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ECONOMÍA, MONEDA DE ORO Y MINERÍA EN LA POLÍTICA ALTOIMPERIAL (SIGLOS I Y II D.C.)

5.1. El significado de la moneda de oro dentro de la política altoimperial.

5.1.1. El modelo de la economía antropológica.

Desde la economía antropológica ha llegado una perspectiva que considero apropiada para abordar el estudio de las monedas en el mundo antiguo y entender el papel que desempeñaron las acuñaciones monetarias dentro del Imperio romano. El modelo fue principalmente desarrollado por Bloch y Parry (1989) y ha sido aceptado por otros como Roymans (1996 y 2004) o Aarts (2003 y 2005), en sus estudios sobre circulación monetaria en contextos romanos no urbanos, en los que no siempre es fácil hablar de auge comercial para entender la presencia de numerario. Estos enfoques combinan una doble perspectiva, pues parten de que la moneda es un producto social que tiene funciones económicas –siempre y cuando se tengs en cuenta que sociedad y economía no son esferas independientes en el mundo antiguo–, pero también, y de forma no subordinada, un significado ideológico-simbólico (Bloch y Parry, 1989: 21). Algunas de las funciones económicas de la moneda pueden ser fácilmente reconocibles. Por ejemplo, es posible interpretar que la moneda se usó para realizar intercambios o para satisfacer el tributo, y esto fue esencial para mantener el Imperio. Mientras, la función ideológica-simbólica es más difícil de apreciar, pues depende del valor que los distintos agentes sociales le otorgasen y esto pudo variar no sólo de una cultura a otra, sino también de un momento a otro (Bloch y Parry, 1989: 22-23). Como prueba de la importancia del valor simbólico de las monedas, además del evidente repertorio iconográfico que éstas contienen, se pueden citar casos como ciertos depósitos de numerario identificados como rituales y que son relativamente frecuentes sobre todo en contextos rurales (Aarts, 2005: 18-19).

Desde mi punto de vista, este modelo ofrece una visión intermedia que le da valor a la moneda como instrumento económico, pero también como un elemento político-ideológico. Con ello se evitan las perspectivas economicistas que no hacen justicia a las múltiples funciones y significados que tuvo la moneda en el mundo antiguo. Como ejemplo se puede acudir al caso de Galba, quien transportaba moneda de oro como símbolo de prestigio43. También se puede recordar la importancia del papel

43 Según recoge Suetonio, Galba siempre llevaba consigo, durante sus viajes y traslados, la cantidad

de un millón de sestercios en monedas de oro, justo el dinero mínimo necesario para pertenecer el ordo

senatorius (Suet. Galb. 8). Según las estimaciones realizadas, esto suponía transportar unos 80 kg de oro

en un carro en cualquiera de sus desplazamientos. La elección de la moneda de oro, en vez de la de plata, podía responder a un motivo práctico, puesto que un millón de sestercios en denarios pesaba cerca de una tonelada, lo que significa un 92% más de peso que un millón en áureos. Además, el valor de la moneda de oro estaba garantizado. Pero a estas motivaciones se debía sumar otra simbólica o ideológica relacionada con el prestigio que suponía poseer monedas de oro.

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propagandístico de los tipos y leyendas recogidos en el numerario (vid. infra). Pero es que, además, existen varios ejemplos de cómo las funciones de la moneda experimentaron cambios definidos según los contextos en los que fue utilizada. Este es el caso de los trabajos que se han realizado en torno a los bátavos y la monetización de estos pueblos situados en el limes a lo largo del Imperio romano. Los investigadores que han trabajado estos contextos han encontrado diferencias entre el uso de la moneda en el centro urbano de Batavodorum (Nijmegen) y los asentamientos rurales del entorno (Roymans, 2004; Aarts, 2005). Los bátavos sirvieron de forma masiva en el ejército, obteniendo moneda, pero cuando ésta llegó a los asentamientos rurales se le dio un uso ritual. Es decir, los bátavos utilizaron la moneda para el intercambio económico allí donde existía un sistema monetario: la capital de la civitas, los campamentos militares y los vici adyacentes, pero estas mismas personas usaron la moneda con funciones distintas en contextos rurales.

Por otro lado, uno de los problemas de los modelos economicistas es que asumen que el intercambio de mercado tomó el control de las otras formas de intercambio (como la reciprocidad o el trueque), con más o menos éxito a lo largo del período romano. Esta visión, por una parte, niega la importancia que los tipos de intercambio no mercantiles tuvieron en Roma, y por otra, proyecta una visión lineal y progresiva de la monetización cuando, en realidad, existieron zonas en el Imperio donde la circulación monetaria fue muy escasa y donde continuaron existiendo formas de intercambio no monetales. Existen varios ejemplos de ello en contextos rurales, uno de los cuales puede ser el Noroeste (Cepas et al. 1999; Cavada y Villanueva, 2004).

Por tanto, creo que la mejor perspectiva es articular ambas esferas (la económica y la simbólica), desde un punto de vista integral, no subordinado. La tributación y los intercambios comerciales son aspectos imprescindibles que hay que tener en cuenta para entender el papel de la moneda, pero que no deben ser disociados de los aspectos simbólicos, ideológicos o políticos. La reforma de Augusto y el mantenimiento del sistema monetario sólo se entienden desde esta doble perspectiva en la que la función relacionada con la tributación, el pago de las tropas o el comercio, se vincularon con el programa propagandístico, la difusión de la imagen imperial y el proceso que llevó al emperador a controlar los resortes del Estado. La combinación de estos aspectos permite entender el sistema monetario como una herramienta más de control político por parte del emperador (Huot, 1996: 5) y no sólo como un instrumento para facilitar los intercambios. Y aquí reside la clave para analizar la minería como una actividad

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estratégica para Roma puesto que el suministro de metal era esencial para el Estado, no sólo desde un punto de vista económico, sino también ideológico y político.

Partiendo de este enfoque, es posible valorar los motivos que llevaron a Augusto a reformar el sistema monetario como sigue:

- En primer lugar, la regularización de las acuñaciones permitió la unificación del sistema monetario y la fijación de unos valores de referencia (sobre esto se volverá en el apartado 5.2 al tratar la evolución del peso de la moneda de oro a lo largo del Alto Imperio). La reforma del sistema monetario fue tomando forma a través de una serie de medidas y cambios que persiguieron la estabilización y garantía de los metales y las relaciones entre ellos, creando una relación fija entre los valores nominales de las acuñaciones (Harl, 1996: 73-96). Para ello fue necesario asegurar un suministro de metal acuñable suficiente y es en este sentido en el que la actividad en las minas de oro (además de las de plata o cobre), se volvió esencial. Además, este aspecto no puede desligarse de los cambios que experimentó el Imperio a comienzos del siglo I d.C. y que llevaron a sentar las bases sobre las que se configuró el nuevo orden político y de control territorial.

- En segundo lugar, las acuñaciones pueden entenderse como instrumento de control de los intercambios comerciales y de la tributación, en el sentido descrito por Crawford, Finley o Hopkins (vid. supra). Además, con el control tributario se relaciona el proceso de control progresivo de las finanzas por parte del emperador (de Martino, 1973-1975: 899; Nicolet, 1988a: 103, 157 y 2000: 198), que se analizaron en el capítulo anterior (vid. Cap. 4.1.2). A través de él se generaron unos mecanismos que convergieron en la configuración del fisco, donde se reunió el dominio y la gestión de los metalla publica, la tributación y el sistema monetario. Por tanto, dentro de este esquema el sistema monetario adquirió sentido como instrumento de control por parte del Imperio y se configuró como un elemento imprescindible para mantenimiento del Estado (Orejas y Sánchez-Palencia, 2016).

- Las monedas, por último, fueron un elemento imprescindible de propaganda que difundiría la nueva imagen del princeps y la concepción del poder imperial. Este aspecto, con frecuencia olvidado en los estudios abordados desde las ópticas más economicistas, es esencial para entender el desarrollo

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del sistema monetario y el interés de Augusto por reformarlo y unificarlo. Este interés propagandístico cobra mayor sentido dentro del contexto de definición del Principado porque la moneda (como la tributación) fue una herramienta más de control político y sometimiento de las poblaciones a las estructuras del Imperio. Por ello Augusto unificó el sistema monetario acabando con la diversidad de sistemas y la proliferación de autoridades y lugares de acuñación. Esto le permitió centralizar el sistema, que sería puesto bajo su control a lo largo del siglo I d.C., al pasar a depender del fisco. El siguiente paso se produjo en época flavia, momento en el que, como se vio, se desarrollaron una serie de medidas orientadas a consolidar la nueva dinastía y a posicionar a la gens Flavia sobre el resto de las aristocracias. En este contexto tuvo lugar una centralización de cecas imperiales, en la que Roma adquirió el mayor protagonismo, medida en consonancia con el programa de fortalecimiento del poder estatal. En definitiva, la moneda se convirtió en un elemento estratégico clave, cuyo control iba a ser fundamental para el Imperio. Y para el mantenimiento de las acuñaciones, las minas fueron esenciales.