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El judío errante

In document Baella Tuesta, Alfonso - Secuestro (página 90-93)

Dicen que el Judío Errante, aquél que fue condenado por Jesús a viajar sin rumbo ni descanso por toda la eternidad, en su caminata interminable llegó a un lugar donde se ena- moró, fundó una familia y dejó descendencia. Así se pobló la comarca llamada Celendín, en el departamento de Cajamarca, en el norte del Perú. Trotamundos y comerciante, el ce- lendino jamás será ni pobre, ni tonto.

Allí, hace medio siglo nació Ricardo Díaz Chávez quien, después de estudiar en el co- legio "San Ramón" de Cajamarca se graduó de abogado en la Universidad de San Marcos, con una tesis sobre "La situación legal de la Brea y Pariñas". Desde sus días de estudiante, el joven celendino apuntaba alto, le preocupaban los problemas sociales del Perú y, en par- ticular, el Derecho Laboral.

En 1960, cetrino, de pelo azambado, cauteloso pero decidido, se destetó políticamente. Abandonó bruscamente el despacho del ministro de Justicia, doctor Merino Reyna, y dio por terminada una entrevista dando un sonoro portazo. El Director de Gobierno, el Chino Guerinoni, salió detrás del díscolo celendino, y le dijo:

—No te molestes, zambo, vamos a arreglar este asunto como buenos amigos.

Díaz Chávez era entonces abogado de los tres mil invasores de los terrenos de propie- dad de la señora Adela Vda. de Nicolini. Las familias sin casa, habían constituido, de la noche a la mañana, una asociación fantasma denominada Pampa de Cuevas. El Presidente de la República, Dr. Manuel Prado quiso detener, en su origen, la oleada de invasiones y comisionó a su Ministro Elías Aparicio para que encontrara una solución. Éste planteó el desalojo. Díaz Chávez discutió y salió con su gusto. La asociación fantasma se convirtió en lo que hoy es el distrito de Independencia, de Lima.

Díaz Chávez no era, solía decir, un "comunista científico". Siguió cursos de marxismo y fundó, con otros, la Juventud Comunista del partido de Jorge del Prado. Fue secretario general del Centro Federado de Letras, de San Marcos, entre 1954 y 1955. Ingresó for- malmente al Partido Comunista en 1960. En 1973 fue expulsado. Es decir, en diecinueve años siguió el obligado itinerario de los rabanitos peruanos.

Pero, entre ambas fechas, el trotamundos dio grandes pasos en el terreno político. En 1961, apareció en el Frente de Liberación Nacional, como secretario de Barriadas, luchando en una misma trinchera con el general Pando Egúsquiza, el Padre Bolo y el "Ne- gro" Genaro Carnero Checa. El Frente lo lanzó como candidato a una representación por Cajamarca, en las elecciones de 1962, con resultados negativos. Díaz Chávez nunca fue profeta en su tierra.

En los años 1964 y 1965, figuró como asesor de la Federación de Campesinos del Cen- tro, entidad organizada inicialmente por Acción Popular, pero que finalmente cayó en ma- nos del Partido Comunista, gracias a los golpes de timón que imprimió el flamante asesor legal.

Los guerrilleros estuvieron de moda. Pero a Díaz Chávez nunca le gustaron, como es- cenarios políticos, ni la selva, ni las cañadas andinas. Escogió el complicado mundo de la actividad sindical, de los tugurios donde atienden los escribanos o secretarios de los jueces. Brilló en los tribunales y en las oficinas del ministerio de Trabajo, donde discutía con los representantes de las empresas bajo la somnoliente dirección de algún burócrata. Se fundó el comité reorganizador de la Confederación General de Trabajadores del Perú, organismo de fachada que el comunismo montó para combatir la influencia del APRA en el campo obrero. En setiembre de 1966, dicho comité adquirió personería, y en 1969, gracias a la oportuna ayuda de El Chino Velasco, a quien los comunistas juraron lealtad hasta la muer- te, nació la Confederación General de Trabajadores del Perú, la CGTP, que tuvo como

primer secretario General a Isidoro Gamarra y, como asesor legal... ¿a quién? ¡A Ricardo Díaz Chávez!

El Partido Comunista no encontró acogida de parte de los obreros. Isidoro Gamarra só- lo tenía ascendiente sobre los trabajadores de construcción civil. Fue Díaz Chávez quien, siguiendo los pasos del Judío Errante, trotó por los extremos del país: asumió la asesoría legal de los trabajadores; luchó, incansable, por obtener mejores salarios, mejores condi- ciones. Pedía, siempre, más y más. El abogado logró que los distintos sindicatos mineros suscribieran un pacto de ayuda mutua y defensa recíproca. Cuando un sindicato se declara- ra en huelga, los otros, por solidaridad, también paralizarían sus labores.

En 1970, el pacto de ayuda mutua dio su fruto maduro: se constituyó la Federación Nacional de Trabajadores Mineros y Metalúrgicos, cuyo asesor legal, fue... Ricardo Díaz Chávez.

Comenzó a hablar en forma más cautelosa. Pero su influencia era mayor.

Díaz Chávez exponía con lentitud deliberada, tratando de convencer, de ganar a su ad- versario. No es dueño de un verbo arrebatador. No gusta de la espectacularidad en el gesto. Prefiere la conversación a media voz, el razonamiento. Entre exaltar pasiones y zurcir in- tereses, prefiere esto último.

—Mi éxito no es consecuencia sólo de mi labor legal frente a los poderosos estudios de abogados de las empresas. Es fruto de la educación política, en que estoy empeñado procu- rando formar dirigentes de primera clase. Por eso chocó con Jorge del Prado, un comunista desvinculado de las masas que, como burócrata, quiso controlar el movimiento comunista desde un escritorio. La crisis en el seno de la CGTP fue inevitable. En 1970, fue derribado Isidoro Gamarra, y en su lugar, fue nombrado Gustavo Espinoza Montesinos, ex estudiante de la Universidad de La Cantuta, que jamás había dirigido un organismo obrero.

Díaz Chávez no está entre los exaltados del Grupo Aéreo Nº 8 que quisieron secuestrar el avión, en la noche de nuestra deportación a Jujuy. No es partidario de las actitudes de violencia inútil. Pero, adoptada una decisión, la cumplía con disciplina ejemplar. Esto lo demostró en el Grupo 8, cuando la mayoría de comunistas decidió resistir con los puños. Soportó la golpiza, a pie firme. En Jujuy escuchaba, aconsejaba al oído, no se exaltaba ja- más. No era un hombre elegante. Sus ropas, probablemente, las compraba en un mercado cualquiera. Para él, el comunismo era una técnica para lograr la destrucción de la empresa privada que debía ser pulverizada a través de un permanente enfrentamiento con la organi- zación sindical.

En 1972, el entonces poderosísimo jefe de Sinamos, Leonidas Rodríguez, concurrió a la Conferencia Anual de Ejecutivos CADE-72, en Paracas, y pronunció un extraño discur- so en el que atacó frontalmente al Partido Comunista y al Partido Demócrata Cristiano. Ambas agrupaciones, firmemente adheridas a las ubres presupuestales, trataron, por todos los medios, desde 1969, de congraciarse con El Chino Velasco. Jorge del Prado, el "Papá Viejo" del Partido Comunista Peruano, decidió sacrificar a Díaz Chávez. En enero de 1973, en una sesión ordinaria de líderes, sin observarse los estatutos del Partido, Díaz Chávez fue expulsado. Leonidas Rodríguez se sintió satisfecho; el Partido Comunista seguía siendo el socio del Gobierno.

Díaz Chávez, por primera vez, calculó mal. Renunció a la asesoría legal de la CGTP. El celendino se repuso y pasó a la ofensiva. Los líderes comunistas fueron rechazados, gracias a su labor de zapa en las bases de trabajadores, y los sindicatos mineros se desafi- liaron de la CGTP. Se solidarizaron con su asesor legal.

Los hombres de Jorge del Prado, los que demostraban su lealtad con el saludo "Chino, contigo hasta la muerte", lanzaron un S.O.S. El gobierno organizó desde el ministerio del Interior, entonces a cargo del general Pedro Ritcher Prada, uno de sus "paquetes" de depor- tados. En setiembre de 1973 salieron exiliados a Argentina, Díaz Chávez, Luis Felipe An-

gell Sofocleto, Francisco Beláunde Terry y Julio Vargas Prada; y a México, los sociólogos Quijano y Cotler.

Díaz Chávez se dirigió a México, y transitó por los amplios caminos que suele ofrecer el movimiento marxista mundial; mientras en Lima, su esposa, tramitaba un recurso de hábeas corpus, que fue declarado procedente.

Díaz Chávez se reunió con su familia en Huaquillas, Ecuador. En el puesto fronterizo, leyó a la PIP la resolución judicial que lo declaraba expedito para retornar al Perú, y de este modo el asesor legal volvió a ponerse en contacto con sus bases.

Una semana después, el gobierno recibió el aviso. Díaz Chávez afirmó en un diálogo en Jujuy, que los delatores fueron los dirigentes del PCP. La policía lo apresó y lo deportó, esta vez, al Ecuador. El celendino viajó una vez más a su base de México.

En abril de 1974, la Universidad de México abrió sus puertas al abogado peruano y és- te debutó como catedrático de Derecho Laboral. Producida la caída de Velasco, en agosto de 1975, Díaz Chávez volvió al amparo de la amnistía declarada por el nuevo régimen.

El 4 de diciembre de ese año, fue detenido y, junto con Genaro Ledesma, Oña Meoño y Arturo Salas, fue enviado a El Sepa, una prisión tenebrosa en la selva central del Perú.

Díaz Chávez evocaba, en la prisión militar jujeña, sus días de confinamiento en el in- fierno verde del Perú.

—Nunca hubo acusación alguna contra nosotros. Fue un acto de fuerza sin disimulo. Inicié un juicio contra Campos Quesada, y la Corte Suprema, en una resolución que debe- ría figurar en los anales de los disparates jurídicos, dijo que no procedía la acusación contra un ministro, porque solo la Cámara de Diputados podía acusarlo. ¡Y como no había Parla- mento, el ministro podía hacer lo que le viniera en gana! Vinieron dos juristas de las Na- ciones Unidas para estudiar nuestro caso. También otros prisioneros, como Hernán Cuen- tas, de Cuajone; Víctor Cuadros, de la Federación Nacional de Trabajadores Mineros y Metalúrgicos. La alimentación era nauseabunda, ¡Después de cinco meses nos pusieron en libertad!.

El 5 de junio de 1975 se produjo un enfrentamiento entre los trabajadores de Manufac- turas Nylon, en Vitarte, en las afueras de Lima, y la policía. Fue una refriega violentísima. ¿Quién era el asesor del sindicato, desde 1970? Díaz Chávez. La policía lo detuvo, como autor intelectual de los desmanes, y fue deportado a Madrid.

El trotamundos se fue a París, y de allí voló a su base de México.

El 10 de marzo de 1978, ingresó clandestinamente al Perú. Cuatro días después, se pu- blicó la amnistía general. Candidato a un escaño de la Constituyente, en la fórmula de la UDP, fue deportado el 25 de mayo a Jujuy.

Díaz Chávez, casado con Olimpia Morales, es padre de cinco hijos. Ha estado en dos oportunidades en la Unión Soviética, y es un ferviente comunista a quien las expulsiones de Jorge del Prado le tienen sin cuidado.

Está en la UDP, porque esta agrupación es un frente y la Federación Minera lo autorizó para participar como candidato e intervenir en la Constituyente, con Víctor Cuadros y otros.

¿Fue la Federación Nacional de Trabajadores Mineros y Metalúrgicos la que se expre- saba a través de Díaz Chávez? ¿Fue Díaz Chávez, el veterano abogado, fiel a las convic- ciones marxistas del estudiante de San Ramón de Cajamarca y de la Universidad de San Marcos, quien imponía sus ideas y su estrategia política utilizando hábilmente a la Federa- ción?

El lector es dueño de escoger la respuesta que le plazca. Pero hay una cosa cierta: Díaz Chávez fue un comunista que sabía lo que quería y se empeñó en conseguirlo.

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