• No se han encontrado resultados

El hombre a imagen de Dios El humanismo cristiano

No obstante, lo que el cristianismo exhibe con mayor fuerza aún en el siglo x i iy

después es una nueva imagen del hombre en relación a Dios. El hombre de la Alta Edad Media estaba anulado ante Dios, y su mejor símbolo era Job, el hombre humillado, ac ulado, tal como lo propuso Gregorio el Grande en los siglos vi y vil. Una gran, obra teológica marca un cambio de rumbo, Cur deus homo (¿Por qué Dios se hace hombre?), de san Anselmo de Canterbury (1033-1109). Algunas nuevas lecturas de la Biblia invitan a reflexionar sobre el texto del Génesis. Teó­ logos, canónigos y predicadores se detienen en el texto donde se dice que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Esta imagen humana de Dios subsiste por encim a'de la mancha del pecado original. El objetivo de la salvación está a

La Europa fe u d a l (siglos xi-xn) 73

partir de entonces precedido por un esfuerzo del hombre para encarnar, desde este mundo terrestre, dicha semejanza con Dios. El humanismo cristiano se fun­ da ahora en esta semejanza. Apela a dos elementos más o menos confundidos desde los inicios del cristianismo, incluidos por los Padres de la Iglesia y por el propio Agustín: la naturaleza y la razón. En la Alta Edad M edia domina una con­ cepción simbólica de la naturaleza. San Agustín tiende a absorber la naturaleza en la sobrenaturaleza y todavía en el siglo xn los juristas como Graciano asimi­ larán la naturaleza a Dios («la Naturaleza, es decir Dios»). La distinción entre naturaleza y sobrenaturaleza, la definición de la naturaleza como un mundo físi­ co y cosmológico específico, se desarrolla en el siglo xn. Recibió una importan­ te influencia de las concepciones judías y árabes, en particular con la introduc­ ción en Occidente de las obras de la Antigüedad griega olvidada, sobre todo de Aristóteles y su noción de lo sublunar. La idea de naturaleza invade el conjunto del pensamiento humano y del comportamiento de los hombres. Así fue como, y volveré a referirme a ello, la homosexualidad se ve castigada por una condena más fuerte en tanto que es «pecado contra natura».

Junto con la naturaleza, la razón, la mayor característica si cabe de la condi­ ción humana, se ve promovida en el siglo x n . El concepto de razón es también vago, confuso y polisémico entre los Padres de la Iglesia, y en concreto en san Agustín. Será san Anselmo quien, en los inicios del siglo xn, reclame que se pro­ ceda a una mejor definición de la razón. Propone entonces a los cristianos que es «fides quarens intellectum» (la fe en busca de la inteligencia). La razón que el gran teólogo, Hugo de San Víctor, divide a principios del siglo x iien razón su­ perior, vuelta hacia las realidades trascendentes, y en razón inferior, vuelta hacia el mundo material y terrestre. El padre Chenu ha hecho una notable descripción de la evolución de la teología en el siglo xii rastreando la evolución general de los métodos de análisis textual (gramática, lógica, dialéctica). El cristianismo entra en la vía de la escolástica.

El humanismo del siglo xn se funda también en un desarrollo de la interiori­ dad. Se ha llamado socratismo cristiano a esta elaboración de un «conócete a ti mismo» cristiano. Ya hemos visto que este socratismo se basa en una nueva con­ cepción del pecado, en una moral de la intención, y conduce a la introspección instituida por el cuarto concilio de Letrán en 1215. Encontramos este humanis­ mo, bajo formas distintas y en ocasiones opuestas, en casi todas las grandes inteli­ gencias del siglo x iii, desde Abelardo hasta san Bernardo, de Guillermo de Con­ ches a Juan de Salisbury.

Este humanismo se desarrolla en el seno de una gran agitación que Robert I. Moore ha calificado de «la primera revolución europea» que se desarrollaría des­ de el siglo x al x iii. Moore sostiene que Europa nació en el segundo milenio y no durante el primero. Creo que Moore privilegia en exceso, dentro de la perspecti­ va europea, los siglos xi al x i i i a expensas de la Alta Edad Media. Espero mos­ trar que se trata de dos estratos igualmente importantes, cuando no decisivos, para la formación de Europa. Según Moore, «es una combinación resultado de rapa­ cidad, curiosidad e ingenio lo que empujó a estos europeos a explotar de m a­ nera cada vez más intensa sus tierras y a sus trabajadores, a extender constante­

mente la potencia y penetración de sus instituciones gubernamentales y, con ello, a crear finalmente las condiciones necesarias para el desarrollo de su capi­ talismo, de sus industrias y de sus imperios. Para lo mejor y lo peor, ahí está el acontecim iento central no solamente de la historia europea sino de la historia universal moderna». Creo que esta afirmación contiene una notable exagera­ ción, una concepción importante que subraya un gran punto de inflexión de la construcción europea. Volveré sobre el análisis de este punto de inflexión en el capítulo siguiente dedicado al siglo xm, pues creo que es sólo en este siglo don­ de nos es posible captar realmente la dim ensión de esta construcción de una Eu­ ropa apoyada sobre todo en las ciudades, pero que coincide con el inicio de una interrupción de este desarrollo intenso en el siglo xn, una época de gran efer­ vescencia en Occidente.