16. EL TIEMPO EN EL CUENTO 1 Introducción
16.8. Estilo y lengua
16.8.1. G RAMÁTICA DE LOS TIEMPOS VERBALES
Quien escribe una gramática parte de ciertas ideas filosóficas. Por lo pronto, de ciertas ideas sobre el lenguaje. Una historia de la Gramática refleja la historia de la Filosofía. En 15.2. me referí, muy sucintamente, a soluciones al problema del Tiempo. Ahora voy a referirme al tratamiento gramatical de los tiempos verbales influido por el racionalismo y el idealismo. Sigo a mi maestro Amado Alonso, «Introducción a los estudios gramaticales de Andrés Bello», prólogo a la Gramática, tomo IV de Obras completas de Bello, (Caracas 1951). Aprovecho sus observaciones —a veces con sus mismas palabras, a veces parafraseándolas— pero debo advertir que mi plan es distinto. Alonso exponía el pensamiento de Bello; yo, en cambio, expongo nuestro sistema de tiempos verbales para que sirva de marco de referencia al uso que de él hacen los narradores. Como Alonso, conservo la terminología de Bello, que es clarísima. Véase mi artículo «La filosofía del tiempo en Andrés Bello», Nuevos estudios sobre letras hispanas, Buenos Aires, 1986.
La filosofía racionalista tomaba vistas instantáneas sobre la duración vivida por una persona individual, de carne y hueso, y reducía el tiempo a una trayectoria de puntos: el pasado, el presente, el futuro. La gramática racionalista, por ende, concibió los tiempos verbales como fechas en relación con esa línea. A un tiempo con pasado, presente y futuro debían corresponder, lógicamente, formas lingüísticas que apuntaran a ese pasado, a ese presente y a ese futuro. El punto de referencia era el instante de la palabra. La filosofía implícita en tales gramáticas afirmaba:
a) la existencia objetiva del Tiempo como dirección lineal;
b) el punto-instante del ahora que divide el Tiempo en pasado y futuro; c) la significación exclusivamente fechadora de los tiempos verbales.
O sea, que para los racionalistas los tiempos verbales fechan la acción del verbo en la línea infinita del tiempo en relación con tres puntos de referencia conjugados entre sí. Sólo expongo las formas del indicativo:
Primer punto de referencia es el instante mismo de hablar que llamamos Presente (vivo). Lo anterior es Pretérito (viví). Lo posterior es Futuro (viviré). Estos tiempos verbales son absolutos.
Segundo punto de referencia es uno de los tres tiempos arriba mencionados, respecto del cual el nuevo tiempo puede significar anterioridad, coexistencia o posterioridad: Antepretérito (hube vivido), Copretérito (vivía), Pospretérito (viviría), Antepresente (he vivido) y Antepospretérito (habría vivido).
Aunque los gramáticas racionalistas, llevados por su afán de simetría, solían ensartar en su sistema formas desusadas y aun inexistentes, no pudieron menos de reconocer las peculiaridades no siempre racionales de la lengua y entonces corrigieron sus gramáticas con tiempos verbales que no obedecen a la lógica. Solamente los gramáticos inspirados en el idealismo afirmaron sin vacilar que los tiempos verbales son convencionales, arbitrarios, ilógicos, impresionistas, metafóricos.
La filosofía idealista instaló el tiempo en la conciencia humana; en esa dirección también la gramática definió los tiempos verbales, no como funciones fechadoras en la línea de un tiempo objetivo, sino como expresiones de la manera que el hablante tiene de enfrentarse a las cosas. La misma concepción del verbo cambió. Los racionalistas habían identificado la lengua con la lógica. Sostenían que las partes de la oración se ajustaban a partes de la realidad. AsÍ, el sustantivo correspondía a seres vivos y cosas; el adjetivo, a sus cualidades; el verbo, a sus acciones. Por el contrario, los idealistas observaron que los oficios de las palabras dependen de nuestra personal postura ante la vida en el momento de hablar y que el acto de hablar es manifestación de la temporalidad de nuestra existencia. El sustantivo representa la realidad como un «objeto» capaz de comportarse, de tener cualidades o de ser clasificado. Es, pues, un concepto con el que designamos un objeto como si fuera independiente. El adjetivo, en cambio, es un concepto dependiente: si digo verde ha de haber algo que sea verde. Y el verbo es una forma especial del lenguaje con la que pensamos la realidad como un comportamiento del sujeto de la oración. En la frase «el cadáver yacía sobre la hierba» el verbo «yacer» no apunta a una acción pero con él pensamos en que el cadáver está haciendo algo, pese a que, lógicamente, un hacer inactivo no tiene sentido. Los conceptos verbales son dependientes de un sustantivo puesto que lo que dice el verbo siempre lo dice de un sujeto y el núcleo del sujeto es un sustantivo. Todas las clases de palabras sirven para que el escritor exprese su experiencia del tiempo pero sin duda el verbo es la palabra que, por pensar la realidad como comportamiento del sujeto, tiene una fuerte referencia temporal. Si el verbo es un concepto mediante el cual pensamos la realidad como comportamiento del sujeto, tiene una fuerte referencia temporal. Si el verbo es un concepto mediante el cual pensamos la realidad es evidente que cuando decimos que es temporal no nos referimos al tiempo físico sino al tiempo psíquico de quien habla. El
hablante asume una actitud ante la realidad; y el estudio de la temporalidad del verbo es en el fondo el estudio de la actitud del hablante.
El idealismo ya no concibe el Tiempo como una línea generada por un punto- instante que corre en una dirección uniforme, del pasado al porvenir, sino como duración percibida y vivida por una persona de carne y hueso. A esa duración la aprehendemos de una sola vez, en una estructura tan unitaria como las notas sucesivas de una melodía. El presente de nuestra conciencia puede dilatarse, abrazar todo el pasado —personal, histórico— y lanzarse hacia lo desconocido con energía creadora. Es un presente en expansión, para atrás, para adelante, que tan pronto recuerda como profetiza. Llamamos «campo temporal» a esa red de intenciones entrecruzadas. El campo temporal puede vincularse al tiempo de la acción: es decir, a un ahora (el momento en que se habla), a un antes (la época ya cumplida) y a un después (toda época que está por venir). Este tiempo de la acción, cuando se indica, se indica con fechas, cifras, frases adverbiales, contextos. Si está indicado, el tiempo del verbo, en castellano, tiene que corresponderle de acuerdo con la secuencia regulada por el idioma. Si, como sucede las más de las veces, el tiempo de la acción no está indicado, el campo temporal se forma por nuestro modo de asomamos a un redondo horizonte de posibilidades. Los ojos de nuestra mente se acomodan al campo temporal con la misma volubilidad con que los ojos de la cara se acomodan al campo visual. Con esta diferencia: los ojos de la cara tienen más libertad de elección en sus enfoques que los ojos de la mente, ya habituados a ciertas posturas y movimientos por los músculos del idioma. Si hablamos en castellano, tenemos necesidad por ejemplo, de enfocar una acción pasada en una de las dos maneras impuestas por nuestro sistema de tiempos verbales: vemos la acción con sentido histórico, en una época que ya no nos agita, ajena a nuestra urgencia existencial o la miramos con pensamiento subjetivo como formando parte de la unidad de nuestra vida presente. Es la diferencia entre viví y he vivido, diferencia que podría encontrarse en toda la conjugación castellana. Tendríamos tiempos de la acción vista de frente, en su arrebato. Los tiempos verbales, aunque articulados con formas mentales, se han constituido en la historia de nuestra lengua y por ser históricos caen en desuso (hube vivido) o responden a cambiantes peculiaridades regionales (he vivido por viví, en Madrid; viví por he vivido, en Buenos Aires).