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La extensión familiar desde la perspectiva social y psicológica

8. El derecho de los refugiados a la vida en familia

8.4. La extensión familiar desde la perspectiva social y psicológica

La mayoría de las personas que solicitan asilo en España han dejado atrás a parte de su núcleo familiar y quizás el principal problema psicológico que rodea el proceso hasta la concesión del asilo deriva precisamente de la separación familiar. En este sentido, la reagrupación es uno de los objetivos primordiales

que se plantean desde los organismos sociales y sanitarios en Europa35

, que conocen el sufrimiento asociado a la separación familiar y llaman la atención sobre la necesidad de flexibilizar los trámites asociados a la reagrupación, pero hasta la fecha no apreciamos mejoras en este sentido.

El caso más común es el de la persona que viaja sola, dejando en su país de origen a su cónyuge y a sus hijos, con la intención de obtener el estatuto de refugiado y reunir el dinero suficiente para reencontrarse lo antes posible. Pero una vez en España, tropieza con los enormes obstáculos que la Administración plantea para permitir dicha reagrupación, obstáculos que no conocía al separarse de su familia.

Las repercusiones psicológicas que esta situación provoca comienzan desde el mismo momento de la llegada y son fruto de los efectos que, en el plano emocional, produce la separación de sus seres queridos. Desde este momento en la mayoría de los casos es necesario el apoyo psicológico ante la nueva situación de soledad que vive la persona, de ahí que sea necesario establecer pautas de actuación que favorezcan el control emocional y eviten el bloqueo cognitivo, en los que la comunicación y la expresión de sentimientos con los lazos afectivos son elementos determinantes.

Tras este primer momento, comienza un proceso en el que la persona busca todos los recursos necesarios y disponibles para llevar a cabo la reagrupación, recogiendo toda la información posible, principalmente jurídica, acerca de sus posibilidades. En este momento empiezan a percibir las dificultades que se les plantean y las trabas que sus países de origen establecen para su abandono, por lo que el viaje deja de ser un problema estrictamente económico.

Éste es un momento crítico desde el punto de vista psicológico, ya que el incumplimiento de las expectativas y la percepción de ausencia de control de la situación (impotencia ante hechos que escapan a su decisión) produce un estado de frustración que genera sentimientos de incomprensión y en muchos casos actitudes que apelan a la compasión y la humanidad de los técnicos que

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OMS: Mental Health of Refugees, Displaced and other Populations Affected by Conflict and Post- Conflict Situations. WHO Declaration of Cooperation. Ginebra. 2001.

desde diferentes organizaciones y organismos les informan de la imposibilidad de su petición.

Se genera entonces un cuadro depresivo caracterizado principalmente por pensamientos y sentimientos de culpabilidad: sienten que han abandonado a los suyos. Además, sus familiares, desde la distancia y desconocedores de los trámites realizados desde España, suelen sentirse abandonados y recriminan la seguridad y comodidad desde la que el solicitante busca el asilo. No es fácil explicarles las dificultades administrativas que les impiden reunirse.

Así, por ejemplo, una mujer procedente de una zona rural colombiana y atendida en Madrid manifestaba una crisis de ansiedad ante cada signo de comodidad que se le ofrecía, porque sabía que sus hijos estaban privados de ella. Es entonces cuando es necesario intervenir con el objeto de capacitar a la persona para entender a sus familiares, para establecer metas a corto plazo y volver a generar expectativas positivas que le permitan seguir avanzando y descubriendo nuevas vías de acción en su proceso de integración y en su objetivo primero: volver a vivir con su familia en paz.

Estas situaciones pueden hacerse más críticas si aparecen factores que agravan la situación, cuando el solicitante de asilo teme por la vida de sus seres queridos o cuando su subsistencia económica depende de él y carece de ingresos para hacer frente a dicha manutención. En muchos casos aparece un sentimiento de desesperanza y llegan a plantearse regresar a su país aunque su vida esté en peligro.

La atención, el control y el seguimiento de las personas que están alejadas de sus seres queridos y acuden a nuestros servicios son determinantes a la hora de ayudar a hacer frente a esta situación cuando las posibilidades de reagrupación son escasas.

Las vivencias a lo largo de todo el proceso de asilo de un matrimonio de kosovares puede servir para reflejar qué se puede sentir y experimentar en cada momento. Ellos salieron de Kosovo en 1999 y dejaron a sus cinco hijos, quienes entonces tenían 7, 10, 12, 15, y 17 años, a cargo de los abuelos paternos. No pudieron contactar con la familia hasta pasados varios meses y el marido pudo hablar con ellos durante tan sólo cinco minutos en dos ocasiones. Después cortaron las líneas telefónicas y no pudo haber más contactos.

Mientras eran solicitantes de asilo, su primera preocupación fue la resolución de su expediente; entonces los abatió una profunda desazón producto de la larga espera sin respuesta y de la necesidad de encontrar trabajo para cuando tuviesen que afrontar la vida en España de manera independiente. Evidentemente la situación de sus hijos les preocupaba, pero entonces ocupaba otro plano.

Cuando en junio de 2002 les comunicaron la concesión del estatuto de refugiado, la euforia los invadió y durante un tiempo parecía que con ello se resolvía todo. Emplearon los siguientes días en encontrar una vivienda, acondicionarla y continuar trabajando y en cuanto lo lograron afloró con fuerza, y de manera obsesiva, la urgencia de traer a España a sus hijos, con quienes no habían podido volver a hablar desde principios de 2001 y ya hacía tres años que no los veían. “Dios mío, cuanto tiempo sin mis niños” expresaban...

En septiembre de 2002, cuando ya habían iniciado los trámites para la extensión familiar, pudieron volver a hablar con ellos por teléfono. Ella se mareó cuando tomó el teléfono y oyó la voz de los niños. No sabía de qué hablar, qué preguntar..., estaba totalmente aturdida.

La alegría anterior se había convertido en una honda tristeza. “Todas las

noches no puedo dormir”, “me parece escuchar las palabras de él ?del niño?”,

“si no vienen no quiero vivir”... Su hijo pequeño, que tenía 7 años la última vez que le vio, le dijo: “Cuando llegue te tengo que pegar porque me dejaste”. Ella se desahogó transmitiendo sus sentimientos, hablando sobre el tema, pero nos dijo que su esposo lo pasaba muy mal: “No abre la boca, se lo traga todo y lo sufre en silencio; nunca dice nada”.

Ella, cuando veía a una madre por la calle con un niño, lloraba, enseguida pensaba que sus niños no le iban a perdonar que los hubiera dejado y se excusaba con el argumento de que no había tenido otra opción. Cuando dormía, los sueños angustiosos versaban sobre lo mismo. Una noche su marido, sobrecogido, la despertó porque estaba gritando; ella estaba soñando que se encontraban en el mar en medio de una tempestad: el hijo menor se alejaba con la mano estirada gritándole que lo ayudara y ella intentaba con ansia cogerlo pero nunca alcanzaba a llegar a tomar la manita del niño y éste se le escapaba; en este momento de máxima angustia la despertó su esposo, la abrazó y le dijo: “Tranquila, es un sueño, todo va a salir bien, al menos nos tenemos el uno al otro”.

Los niños –piensa ella- no entienden nada de lo que ha pasado ni lo que ellos están sufriendo aquí, han estado creciendo tres años en manos de otras personas, aunque sean sus abuelos. Si la Administración reconoce el derecho a la extensión familiar a este matrimonio kosovar, sólo cuatro de sus hijos vendrán a vivir con ellos, pues la mayor, enfermera, tiene su pareja, ha iniciado una nueva vida y no quiere venir. Cuánta culpa sienten y cuánta les queda aún por sentir el resto de sus vidas... Sólo si nos ponemos en la piel del refugiado podemos asomarnos al abismo de su sufrimiento.

Socialmente la extensión familiar supone la necesidad de reorganizar a conciencia y con mucha lógica el itinerario de inserción-asentamiento de las personas, porque el acondicionamiento de una vivienda que dé cabida en las adecuadas condiciones de habitabilidad supone disponer de muchos recursos. Por otra parte, las necesidades emocionales de los padres y de los niños deberían permitirles disponer de un tiempo adecuado para el reencuentro, algo que sin embargo impiden las ocupaciones laborales de los primeros porque deben garantizar su subsistencia. Además, la normalización de la vida de los hijos supone enseñarlos y acompañarlos intensivamente para estudiar el castellano, asistir a clases, aprender a desenvolverse...

En el Centro de Acogida de Málaga y con un apoyo psicológico continuado, los servicios sociales están enfocando el proyecto de este matrimonio kosovar de forma que puedan cubrir al máximo sus necesidades. Así se les ayudó a encontrar una vivienda amplia donde pudieran hacer vida el máximo tiempo posible, en una zona de clase media, en cuyas proximidades hay colegios e institutos. La esposa está aprendiendo castellano para poder ayudar en todo a los niños, pues es consciente de que lo van a necesitar. Estamos tratando de encontrar la mejor opción laboral para ella, pensando en invertir media jornada de forma que disponga de tiempo. El marido no ha parado de trabajar pero el salario es pequeño y por ello también buscamos una mejora de su empleo. El estado de ansiedad permanente, de tristeza, de insomnio, ese pellizco en el estómago que les impedía pasar bocado, el sabor amargo de todo, los

flash-back... son permanentes en estos casos. Las parejas se erosionan y los sentimientos de culpa e impotencia empujan a regresar al país. La extensión

familiar requiere un trámite y exige una documentación y un tiempo si se consigue. Pero todo esto es ajeno a unos traumas psicológicos que no cesan, que se intensifican con cada momento de espera.

9. Los problemas de regularización de los

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