En el Hércules hacía un frío intenso. El aburrimiento comenzó a ganar adeptos. Los detectives, en silencio. Arce Larco aparentaba dormir. Faura se reveló como un conversa- dor recio. La fatiga, para él, parecía no existir; de un tema pasaba a otro.
El avión nos llevaba, cada segundo, más lejos de Lima, la temible ciudad de cuatro mi- llones de habitantes. Rodeada por un cordón de miseria, donde se hacinaban dos millones de peruanos en condiciones inenarrables de miseria. Lima, la ciudad jardín, es apenas una fracción de la metrópoli que se recuesta sobre el mar.
El distrito de San Isidro es un oasis en la ciudad rugiente de miseria, de tensiones, de miserables que se juegan la vida por un pedazo de pan. En esta zona residencial, entre oli- vares y flores, entre parques bien cuidados y avenidas sin mendigos, viven los diplomáti- cos, la clase media alta y lo que queda de la vieja aristocracia peruana. A lo largo de la avenida General Pezet se levantan edificios de departamentos bastante caros: y en sus pro- ximidades, están las residencias de los embajadores de Chile, de Francia y de Cuba. Al otro extremo, en la avenida Salaverry, está la enorme residencia del embajador de la Unión So- viética.
¡Qué lejos estamos, vicealmirante Faura Gaig, de la revolución; de San Isidro; de la campaña electoral de la Constituyente, en la cual usted es candidato para un escaño en la lista del Partido Socialista Revolucionario!
Guillermo Faura Gaig, vicealmirante de la Armada Peruana, vivía en el número 1526 de Pezet, en compañía de su esposa, Olga Marquina, en una bonita y moderna residencia de dos pisos. Un amplio recibo se prolongaba, por un lado, hacia un jardín; y, por el otro, daba paso al escritorio. En el segundo piso, el dormitorio del matrimonio, con ventanas a la avenida, también espacioso.
Faura Gaig pasó el uno de enero de 1975 en su casa. Estuvo en pijama, revisando pa- peles y, en la noche, comenzó a corregir el texto del mensaje que al día siguiente, después de jurar como ministro de Marina, dirigiría a la Armada.
Faltaban pocas horas para que Faura Gaig se convirtiera en uno de los cuatro hombres más poderosos del Perú. El Chino Velasco, el General del Pueblo, el Jefe de la Revolución y el Presidente de la República, era su amigo. Junto a él, los generales Mercado Jarrín, del Ejército; y Gilardi, de la Fuerza Aérea; y, desde el día siguiente, Faura, de La Marina, for- marian la cúpula del poder militar y político en el Perú Revolucionario.
—Señor, los guardias dicen si podrían irse a sus casas, porque anoche estuvieron de servicio toda la noche. ¿Qué les contesto?, preguntó el mayordomo Andrés Lavado.
—Que se vayan, contestó Faura Gaig.
Como todos los altos jefes de la Fuerza Armada, el vicealmirante Faura tenía personal especial para la vigilancia de su residencia. Este servicio habíase redoblado puesto que, hacía pocas semanas, los ministros Mercado Jarrín y Tantaleán habían sido abaleados de madrugada en una avenida principal de la ciudad.
El 31 de diciembre había pasado a la situación de retiro el vicealmirante José Arce Larco, su gran amigo. El Presidente Velasco escogió a Faura Gaig para reemplazarlo; pero, al hacerlo, había dejado de lado a los vicealmirantes Bellina, López de Castilla y Amat, más antiguos que Faura. Éstos fueron invitados a pasar a la situación de retiro.
Al Presidente Velasco, los marinos no le parecían lo suficientemente revolucionarios. Les tenía desconfianza. Faura Gaig era su hombre de confianza.
A la 1 y 30 de la madrugada, Faura Gaig se metió en la cama. El lobo de mar se dur- mió rápidamente.
Una tremenda explosión hizo lanzar gritos de horror a miles de personas. Se sintió un violento remezón. ¿Temblor? ¿Terremoto? Las luces de los edificios de departamentos, de las residencias y de las embajadas, se encendieron. Las lunas de las ventanas habían salta- do en añicos y caían, como lluvia de vidrios, con un ruido escalofriante, sobre las calles. ¿Qué había ocurrido? En pijama, y con los ojos somnolientos, los menores; y con la sor- presa y el terror en la mirada, los adultos, comenzaron a volcarse a las calles.
—¡Han volado la casa de Faura!, fue el comentario general.
En la cuadra 15 de Pezet se levantaba una nube de polvo. Nadie se atrevía a acercarse. Faura Gaig y Olga de Faura despertaron brutalmente arrojados al suelo. La cama de desplazó hacia un ángulo del dormitorio. Una lluvia de vidrios caía sobre la alfombra, so- bre la calva del marino, sobre los muebles. Su esposa gritó y comenzó a llorar.
—Willy, ¿qué pasa? ¿Terremoto?
Faura se incorporó. Ubicó sus anteojos; accionó el interruptor de la luz, pero las bom- billas no se encendieron. Los libros que tenía sobre su mesa de noche, la pequeña lámpara, todo estaba tirado por los suelos.
Olga abrió la puerta del dormitorio y, tras ella, salió Faura.
Ella iba a precipitarse por la escalera, cuando el marido la retuvo violentamente por un brazo.
—¡Cuidado! ¡Es una bomba!
Faura sintió el olor característico de las bombas de demolición. A una explosión, suele seguir otra. Había que esperar algunos segundos.
Bajó por las escaleras. El espectáculo era tremendo. La puerta principal, hecha de ro- ble, de seis centímetros de grosor, asegurada con cinco bisagras metálicas, había sido arrancada de cuajo. Estaba tirada en el suelo, en el vestíbulo de la casa. El piso, lleno de vidrios, de cascote. El olor de glicerina, era penetrante; el polvo, apenas permitía respirar.
El ulular de sus sirenas precedió a la policía. En la avenida se escuchaba el coro de vo- ces de los vecinos que, poco a poco, vencían su temor y se acercaban a ver qué es lo que había ocurrido. El polvo impedía ver qué pasaba en la calle. Faura trató de dirigirse a la sala. Pero el piso estaba lleno de escombros, de ladrillos; tuvo la impresión de que su casa se había venido abajo.
Su esposa dio un grito. Faura subió, rápidamente, las escaleras. Olga de Faura se había herido el pie al pisar los vidrios rotos, que estaban esparcidos por los suelos.
La policía hizo un despliegue impresionante de elementos materiales y humanos. Tra- bajó intensamente, con minuciosidad. A las 7 de la mañana, se tenía un cuadro completo de lo que había ocurrido.
La explosión se produjo a las 3:55 de la madrugada. Desde la calle, se apreciaba que la puerta principal había sido arrancada de su marco; los vidrios de las ventanas, habían esta- llado; los marcos metálicos, habían sido arrancados y retorcidos; los fragmentos de vidrio, concreto, ladrillo y tierra, llegaban hasta cincuenta metros de distancia.
El foco de la explosión fue ubicado en la base de una columna, bajo el ventanal, sobre el jardín exterior. Al estallar el artefacto, lo hizo con tal violencia, que abrió un forado de sesenta centímetros de diámetro a través de una pared de treinta centímetros de espesor, hecha de ladrillo y concreto.
La fuerza de la explosión fue de tal naturaleza que trajo por los suelos, íntegramente, una pared saliente de 2.50 m de alto y un metro de profundidad; y produjo el desprendi- miento de una parte del techo del salón. En la parte exterior, la explosión destrozó seis pa- sos de la escalera de acceso y produjo un hundimiento del piso. Quedó un hueco en suelo, de treinta centímetros de profundidad y un metro de diámetro. El fogonazo, con restos de carbón, llegó al segundo piso y, lateralmente, hasta dos casas vecinas, por ambos lados. La mayoría de los muebles de la sala, los adornos, jarrones, estatuillas, quedaron reducidos a polvo. La casa no se derrumbó porque tenía una estructura asísmica.
Descansaba sobre tres columnas de acero, sobre las cuales una viga, también de acero, servía de soporte al techo. Todo cimentado en forma extraordinaria en el subsuelo. El arte- facto explotó junto a una de sus columnas. Si no hubiera sido así, los esposos Faura hubie- sen volado en el aire.
Los restos recogidos por la policía le permitieron afirmar que se trató de un artefacto accionado por pilas eléctricas, marca National. Todo estuvo disimulado en un maletín de deportista.
Los peritos establecieron que el explosivo era el mismo que se había utilizado en un atentado contra el diario La Prensa, ocurrido el 3 de octubre de 1974; en los atentados con- tra el grifo ubicado en la intersección de las avenidas Cuba y Salaverry; y en la explosión ocurrida frente a la casa del ministro de Energía y Minas, general Fernández Maldonado, hechos registrados el 11 de noviembre de 1974.
Algunos días después, llegó un juez del fuero militar, acompañado de su secretario, hasta el domicilio del ya ministro de Marina. Faura rindió su declaración, firmó el acta y esperó.
Han transcurrido cuatro años desde entonces; nunca más se volvió a hablar del asunto. ¿Por qué encarpetó el juez privado este expediente? ¿Hasta qué nivel llegaron las averi- guaciones de la Policía de Investigaciones? Son preguntas que han quedado sin respuesta.
El 25 de junio de 1975, el ministro de Marina, vicealmirante Guillermo Faura Gaig, llegó a Lima procedente de Iquitos. Lo acompañó el vicealmirante Gálvez Velarde. Fue del aeropuerto a su casa. Estaba en la ducha cuando lo llamaron, en forma urgente: la escuadra se había sublevado. El contraalmirante José Carbajal, director de Abastecimientos, a bordo del "Almirante Grau", el barco insignia, se había hecho a la mar. Faura Gaig habló con el Comandante General de la Escuadra, contraalmirante Fernández Dávila.
—Que tengan listos dos helicópteros. Yo iré al "Bolognesi" y usted al "Quiñones". Faura Gaig llegó, poco después, a su oficina en el ministerio de Marina, en la avenida Salaverry. El Presidente Velasco lo llamó por teléfono.
—Guillermo, ven a Palacio, tengo que hablar contigo.
—Señor Presidente, primero voy a arreglar este asunto. Es muy sencillo. Después voy a Palacio.
Llegaron varios jefes de la marina. Pasaron algunos minutos. Un helicóptero demoraría en estar listo para partir.
El Presidente Velasco llamó una vez más. Faura se excusó; no quería hablar con el Presidente. El Chino volvió a llamar; Faura se negó. Insistió el Jefe de la Revolución; Fau- ra contestó:
—Es necesario que vengas a Palacio porque hay una información urgente que no pue- do darla por teléfono.
La orden era terminante. Faura Gaig salió, raudo, a Palacio.
Cuando entró al despacho del Presidente, éste lo esperaba en compañía del ministro de Guerra, general Morales Bermúdez; y del ministro de Aeronáutica, General Gilardi.
—Guillermo, hay que encontrar una fórmula de arreglo.
El ministro se sorprendió. El Chino no era hombre que se amilanaba. El general Mora- les Bermúdez tenía la mirada perdida en el vacío. El general Gilardi, preocupado, recitaba como meditando en voz alta.
—Lo que interesa es la unidad de la Fuerza Armada.
Faura Gaig se mostró sorprendido. El 5 de febrero habían tenido una reunión, en la ca- sa de Morales Bermúdez, los tres miembros de la Junta Revolucionaria. El Perú estaba conmocionado por el saqueo de la ciudad. La masa, sin control, robaba e incendiaba. La Revolución estaba en peligro. Ese día se hizo un solemne Pacto de Caballeros. El general Morales Bermúdez había jurado para el cargo de Primer Ministro y ministro de Guerra,
—Si algo ocurre contra uno de nosotros, los otros dos le respaldan plenamente, con to- dos los efectivos de su arma.
Fue el Pacto de Acero, el Pacto Tripartito de Solidaridad, entre los jefes del ejército, la marina y la aviación.
—Creo, Guillermo, que ha llegado la hora de renunciar.
—Yo no he venido a renunciar, señor Presidente. Pido autorización para resolver este problema en media hora.
—No, hay que pensar en la Revolución.
En la noche, por los canales de televisión se dio a conocer un comunicado oficial bre- ve, casi rutinario. El ministro de marina, vicealmirante Faura Gaig, había solicitado su pase a la situación de retiro; para reemplazarlo, el Presidente Velasco había escogido al viceal- mirante Augusto Gálvez Velarde.
Jefe de Estado Mayor de la Marina, con la retención de su cargo de jefe de la Oficina Nacional de Integración, fue nombrado el contraalmirante Jorge Parodi Galliani.
Dos días después, el ministro del Interior, general Pedro Ritcher Prada, dijo a los pe- riodistas: El ministro Faura renunció por un motivo exclusivamente institucional y de nin- guna manera político.
El avión comenzó a descender. A través de las ventanillas se observaban las luces de tierra. ¿Dónde estamos? Los prisioneros hablaban, en voz alta, entre sí. Los investigadores se movían. El avión aterrizó, alguien dijo que en La Joya, en una base de la Fuerza Aérea del Perú, en Arequipa. Se abrió una puerta, próxima a la cabina del piloto, y bajaron varios detectives.
—¿Vamos a quedarnos aquí?, pregunté. —No, vamos a recoger a más detenidos. —¿Se sabe cuál es nuestro destino final?
—Sí, vamos a Jujuy, en el norte de Argentina. Allí se quedarán todos ustedes. —¿ Y los pasaportes que nos han ofrecido?
—El piloto tiene las instrucciones. El policía tenía instrucciones para proporcionar esa información. Nada más.
Pedí un vaso de agua. Eran casi las 8 de la mañana. Hacía veintidós horas que me ha- bía declarado en huelga de hambre. No había probado alimento alguno. Me sentía muy bien, pero con mucho frío.
—Lamentablemente, no podemos ofrecerle nada. Aquí no tenemos nada de nada. Subieron al avión los investigadores. Traían a dos personas, esposadas con las manos delante. Los prisioneros eran morenos, grueso uno, y delgado, el otro. Sin corbata, con los vestidos arrugados, cabizbajos, como abatidos, no miraron a nadie. Parecían sonámbulos. Fueron engrilletados a los asientos en la parte delantera del avión, uno detrás de mi asiento, y el otro, a la derecha. Éramos 13 los prisioneros; 39 los investigadores, a razón de tres por cada deportado; y uno, que era el jefe de todos, el gordito, el señor Rodríguez. Se cerró la puerta, y el avión partió.
Me acerqué al hombre grueso que había sido engrilletado al lado izquierdo.
—¿Cómo se llama usted?, Pregunté. Me miró en forma inexpresiva. Tenía los ojos grandes, inyectados; el rostro cobrizo, grasiento. Sus zapatos llenos de barro, un terno gris, barato, de La Parada.
—Apaza.
—Soy periodista; sólo quiero hacerle un par de preguntas. Continuó mirándome en forma inexpresiva. Había una tristeza de siglos en su cara. Más tarde, me confirmó todo esto pero, además, tenía desconfianza. Creía que yo era otro miembro de la PIP.
—Señor Apaza, ¿sabe usted a dónde vamos?
—No, señor, nadie nos ha dicho nada. No tengo la menor idea.
La cabeza de Apaza cayó abatida, apoplética; el mentón sobre el pecho. Tomé asiento a su lado. Le observé con atención. Tenía las manos fuertes, las muñecas gruesas, las uñas ennegrecidas.
—Amigo Apaza, ¿por qué le han detenido a usted? ¿Cuál es su nombre completo? —Justiniano Apaza Ordóñez. Soy el secretario general de la Federación de Choferes del Sur.
—¿Usted es arequipeño?
—Si, pero de origen puneño. Me detuvieron el viernes 19. Arequipa está en huelga, desde hace varios días, porque la gente no tiene qué comer. Los choferes también estamos en huelga. Hace una hora, me despertaron. "Saca tus cosas", me dijeron. Sólo un atado de ropa. Y ahora, estamos viajando, ¿a la Argentina dice usted?
Sus manos morenas se amorataban bajo la presión de las esposas. Volvió a sumirse en el silencio. Me acerqué al otro recién llegado. Delgado, de facciones angulosas, resultó el más joven de todos los exiliados. Me miró rápidamente con sus ojos pequeños, y luego volvió a bajar la cabeza.
—Valentín Pacho...
—¿Le han deportado anteriormente? —No. Es la primera vez.
—¿Tiene usted alguna función política o sindical?
—Soy el secretario general de la Federación de Trabajadores de Arequipa. No tengo partido, soy independiente.
—¿Sabe usted que vamos deportados a Argentina?
Levantó la cabeza con rapidez. Sus ojos pequeños volvieron a fijarse en mí y, en su boca de labios delgados, pareció diluirse una mueca. No era una sonrisa. Era un rictus de odio. Vestía casaca marrón, de lana gruesa, común en los obreros.
—¿Es usted casado? ¿Tiene usted familiares? —Sólo mi mamá; soy soltero, arequipeño.
Me miró furtivamente y calló. No quiso contestar ninguna pregunta más. Sus muñecas bailaban en las esposas.
—Obséquiame un cigarrillo, dijo Humberto Damonte.
—Te lo cambio por un pan, le contesté. Prendí el cigarrillo, lo puse en los labios y me dirigí a la parte posterior del avión, a buscar el pequeño maletín de mano de Damonte. En- contré un bizcocho grande. Lo comí con gula.
—Ustedes son testigos: acabo de levantar la huelga de hambre porque calculo que ya debemos estar fuera de territorio peruano, le dije a los investigadores que, en fila, ocupa- ban la parte posterior de la aeronave.
Letts me llamó, en voz baja. No podía disimular la conversación porque el investiga- dor, que iba junto a él, escuchaba todo lo que podía decir.
—Tu situación es diferente a la nuestra. En cuanto nos desembarquen en la Argentina, es posible que nos separen. A ti no te van a tocar; pero a nosotros sí nos van a asesinar. ¿Puedes hacerme un favor?
—Claro que sí.
—Entonces anota este teléfono. Es de París. Llamas, preguntas por fulano de tal y le dices dónde y cómo estamos.
Napurí, me hizo un encargo semejante. Me dio el número telefónico de una hermana suya que vive en París.
—¿Quieres pan?, pregunté.
—No, lo que quiero es orinar, estoy que me meo en el pantalón, dijo Napurí.
Un PIP me pidió que me retirara. En la parte delantera del avión se había formado un grupo alrededor de los almirantes. Conversaban animadamente con los investigadores. Uno
—Acérquese, que hay una taza de té para usted.
Todos tenían un vaso de papel en la mano. Jamás me pareció una bebida tan deliciosa. Un calor maravilloso se difundió por todo el cuerpo, hasta los dedos de los pies. El sol en- traba por las ventanillas del avión y los almirantes iban de un lado a otro explicando lo que podría ser el paisaje agreste que se veía desde arriba.
—¿Habrá té para los chicos de atrás?
—Sí, les llevarán a todos. Poco a poco, no hay vasos suficientes. —¿Les quitarán las esposas?
—No es necesario. Nosotros les daremos de beber. —¿Y los pasaportes?
—De eso no sabemos nada. El piloto es el único que tiene las instrucciones. Pero ya falta poco. Hace seis horas que estamos volando.
Alguien me llamó. No podría precisar exactamente quién. —Baella, vete atrás. Letts tiene un problema.