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Las aportaciones de la documentación arqueológica.

LOS DATOS PROBLEMAS METODOLÓGICOS

del 28 d.C Fuente: EST-AP (IH CSIC).

3.2.4. Las aportaciones de la documentación arqueológica.

Como ya se mencionó al plantear los objetivos generales, la elaboración de este trabajo ha sido posible gracias a la existencia de estudios anteriores que, en los últimos años, han ido completando los datos arqueológicos con los que se contaba para el Noroeste. Además de la información procedente de las numerosas campañas arqueológicas que se han desarrollado en la zona, principalmente desde los años 80 del siglo pasado, se cuenta con trabajos sistemáticos elaborados en las últimas décadas y que dan una visión mucho más completa. Esta información arqueológica, aunque todavía parcial, permite abordar investigaciones relacionadas con cuestiones específicas, dando respuesta a interrogantes antes inciertos.

En concreto, de forma destacada para esta obra, se encuentra el catálogo que recientemente ha completado el grupo de investigación Estructura Social y Territorio. Arqueología del Paisaje (IH. CSIC) y en el que se recogen varios yacimientos asociados con la via Nova, o vía XVIII del Itinerario Antonino, una calzada de época flavia que unió las principales zonas mineras del Noroeste, desde Asturica Augusta hasta Bracara Augusta (Sánchez-Palencia y Sastre, dir. 2011). Este trabajo se suma a otros muchos anteriores que ha publicado este equipo y que aparecen recogidos en la bibliografía de esta tesis (e. g. Sánchez-Palencia y Fernández-Posse, 1985 y 1988; Orejas, 1996; Sánchez-Palencia y Mangas, dir. 2000; Sánchez-Palencia, dir. 2000; Currás, 2014; Romero, 2016).

La zona asturiana no ha sido objeto todavía de una revisión sistemática semejante a la de la región occidental leonesa, pero las excavaciones de los últimos años, han permitido conocer suficientes datos como para incluir su estudio en el marco de esta tesis. En este sentido destacan los trabajos coordinados por de Blas y Villa (2002) o Camino (2005), a los que se unen las investigaciones de algunos castros asturianos relevantes de la parte occidental por parte de Villa (2001, 2002a, 2002b), especialmente en el Chao Samartín y la reciente tesis doctoral de Marín Suárez (2011), enfocada, no obstante, a la Edad del Hierro. En la parte central de Asturias, son reseñables los trabajos de Fernández Ochoa en Gijón (Fernández Ochoa, 2002; Fernández Ochoa et al. 2003), Lugo de Llanera (Fernández Ochoa et al. 2001) y la villa de Veranes (Fernández Ochoa y Gil Sendino, 1999 y 2007b; Fernández Ochoa et al. 2016) o las aportaciones en la reciente tesis de Requejo (2013) para el estudio de la cuenca del río Nora.

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La región gallega también ha sido objeto de varios trabajos, algunos de ellos centrados en el poblamiento de esta zona, como la obra de Pérez Losada (2002), cuya contribución ha sido fundamental en esta tesis, o la obra de Caamaño (2009), quien ha realizado un estudio del recorrido de la via Nova en su tramo galaico, también fundamental. Por otro lado, al ámbito de la arqueología gallega pertenecen los trabajos de Parcero (1995 y 2002), González Ruibal (2006) o Grande Rodríguez (2007 y 2008), centrados en la Edad del Hierro y en el cambio de Era. A estos se añaden investigaciones sobre los grandes castros, como los trabajos de Arias Vilas (1992) en el conocido castro de Viladonga (Arias Vilas, 2000), o las recientes aportaciones de Sánchez-Pardo (2008 y 2010), quien incluye el estudio de la Antigüedad y de la Alta Edad Media. Mientras, en Lucus Augusti, sólo el desarrollo de la ciudad en los últimos años y la necesidad de efectuar excavaciones de urgencia, ha sacado a la luz algunos restos de la capital conventual que, por lo general, es aún muy desconocida. Aun así, existen algunos trabajos como los desarrollados por Rodríguez Colmenero (1996) o González Fernández (1997 y 2005).

Varias investigaciones portuguesas han contribuido a completar el panorama de la arqueología del Noroeste. Destacan, en este sentido, los trabajos de Martins (1990) en el valle del Cávado, los de Almeida (1996) en la región del Minho, los del Carvalho (2008a) para la fachada occidental del conventus Bracarensis y los de Lemos (1993) para la zona de Tras-os-Montes. El sector oriental, con Aquae Flaviae como punto destacado, también ha sido objeto de investigaciones (Lemos y Martins, 2010). Por su parte, la capital conventual Bracara Augusta, ha sido abordada desde la arqueología portuguesa por investigadores como Morais (2001, 2005 y 2009), Lemos (2007-2008 y 2010) y Martins (2004), aunque lamentablemente, y a pesar del carácter monumental de la ciudad, las excavaciones sistemáticas han sido todavía muy escasas.

Por último, en la zona del occidente de Zamora, destacan las contribuciones de Esparza (1987), centradas en la Edad del Hierro, permaneciendo la época romana mucho menos estudiada, con algunas excepciones como los trabajos desarrollados en el campamento militar de Petavonium (Martínez García, 1999; Carretero, 2000).

Este panorama general, sin ser exhaustivo, revela cómo la documentación arqueológica disponible es muy heterogénea, pues no todas las regiones han sido estudiadas con la misma intensidad, ni las investigaciones han estado orientadas por objetivos similares. Esto ha ocasionado que el foco se haya puesto en determinadas cuestiones (como por ejemplo la transición de la Edad del Hierro al mundo romano),

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permaneciendo otros temas relegados a un plano secundario. Como consecuencia inevitable, el conocimiento actual sobre el registro está influido por la trayectoria de la investigación y los datos disponibles dependen del mayor o menor desarrollo de los trabajos arqueológicos previos y de los intereses que han centrado estos trabajos.

No osbtante, teniendo en cuenta estas limitaciones, es posible desarrollar un estudio como el presente. En él, se pretende superar el análisis arqueológico más tradicional (basado en el análisis, principalmente, de restos relacionados con los núcleos de habitación) y tratar al paisaje como objeto de estudio en sí mismo. Dicho de otra forma, en esta tesis se entiende que el paisaje no es simplemente un marco geográfico o un escenario sobre el que se desarrollaron las relaciones sociales, sino que el paisaje es algo mucho más complejo, definido como el resultado de las relaciones de los seres humanos con el entorno, de las distintas formas de apropiación del espacio, de la evolución de los intereses y estrategias productivas de los grupos humanos, de su mentalidad… El paisaje es, por tanto, “una construcción cultural que sintetiza relaciones sociales, económicas y ecológicas a través del tiempo” (Orejas, 2008: 79). Además, el paisaje no es algo que permanezca inmutable desde el pasado, sino que se encuentra en continuo cambio y transformación. Nuestra propia forma de concebir el espacio y de acercarnos a él, también define ese paisaje. Es necesario entonces hablar de procesos de cambio, desde la perspectiva de que el paisaje está en constante evolución.

Existen algunos documentos arqueológicos que permiten la aproximación a los paisajes antiguos y la detección de cambios en las dinámicas territoriales y sociales. Se trata de elementos que permiten ver distintas formas de apropiación y organización del espacio y que se relacionan, a su vez, con los procesos de provincialización y evolución de las comunidades dentro del Imperio. En ocasiones son claramente visibles e identificables como parte del paisaje antiguo. Este es el caso, por ejemplo, de los castros, los asentamientos abiertos o las minas antiguas. En otras ocasiones son, en cambio, menos visibles o han desaparecido, como es el caso de las vías que han perdido parte de su trazado, de las parcelaciones de las tierras de cultivo o de los límites entre civitates. Estos elementos, y las relaciones entre ellos, aportan información que ha de ser entendida conjuntamente con los datos que transmite la documentación literaria o epigráfica.

Existen, sin embargo, algunos problemas a lo hora de realizar estas aproximaciones. En primer lugar, hay dificultades a la hora de determinar la cronología del registro, algo imprescindible cuando lo que se pretende es analizar procesos de

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cambio. Incluso en las regiones en las que la documentación es más abundante, la mayoría de los asentamientos no ha sido objeto de un estudio territorial en profundidad y los datos disponibles proceden de fotointerpretaciones y prospecciones que sólo permiten determinar la morfología de asentamientos, pero que rara vez suministran material con el que precisar la fecha de ocupación. En general, se encuentran fragmentos de cerámica común romana o tegulae que dan rangos cronológicos de casi tres siglos (Serrano Ramos, 2008: 471-488). Y esto en el mejor de los casos, porque es muy frecuente que las labores agrícolas y la ocupación humana actual hayan desfigurado los yacimientos hasta el punto de que no es posible determinar de qué tipo de instalación se trata. Sólo queda entonces definir el yacimiento por la aparición de áreas de concentración de material, con las dificultades que esto supone, y clasificarlo de forma imprecisa como yacimiento romano de época altoimperial o tardío. El problema se vuelve más acusado cuando hay que enfrentar el análisis arqueológico del siglo II d.C. pues, mientras que las cronologías cerámicas para el siglo I d.C. están mucho mejor definidas, los materiales guía que permiten secuenciar la información de la segunda centuria son más complejos (Fernández García y Roca Roumens, 2008).

En segundo lugar, la información con la que se cuenta es desigual, con ausencia de análisis territoriales en muchas zonas, los cuales son necesarios para superar el análisis arqueológico local centrado en el yacimiento. No se trata sólo de determinar el tamaño o la función de los sitios ocupados, sino de realizar análisis de poblamiento que permitan ver cambios en las relaciones entre asentamientos, en las formas de ocupar el espacio, en las relaciones con otros elementos del paisaje, como las vías o los recursos mineros. Esto contribuye, además, a evitar el análisis del registro desde un punto de vista parcial y estático, entendiendo el paisaje como realidad dinámica y cambiante.

Por último, y de forma específica para este trabajo, la investigación de los últimos años ha prestado especial atención al mundo castreño, y a las formas que adopta el paso al mundo romano. Tales enfoques han sido adoptados porque, una de las preocupaciones fundamentales que ha guiado los trabajos, ha sido la de evaluar el impacto de la conquista romana con el fin de defender la continuidad (e.g. García Quintela, 2002: 19 y 2007; Parcero, 2000, 2002; Parcero et al. 2007) o la ruptura (e.g. Orejas, 1996; Sánchez-Palencia ed. 2000; Currás, 2014) con el pasado prerromano. Esto supone un problema a la hora de realizar un estudio de finales del siglo I d.C. y el siglo II d.C., pues los cambios que experimentó el registro en este período no han sido objeto de análisis tan profundos.

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Esta tesis se enfrenta entonces al estudio de un período peor conocido arqueológicamente, lo que ha contribuido también a que en ocasiones se otorgue mayor peso a las informaciones obtenidas por otras fuentes (como las jurídicas) a la hora de contruir un relato histórico sobre estos momentos. Es por ello que se vuelve imprescindible abordar este trabajo, pues es sabido que el paisaje del Noroeste no se mantuvo estático a lo largo de los siglos I-III d.C. y que después de las primera fase de conquista y organización provincial el territorio experimentó cambios. Será necesario, por tanto, realizar un estudio de poblamiento desde una perspectiva diacrónica que analice dichas transformaciones y permita avanzar en el conocimiento de la evolución social y territorial una vez superadas las primeras décadas postconquista.