6. CLASIFICACIÓN DE LOS PUNTOS DE VISTA 1 Introducción
6.3. Los puntos de vista efectivos
6.3.2. N ARRACIONES EN T ERCERA P ERSONA
Los puntos de vista que ya examinamos en 6.3.1.1. y 6.3.1.2. suponen que el narrador es un personaje del cuento que cuenta con los pronombres de la primera persona gramatical. Ahora clasificaremos los puntos de vista de un narrador que con los pronombres de la tercera persona cuenta desde fuera de la acción.
Si leemos en el cuento pronombres de tercera persona (él, ella, etc.) es porque los está pronunciando un «yo». Es un «yo» anónimo, el «yo» de un narrador oculto.
Hay grados relativos e inestables en la presencia de este «yo»: un «yo» neutro que permanece en estado de pura convención literaria y registra hechos con la impasibilidad de una cámara cinematográfica que operase sola; un «yo» que interviene discreta y sutilmente en la acción narrada; un «yo» con patentes intrusiones... Cuando el «yo» se dirige al lector (tú, Lector...») y habla de los personajes con los pronombres de tercera persona, su aparente familiaridad con el lector no quita que su conocimiento de los personajes sea el de un dios. Es un dios capaz de dialogar con el lector sin perder por eso su atributo de omnisciencia.
6.3.2.1. Narrador-omnisciente
La omnisciencia es un atributo divino, no una facultad humana. Solamente en el mundo ficticio de la literatura vale la convención de que un narrador tenga el poder de saberlo todo. Y, en efecto, el narrador-omnisciente es un todopoderoso sabelotodo. (Aun así, no lo podemos imaginar con los atributos de eternidad y ubicuidad con que los teólogos imaginan a Dios pues el narrador, obligado a pronunciar palabras, sólo conoce en el orden relativo de un antes y un después, de un acá y un allá.) Este microdiós de un microcosmos es capaz de analizar la totalidad de su creación y de sus criaturas. Desde fuera de lo que cuenta analiza cuanto sucede dentro del cuento. No limitado ni por el tiempo ni por el espacio, capta lo sucesivo y lo simultáneo, lo grandioso y lo minúsculo, las causas y los fines, la ley y el azar.
El narrador-omnisciente es un autor con autoridad; impone su autoridad al lector (y éste la acata pues reconoce inmediatamente que la historia está vista a través de una mente dominadora). Dice qué es lo que cada uno de los personajes o todos a la vez sienten, piensan, quieren y hacen. También se refiere a acontecimientos que no han sido presenciados por ninguno de ellos. Selecciona libremente. Tan pronto habla del protagonista como de personajes menores. Gradúa las distancias. Nos da, telescópicamente, un vasto cuadro de la vida humana o, microscópicamente, una escena de concretísimos pormenores. Si se le antoja, va comentando con reflexiones propias todo lo que cuenta. Hace lo que quiere. Si quiere, presenta una situación de un modo objetivo sin colarse dentro de la conciencia de los personajes; o elige de la conciencia de los personajes sólo una tensión momentánea que le sirve para lograr un efecto especial; o examina las actividades de la conciencia del protagonista sin mas concesión al entorno social que unos pocos diálogos y descripciones; o escenifica sucesos a la manera de un comediógrafo; o pronuncia discursos a la manera de un ensayista; o construye cámaras con espejos y máquinas del tiempo... En fin, que el narrador-omnisciente es un dios caprichoso. Así me sentí al escribir «El nigromante, el teólogo y el fantasma» (L).
Es capaz de penetrar tan profundamente en la conciencia de los personajes que, en esas profundidades, encuentra aun aquello que los mismos personajes desconocen. Porque los personajes no siempre aparecen en el cuento tal como se ven a sí mismos ni tampoco tal como los vecinos los ven. No. Con clarividencia el narrador-omnisciente puede revelar el ámbito objetivo en que están sumidos los personajes y también las reconditeces de sus personalidades. Es más: baja hasta casi tocar la subconsciencia le sus criaturas. Nada le es ajeno: pesadillas, delirios, desmayos, olvidadas experiencias de infancia, tendencias hereditarias, oscuros instintos, sentimientos y pensamientos más explicaciones de por qué sienten y piensan así. Este narrador-omnisciente que se refiere a cada personaje con los pronombres «él», «ella», suele extremarse con las técnicas de fluir psíquico. Entonces los acontecimientos del cuento quedan sumergidos en la corriente y sus formas y colores tiemblan como la imagen de cantos rodados bajo las ondas de un río. Pero quede para otro capítulo (17) el estudio de las técnicas del fluir psíquico pues es independiente del estudio de los puntos de vista en el que ¡hora estamos.
6.3.2.2. Narrador-cuasi omnisciente
Supongamos que el narrador-omnisciente del que acabo de hablar renuncie a una parte de la sabiduría divina que se había arrogado y restrinja así su saber a la capacidad humana. Tendríamos entonces el punto de vista del narrador-cuasi omnisciente. No es omnisciente porque ni entra en las mentes de sus personajes ni sale en busca de explicaciones para completarnos el conocimiento de lo que ha ocurrido. Decimos, sin embargo, que es cuasi omnisciente porque, a pesar de sus restricciones, puede seguir a
sus personajes a los lugares más recónditos —un cuarto hermético, una isla desierta, un cohete a la luna— o da la casualidad que los espía por una rendija providencial justo en el momento en que hacen algo decisivo para la marcha del cuento. Imaginemos un cuento con dos prisioneros emparedados en una cárcel. Nadie podría verlos. El narrador — presente e invisible como un dios— los describe con los pronombres de la tercera persona. Es, pues, lo bastante omnisciente para saber lo que pasa entre dos solitarios encerrados. Ahora un prisionero murmura algo al oído del otro y el narrador describe sus gestos pero no alcanza a oír esas palabras. El narrador se ha convertido en un observador casi humano (sólo que un hombre no podría estar dentro de esa inaccesible celda) y casi divino (sólo que un dios no sería sordo), o sea, que su omnisciencia es una cuasi omnisciencia. El narrador-cuasi omnisciente es una especie de semidiós que anda entre hombres. Se desdiviniza, se humaniza. Puede estar relacionado con sus personajes —un pariente, un amigo, un confidente, un vecino— y también puede ser un invisible vigilante. Como quiera que sea, nos da un informe objetivo, aunque en su informe falten los datos de la secreta intimidad de los personajes. Observa sólo las acciones externas del protagonista y personajes menores. Nos enteramos de las emociones de alguien por sus ademanes, voces, lágrimas, risas, por la palidez o por el rubor, en fin, por el lenguaje visible y audible de su cuerpo. Así es como deducimos las emociones de nuestros prójimos en la vida real. El narrador-cuasi omnisciente se parece a esos psicólogos conductivistas (behavioriss) que sólo observan reacciones y comportamientos.
Claro que el narrador es quien elige lo que debe verse y oírse, y él sabrá por qué elige la posición de conciencia reprimida. En verdad podría ser omnisciente pero ha optado por la casi omnisciencia. El lector, no él, es quien interpreta las emociones de los personajes gracias a la información de primera mano que el narrador-cuasi omnisciente le suministra.
He diferenciado al omnisciente del cuasi-omnisciente. También conviene diferenciar al narrador-cuasi omnisciente del narrador-testigo. El cuasi omnisciente observa a los hombres desde fuera y desde lejos. Es un observador ordinario que no puede saber sino lo que cualquiera podría saber oyendo palabras, viendo gestos. Aunque imagine qué procesiones andan por dentro del cráneo de su personaje nunca está seguro y por eso prefiere describirnos los indicios exteriores que le permiten inferir tal o cual estado de ánimo. No parece saber más de su mundo ficticio que lo que nosotros sabemos del mundo real de nuestros vecinos. Mas el hecho de que el narrador-cuasi omnisciente narre con los pronombres de la tercera persona gramatical es la gran diferencia con el narrador- testigo, quien usa la primera persona gramatical. Ni uno ni otro pueden conocer el fluir psíquico del protagonista o los ocultos resortes de su conducta. Pero el narrador-cuasi omnisciente tiene libertad de movimientos para observar su personaje en situaciones privadas a las que un hombre ordinario no podría tener acceso. En cambio, el narrador- testigo es un personaje ordinario dentro del cuento, y el radio de su observación es estrecho: ve solamente lo que puede ver una persona que se encuentra en medio de los acontecimientos.
No he terminado todavía el examen de los puntos de vista: sólo di los cuatro cardinales, que corresponden a la relación del narrador con la materia que narra. Lo que nos falta examinar son sus combinaciones y las posiciones intermedias. Tal es tema del próximo capítulo.
7. DESPLAZAMIENTO Y COMBINACIÓN DE PUNTOS DE VISTA