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La evolución de la moneda de oro a lo largo de los siglos I y II d.C.

ECONOMÍA, MONEDA DE ORO Y MINERÍA EN LA POLÍTICA ALTOIMPERIAL (SIGLOS I Y II D.C.)

5.2. La evolución de la moneda de oro a lo largo de los siglos I y II d.C.

En definitiva, el sistema monetario desempeñó un papel clave como herramienta de control político en el Imperio, por lo que es fácilmente entendible el interés estratégico que se tuvo por el oro a lo largo de los siglos I-III d.C. Antes de la reforma de Augusto, el oro fue utilizado raramente en las acuñaciones monetarias (Panvini Rosati, 2000). La primera moneda romana de oro se acuñó, según Plinio (NH. 33, 3, 47), 51 años después de la aparición de la pieza de plata en 269 a.C., es decir, su emisión se produjo en torno al 218 a.C., aunque Thomsen (1961: 265), da como fecha el 216 a .C., relacionándolo con el contexto de la Segunda Guerra Púnica. Con los conflictos civiles del siglo I a.C., las series de monedas de oro empezaron a estar más presentes, aunque siempre de forma irregular: con Sila se acuñaron las primeras piezas denominadas áureos (denarius aureus), las cuales equivalían a 25 denarios, y fue bajo César cuando se hicieron más frecuentes (Duncan-Jones, 1994: 99; Harris, 2006: 19-20). Así lo confirman las fuentes escritas que recogen que en ese momento tuvo lugar la primera acuñación de áureos importante (Suet. Caes. 38 y 54; Plut. Caes. 359; App. Bel. Civ. 2, 102). Los botines de guerra y el oro galo proporcionaron materia prima para estas acuñaciones, que respondían a la necesidad de pagos militares y cuya iconografía, entre otros elementos, recogió los triunfos del ejército. De acuerdo a los datos Imagen 26.- Áureo de Octavio (32

a.C.-29 a.C.). Ceca desconocida. RIC I, Augustus 259. Fuente. Online Coins of the Roman Empire (OCRE)

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sistematizados por Duncan-Jones (1994: 215-219), bajo César el áureo pesaba entre 8,02g y 8,07g y se obtenían 40 aurei por libra, lo que coincide con el dato proporcionado por Plinio (NH. 33, 13) (Crawford, 1985: 243 y 251-252).

Las acuñaciones de áureos siguieron tras el asesinato de César, siendo frecuente la aparición del retrato de personajes destacados vivos como Bruto, Marco Antonio, Lépido y Octavio (vid. Img. 26). El panorama de las acuñaciones de este momento es complejo y difícil de sistematizar, pues en ellas, además de los múltiples protagonistas retratados, se sucedían constantes alusiones a eventos y triunfos militares. La moneda de oro iba reflejando, de forma evidente, la concentración del poder en una única autoridad.

Con la llegada al poder de Augusto, y el establecimiento del control imperial sobre el conjunto del sistema monetario y sobre las cecas activas (Roma, Emerita Augusta, Lugdunum), se regularizaron definitivamente las emisiones de aurei y se fijaron los valores del resto de monedas en un sistema unitario. El peso del áureo quedó establecido en 1/41 de libra (7,87g) de acuerdo a las estimaciones de Duncan-Jones (1994: 215-217)44. Se acuñaron áureos y medios áureos (quinarios) y la producción de moneda de oro y plata quedó como prerrogativa exclusiva del princeps, mientras que las de base cobre estuvieron en manos del senado marcadas por las siglas SC (Belloni, 2002: 116).

Tipos de monedas establecidas con Augusto

Escala de equivalencia de valores nominales Aureus 1 Quinarii aurei 2 Denarii 25 Quinarii argentei 50 Sestertii 100 Dupondii 200 Ases 400 Semisses 800 Quadrantes 1600

Tabla 5.- El sistema monetario en época de Augusto.

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Otros autores han dado 1/42 de libra como peso para el áureo de Augusto (Belloni, 2002: 255). El problema es que no es posible asegurar el peso exacto de la libra romana. De forma tradicional se han considerado como válidos los cálculos de Boeckh (1838), que estimaron que la libra equivalió a 327,45g, aunque estudios posteriores recalcularon su peso en torno a los 322g (Naville, 1920-1922; Duncan-Jones, 1994: 213-215).

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Tras la reforma de Augusto, los emperadores sucesivos disminuyeron poco a poco el peso de los aurei, tal y como recogía Plinio (NH, 33, 3, 47). El proceso se inició ya entre los mandatos de Tiberio y Calígula, cuando el áureo llegó a los 7,75g. Con Claudio se confirmó la tendencia a reducirlo y el áureo se situó en 7,70g. Nerón llevó a cabo una reducción mucho más significativa, disminuyendo el peso del áureo hasta 1/45 de libra (7,27g) (Belloni, 2002: 256-257).

Desde el mandato de Vespasiano, el peso del áureo se mantuvo en torno a los 7,3g sufriendo tan sólo pequeñas variaciones: de los 7,27g de Vespasiano, se pasó a los 7,23g de Tito y a los 7,25g de Domiciano (Belloni, 2002: 258). El peso volvió a disminuir ligeramente de nuevo bajo Trajano (a los 7,22g). De hecho, la conquista de la Dacia y la adquisición de sus minas de oro, no se tradujeron en un incremento del peso de la moneda de oro. De acuerdo a Carcopino, esto pudo deberse a que durante los primeros años del mandato de Trajano, el emperador refundió aurei de períodos anteriores a Nerón ante la necesidad urgente de ingresos, momento en el cual pudo reducir el peso de las monedas (Carcopino, 1968: 122-123). Con la puesta en marcha de las nuevas explotaciones se compensó esta pérdida de peso previa. Sin embargo, no parece que exista una reducción significativa del peso en los años previos a la conquista de Dacia. Esto lleva a pensar que la apertura de nuevas minas y la entrada de metal no se tradujeron de forma sistemática en un incremento del peso de las monedas. En este mismo sentido, el período de Marco Aurelio llamó la atención de Mrozek, quien argumentó que el áureo descendió significativamente a consecuencia de la invasión dacia de los Marcomanni, fenómeno que pudo interrumpir las labores extractivas temporalmente. Según este autor, posteriormente, con Septimio Severo, hubo una recuperación del peso, fenómeno que relacionó con la reapertura de las minas una vez superada la invasión (Mrozek, 1968). Sin embargo, otros trabajos no recogen estas oscilaciones y señalan que la tendencia general fue la disminución del peso, aunque se documenten pequeñas variaciones bajo Adriano (7,25g), Antonino Pío (7,21g), Marco Aurelio (7,25g) y Cómodo (7,22g) (Crawford, 1978; Belloni, 2002: 258-259; Wilson, 2007). De nuevo, la apertura y cierre de minas no parece ser un factor determinante en las variaciones del peso. De hecho, los datos indican que, salvo ligeras modificaciones tendentes a la reducción del peso, el áureo se mantuvo relativamente estable desde época de Augusto. Las variaciones no llegaron a alcanzar ni 1g en los dos primeros siglos de nuestra Era (vid. Fig. 5).

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La tendencia se alteraría en cambio en época de Caracalla, emperador que llevó a cabo una modificación bastante profunda del sistema monetario, introduciendo nuevas piezas, variando el peso de las existentes y reformando el esquema que desde Augusto había permanecido sin grandes cambios.

El peso del áureo se redujo a 1/50 de libra, es decir a 6,54 g (Bolin, 1958: 252-253). No obstante, y a pesar de la introducción de nuevo numerario, la proporción 1 áureo=25 denarios, aún se mantuvo. La reforma de Caracalla puede resumirse en la siguiente tabla:

Tipos de monedas de época de Caracalla

Escala de equivalencia de valores nominales

Aureus binio (acuñado

ocasionalmente) 1 Aurei 2 Quinarii aurei 4 Antoniniani 25 Denarii 50 Quinarii argentei 100 Sestertii 200 Dupondii 400 Ases 800

Tabla 6.- El sistema monetario en época de Caracalla.

Sin embargo, la reforma de Caralla marcó un punto de inflexión en la evolución del sistema monetario, pues desde ese momento la caída del peso de las monedas de oro fue más acusada. En torno al año 250 d.C. un aureus pesaba 4,82g. A lo largo del mandato de Galieno las fluctuaciones fueron aún más pronunciadas y el contenido de oro de las monedas llegó a caer hasta 1g en el 265 d.C. (Wilson, 2007).

Imagen 27.- Antoniniano de Caracalla acuñado en Roma

en el 215 d.C. RIC IV, Caracalla 260B. Fuente. Online Coins of the Roman Empire (OCRE)

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Figura 5.- Evolución del peso del áureo hasta época de Caracalla.

El inicio del declive del peso del aureus coincide con el fin de la minería a gran escala en el Noroeste de Hispania, pero también con una serie de cambios y transformaciones que tuvieron lugar en el Imperio y en la Península a lo largo del siglo III d.C. y que hay que poner en relación. De hecho, teniendo en cuenta los precedentes de episodios de apertura y cierre de las minas de oro dacias, es posible que el final de las explotaciones de oro del Noroeste resultara menos determinante en los cambios en el peso de la moneda de oro de lo que pudiera llegar a pensarse. Estas cuestiones serán tratadas de forma más extensa en el último bloque. Por ahora sólo se adelantará que el contenido de oro en las monedas era más escaso a principios del siglo III d. C. que durante los primeros años del Imperio, aunque éste se mantuvo relativamente estable.

Si es posible aproximar las variaciones en el peso de la moneda de oro a lo largo de los dos primeros siglos de nuestra Era, calcular el volumen de moneda acuñada resulta mucho más complicado. A pesar de ello, existen algunas estimaciones, las cuales coinciden en que Augusto puso en marcha la circulación de estas monedas con una difusión relativamente amplia (Howgego, 1992: 10-12; Duncan-Jones, 1994: 144-150; Peso en

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Callu y Loriot, 1990). Este aspecto puede explicarse a través de dos factores fundamentales:

- Por un lado las reformas augusteas, completaron el proceso de construcción de

un único sistema monetario y la centralización de la autoridad que permitía acuñar moneda. El proceso, permitió la unificación y regularización de las emisiones, y llevó a una mayor producción de numerario.

- Por otro lado, la mayor disponibilidad de oro a consecuencia del desarrollo de la actividad minera, también contribuyó a un desarrollo extenso de las acuñaciones. Según Howgego (1992), la cantidad de moneda dependía de la disponibilidad de metales acuñables, del grado en que esos metales fueran luego utilizados para acuñar moneda (y no para otros usos) y de la velocidad en que esa moneda circuló. Como la principal forma de adquirir metales fue la minería (sin infravalorar el peso que pudieron tener otros mecanismos de entrada de metal como los botines de guerra), Howgego estableció una relación directa entre la acuñación monetaria y la producción minera (Howgego, 1992: 5; Sugden, 1993; Wilson, 2007).

También Duncan-Jones, realizó trabajos en este sentido. Utilizando los datos de depósitos de monedas y mediante la aplicación de métodos de extrapolación, este autor ofreció cifras concretas sobre la cantidad de monedas acuñadas desde la mitad del siglo I d.C. a la segunda mitad del siglo II d.C. (Duncan-Jones, 1994: 144-150). Así, estimó la cantidad de 16 millones de denarios y 1,1 millones de áureos por año hacia la mitad de la segunda centuria, mostrando que el numerario de oro dominó al de plata, es decir, el valor (medido en sestercios) que alcanzaron las acuñaciones de oro fue superior al que alcanzaron las de plata (Ibidem, 111, vid. Tab. 7). Estas cifras, que no encuentran paralelos en ningún otro sistema financiero preindustrial conocido, revelarían de ser ciertas, que Roma emitió grandes cantidades de moneda de oro, poniendo en evidencia el importante rol que desempeñó el áureo desde inicios del Imperio.

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Tabla 7.- Estimación de la cantidad de emisiones de monedas de oro en relación con las de plata.

Fuente. Duncan-Jones (1994: 167).

Para algunos autores, la justificación del elevado volumen en la producción se debe a que el uso de la moneda de oro debió de estar muy extendido, incluso entre capas de población humildes. Así, por ejemplo, Lo Cascio (2010) ha propuesto que el uso de la moneda de oro no estuvo restringido a ciertos grupos sociales. A partir de la lectura de algunas obras clásicas como las de Apuleyo, sobre todo del Asno de Oro, cree que es posible mantener que no hay una diferencia discernible entre grupos sociales que utilizasen la moneda de oro y la de plata y que el uso de la moneda de oro fue un hecho de la vida cotidiana 45.

Para justificar las elevadas cifras de la producción de oro, los defensores de estas estimaciones se apoyan fundamentalmente en el análisis de la composición de hielos de Groenlandia y de turberas de Suiza, Suecia y España (Renberg et al. 1994; Shotyk et al. 1998). Los resultados de estos análisis revelaron unas elevadas medidas en el grado de contaminación ambiental, que se han atribuido a operaciones de fundición durante época romana en el hemisferio Norte. Estos datos se han relacionado luego con un incremento de las labores mineras, pues se ha considerado que una mayor actividad en éstas serían las causantes de la mayor contaminación en este momento (Renberg et al. 2001: 515; Wilson, 2002: 25ss; Callataÿ, 2005; Lo Cascio, 2010; Kay, 2014: 46-48). Por otro lado, y en concreto para la minería de oro, interesan los estudios regionales

45 Sobre estas interpretaciones discrepan otros autores como Jones (1974: 194-201) o Jongman (2003),

quien en fecha relativamente reciente ha mantenido que la moneda de oro se utilizó especialmente para intercambios comerciales a gran escala. Según esta visión, la moneda de oro fue usada por una restringida élite comercial, pero no sería utilizada para comprar y vender bienes de consumo y servicios por la mayoría de la población. En la misma línea y apoyando un uso selectivo de la moneda, Mazzarino propuso que sería posible reconocer dos niveles sociales diferenciados: uno que usaría moneda de oro y otro de plata (Mazzarino, 1956: 139-149).

Emperador Áureo (millones) Por año Denario (millones) Por año

Valor de moneda acuñada en sestercios (millones) Por año Ratio de acuñaciones oro:plata Nerón 32,26 8,07 31,9 8,0 3.353 838 1:0,45 Vespasiano 34,33 3,61 357,6 37,6 4.864 512 1:4,8 Trajano 24,03 1,23 362,9 18,6 3.855 197 1:6,9 Adriano 22,70 1,11 319,3 15,6 3.548 173 1:5,4 Antonino Pío 32,42 1,41 442,7 19,2 5.013 218 1:6,3 Marco Aurelio 23,70 1,24 294,8 15,5 3.549 187 1:5,7

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sobre la contaminación por mercurio, ya que existen indicios de que éste era usado para la separación a través de la amalgama46, tal y como parecen indicar algunos estudios realizados recientemente en algunas minas como Las Médulas y El Cabaco (Sánchez- Palencia, 2012a: 124; Sánchez-Palencia y García, 2014). En la turbera de Penillo Vello (Galicia), Martínez Cortinas ha establecido que el mercurio antrópico encontrado aumentó en un 30% en la etapa republicana romana, subió luego lentamente durante el Imperio, cuando se introdujo el refinado del cinabrio, para descender luego bruscamente (Martínez Cortinas et al. 1999). Según Chic (2005) estos datos son además coherentes con lo que se conoce sobre la minería y metalurgia del mercurio en la Península. El mercurio total se incrementó durante la primera fase de la explotación romana (durante el período republicano), lo que podría indicar un auge minero.

Sin embargo, a pesar de los ecos que han tenido estos trabajos, lo cierto es que la contaminación atmosférica en el hemisferio norte nada indica realmente sobre la obtención de metales a través de la minería. Lo único que revelan estos estudios es una intensificación de la actividad metalúrgica respecto a fases inmediatamente anteriores y posteriores y, desde luego, nunca comparable con la curva que marca el inicio de la industrialización (Orejas y Sánchez-Palencia, 2014: 328). Los estudios regionales también ponen de manifiesto ciertas tendencias, pero resulta arriesgado poner estos datos en relación con la actividad de las minas o con el volumen de las acuñaciones. No es posible saber que el destino de la actividad metalúrgica fuera producir moneda o que el metal fundido y causante de la contaminación proviniera de la actividad minera. De hecho, es conocido que aparte de las minas, existieron otras fuentes de recursos metalíferos. Así Suetonio recogía cómo al oro procedente de las minas activas en fase tardorrepublicana, como las galas, se sumaron los botines capturados y el tesoro de Egipto, que incrementaron el volumen de metales para acuñación de moneda en época de Augusto (Suet. Aug. 41, 1-2). Bajo los sucesores de Augusto se siguieron efectuando expediciones e intentos por obtener oro de otras fuentes, tal y como cuenta Plinio respecto al interés de Calígula por conseguir oro (Plin. NH. 33, 79) o el deseo que llevó Nerón a buscar el tesoro de Dido, según Tácito (Ann. 16, 1-2).

46 Tanto Plinio (NH. 33, 99-100) como Vitruvio (De Arch. 7, 8, 1-4), se refieren a la amalgamación con

mercurio. Además, se sabe que en Hispania, Roma tendría acceso a este recurso, pues aquí se encontraba operativa una de las más importantes minas de mercurio, en el entorno de Sisapo (La Bienvenida) (Fernández Ochoa et al. 2002; Zarzalejos, 2008; Zarzalejos et al. 2012). A pesar de ello, todavía existen dudas acerca de la aplicación sistemática de estos conocimientos en la explotación del oro (Healy, 1978: 157; Domergue, 1990: 77-78; Ramage y Craddock, 2000: 13).

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En definitiva, hay que tomar con muchas precauciones los estudios de contaminación atmosférica como indicadores de evolución de la actividad minera. Al mismo tiempo, no hay que extrapolar directamente los datos que se conocen sobre variaciones en el peso de los aurei con la actividad de las minas. Los estudios de este tipo muestran tendencias generales, pero hay que tener en cuenta que el metal disponible para la acuñación no sólo dependió de la minería.

Figura 6.- Flujo de entrada y salida de metal.

Como se observa en la Fig. 6, son varios los factores que posibilitaron la entrada y salida de metal en el sistema monetario. La minería, aunque fuera una fuente imprescindible de suminitro, no fue la úniva variable que influyó en la cantidad de metal disponible. Esto contribuye a explicar que ciertos episodios de apertura y cierre de minas no se traduzcan sistemáticamente en alteraciones en el sistema monetario. Así ocurre, por ejemplo con la conquista de Dacia –que puso bajo dominio imperial las minas de Roşia Montană– o la posterior revuelta de los Marcomanni –que ocasionó que estas labores dejaran temporalmente de ser explotadas–. Dichos sucesos pudieron alterar el volumen de circulación monetaria, pero no se documentan variaciones significativas del peso de las monedas de oro. De hecho, los datos conocidos relativos al peso y cantidad de metal en las acuñaciones, revelan que durante los dos primeros siglos del Imperio, la moneda de oro mantuvo relativamente estable su peso y su contenido de metal (Wilson, 2007: 114, fig. 1). Esta característica –que contrasta con la evolución de la moneda de plata, cuyo peso osciló de manera mucho más significativa (Duncan- Jones, 1994: 217)–, refuerza la idea de que la moneda de oro actuó como garantía de valor. Frente a los cambios en el peso y contenido de metal del resto del numerario, la moneda de oro se mantuvo estable y con ello, fue posible mantener en funcionamiento

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el sistema monetario de Augusto. Por tanto, el interés estratégico que tuvo la moneda de oro durante el Principado, fue determinante a la hora de mantener las acuñaciones (quizá más que una variación puntual en el suministro de metal).

Así pues, y a la vista de estos datos, sí es posible extraer conclusiones parciales que permiten entender las políticas imperiales y el interés estratégico con relación a la minería del oro:

- Existió una voluntad de mantener el peso del aureus y su contenido de oro estable y de hacer regular su emisión, por ser una garantía de valor que permitía mantener el sistema monetario ante las oscilaciones en el resto del numerario (sobre todo del denario). En este sentido es probable que se intentara mantener estable el volumen de acuñaciones de oro a lo largo, al menos, de los dos primeros siglos de nuestra Era. Se produjeron pequeñas variaciones, pero se procuró mantener una producción de numerario aurífero relativamente constante.

- Por otro lado, no hay que olvidar que la moneda de oro fue un elemento de prestigio donde se materializó el poder y la simbología imperial, y en este sentido su mantenimiento interesó a Roma, quien la utilizó para difundir la imagen del princeps y proyectar el concepto de poder imperial.

Desde comienzos del siglo III d.C., este sistema entró, sin embargo, en una crisis que acabó por descomponer el sistema monetario augusteo. En realidad fue el mantenimiento relativamente estable de la moneda de oro frente a la pronunciada pérdida de peso de la de plata, lo que produjo un desequilibrio insalvable que llevó a la desarticulación del sistema. Sólo con la reforma de Constantino se pudo poner fin a esta crisis. Sobre estas cuestiones se volverá, no obstante, cuando se trate el final de las explotaciones mineras y los cambios del siglo III d.C. (vid. Cap. 13).

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EL DESARROLLO DEL RÉGIMEN JURÍDICO DE