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El hambre y la guerra

El hambre fue especialmente temible pues los historiadores del clima, como Em- manuel Le Roy Ladurie y Pierre Alexandre, diagnosticaron un empeoramiento de las condiciones climáticas, en particular en Europa del norte, debido a un pro­ longado enfriamiento y a grandes oleadas de lluvias repetidas que llevó al retor­ no en los años de 1315 a 1322 de una gran ham bruna de carácter insólito.

En la Edad Media, la guerra había sido siempre un fenómeno más o menos endémico, pero la acción de la Iglesia y de príncipes como san Luis en favor de

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la paz, la búsqueda de unas condiciones favorables para la prosperidad, la con­ dena a través del desarrollo de las monarquías de las guerras feudales privadas se tradujo en un retroceso del fenómeno guerrero. Aunque en el siglo Xiv se produjo un retorno casi generalizado de la guerra, lo que más im presionó a los contemporáneos es que el hecho militar adquiriese nuevas formas. La lenta for­ mación de los Estados nacionales, primero favorables a la paz impuesta a las querellas feudales, hizo nacer paulatinamente formas «nacionales» de guerra. El ejemplo de la interminable guerra de los Cien Años, que renovó de una manera moderna las viejas hostilidades franco-inglesas de los siglos xn y xm, es un buen caso de lo que digo. Los espectaculares aunque lentos avances tecnológicos tam­ bién contribuyeron a convertir la guerra en un fenómeno nuevo. El más visible de dichos avances fue la invención del cañón y de la pólvora de cañón; pero tam­ bién las técnicas de asedio se perfeccionaron y este conjunto de cambios condu­ ciría a la lenta desaparición del castillo fortaleza en favor de dos tipos de resi­ dencias nobles en el campo: el castillo aristocrático, esencialmente residencia y lugar de ostentación y disfrute, y la fortaleza, a menudo real o principesca, des­ tinada a resistir la agresión de los cañones. Además, la guerra se diluyó y se pro­ fesionalizó. La crisis económica y social multiplicó el número de vagabundos que, si encontraban un jefe, formaban bandas armadas cuyos actos de pillaje y destrucción eran mucho peores que los provocados por los ejércitos más regula­ res. En Italia, algunos jefes de guerra, a menudo prestigiosos, alquilaron sus ser­ vicios a las ciudades y Estados, y a veces se convirtieron ellos mismos en jefes políticos. Eran los condottiere. Por último, las monarquías, en particular la fran­ cesa, reclutaron soldados de-forma permanente, a los que se pagaba con regula­ ridad unos sueldos en condición de mercenarios, y de manera más permanente y estructurada que en el pasado, se pusieron al servicio de los príncipes y de las ciu­ dades. Hubo un pueblo que se distinguió en esta función, los suizos.

W illiam Chester Jordan ha realizado un brillante análisis de la gran ham bru­ na de los inicios del siglo xiv. Ha mostrado de qué manera esa calamidad fue considerada como «insólita» entre los hombres vivos; cómo las causas naturales, humanas y divinas, se combinaban a ojos de los hombres y mujeres de aquellos tiem pos para engendrar la ham bruna. El clim a y las lluvias, la guerra, la ira de Dios son las causas que los contemporáneos percibían. El resultado fue una caí­ da brutal de las cosechas de cereales y devastaciones epizoóticas. Los precios su­ bieron, multiplicando la cantidad y miseria de los pobres, sin que el alza todavía limitada del sector de los salarios pudiese compensar el aumento de los precios. La organización insuficiente de monarquías y de ciudades, la deficiencia de los transportes de víveres y de almacenamiento agravaron, o en todo caso no per­ mitieron luchar eficazmente contra las consecuencias de la gran hambruna. No existían aún las condiciones para que naciera una Europa de la solidaridad rural y alimentaria.

Philippe Contamine ha realizado una sobresaliente descripción del nuevo complejo m ilitar que se dispuso a principios del siglo xiv y finales del xv. La promoción y las transformaciones de la ciencia militar, junto con la aparición de unos tratados de agricultura en economía, llevaron a la redacción y difusión de tra­

tados didácticos consagrados al arte de la guerra, a la disciplina militar y a la or­ ganización de los ejércitos. El tratado compuesto en 1327 porTheod, >re Paléologue segundo hijo del emperador bizantino Andrónico II, fue traducido ai latín, y luego a finales del siglo xiv al francés, por el duque de Borgoña Felipe el Atrevido. El benedictino Honoré Bovet compuso a partir de De bello del ju n a a italiano Juan de Legnano, El Árbol de las batallas, dedicado al joven rey de Francia, Carlos Vi. La italiana Cristina de Pisano, que residía en la corte de Carlos Vi. compuso en el año 1410 el Libro de los hechos de armas y de caballería. El italiano Mariano di Jacopo Taccola compuso en 1449 un De machinis dedicado a la máquinas de guerra. Las ordenanzas militares se multiplicaron y difundieron en toda Europa. Así sucedió con las de Florencia en 1369, la gran ordenanza de > a ¡ > V de Fran­ cia en 1374, los estatutos y ordenanzas de Ricardo II de Inglal i < n 1385, las de Enrique V de Inglaterra en 1419, las ordenanzas militan de t u i el Temerario sobre todo en 1473, y el conjunto de reglamentos de campana n l.a n i >■: a las fuer­ zas militares elaborados por los cantones suizos.

La arqueología nos ha legado una documentación abunda n > enriquece la escrita. Philippe Contamine recuerda el descubrimiento u 'barróla, en Portugal, de los agujeros dispuestos en línea o en damero, qu luda fueron cavados en 1385 por los arqueros ingleses de Gante pura plantai u líos las es­ tacas y detener las cargas de la caballería castellana. I a excavad, n de las fosas donde fueron arrojados los muertos de la batalla de Visby en la i la de Gotlandia en 1361 ha permitido realizar un estudio científico completo del un aumento de­ fensivo. Se pudieron estudiar los muros que rodeaban las ciudades, los castillos, iglesias fortificadas, casas-fuertes construidas o remozadas a finales de la Edad Media; así los muros de Aviñón, de York, Rotenburgo, Nordligeu. el castillo de Vincennes, de Fougères, de Salses, de Karlstein y de Tarascón. U n c< apunto de mu­ seos europeos permite conocer la Europa m ilitar de los siglos xtv y X V : el Tower Armoury y la Wallace Collection en Londres, el m useo de la puerta de Hal en Bmselas, el museo del Ejército en París, el Castillo de Sant’Ang lio en Roma, el museo Stibbert en Florencia, la Armería Reale en Turin, la Real Ai inería en Ma­ drid, la colección del castillo de Ambras en Tirol, etc.

Philippe Contamine ha recordado también que en los dos últimos siglos de la Edad M edia se produjo la aparición en toda E uropa de los gu 'i .a us regulares o irregulares; grandes compañías en Francia y en España, compañías de aventu­ ras en Italia, los Écorcheurs [Desolladores] en Francia y en el oeste del mundo germánico, la guerra de los Cien Años, las guerras de sucesión de Bretaña, las guerras de la constitución y del estallido del Estado borgoñón; la s guerras hispá­ nicas, expediciones militares de la iglesia para reconquistar el listado pontificio, guerras marítimas entre Génova y Venecia, entre la Hansa germánica, Dinamarca e Inglaterra, guerras contra los checos husitas, conflictos entre el unten teutóni­ co y sus vecinos, guerra de las Dos Rosas en Inglaterra, final del reinado de Gra­ nada en España, avance de los turcos en los Balcanes, etc.

La iconografía y la arqueología demuestran también que > a, lu mp, > se con virtió definitivamente en el de una Europa del caballo, d e s d e ... un caba lio de batalla más que un caballo de caza. La infantería se lian uno de modo

que perdió una, parte de su importancia cuantitativa y cualitativa entre mediados del siglo xiv y mediados del xv; pero fue entonces cuando el papel y el prestigio de la infantería renació, esencialmente gracias a los mercenarios germánicos, los lans­ quenetes y.los.'suizos. Más llamativa si cabe fue la aparición de la artillería. La pólvora de catión y el propio cañón llegaron a Italia — y desde ahí se difundieron al conjunto de Europa— desde China a través del mundo musulmán en un par de décadas, entre l e 25 y 1345. «Este instrumento belicoso o diabólico al que lla­ mamos vulgarmente cañón», como añade John Mirfield, hacia 1390, revolucio­ nó de forma lenta el arte militar, y lo hizo esencialmente de dos maneras: por su papel en el campo de batalla, de una parte, y por su eficacia contra los muros de los castillos, de otra. La carrera por el grosor de los cañones obedecía tanto a un deseo de prestigio y de causar espanto como a un deseo de eficacia. A finales del siglo xiv había nacido una Europa de la bombarda. El presupuesto de artillería no dejó de aumentar en las ciudades y Estados de la segunda mitad del siglo xv. A finales del siglo, la industria metalúrgica militar experimentó un gran avance, sobre todo en Milán y en Italia del norte, mientras que la artillería francesa, tal y como iba a demostrarse en las guerras de Italia, era por su calidad e importancia la primera del mundo-.

La militarización de Europa se completó con la profunda evolución del ser­ vicio militar. El servicio feudal desapareció en Inglaterra en el siglo xiv y fue sustituido por el reclutamiento de milicias nacionales y de voluntarios. En el rei­ no de Francia se volvió habitual el contrato de reclutamiento desde la segunda mitad del siglo xiv. En el siglo xv, cada comunidad y parroquia del reino al lla­ mamiento de la monarquía de los francos, tuvo que proporcionar arqueros y ba­ llesteros. Italia, cuyas clases dirigentes urbanas abandonaron la función militar, optó por recurrir esencialmente a mercenarios. Fue el sistema de la condotta. No obstante, en casi toda Europa el papel de la nobleza como proveedora fundamen­ tal de la caballería militar subsistió. La Europa de la nobleza continuaba apoyán­ dose en sus tradiciones guerreras.

Por último, todos los poderes políticos europeos desarrollaron en mayor o menor grado durante el siglo xv ejércitos permanentes. La guerra feudal era una guerra intermitente basada en el reclutamiento ocasional, habitualmente en pri­ mavera, y la militarización de los guerreros era por tiempo limitado. Mientras el año guerrero tic Ja Europa feudal estaba lleno de agujeros, el tejido m ilitar de la Europa moderna empezaba a ser de una sola pieza. Incluso los italianos experi­ mentaron la necesidad de contar con ejércitos permanentes directamente a su servicio. El senado de Venecia declaraba en 1421: «Nuestra política consiste en tener hombres valerosos tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra».

Esta Europa de violencias guerreras generalizadas no había olvidado, pese a todo, la aspiración a la paz que fuera el ideal profundo de la sociedad, de la Igle­ sia y de los poderes en la Edad Media.

El benedictino Honoré Bovet, el autor de El Árbol de las batallas, constata­ ba desconsolado: «Veo toda la santa cristiandad tan abrumada por las guerras y el odio, el pillaje y las disensiones, que cuesta poder nombrar un pequeño país, sea un ducado o,un condado, donde reine la paz». En el siglo xv, Jorge de Po-

diebrad, rey de Bohemia, compuso en latín un Tratado de la paz a imponer en toda

la cristiandad. Con la esperanza de que «tales guerras, rapiñas, disturbios, in­

cendios y asesinatos, que así como los hemos descrito con tristeza han asediado la cristiandad en todas partes y por los cuales los campos han quedado devasta­ dos, las ciudades saqueadas, las provincias desgarradas, los reinos y principados abrumados por innumerables miserias, cesen por fin y queden completamente apa­ gados y que se vuelva a un estado conveniente de caridad mutua y de fraternidad por medio de una unión loable».

Ese rey del siglo xv sin duda ofrecía el proyecto más hermoso, la más her­ mosa justificación a la Unión Europea que seis siglos después busca en medio de dificultades construirse. Una Europa de la paz.