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Una llamada al Tío Sam

In document Baella Tuesta, Alfonso - Secuestro (página 196-200)

Arce y Faura llegaron juntos, al medio día, al Hotel River House. Habían adelgazado notablemente. Arce, con su abrigo azul, con una hermosa corbata.

—¿Christian Dior? , le pregunté.

—No, Pierre Cardin, replicó, de buen humor.

Faura, con su infaltable impermeable negro, con la vasca que le cubría la calva, miraba sonriente tras las gruesas lunas de sus anteojos:

—¡Tú sí que estas bien! ¡Mira, Pepe, con whisky... y un escocés auténtico! ¡Qué buena vida la de los periodistas! ¿A lo mejor ya tienes una argentina en la cama?

Llenamos nuestros vasos.

Les conté que estaba trabajando para una editorial argentina: crónicas sobre la tempo- rada de teatro.

—¡Salud!

—¡Salud! No se queden cortos, porque hay otra botella más, por si acaso.

Me explicaron, con cruda franqueza, la crisis económica que les amenazaba. El dinero que recibieron del gobierno argentino se había terminado. Debían a sus hoteles, y el lunes tendrían que dar alguna excusa para no pagar la factura.

—La idea de la huelga de hambre me gusta; desde el punto de vista periodístico, es de primera página. Pero, ¿están dispuestos a llegar a ese extremo?

Hicimos comentarios muy breves. Arce los cortó de plano.

—Nosotros nunca haremos algo que signifique ni una sola sombra para el uniforme de la marina. ¿La huelga de hambre deja que decir de la institución?

—Sí, contestó Faura. Nosotros tenemos razón, somos víctimas de una represalia per- sonal. Pero tenemos que mantener el decoro nacional. Moriremos en silencio, de inanición. ¡Qué vaina! , ¿no es verdad?

—Nadie se atreverá a traer dinero en efectivo para ustedes. Es muy peligroso: la ley prohibe sacar soles. Pero hay una modalidad, muy costosa, pero que da resultados inmedia- tos.

Los ojos de los deportados se iluminaron. En Buenos Aires, los soles peruanos se ne- gocian con facilidad. Yo no tenía urgencias porque había conseguido trabajo. Pero, sabía que algunos estudiantes peruanos, en apuros, se agenciaban dinero con rapidez, pero pa- gando un recargo exorbitante.

—¿A cómo sale cada peso?

—Un precio leonino. Un sol por cada peso. Es decir, cuatro veces más de lo que cuesta en una casa de cambio. Como si el dólar estuviese a 800 soles. ¡Es un robo!, pero, ante una necesidad.

—¿Dónde encontramos al intermediario?

—En cualquier casa de cambio del centro de la ciudad. Hay siempre personas que es- tán en la puerta, como si esperaran a alguien. Uno se acerca y pregunta: ¿habrá algún pe- ruano para cambiar soles? Si eres chileno, modificas la pregunta: ¿habrá un chileno para cambiar pesos? Aquí hay deportados de toda América Latina, y el negocio funciona, per- fectamente organizado. Estos hombres tienen sus agentes en Lima, que reciben los soles. Tienes que correr el riesgo; es una estafa, te pueden robar, pero funciona.

—No hay tiempo que perder. Mañana mismo empezamos la operación. Es viernes, te- nemos que aprovechar el último día, antes que entremos en crisis. Estamos peor que Silva Ruete, acotó Faura.

Sonó el teléfono. Era el hotelero, el gordo Miñones, el gallego. —¿Están los almirantes con usted, señor Baella?

—Sí, aquí están conmigo.

—Aquí hay un funcionario del consulado del Perú que quiere hablar con usted y con los almirantes. ¿Qué le digo?

—Que suba. Y envíenos un vaso más para el cónsul...

Arce y Faura se quedaron intrigados. ¿Qué cosa habrá ocurrido para que un funciona- rio del consulado visite a tres exiliados?

Gordito, amable, Julio César Ríos se presentó al minuto.

—Tengo instrucciones del señor embajador para entregarles sus pasaportes. Son órde- nes que han llegado de Lima, del ministro de Relaciones Exteriores.

—¿Eso significa que podemos viajar inmediatamente?, le pregunté.

—No. Sólo sirve como documento de identidad otorgado por el gobierno del Perú. Es gratuito.

La diligencia fue veloz. Declinó tomarse un trago, saludó y se despidió después de cumplir cronométricamente su encargo.

Letts tiene la tenacidad de un cobrador. A las 7 de la mañana del día siguiente, llamó a un vigilante:

—Dígale al señor Amico que el prisionero Letts quiere hacer una llamada telefónica. Una sola, nada más, conforme lo prometió anoche.

Bien entrada la mañana, Letts fue llevado a la oficina del señor Amico. Le dieron una guía de teléfonos y pudo, por fin, marcar el número buscado.

—¿Aló? ¿Embajada del Perú? Deseo hablar con el embajador Valdivieso. De parte de Ricardo Letts Colmenares, peruano. Soy amigo de él.

Los funcionarios argentinos miraban con curiosidad al político y prisionero peruano. Letts parecía regocijarse de su suerte: acaparaba la atención de los demás.

—¿Felipe? Soy Ricardo Letts. Estoy aquí, con cinco peruanos, estamos incomunica- dos. No somos delicuentes.

—Richard, no te preocupes; yo me ocupo inmediatamente de ustedes.

—¿Qué hay de nuestros pasaportes? Nosotros no queremos el asilo de Argentina; ne- cesitamos nuestros papeles para salir a otros países.

—Hoy mismo hago las consultas con Lima.

En horas de la tarde, los seis peruanos fueron llamados a la oficina del señor Amico. Les esperaba Julio César Ríos, cónsul del Perú.

—Señores, he venido a otorgarles sus pasaportes, gratuitamente.

—No tenemos fotografías. ¿Qué fotos va a usar?, le preguntó Diez—Canseco. —Las fotos que ha tomado la policía argentina, para facilitar el trámite.

Comenzó a llenar los documentos. Pepelucho, apenas podía hablar. La bronquitis y la tos, no lo dejaban respirar.

—Voy a hacer una llamada telefónica en nombre de todos los peruanos, dijo Letts. Avanzó hacia la guía de teléfonos. Amico hizo un gesto de consentimiento.

—¿Aló? ¿American embassy?

Los argentinos se miraron sorprendidos. Letts, en inglés, hablaba con la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires.

—Señorita, deseo hablar con el señor embajador de los Estados Unidos. Yo soy Ricar- do Letts, peruano, estoy secuestrado junto con cinco peruanos más, en manos de la policía argentina.

—Diga usted el número de teléfono desde el cual está hablando, y corte. Yo lo llamaré a usted, para verificar la autenticidad del mensaje.

Letts miró el número que estaba anotado en el aparato. —¿Éste es el número de este teléfono?, preguntó.

—Tengo derecho a hacer una llamada, y puedo llamar a la persona que yo desee, dijo Letts, satisfecho. Colgó el teléfono.

Casi al instante comenzó a timbrar. Letts tomó el aparato. —¿Mr. Letts?

—Si, señorita, aquí habla el señor Letts. Le decía que soy peruano, estoy junto con cinco peruanos más, secuestrado por la policía en el edificio de la calle Moreno número 1417.

—Estoy entendiendo perfectamente.

—Quiero que el embajador de los Estados Unidos se sirva visitarnos para comprobar lo que estoy denunciando. Invoco los derechos humanos. Muchas gracias.

Dos horas más tarde. Letts era conducido, una vez más, a la oficina del señor Amico. Las condiciones de los detenidos había mejorado bastante en las últimas 24 horas. Cami- naban, por los pasillos sin vigilancia. Descubrieron que tenían unos vecinos privilegiados, funcionarios que habían defraudado a una empresa estatal. Tenían televisión en colores y una mesa para ping—pong.

—¿Mr. Letts? Soy el cónsul Jhon Ryan Black. ¿En qué puedo servirle? Vengo de parte del señor embajador.

Un funcionario argentino se incorporó al grupo. El cónsul, de 30 ó 35 años, lo miró con una sonrisa.

—¿Señor? preguntó, como quien dice: "¿qué quiere usted aquí?" —Sí, señor, contestó el argentino, con firmeza.

—Yo soy el cónsul de los Estados Unidos y he venido a tener una entrevista privada con el señor Letts.

—Yo soy de la Seguridad argentina y estoy aquí en cumplimiento de mi deber. —¿Usted está aquí por mi seguridad? El cónsul no me amenaza, replicó Letts. —Yo estoy aquí porque debo estar aquí.

—He pedido una entrevista privada, terció el cónsul.

—Yo cumplo órdenes superiores, concluyó el funcionario. El cónsul sacó una libreta de notas. Preguntó a Letts qué deseaba decir.

—Estoy aquí preso, incomunicado.

—Eso no es verdad, interrumpió el funcionario argentino. Tomaron asiento. Letts ex- plicó que hacía doce días estaban en manos de las autoridades argentinas. El cónsul escu- chó con atención. Finalmente, preguntó:

—Dígame, señor Letts, ¿usted es comunista?

—Sí, supongo que sí, de acuerdo a la clasificación de ustedes, aunque no pertenezco al Partido Comunista. Solicito asilo político en los Estados Unidos.

—¿Por qué quiere usted asilarse en los Estados Unidos?

—Ustedes defienden los derechos humanos. ¿O sólo defienden los derechos de los que piensan como ustedes? Sea usted humano con quien no piensa como usted.

—He tomado nota. Antes de 24 horas le responderemos.

Más tarde los peruanos fueron conducidos a la oficina de Amico. Esta vez, se trataba de la visita de Mr. K. Lyonell, de la oficina de las Naciones Unidas para Refugiados.

—Desde el primer momento, tratamos de ponernos en contacto con ustedes, pero el gobierno argentino, aduciendo razones de soberanía, nos negó toda información. Hemos comunicado al gobierno argentino que estamos en condiciones de proporcionarles pasajes y pasaportes para el país de su elección. Aquí tienen correo, algunos pasaportes y otros papeles.

Amico no hizo comentario alguno.

Damonte y Alvarado pidieron viajar a México. Letts, Diez-Canseco, Ledesma y Napu- rí pidieron pasajes para París.

El 12 de junio fue el día de la despedida. Unos viajaban a París, los primeros; al día si- guiente, los dos últimos, a México.

Los policías llevaban los pasaportes y los pasajes de los detenidos. Éstos tenían un as- pecto lamentable. Llegaron hasta la puerta del avión de Air France. Los policías llamaron al capitán.

—Le entregamos a un grupo de deportados comunistas peruanos. Aquí tiene sus pasa- jes y sus pasaportes, que usted entregará a las autoridades policiales francesas.

—Protesto, gritó Letts, que entiende el francés. A los gritos se sumaron Napurí, Le- desma y Diez -Canseco.

—Los aviones franceses no pueden ser una continuación de las cárceles argentinas, gritó Letts.

—El capitán de Air France es un cómplice de la policía argentina, argumentó Napurí. El capitán lució una amplia sonrisa. Con un gesto, se despidió de los policías argenti- nos y luego, con exquisita amabilidad, invitó a los peruanos a pasar al avión.

Los peruanos trataron de hablar, todos a la vez.

—Silencio, por favor. Francia es una tierra de libertad, caballeros. Aquí tienen sus ti- ckets y sus pasaportes. Son ustedes personas totalmente libres. Mademoiselle, champagne para los caballeros.

In document Baella Tuesta, Alfonso - Secuestro (página 196-200)