según la concepción católica
II. Intento de solución
4. La triple relación entre fe y bautismo
La relación que hasta ahora solía establecerse entre fe y bautismo partía de la idea de que la fe lleva al bautismo y encuentra en este la forma suprema de su corporeización. Según esto, la fe precede al bautismo y lo acompaña. De hecho, este modelo nos es atestiguado explícitamente en la Escritura. Se encuentra sobre todo en los Hechos de los Apóstoles. Aquí, la primera adhesión a Cristo acontece en la fe mediante la aceptación personal de la palabra (cf. Hch 8,12s; 18,8); y esta fe, a su vez, conduce al bautismo. La fe es aquí, por consiguiente, camino y disposición para el bautismo[217]. Pero este modelo no debe
absolutizarse. En otra serie de afirmaciones bíblicas, la estructura de la relación entre bautismo y fe es distinta. Esto vale de manera especial para el famoso texto de Rom 6,3ss. En él, Pablo parte del bautismo ya realizado. Utiliza el gráfico procedimiento bautismal (inmersión en agua) para fundamentar la necesidad de un nuevo cambio. Así pues, aquí la predicación de la fe no lleva al bautismo todavía por acontecer, sino que introduce en el bautismo ya acontecido. Una estructura enunciativa análoga se encuentra en 1 Cor 6,11; 10,1ss; 1 Pe 3,21[218]. Todos estos textos presuponen el bautismo, parten
de él y lo consideran, en su visibilidad, expresión recapituladora del complejo proceso de hacerse cristiano, que en realidad nunca acaba. Estos textos son recordatorios del bautismo. Intentan reconducir una y otra vez al hombre al camino emprendido con el bautismo y posibilitarle un nuevo comienzo. El bautismo se entiende invariablemente como comienzo de un nuevo camino, que se recorre en la fe. No solo la fe lleva al bautismo; también el bautismo funda el comienzo siempre nuevo en la fe.
Por último, hay que mencionar un tercer modelo, que adquirió gran influencia en la tradición posterior. En él, el bautismo no presupone la fe como en el primer modelo, pero tampoco establece por sí solo el camino de la fe como en el segundo modelo; antes bien, el bautismo regala la fe. Tal podría ser el sentido de la reiterada afirmación bíblica según la cual el bautismo es caracterizado como iluminación [phōtismós] (cf. Heb 6,4; 10,32; 2 Cor 4,6: Ef 1,18; 3,9: 2 Tim 1,10)[219]. Ya en Justino se convirtió «iluminación» en uno
de los nombres del bautismo[220]. Esta designación aparece también más tarde en
Clemente de Alejandría[221]. Aquí es donde hay que buscar la base de la posterior doctrina
el bautismo es una de las formas en las que Dios se compadece del ser humano, de la administración del bautismo no hay por qué esperar menos que de la predicación del Evangelio. Así como el Evangelio es la fuerza de Dios que suscita la fe, así también de la administración del bautismo cabe esperar la fe como efecto… El bautismo no solo se desea en la fe, sino que del bautismo puede esperarse asimismo el fortalecimiento de la fe… Mediante el bautismo se le hace ver al ser humano y sus ojos se abren a la luz que irrumpe en Cristo»[223]. Si se consideran estos tres modelos, resulta que la relación entre
fe y bautismo no se circunscribe al camino desde la fe al bautismo con tanta claridad como les gustaría a los detractores del bautismo de infantes[224]. Fe y bautismo forman
una unidad; pero esto, evidentemente, no significa que la fe deba preceder y acompañar por necesidad al acto del bautismo. La fe también puede y debe seguir al bautismo. Esta relación más dilatada entre fe y bautismo es expresión del carácter de camino tanto de una como de otro. La persona jamás «termina» con la fe ni con el bautismo; nunca deja a ninguno de ambos sencillamente a sus espaldas, sino que siempre los tiene delante de sí. Así, el ya bautizado debe retornar una y otra vez a su bautismo y «renovarlo». O para usar palabras de Martín Lutero, ha de «arrastrarse» siempre de nuevo hacia el bautismo. Pero puesto que de la necesaria unidad de fe y bautismo no cabe inferir de manera necesaria la sucesión temporal de fe y bautismo ni tampoco la coincidencia de ambos en el acto del bautismo, el bautismo de menores es, por principio, teológicamente posible[225].
Es posible considerando la posterior fe del bautizado. En cierto modo, se corresponde con el segundo modelo incluso más directamente que el bautismo de adultos[226]. Además,
expresa el hecho de que el primer comienzo de la vida nueva no depende de méritos humanos previos ni tampoco de un acto consciente de fe, sino única y exclusivamente de la libre acción divina. No solo el bautismo, sino también la fe es un don inmemorial. Según el tercer modelo, la fe nos es concedida habitualmente, como dice la tradición, en el bautismo[227]. A este comienzo establecido en el bautismo podemos y debemos volver
una y otra vez, para aprovecharlo y hacerlo personalmente nuestro sin cesar.
La fundamental posibilidad teológica del bautismo de menores no comporta todavía, sin embargo, que la concreta praxis actual del bautismo de niños esté teológicamente justificada. Por desgracia, en el debate se confunden con mucha frecuencia estas dos cuestiones: de la fundamental posibilidad dogmática del bautismo de niños se hace entonces una carta blanca para la praxis existente, que en muchos casos separa fe y bautismo en alarmante medida; o del rechazo de esta praxis, eventualmente justificado, se hace un argumento de principio contra el bautismo de niños en cuanto tal. Si se consideran los tres modelos de relacionar fe y bautismo que hemos presentado, resulta que fe y bautismo forman por principio una unidad indisoluble, aunque la caracterización más precisa de la relación entre ambos tiene en sí algo indeterminado y abierto. Esta apertura ha de ser determinada con mayor detalle según la situación eclesial y social existente. En esta determinación histórica, la Iglesia no puede proceder, sin embargo, arbitrariamente. Antes bien, debe conducirse de modo tal que, en las circunstancias dadas en cada caso, el nexo entre fe y bautismo se asegure de la mejor
manera posible en la práctica. «Por consiguiente, el problema de la praxis del bautismo de niños no es en último término un problema dogmático, sino el problema del estado en que se encuentra la Iglesia»[228]. Se trata de la pregunta por cómo puede anunciarse el
Evangelio en la actualidad del modo más creíble y eficaz posible y por cómo puede comunicarse al ser humano la salvación de Dios para que las comunidades cristianas vivas cultiven una fe viva y puedan volver a ser, por su parte, un signo en el mundo. Desde este punto de vista práctico hay que formular sin duda algunas reservas respecto a la praxis dominante.