14. CUENTOS REALISTAS Y NO REALISTAS 1 Introducción
14.2. La literatura como conocimiento de la realidad
Un cuento ha surgido de una realidad: por lo pronto, de una persona de carne y hueso que vivía en una circunstancia determinada y se comunicaba con sus prójimos gracias a una lengua social. Convoquemos a esa persona real. Se llama Maupassant, Chejov, Kafka, Pirandello, Katherine Mansfield, Isak Dinesen o —visto con el telescopio al revés— Anderson Imbert. Reaccionando a los estímulos que recibe de su ámbito esa persona siente, quiere, recuerda, imagina, piensa, habla y un buen día resuelve escribir un cuento. Para escribirlo se proyecta en un «doble», un narrador ficticio (5.2.; 5.3.). Este narrador se pone a contar. Sus palabras se refieren a lugares, épocas, situaciones, hombres, hechos y cosas, pero después de todo las palabras son nada más que palabras. Con artificios lingüísticos, pues, se refiere a una realidad que, esencialmente, es alingüística. La realidad queda transformada en símbolos. Es una realidad representada en el texto, interior al texto. Una vez escrito, el cuento ya no se relaciona con una realidad extraliteraria. Es una creación artística que agota su significación en sí misma. Es una ficción, una ilusión, una aparición. El lector acepta las convenciones del juego literario y actualiza, en su propia fantasía, la realidad virtual que el narrador le ofrece en forma de cuento.
Sería inútil interrogar a un cuento sobre sus derechos a la existencia. Está allí, como el universo, que tampoco responde a nuestra pregunta sobre cómo y por qué se originó. Si no un universo, el cuento es una de esas mónadas que imaginó Leibniz: un alma que refleja el universo sin que las cosas del universo la puedan destruir.
Estas actividades que se concentran en un cuento presuponen un conocimiento de la realidad: el escritor, el narrador, el personaje, el lector, todos la conocen. Pero hay varios modos de conocer. El problema está en especificar el conocimiento literario, tan diferente del conocimiento científico. En un cuento ¿quién conoce?, ¿cómo conoce?, ¿qué conoce? Y todavía una pregunta más: en este capítulo que se propone diferenciar entre cuentos realistas y no realistas ¿cuál ha de ser la piedra de toque que permita probar, exactamente, si lo conocido es real o irreal? Para evitar malentendidos me apresuro a anticipar que, en este capítulo, la clave que diferencia el cuento realista del no realista está en la índole natural o sobrenatural de los agentes de la acción. Por el momento asumo el papel de Abogado del Diablo y razono como los críticos a quienes
reproché antes porque miran las exterioridades de la literatura. Voy, pues, a tomar a los agentes de la acción de un cuento al pie de la letra; es decir, que calificaré las acciones del animal o del hombre en un cuento con el mismo criterio con que califico las acciones de un animal en la zoología y de un hombre en la sociología. Las fábulas zoomórficas de Esopo revelan un conocimiento de la psicología humana mucho más acertado que el de la idealización de héroes en las leyendas románticas, pero la piedra de toque, la clave que voy a usar, probará que los animales de Esopo, a pesar de su sabiduría, por ser parlantes son sobrenaturales, y que los héroes de los románticos, a pesar de sus falsedades, son naturales precisamente porque hablan. Una alegoría, un cuento de hadas, un pacto con el diablo, un viaje por el tiempo en busca de la inmortalidad pueden damos un cuadro convincente de las fuerzas íntimas que mueven al hombre pero, interpretados al pie de la letra, son sobrenaturales. En cambio las reproducciones, exactas como fotografías, de asesinos increíblemente perversos perseguidos por detectives increíblemente astutos, aunque no nos convencen, son naturales. Hecha la advertencia, sigo.
En el interior de un cuento quien conoce es el narrador. Dejemos de lado por el momento al escritor y al lector, que no figuran en el cuento (5.2.; 5.4.). Pues bien: el conocimiento del narrador no es lógico, conceptual, filosófico, científico. Conoce intuitivamente. El narrador —como todo poeta, como todo artista— percibe e imagina individuos, sin generalizar. Si intenta generalizar, sus generalizaciones —a menos que irrumpan en el texto como comentarios impertinentes— resultan ser también creaciones imaginativas. Conste que estamos hablando de narradores con genio poético, con genio artístico, esencialmente intuitivos. Pensando en ellos digo: una idea filosófica, una referencia científica, una cita tomada de un tratado de moral serían, dentro del cuento, visiones concretas, como las de una estrella, una niña o una hormiga. El narrador no duplica el esfuerzo del intelectual que discurre racionalmente y clasifica la realidad con criterio objetivo, sino que se atiene a su íntimo gozo, que es el de la contemplación. Contempla el mundo y se contempla a sí mismo en el acto de contemplarlo (3.6.). Ve, en su espíritu, una acción humana que le interesa por su sorprendente peculiaridad, y decide contarla. Esa visión es una síntesis estética de las formas espirituales del narrador y de los materiales percibidos. Gracias a la intuición su sentimiento se eleva al plano de la fantasía. Su intuición de la vida y del cosmos es inmediata, espontánea, pero el poder cognoscitivo de la intuición original se ensancha a medida que va elaborando su cuento. En este proceso la intuición se renueva y despierta a otras intuiciones afines. Intervienen impulsos veleidosos, deseos de entender, recuerdos de experiencias anteriores, simpatías y antipatías, curiosidad por la diversidad humana, descubrimientos y enigmas intelectuales, pero siempre su conocimiento de la realidad es singular, subjetivo, individual, concreto. Su cuento es un microcosmos minuciosamente circunscripto y particularizado. El narrador ha sido concebido a su imagen y semejanza por un hombre que vivía y operaba en el mundo: con ojos humanos, pues, el narrador ve ese mismo mundo en que el hombre vive y opera. El narrador es un personaje creado por un hombre y, a su vez, es capaz de crear a otros personajes.
El cuento no es una cabeza pensante (aunque su redonda autonomía se presta a que lo comparemos con una cabeza) pero contiene un pensamiento. Al pronto, el de su narrador. Lo que este narrador piensa no es ni lógico ni discursivo. Su cuento no es un ensayo que pretenda valer filosóficamente. Sin embargo, entraña una concepción del mundo. Si esa concepción del mundo es congruente con el tipo mental del narrador no es menos verdadera que la concordancia, descrita por los gnoseólogos, de un sujeto que conoce con un objeto conocido. Las intuiciones, visiones, imágenes que expresa están configuradas por las formas de sentimientos vividos y autocontemplados. El punto de vista del narrador y de sus personajes enriquece las perspectivas interiores del cuento. Cuando entre el narrador y sus personajes estalla un conflicto en el modo de entender la realidad, en sus respectivos juicios aparecen grados de objetividad y subjetividad. Todo se hace
relativo y ya no sabemos cuál es el criterio de la verdad. Pero qué importa la verdad: el relativismo del cuento es uno de sus valores estéticos. Lo que importa no es la verdad sino el quehacer del narrador, sus actitudes, intenciones, ironías, perplejidades, procedimientos estilísticos y su respeto o falta de respeto a las normas del género literario que ha elegido. El cuento no nos da un conocimiento verídico de la realidad pero imita una realidad: ¿cuál?, ¿cómo? De esta «mimesis» paso a hablar en seguida.
14.3. Mimesis
Aristóteles definió el arte como «mimesis» («representación», «imitación») y a pesar del daño que este término ha causado en la historia de la crítica voy a usarlo. Eso sí: lo usaré con reservas (10.2.). En un cuento hay, sin duda, aspectos miméticos: ¿pero qué es lo que se mimetiza?
El narrador, con sus palabras, da por sentada la existencia de un mundo. Ese mundo puede ser verdadero o falso, real o irreal, observado o imaginado, pero está ahí, en el cuento, y tenemos que aceptarlo si es que queremos entrar en el juego culto de la literatura. El relato de ciertas acciones y la desaparición que las hace visibles presuponen que el narrador está afirmando juicios sobre personajes y cosas en una circunstancia determinada. En este sentido podemos decir que las palabras del narrador son miméticas: con ellas imita, representa un mundo. Las consideramos verdaderas (aunque sepamos que, fuera del arte, analizadas con criterio extraestético, no lo son).