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Hay que matar a un ministro

In document Baella Tuesta, Alfonso - Secuestro (página 75-80)

El Lung Fung es, sin lugar a dudas, el restaurante chino más grande de América Lati- na. Es, también, el más lujoso. Millonarios de nacionalidad china juntaron sus recuerdos e inauguraron este palacio de Oriente en Lima, en 1967. Tiene capacidad para dos mil co- mensales, y sus jardines, construidos por arquitectos chinos, tienen surtidores de agua, cas- cadas artificiales y réplicas de pagodas y de puentes orientales. Los mejores platos de chi- fa, como se conoce en el Perú a la cocina y a los restaurantes de origen chino, se preparan allí. Como que se trajo un maestro de cocina, con título universitario, de China continental, para que enseñara su arte y su ciencia en el Perú.

El 30 de noviembre de 1974, en uno de los salones reservados del Lung Fung, sabo- reaban los exquisitos potajes, alrededor de una mesa redonda, un grupo de caballeros y damas de gran importancia y significado en el espectro político, económico, social y mili- tar del Perú de entonces. En otras palabras, allí estaban, con los palitos de marfil en mano, nada menos que el Primer Ministro y ministro de Guerra, general Edgardo Mercado Jarrín, y esposa, Gladys Neumann de Mercado; el ministro de Pesquería, general Javier Tantaleán Vanini y su esposa, Margarita Arbulú de Tantaleán; el general Guillermo Arbulú Galliani, cuñado del general Tantaleán y su esposa Teresa Tanaka de Arbulú; el prominente finan- cista Gilberto Neumann y su esposa; Luciano Cúneo, Alberto Facioli y otros más, cuyos nombres, se dispuso después, debían ser mantenidos en el ámbito de la discreción.

La comida no había sido planeada con anticipación; fue una humorada, un gesto de munificencia del ministro de Pesquería.

El general Mercado Jarrín acababa de llegar de un viaje a los Estados Unidos de Amé- rica. Ese día, había llamado por teléfono al general Tantaléan, con quien le unía una estre- cha amistad. Habían sido soldados rasos en el Ejército: tres años el ministro de Pesquería, y dos, el elegante Primer Ministro, antes de ingresar a la escuela de oficiales. Desde esos lejanos días, sus vidas habían marchado paralelas. Jugaban juntos, tennis y bridge; almor- zaban y comían con frecuencia en restaurantes exclusivos, y la política los llevó hasta las responsabilidades ministeriales y revolucionarias. La vida había sido pródiga en beneficios para ambos.

—¿Por qué no vienes con Gladys a comer?, había dicho Tantaleán.

Vivían muy cerca uno del otro, en el exclusivo barrio de Chacarilla del Estanque. Allí habían construido sus residencias, en la paz y el silencio de una urbanización oligárquica, los prohombres de la Revolución. Los enemigos del régimen habían rebautizado el barrio con el nombre irreverente de Cachaquería del Estanque.

Mercado Jarrín llegó a los pocos minutos en compañía de su esposa. La reunión era in- formal, vestían traje sport.

—Me ha traído Gilberto Neumann. Ya se fue.

—¿Por qué se fue? Vamos a invitarlo, que venga con su mujer.

Tantaleán era un anfitrión de primera clase. Campeón de caza submarina, no era afi- cionado al cigarrillo, pero los demás placeres los cultivaba con deleite.

Al poco rato, llegó a su casa, sin invitación, su cuñado, el general Arbulú Galliani. —Vamos a chifear, ¿qué te parece?

El Padrino, como le decían al general Arbulú, por lo consecuente y cordial que era con sus amigos, lo aceptó. El grupo fue creciendo. A las 10 y 30 de la noche salieron seis per- sonas de la residencia de Tantaleán, en la calle Riva Agüero. Una docena más de amigos esperaban en el Lung Fung, frente a la avenida Panamá.

Gilberto Neumann tenía la obsesión por la velocidad. Era capaz de dejar atrás a cual- quiera. Decían que, en el campo de los negocios, especialmente en la importación de gana- do, tampoco permitía que alguien lo superara. Pero, esta es otra historia.

Los militares no pueden con su genio. Hasta cuando van a chifear prevalece la jerar- quía. Junto a Neumann, el único civil que iba al volante, tomó asiento Arbulú Galliani, el "menos antiguo"; atrás, a la derecha, Mercado Jarrín, y a su izquierda, Tantaleán.

Mercado, como Primer Ministro, tenía un automóvil era escoltado por elementos esco- gidos del Ejército.

Neumann ingresó a la avenida Primavera, y dejó atrás el carro de su selecta escolta. —Está corriendo mucho, le dijo Mercado, prudente, a su cuñado.

Neumann contestó con una sonrisa. Se divertía de lo lindo. El carro escolta, viejo, con un chofer igualmente maduro, quedó humillado sin remedio.

Llegaron al chifa. Todo fue alegría y contento. A la 1 de la mañana llegó la hora de la despedida. Tomaron los vehículos en el mismo orden que observaron al llegar.

Neumann ingresó a la avenida Panamá y enrrumbó hacia el sur hasta encontrar la ave- nida Primavera.

—No corras tanto, Gilberto, advirtió Mercado.

Una vez más, Neumann gozaba corriendo como un bólido.

—Esa carcocha que te han puesto de escolta quedó botada, replicó.

Iban los cuatro amigos muy contentos por la avenida Primavera, silenciosa a esa hora de la madrugada. Se acercaban a la peluquería de Sylvio, lugar de cita de las damas más encopetadas de la ciudad. Más allá, sobre la mano izquierda, estaba la residencia del gene- ral Pedro Ritcher, ministro del Interior. De pronto, se sintió un ruido seco, como un chas- quido. Mercado y Tantaleán miraron atrás; al instante, se miraron entre sí.

—¡Nos están disparando!, dijo Tantaleán.

El ministro de Pesquería trató de bajar la luna del automóvil; pero se le trabó la manija. Tenía un revólver en la mano. Levantó la mano derecha y miró hacia atrás, como prepa- rándose para disparar a través de la ventana del automóvil.

—¡Trizzzzzzz...!

Una segunda bala perforó la luna del mercedes. Tantaleán sintió un hincón en el brazo. La sangre tibia, le llegó hasta el codo. Nada más; no hubo dolor alguno.

—¡Baja la cabeza!, aconsejó Mercado Jarrín. —¡Trizzzzz...!

Otro proyectil terminó por pulverizar la luna posterior del Mercedes.

El general Arbulú se llevó la mano a la sien. La última bala, mejor dicho, una esquirla, le había alcanzado en la sien. Empezó a manar la sangre que le caía sobre la americana. Tenía la mano derecha empapada de sangre.

Gilberto Neumann dobló violentamente a la derecha; entró a la pista auxiliar; luego en- filó por el jirón Velasco Astete.

—Me han dado en una llanta, exclamó. El automóvil comenzó a perder estabilidad. Aminoró la marca, pero siguió adelante algunos cientos de metros.

—Tengo una bala en el brazo, dijo Tantaleán. La sangre le empapaba el antebrazo y la mano.

—A mí me pegaron en la sien, pero creo que es superficial, dijo Arbulú Galliani. Mercado Jarrín y Neumann resultaron ilesos.

—¿Podemos llegar a la casa de Javier?, preguntó Mercado. —Sí, dijo Neumann. Subieron todos al vehículo.

Lentamente, arribaron a la calle Riva Agüero. En la puerta, los esperaba el automóvil de las señoras. Ellas conversaban animadamente. El automóvil de escolta también había llegado.

—¡Javier! ¡Javier!, exclamó la señora Tantaleán.

El aspecto de ambos era impresionante. Arbulú tenía la cara y el pecho bañados en sangre; mientras su cuñado Tantaleán, se había manchado las manos y el pantalón.

—No es nada. No es nada. ¡Llamen a la Policía!, ordenó Mercado Jarrín.

—Me han clavado tres balazos en las llantas posteriores, dijo Neumann después de examinar atentamente su vehículo. Se puso a comentar el asunto con su cuñado Mercado Jarrín:

—He venido a 120 kilómetros por hora. ¿Qué te parece?

—Tres tiros en las llantas y tres tiros a través de la ventana posterior del carro. Es una puntería de un campeón, dijo Mercado Jarrín. Todos estaban muy preocupados.

Llegaron los automóviles de la policía y, pocos minutos después, dos ambulancias del Hospital Militar. Descendieron, a la carrera, los médicos, los enfermeros, los camilleros. La calle, habitualmente desierta, cobró animación.

—Los disparos fueron hechos desde un automóvil Toyota, dijo alguien.

La versión se repitió con insistencia. Las señoras, que vinieron siguiendo al Mercedes Benz, la hicieron suya.

—Sí, nosotras también lo vimos, fue un Toyota.

Las ambulancias partieron raudas, quejumbrosas, con dirección al Hospital Militar. En la puerta, ansiosos, esperaban los doctores Tello y Tanaka. Todo el establecimiento se ha- bía puesto en estado de alerta para recibir a los accidentados. También llegaron Mercado Jarrín y Neumann; por si acaso, también serían examinados. Uno no sabe; en este tipo de atentados, es posible que alguien logre colocar una bala sin que el abaleado se dé cuenta.

Los cirujanos y los traumatólogos trabajaron con esmero. El doctor Tanaka, hermano de la esposa del general Arbulú Galliani, dirigió el equipo.

El general Tantaleán había sufrido el impacto de una bala en el brazo, que le había lle- gado hasta el hueso, pero, felizmente, no comprometió la arteria. No fue posible extraer el proyectil. El brazo fue enfundado, para inmovilizarlo.

El general Arbulú había sufrido una herida superficial en la sien izquierda. Había san- grado profusamente. Su aspecto era impresionante. Le habían colocado una gasa y, por encima, cintas adhesivas y un vendaje. ¡A simple vista, cualquiera diría que el general ha- bía sobrevivido a alguna sangrienta batalla!

Mercado Jarrín había resultado ileso. Fue examinado de la cintura para arriba; los mé- dicos consideraron que, examinarlo de la cintura para abajo, resultaba una exageración.

La noticia se difundió con la velocidad de un rayo. El Presidente Velasco telefoneó muy temprano a cada uno de sus amigos para preguntar qué es lo que había ocurrido, cómo se sentían. La policía comenzó una gigantesca cacería de sospechosos. Abaleó, la noche siguiente, a dos jóvenes que en un Volskwagen querían comprar licor. Los propietarios de los 14,000 automóviles Toyota existentes en Lima recibieron la orden terminante de pre- sentarse ante la policía. Todos eran sospechosos mientras no probaran su inocencia.

Poco después, con el brazo en cabrestillo, viajaba a los Estados Unidos el general Tan- taleán. En Walter Reed le examinaron el brazo, aprobaron el tratamiento hecho por los esculapios limeños y se negaron a extraer el proyectil. Allí permanece, según las versiones que corrieron en Lima, como testigo inanimado a la extraña aventura que vivió este gene- ral, sindicado como el Benjamín del régimen, y que fuera abaleado cuando salía del restau- rante chino Lung Fung, cuyo nombre en español significa El Dragón y la Serpiente.

El Chino se amoscó. Comenzó a tamborilear con los dedos sobre la mesa. Solía hacer- lo cuando algo le intrigaba. Sobre su escritorio estaba la prueba espionaje. Otra vez, al- guien escuchaba y grababa sus conversaciones. Se le subió la mostaza. Convocó de inme- diato, a una reunión urgente de sus hombres de confianza. Estos llegaron como una exhala- ción: Graham, Mercado Jarrín, Gallegos, Hoyos Rubio. Con Velasco, los recibió el jefe de

—Lean esto...

El papel pasó de mano en mano. El asombro, la indignación, el estupor, se dibujaban, sucesivamente, en el rostro de cada uno de los revolucionarios. Era una copia xerográfica de la transcripción de una conversación telefónica del Presidente Velasco con el embajador de Cuba, comandante Núñez Jiménez.

Fidel Castro había invitado, en forma especial, para que visitara La Habana, al Jefe del Estado Mayor del Ejército Peruano, general Francisco Morales Bermúdez. Con elegancia, éste había aplazado, en dos oportunidades, la fecha de su viaje. El fino olfato del diplomá- tico cubano le hacía sospechar cierto desdén por parte del futuro Primer Ministro. Llamó al Presidente Velasco.

—Mi embajador, Pancho viajará inmediatamente. Dígale a Fidel que no se preocupe. ¿Acaso duda de nuestra amistad? Vea, mi embajador.

Los confidentes de Velasco le habían hecho llegar la copia xerográfica que circulaba, según decían, con profusión, en la Armada y también en el Ejército. La frase mi embajador aparecía subrayada.

Algunos meses antes, gracias a la decisión del ministro de Marina Arce Larco, había desmontado la red de espionaje telefónico que había tendido la CIA. Entonces, se revisó todo el sistema de comunicaciones de Palacio. Los informes técnicos revelaban que había desaparecido todo peligro. Pero, por lo visto, el espionaje continuaba. No podía ser, en este caso, la Marina.

—¿Será el mismo embajador de Cuba el que está jugando sucio? Es capaz, nunca se sabe. Los comunistas son unos jodidos.

Los ojillos de El Chino iban de general en general.

—¿Quién es el jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército? —Juanito Sánchez. Su segundo es el coronel Juan Schroth. —¿Y quién se encarga del control telefónico?

—El coronel Edgar Koester Jansen.

—¿El gringo? ¡Qué venga en este momento!, ordenó El Chino.

El coronel Koester, intrigado por la llamada conminatoria del jefe de la Casa Militar, se puso en contacto con su superior, el general Sánchez. No podía ir a Palacio, así como así, saltando la rígida jerarquía castrense. Juanito Sánchez le autorizó ir a Palacio, de in- mediato, con cargo a informarle. Según las instrucciones recibidas, Koester ingresó por la puerta de Desamparados, donde ya le esperaba un oficial.

—Entra, gringo, siéntate.

El coronel Koester había sido introducido directamente al despacho del Presidente. Se quedó sorprendido al ver a los generales más importantes del régimen, todos sentados, en media luna, mirando a Velasco Alvarado. Retiró su silla hacía atrás para no quedar a la altura de sus superiores.

—No, gringo: acércate, cuéntanos ¿cómo anda tu trabajo?, ¿siempre te dedicas a inter- ceptar los teléfonos? Confianzudo, El Chino Velasco parecía el gato jugando con el ratón. El coronel Koester era un militar de inteligencia rápida. Comprendió que asistía a un juego peligroso, interesante.

—Sí, mi general, la labor técnica de la cual soy responsable.

—Cuéntanos, gringo, se escuchan cosas interesantes. ¿Algunos plancitos amorosos? —Con frecuencia, mi general, dijo, sonriendo.

—¿También de maricas?

—A veces, mi general. Por teléfono habla todo el mundo.

—Pero, ¿se está trabajando bien? ¿Tienes los elementos necesarios? —Sí, mi general.

El Chino tomó un sobre de su escritorio. Se lo entregó al coronel Koester. —Ábrelo, lee ese papel.

El coronel Koester abrió el sobre, extrajo el pliego y lo leyó con atención. Sabía que sobre él estaban puestos los ojos escrutadores de todos los presentes.

—¿Qué me dices de esto? ¿Qué cosa puede ser?, preguntó El Chino.

—Es la versión escrita de una conversación telefónica que ha sido grabada. Esto es lo que me parece.

—¿Tienes una idea, gringo, de quién puede haber hecho esta grabación? El Chino ha- blaba paternalmente, con voz suave, fingidamente amistosa. Seguía el juego del gato con el ratón.

—No, mi general; pero puedo asegurarle que no ha sido por nuestro servicio. El coro- nel Koester había dado en el blanco, era la respuesta precisa para poner fin al juego. Ahora se habían invertido los papeles. ¿Quién era el gato y quién el ratón?

—¿Estás seguro? ¿No será alguien, cuando tú sales a cumplir algún compromiso? —Mi general, respondo de la seriedad de mi trabajo.

—Muy bien. Entonces, vas a ir en este mismo momento, con los generales Gallegos y Hoyos a Las Palmas. Sin avisar a nadie, ¿me entienden? Harán una inspección minuciosa, personal, a ver qué cosa encuentran.

En el automóvil del general Hoyos Rubio, los tres fueron, velozmente, hasta Las Pal- mas, donde el Servicio de Inteligencia del Ejército tiene montadas las instalaciones de se- guimiento de las conversaciones telefónicas. Llamaron al capitán Giles, jefe de la sección Electrónica. ¿Cuánto rato pasaron allí? Todo lo revisaron: el archivo de las cintas magneto- fónicas con conversaciones importantes; el archivo con las versiones mecanografiadas de las charlas; los cuadros diarios con instrucciones para intervenir determinados números; las órdenes para suspender o cancelar las intervenciones; una revisión completa de varios me- ses de espionaje. Si algo encontraron, jamás se supo.

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