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Yo tuve preso al presidente Prado

In document Baella Tuesta, Alfonso - Secuestro (página 147-152)

Lunes 29 de mayo de 1978. —No, ¡no aguanto más!

Arce Larco, con ropa de civil, pero enfundado en su abrigo azul de marino, se puso en pie, bruscamente. Todos le seguimos con las miradas pero, el más sorprendido, casi irrita- do, fue su colega Faura Gaig.

Nos encontrábamos en un ángulo de la enfermería de Jujuy, en el extremo opuesto a la puerta de ingreso. Allí estábamos a salvo de los escuchas del Ejército Argentino, decían los prisioneros. No repararon que conversábamos junto a una puerta, que permanecía cerrada, donde estaba la imagen de una Virgen. Desde el otro lado, cualquiera podía escuchar todo lo que hablábamos.

Era el quinto día de nuestra reclusión.

Muy temprano, habían llegado Arce Larco y Faura Gaig para analizar, con nosotros, la situación. Teníamos como material de trabajo los diarios de Buenos Aires.

El periodismo argentino no está parametrado como el peruano. El gobierno no dice qué debe publicarse y qué debe ocultarse. Hay una regulación sobre las noticias vinculadas a la guerra sucia, al enfrentamiento entre las fuerzas armadas y grupos terroristas o guerrilleros. Pero, en sus análisis políticos, los periodistas se mueven con libertad. Si bien no existe una prensa de extrema izquierda, la lectura de los diarios grandes, celosos de su idoneidad, proporcionan una imagen bastante real de los hechos.

Ese día, era evidente que la situación de los prisioneros peruanos preocupaba a los pe- riodistas de Buenos Aires. Éstos especulaban sobre nuestro posible confinamiento en la ciudad de Córdoba, y ponían énfasis en el obstinado silencio de las autoridades de la poli- cía en la capital.

La Nación publicó un despacho de su corresponsal en San Salvador de Jujuy. Leímos, una y otra vez, este breve comentario:

Hasta ayer en la tarde no se había proporcionado información oficial alguna, pese a los insistentes requerimientos periodísticos. Sólo se admite, en las esferas autorizadas, la inmi- nente aparición de un comunicado cuya elaboración conjunta se atribuye al ministerio del Interior y al III Cuerpo de Ejército, con asiento en Córdova, y del que depende el comando con guarnición en Jujuy.

El mismo diario consignaba un hecho que nos permitiría formular, de un lado, hipóte- sis, sobre la naturaleza del operativo militar consumado por los ejércitos del Perú y de Ar- gentina; y, de otro lado, el interés de la policía argentina en desligarse de este incidente.

La Nación decía:

Por su parte, el delegado de la policía federal en esta provincia (Jujuy es la provincia; y San Salvador de Jujuy, la ciudad Capital), comisario Horacio Orden, declaró que los efec- tivos a su cargo no habían intervenido en el procedimiento de recepción, y consiguiente entrega a la autoridad militar, del grupo de peruanos desembarcados en el aeropuerto local.

El análisis de estas noticias, durante dos horas, volvió a sembrar el desconcierto entre los políticos. Para mí, las cosas resultaban más sencillas. La maquinaria administrativa en Argentina, como en Perú, se movía con pies de plomo. Me parecía que debíamos mostrar- nos satisfechos por la preocupación de los periodistas argentinos y por el espacio preferen- te que los diarios concedían a nuestro caso, en San Salvador de Jujuy y en Buenos Aires. Pero la actitud de los líderes de la izquierda era diferente, lo que acentuó mis dudas sobre su objetividad y, por tanto, sobre la corrección de sus análisis. Trataban de encontrarle, de

ciar una amenaza contra sus vidas. El gato tenía cuatro patas pero, en un periquete, descu- brían la quinta extremidad. Si en vez de recluirnos en la enfermería de un cuartel, nos hu- biesen llevado a una suite del hotel Plaza, ¿qué hubieran dicho los políticos extremistas? "Todo esto es una trampa, como las de Agatha Christie, para envenenarnos con algún finí- simo potaje, y ocultar todas las huellas del crimen".

Pero, por otro lado, no podía desestimar la experiencia acumulada por los comunistas, en sus exilios y encarcelamientos; ni la de los dos ex ministros, en ordenar y organizar de- portaciones de los adversarios de Velasco. Para mí, ésta era mi primera experiencia. Es verdad que un periodista jamás puede invocar la inocencia como excusa; pero también era cierto, que no podía echar en saco roto las experiencias y las elucubraciones de mis com- pañeros de prisión.

Un hecho era claro: las autoridades argentinas, preparadas para enfrentar con rapidez los sucesos políticos de violencia, vacilaban en cuanto a la solución que debían dar al caso de los peruanos. Esto revelaba la precipitación con que había actuado el gobierno peruano al entregarnos al Ejército Argentino, y la precipitación de éste al asumir, alegremente, el papel de carcelero de civiles extranjeros.

Para mí, había otro hecho cierto: el gobierno del Perú, deliberadamente, demoraba la entrega a las autoridades argentinas de los antecedentes políticos y policiales de cada uno de los detenidos. Nos había entregado indocumentados, como si nos hubiesen capturado en un acto de guerra, sin papeles de identidad. Felizmente, Arce y Faura viajaron uniforma- dos. Si no hubiera ocurrido así, los trece peruanos pudimos ser calificados como terroristas, enemigos de las fuerzas armadas argentinas, con las consecuencias del caso. Las autorida- des de Buenos Aires trataban, por medio de las declaraciones de cada uno de los detenidos, de reconstruir una ficha de identidad.

—Yo no aguanto más, había dicho Arce Larco.

La tensión, otra vez, la había llegado a su clímax. El ex ministro, con el rostro contraí- do, agregó:

—Voy a protestar ahora mismo por el trato que se está dando a un jefe de la Marina del Perú. Debo actuar en la forma más enérgica; yo no soy ningún delincuente. Esta situa- ción no puede prolongarse por más tiempo. Nosotros no tenemos por qué pagar las conse- cuencias de la inmadurez del gobierno peruano y de la precipitación de las autoridades argentinas. De Lima mandan un "paquete" y éste quema las manos de las autoridades de Buenos Aires. Que se las arreglen entre ellos, pero yo no aguanto más.

Faura Gaig pareció el más sorprendido por la actitud de su colega. Me pareció que no quería quedarse atrás. Habló con lentitud, pero con solemnidad, como quien lee una sen- tencia:

—Yo voy a esperar hasta el miércoles. Esta es la fecha tope que me he fijado. Ese día, a las 9 de la mañana, adoptaré una decisión individual, que es de mi exclusiva responsabi- lidad personal y que, por tanto, no tengo por qué consultarla con nadie ni anunciarla en este momento.

Arce Larco, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo, se paseaba de un lado a otro, inquieto. Un silencio pesado descendió sobre el grupo. Los marinos rivalizaban en dramatismo y habían entrado en una especie de contrapunto. Faura Gaig prendió un ciga- rrillo y lo fumó con lentitud, silencioso. Parecía disgustado por la salida de su colega. Hu- go Blanco, farfullero, parecía divertido. Ese día, Arce Larco se enfrentaría al coronel, im- petuoso; y dos días después, Faura Gaig se declararía en huelga de hambre. Esto parecía claro.

Al rato, Arce se reincorporó al grupo. Tomando del brazo a Napurí, pero dirigiéndose a todos, dijo, esta vez con buen humor:

—Yo soy un verdadero artista. A ver, analicen esta dato. Faura lo miraba fijamente, como si esperara otra sorpresa.

—Esta mañana –continuó diciendo Arce–, me sentí algo enfermo, mal del estómago. Fui a ver al oficial. Me siento mal, con ganas de vomitar, le expliqué. El oficial de Sanidad me atendió con mucho interés. Conversamos; del diálogo participaron otros oficiales. Uno de ellos comentó que sabía, por un amigo, que había llegado a San Salvador de Jujuy, un grupo de civiles, miembros de una comisión de alto nivel, del gobierno de Buenos Aires.

Faura pareció disgustado. Era ostensible que Arce, como dicen en Lima, se mandaba la parte, alardeaba delante de los civiles. Percibió el interés que despertaban sus palabras y sonreía de buena gana.

-¿Quieren saber algo más? Mientras me tomaban la presión y la temperatura, seguí dia- logando con los oficiales, empujándolos para que hablaran. Los viajeros de Buenos Aires fueron recibidos en el aeropuerto por personal de la policía local, de San Salvador. Esa es gente que ha venido para decidir nuestra suerte. ¿Cómo la ven?

La conversación se dispersó. Los dos marinos comenzaban a interesarme. Eran dos personalidades diferentes, extrovertidas, más Arce que Faura; y celosos, y susceptibles, más Faura que Arce. Intenté abordarlos, independientemente, como hacía con los civiles, para una charla prolongada; pero resultó imposible. Ellos no padecían el problema del en- claustramiento que vivían los comunistas; podían hablar con los oficiales, desplazarse con más amplitud que nosotros. Pero algo saqué en blanco.

Arce Larco fue compañero de promoción de López Jiménez y de Vargas Caballero; fue el primero de su promoción, premiado con la Espada de Honor. Sus ascensos nunca sufrie- ron retraso alguno, hasta contraalmirante.

En julio de 1962, el capitán de Navío José Arce Larco era jefe de flotilla; y el capitán de Fragata Jorge Parra del Riego era comandante del BAP "Callao".

El día 18, la Fuerza Armada depuso al entonces Presidente de la República, doctor Manuel Prado, quien fue hecho prisionero en Palacio de Gobierno, en horas de la noche.

El Comando Conjunto de la Fuerza Armada ordenó que el Presidente permaneciera de- tenido a bordo del BAP Callao. Asumió la presidencia de la República una Junta Militar integrada por cuatro co-presidentes; y la presidencia de la Junta, el general del Ejército Pérez Godoy.

Junto con Prado, llegaron al Callao sus ministros, Ricardo Elías Aparicio, de Gobierno, y Raúl Gómez de la Torre, de Justicia; los miembros del Jurado Nacional de Elecciones, Alberto Ferreyros y Gálvez Sousa; el director de gobierno, Hernán Guerinoni; el prefecto de Lima, Crovetto; Mariano Prado Heudebert, banquero, sobrino del Presidente; y el co- mandante Alfonso de Rivero Winder, su edecán. Fue una curiosa caravana que dice mucho de la forma cómo se hacen las revoluciones en el Perú.

Prado y sus amigos viajaron, desde Palacio al BAP Callao, en una furgoneta destarta- lada. Atrás, venían varios vehículos con sus amigos; en otros carros del Ejército, llegaban otros amigos en condición de detenidos. Fueron impedidos de subir a la nave, no obstante sus deseos de permanecer con Prado, José Peña Prado; el jefe de la Casa Militar, Enrique Ciriani; el ministro de Aviación, Salvador Noya Ferré, y algunos más.

Gálvez Sousa sintió un súbito malestar. Las autoridades navales decidieron evacuarlo inmediatamente para evitarse complicaciones. Se fue a su casa.

Los prisioneros sólo llevaban la ropa que tenían puesta. Recibieron autorización para dirigirse a sus familiares y solicitar lo que necesitaban.

—Aquí están estas cartas, abiertas, para que puedan leerlas, dijo Alberto Ferreyros. —Nadie tiene por qué leer sus cartas; estamos con caballeros, dijo Arce Larco.

Fueron tratados con respeto; se les invitó a pasar al bar del Callao para que tomaran sus tragos. Ferreyros se quedó en su camarote. Su cólera no amainaba; seguía indignado por los acontecimientos.

Llegaron las maletas de los inesperados huéspedes del barco. Esa misma madrugada fue liberado Mariano Prado. El comandante Rivero Winder insistió en quedarse junto al doctor Prado, dispuesto a acompañarlo en cualquier circunstancia.

—Yo no recibí instrucciones concretas sobre el tratamiento que debería dar al Presi- dente Prado. Decidí concederle las mayores facilidades, tratarlo con la mayor deferencia. Era un hombre de nervios templados, como lo probaba el relato que hacían sus colaborado- res de la forma cómo se habían producido los dramáticos momentos que precedieron a su detención por el Ejército. Pero, esa primera noche se le notó excitado. Me acerqué, acom- pañado del Médico, para ofrecerle una pastilla. La rechazó, mortificado, casi molesto. Se- ñor Presidente, le dije, no tenga usted desconfianza, es un sedante; el médico y yo vamos a tomar otras pastillas, del mismo frasco. El Presidente se tranquilizó, tomó la pastilla y adoptó un aire cordial. Al día siguiente, llegó doña Clorinda Málaga de Prado, la esposa de nuestra prisionero. Yo me adelanté a recibirla. La señora, elegante como siempre, vestía un traje sastre de dos piezas, de color oscuro. "¿Dónde está el Presidente?", dijo gritando. Ni siquiera me contestó el saludo. Creyó, seguramente, que su esposo estaba maltratado. No podía pensar que fuese una dama maleducada; tenía que justificarla, había sido hasta unas horas antes la primera dama del Perú. Ordené que el Alférez Sato, de la Reserva Naval, la atendiera. Me retiré. Más tarde, la señora Prado preguntó por mí. Su esposo, probablemen- te, le informó sobre el tratamiento que la Marina le dispensaba. Ningún oficial se hizo pre- sente para despedirla. Doña Clorinda estrechó las manos del alférez Sato, le dio un beso en la mejilla, y le dijo: "En la persona de usted agradezco el tratamiento que está recibiendo aquí mi esposo. Estos son también los sentimientos de mi familia".

Arce Larco habla con efusión, con entusiasmo, de su vida en aquella época. Es un hombre que no mantiene la continuidad de una conversación, salta con facilidad de un te- ma a otro, de modo que hay que fijarlo con algún esfuerzo. Volvemos al tema de la prisión del Presidente Prado.

-El capitán de Corbeta Barrón comandaba una de las patrulleras que escoltaba al Ca- llao. Era, en forma figurada si se quiere, un custodio de Prado. "Pido que me releve de esta función; Prado es amigo de mi padre y de mi familia; yo no puedo ser cancerbero de quien considero mi amigo", me dijo. "Tienes razón, la amistad es un gran valor y la familia está por encima de la política", le contesté. Barrón se fue a cumplir otras misiones.

—¿Llamó el Presidente Pérez Godoy para preguntar cómo estaba el doctor Prado? —A mí, no. Pero Prado recibió un mensaje escrito, de saludo, de Pérez Godoy. "He ordenado que le den el mejor tratamiento", decía Pérez Godoy a Prado. Pero, en realidad nada de esto había ordenado. El almirante Pease Olivera, ministro de Educación de la Junta de Gobierno, envío una botella de whisky a los detenidos.

—¿Había instrucciones sobre el trato que debían recibir los detenidos?

-A las seis de la tarde deberían estar en sus camarotes; y no podían recibir visitas. Yo no hice caso de estas disposiciones. La Marina no recibía órdenes del ministro del Interior.

—Pero, ¿te dieron las órdenes, sí o no?

—Sí. Yo contesté por radio, la Marina no es carcelera de nadie. Aquí se da el trato que acuerda la Marina.

-¿En qué terminó todo eso?

-Después del 28 de julio, ordenaron que fuera conducido en un helicóptero a la casa de los Mazuré. Rivero Winder insistió en acompañarlo. Las órdenes eran llevarse a Prado so- lo.

-Yo impartí las órdenes, con energía. El señor Prado viajaba con su edecán; y si era necesario bajar a un tripulante del helicóptero, lo bajaba. El piloto me hizo caso. Rivero Winder dio ejemplo de caballerosidad, de lealtad. Es una virtud que los marinos sabemos apreciar.

-Los colaboradores de Prado continuaron en el BAP Callao algunos días más. No sé si uno de ellos, el señor Ferreyros, o todos, presentaron un recurso de hábeas corpus ante el juez instructor del Callao, el doctor Scaramone. Antes de que el juez dictara alguna resolu- ción, se ordenó la libertad de todos.

Algún tiempo después, fui invitado a almorzar por quienes habían sido mis prisioneros políticos. Fue un encuentro muy cordial, que para mí se convirtió en inolvidable. Me en- tregaron un presente que conservo en mi biblioteca. Es una colección de la Historia del Perú, del doctor Jorge Basadre, con la firma de todos los huéspedes del BAP Callao.

—¿Huéspedes como somos ahora nosotros, huéspedes de Jujuy?

—No, las cosas fueron diferentes. Almorzábamos y comíamos los oficiales con los de- tenidos. Recuerdo, por ejemplo, que el 28 de Julio se preparó un menú especial; y lo mis- mo ocurrió el uno de agosto, fecha en que se despidieron nuestros amigos.

Habla con ellos, búscalos, te dirán cómo se portó el Cholo Arce, cómo se porta un ma- rino del Perú, como un caballero. No como aquí, que nos tienen encerrados, dándonos co- mida de la tropa; y creo que hasta la tropa come mejor.

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