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La peste negra

A mediados del siglo xiv se produjo uno de los acontecimientos más catastró­ ficos de la Europa medieval. L a peste negra. Así llamada porque de las dos for­ mas bajo las cuales se presentó, la forma respiratoria y la forma inguinal, fue esta última la que cuantitativamente predominó. Se caracterizaba por la aparición en la ingle de ganglios, llamados bubones, llenos de una sangre negruzca cuyo co­ lor definió la enfermedad y la epidemia. La peste bubónica ya había arrasado Oriente y Occidente en el siglo vi, en la época de Justiniano. Luego desapareció por completo de Occidente. Debió de mantenerse en estado endémico en Asia central y probablem ente en el cuerno oriental de Á frica, por lo que cuando se reactivó volvió a castigar Europa en 1347-1348. El origen de la peste negra se pue­ de establecer y fechar. La colonia genovesa de Caifa, en Crimea, fue asediada por asiáticos que utilizaron como armas cadáveres de infectados por la peste, que arrojaron por encima de las murallas. El bacilo transportado por las pulgas de los ratones llegó a Occidente a bordo de los barcos originarios de Caifa. Durante el año 1348 se difundió por prácticamente toda Europa. La peste negra empezó a ser un fenómeno catastrófico que en Occidente se prolongó hasta 1720, fecha de la última gran peste, la de Marsella, también en este caso de origen oriental. Lo que hizo que la epidemia adquiriera dimensiones catastróficas fue en primer lu­ gar el carácter fulgurante de la enfermedad. Los hombres y mujeres contamina­ dos por el bacilo caían al cabo de una breve incubación por un acceso que de 24 a 36 horas después, desembocaba con mucha frecuencia en la muerte del en­ fermo. La segunda razón que justificaba el pánico ante la peste fue la revelación a los occidentales de la fuerza del contagio. No hay duda que se consideraba que la lepra podía ser contagiosa — lo cual es falso— , pero la peste demostró que el contagio era irrefutable. Por último, la peste iba acompañada de fenómenos fi­ siológicos y sociales aterradores. Los apestados mostraban unas alteraciones ner­ viosas impresionantes, y la incapacidad en que se veían las familias, comunidades y poderes públicos de com batir el mal, le proporcionaba un carácter diabólico. Las consecuencias de la epidemia eran espectaculares a causa del contagio den­ tro de grupos que vivían en com unidad; y siendo estos grupos la base de la es­

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tructura social de Europa, quedaba socavada y a menudo destruida por la epide­ mia. Las familias, linajes, conventos y parroquias ya no fueron capaces de ga­ rantizar funerales individuales decentes a los muertos, por lo que muchos de ellos no pudieron contar con el sacramento de la extremaunción, ni siquiera con las oraciones y bendiciones de rigor antes de ser entenados en fosas comunes. No poseemos documentos que permitan evaluar de manera bastante precisa la mor­ talidad de la epidemia, que varía según las regiones. Es probable que en ninguna región fuese inferior a un tercio de la población y la evaluación más verosímil va de la mitad a dos tercios de la población de la cristiandad. La caída demográfica fue del 70 por 100 en Inglaterra, que pasó de tener alrededor de siete a aproxi­ madamente dos millones de habitantes en 1400. Los efectos catastróficos de la peste se vieron en último término agravados por el retom o más o menos regular y más o menos severo de las epidemias. Hubo una en 1360-1362, que afectó es­ pecialmente a los niños. También hubo epidemias en 1366-1369, 1374-1375,

1400, 1407, 1414-1417, 1424, 1427, 1432-1435, 1438-1439, 1445, 1464... Por otra parte, la combinación entre peste y otras enfermedades como la difteria, la rubéola, las paperas, la escarlatina, la tifoidea, la viruela, la gripe y la tos ferina, así como el parentesco que la gente de la época estableció entre pérdidas, guerras y hambre, un trío como ya hemos visto procedente del apocalipsis, engendró un sentimiento de terror.

Los médicos del siglo xiv eran incapaces de encontrar las causas naturales de la epidemia, por más que existía la certeza de que las había y que el fenóme­ no a combatir era el contagio, algo que ayudó a contrarrestar la explicación que lo atribuía a la cólera divina, que sería con todo la interpretación más frecuente y más fuerte.

A falta de un saber médico idóneo, sí hubo en todo caso observaciones pre­ cisas y eficaces. Por ejemplo, la prohibición de reunirse a la cabecera del enfer­ mo y de los muertos, de reunirse para celebrar los funerales, de usar las ropas de los apestados y, en general, una lucha continua contra el contagio. La medida más eficaz fue la huida ante el cataclismo, el refugio, lejos de las ciudades po­ bladas, en los campos donde la población vivía más dispersa. Una famosa obra evoca este movimiento de salida de la ciudad, la introducción del Decamerón de Boccaccio, que describe la huida a su casa de campo de los ricos florentinos. Esta forma de lucha contra la peste no estaba, evidentemente, más que al alcance de las élites. La peste agravó los conflictos sociales, las desdichas de los pobres y fue uno de los agentes provocadores de una violencia social a la que volveremos a re­ ferirnos en otro momento.

Los poderes públicos, y en especial las ciudades, en cuyo primer rango se en­ contraban las ciudades italianas, adoptaron asimismo un conjunto de medidas ' entre las que destaca la limpieza. La higiene experimentó entonces importantes progresos. Se adoptaron también medidas contra el lujo ostentoso de los ricos, que se presentó como una provocación que había desatado la ira de Dios y el castigo divino. La peste trajo también nuevas formas de .devoción cristiana, y en concreto la promoción de santos especializados que se convirtieron en grandes figuras en toda Europa, como san Sebastián, pues las flechas clavadas en su cuerpo se in­

terpretaron como las plagas del siglo Xiv, y san Roque en la Europa occidental y meridional.

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