilo en la teología paulina[198]. Sin
embargo, los teólogos protestantes desvalorizaron con frecuencia el bautismo en beneficio de la fe. Solo la exégesis desde el punto de vista de la historia de las religiones introdujo un giro, que llegó hasta el punto de que Schweitzer definiera la doctrina de la justificación por la fe como un «cráter secundario» de la teología paulina[199]. Como han
puesto de relieve, entre otros, Albrecht Oepke[200], Rudolf Schnackenburg, Otto Kuß,
Eduard Lohse y Hans Conzelmann, una consideración más detenida no permite hablar, sin embargo, de dos líneas o hilos en la teología paulina susceptibles de ser contrapuestos. Al revés, el paralelismo de las afirmaciones muestra más bien la indisoluble unidad existente entre la fe y el bautismo. Puesto que ambos van de la mano y se complementan, Pablo puede referirse indistintamente a la fe o al bautismo, según el punto de vista dominante en cada momento[201].
Esta tesis puede corroborarse con facilidad. Pues Pablo habla a menudo en aoristo de que hemos alcanzado la fe (cf. Rom 13,1; 1 Cor 15,2). Es evidente, por tanto, que piensa en un acto singular. Pero, en él, el lugar de esta profesión de fe única y especial no puede ser otro que el bautismo (cf. Rom 10,9)[202]. Por eso, ni siquiera en el llamado
«capítulo bautismal» de la Carta a los Romanos, el sexto, habla sobre el bautismo en cuanto tal. Antes bien, toma la confesión de fe como punto de partida de su interpretación y se ocupa de la libertad del pecado que nos ha sido otorgada por la justificación[203]. La relación entre fe y bautismo se afirma explícitamente luego en los
escritos deuteropaulinos. Según Col 2,12, el bautismo acontece «mediante la fe». Ef 5,26 califica al bautismo de «baño en la palabra». Por último, a tenor de 1 Pe 3,21, el bautismo es incluso «el compromiso con Dios de una conciencia limpia». Así pues, según el testimonio del Nuevo Testamento, no pueden existir dudas de ningún tipo sobre la unidad de fe y bautismo. De acuerdo con el Nuevo Testamento, no existe bautismo sin fe, pero tampoco fe sin bautismo. Ambos constituyen conjuntamente un proceso global, mediante el cual la persona es liberada del señorío del pecado y sometida al señorío de Cristo.
Sin embargo, con no poca frecuencia acechó en la posterior historia de la Iglesia el peligro de perder de vista la relación intrínseca entre fe y bautismo. Antes incluso de la teoría exegética de la doble línea de la teología paulina se desarrolló en la teología moderna una teoría del doble camino, que diferenciaba entre un camino objetivo- sacramental y otro subjetivo-personal, entre un camino ordinario y otro extraordinario. Este peligro devino agudo por dos flancos. Ya en el siglo III, el papa Esteban defendió contra Cipriano, obispo de Cartago, la validez del bautismo de herejes, o sea, del bautismo que se realizaba en ausencia de la fe ortodoxa. En esta cuestión se profundizó durante las controversias de Agustín con los donatistas[204]. Y más tarde fue retomada,
por lo que al contenido se refiere, cuando en el siglo XII, al hilo de la doctrina del opus
operatum, se sostuvo la eficacia objetiva de los sacramentos con independencia de la
disposición subjetiva de quien los administra o recibe[205]. Así se llegó al hecho de que el
El peligro de un objetivismo salvífico y una concepción mágica acechaba comprensiblemente a este modo de ver las cosas, en caso de que se aislara. Pero tampoco estaba lejos el peligro contrario, el de una visión puramente espiritualista y subjetivista. Pues ya Ambrosio, en su loa fúnebre del emperador Valentín II, quien falleció sin haber sido bautizado, había desarrollado embrionariamente la doctrina del bautismo de deseo, que luego experimentaría un despliegue tanto teológico como magisterial muy rico[206]. En nuestro siglo ha sido extendida a prácticamente todos los
hombres de buena voluntad mediante la teoría del cristianismo anónimo trascendental[207].
Si se aísla y absolutiza, puede convertirse con facilidad en clave hermenéutica para sacar de quicio todo el cristianismo oficial, de impronta sacramental, eclesial, haciéndolo superfluo. La solución correcta solo puede consistir, sin embargo, en entender la fe y el bautismo no como dos caminos distintos, sino como dos aspectos o fases diferentes del único todo indivisible del camino salvífico cristiano. La fe y el bautismo deben ser entendidos, por consiguiente, como un todo estructurado, que, no obstante, tiene múltiples capas y dimensiones.
Vista en conjunto, la tradición cristiana se ha atenido decididamente a esta relación, atestiguada muy claramente en la Escritura. No solo Agustín[208], sino ya antes de él
Tertuliano[209] y Ambrosio[210] llamaron al bautismo sacramentum fidei, «sacramento de la
fe». Esta designación, muy extendida en la tradición[211], ha sido recogida también en la
doctrina oficial de la Iglesia. Así, en Inocencio III[212] y, sobre todo, en el decreto de
justificación del concilio de Trento[213] se alude al bautismo como sacramento de la fe.
Esta concepción fue luego desarrollada con ayuda de la teología escolástica en el sentido de que la confesión de fe en el Dios trinitario se singularizó como alma y principio vital (forma) de este sacramento. Solo mediante la confesión de fe adquiere vida y eficacia el rito de la inmersión o la ablución. También esta concepción pasó a formar parte de la doctrina oficial de la Iglesia a través del concilio de Florencia[214]. Un bautismo sin
profesión de fe estaría, pues, muerto; sería una ceremonia vacía. El bautismo vive por completo de la fe de aquellos que lo realizan.
El sujeto de la fe y el bautismo no es, sin embargo, el ministro individual que lo administra ni tampoco el individuo que es bautizado. Esta visión individualista de la salvación es totalmente extraña tanto a la Escritura como a la tradición de la Iglesia antigua. Ellas parten de la solidaridad de todas las personas en la salvación y la perdición. Por eso, la fe no solo es un riesgo personal que decide correr el individuo; este se sabe más bien sostenido en ello por toda la Iglesia. De acuerdo con una imagen sugerida ya en la Escritura (cf. Gal 4,25ss; Ap 12) y luego muy utilizada en la tradición, la Iglesia es la madre de los creyentes. Según otra autocaracterización muy extendida, es la communio
fidelium. En cuanto comunión en el Evangelio (cf. Flp 1,5), en la fe (cf. Flm 6), en el
Espíritu Santo (cf. 2 Cor 13,13), también es, según el credo apostólico, la communio
sanctorum. A tenor de la concepción protocristiana, esto significa que la Iglesia como un
todo es la comunión en los sancta, o sea, en los bienes salvíficos comunicados en los sacramentos[215]. Por eso, diversos textos neotestamentarios que hacen referencia a la
liturgia bautismal hablan significativamente en primera persona del plural (cf. 1 Pe 3,1ss; Ef 5,14; Rom 13,11ss). En consecuencia, el bautismo no se refiere solo al individuo, sino siempre al nosotros de la comunidad. Esta idea de la solidaridad salvífica de todos los cristianos se olvidó en gran medida sobre todo en la Modernidad. Se corresponde, sin embargo, con el sentimiento fundamental de vinculación solidaria del hombre moderno. El concilio Vaticano II la ha vuelto a poner de relieve, acentuando que siempre es toda la Iglesia la que celebra los sacramentos y confiesa la fe[216]. Así, también el bautismo es un
signo hecho forma, corpóreo y eficaz de la fe de la Iglesia en Jesucristo, su Señor. En este sentido abarcador, el bautismo es sacramentum fidei, «sacramento de la fe».