De nuevo hay que partir de la realidad fundamental, la Europa .- ricial es rural y la Europa de la tierra es esencial. Hoy, cuando el número y el p so de los cam pesinos han experimentado un considerable retroceso en Eun a, la economía rural continúa siendo un dato fundamental y uno de los próblcm más arduos de la Comunidad Europea. El mundo al que se enfrenta la PAC (Política Agrícola Común) viene de la Edad Media: un mundo en el que se afirma, ada vez más la agricultura cerealística. Europa será un mundo del pan. También arraigan entonces dos bebidas dominantes, el vino, cuya importancia se ve fortalecida desde la con quista romana por las costumbres litúrgicas del cristianism o,\ ¡tie procede a cul tivar la viña más allá del que se considera su límite climático, hasta la Francia del norte, e l sur de Inglaterra; la otra bebida es la antepasada de la cerveza, la cer-
voise. Esta distinción entre la Europa del vino y una Europa de la ¡ ervoise es tan
nítida que en el siglo X III los franciscanos adoptarán la costumbre de hablar de la división de los conventos de la orden entre conventos del vino y conventos de la
cervoise. En el oeste se afirma una tercera Europa, la Europa de la sidra. A pesar de
las diferencias y de los matices regionales, la vida rural a parí i i ! año 1000 m a nifiesta una gran uniformidad marcada por importantes avances técnicos. Son in dicios de la mayor eficacia del trabajo de los hombres y, en primer lugar, en la actividad de base, es decir, la preparación del terreno. El arado ai caico es susti tuido, especialmente en las llanuras de la Europa septentrional, por la carreta provista de una reja disimétrica y de una vertedera y, sobre todo,/tal vez sea lo más importante, la sustitución de la madera por el hierro. Esta agricultura de la carreta se beneficia también de los avances realizados en la tracción. El asno y el
mulo al sur, el buey al norte, continúan imponiéndose como animales de tiro, pero el caballo, cu las llanuras septentrionales, obliga a retroceder al buey y en el si glo xn será ya dominante en las explotaciones campesinas de Flandes. Aunque se ha exagerado la importancia de la supuesta revolución que supuso el collar de cer viz capaz de multiplicar la capacidad de tracción del animal, su introducción y su difusión demuestran una voluntad de mejora de los métodos de cultivo.
Empieza también a definirse en el norte una innovación que tendrá gran im portancia para el incremento de los rendimientos y la posibilidad de diversificar los cultivos. Se trata de la introducción en el sistema de rotación de estos cultivos, por tradición bianuales, que recurrían habitualmente al barbecho para dejar repo sar la tierra, de una tercera porción del terreno, lo cual entrañaba la rotación tria- nual, permitiendo con ello la introducción de las leguminosas y el aumento del rendimiento gracias a la posibilidad de obtener dos cosechas al año.
En una época en la que existe una sensibilidad creciente a los problemas del medioambienty y a los cambios climáticos conviene subrayar, como se ha hecho, que hubo en este impulso posterior al año 1000 lo que Marc Bompaire llamó una «ayudita del cielo». Parece ser que entre 900 y 1300 Europa gozó de un optimum climático señalado por un incremento de las temperaturas de 1 a 2 grados y por una menor humedad que favorecía los cultivos cerealísticos.
El encelulamiento
Este período del año 1000 y de las décadas siguientes es esencial para la rees tructuración social y política del espacio de la cristiandad, que ha dejado en la organización territorial de Europa profundas marcas. Dada la importancia del castillo feudal dentro de esta nueva organización, para designarla los historiado res han adoptado del italiano una palabra extraída del gran libro de Pierre Toubert sobre el Laiium medieval: el incastellamento, el encastillamiento. Ampliando el vocabulario al conjunto del territorio medieval, Robert Fossier propuso hablar del encelulainienlo. ¿Cuáles eran las células fundamentales de esta organización? El castillo, evidentemente, aunque había otras tres células de base más: la seño ría,, el pueblo y la parroquia. La señoría designa al territorio dominado por el cas tillo y engloki a las tierras y a los campesinos, donde el señor es el amo. Com- prende por lo tanto las tierras, los hombres y los ingresos, tanto generados por la explotación de las tierras como por los ingresos de los campesinos; comprende también un conjunto de derechos que el señor ejerce en virtud de suüerecho d¿ mando, que llamamos el han (conjunto de vasallos y feudatarios de un señor). TDado que esta organización estaba vigente en prácticamente toda la cristiandad, algunos historiadores han propuesto sustituir la expresión «sistema feudal» por la de «sistema señorial», pues la feudalidad designaba a una organización más restringida donde el señor está al frente de un feudo que le era concedido por su señor superior en su condición de vasallo, y el término posee un carácter estric tamente jurídico.
La Europa fe u d a l (siglos xr-xn) 49
Pueblo y cementerio
En el interior de las señorías encontramos preferentemente agrupamientos de campesinos y de súbditos llamados pueblos. El pueblo, que sustituye al hábitat rural disperso de la Antigüedad y de la Alta Edad Media, se generalizó en la cris tiandad del siglo xi, y aunque en la Europa actual el castillo pervive en el paisa je tan sólo en el estado de recuerdo y de símbolo, y suele hallarse en ruinas,' 1^ forma del pueblo medieval, en cambio, subsiste a menudo en toda la Europa oc cidental. E ljtu e b lo n a c ió d e ln r e u n tó n d e c a s a s d e ^ ele mentos esenciales, la iglesia y el cementerio. Robert Fossier consideró con justa razón que el cementerio es el elemento principal y que a veces es incluso anterior a la iglesia. En este punto volvemos a encontrar una de las características pro fundas que la sociedad medieval legó a Europa. Nos referimos a las relaciones entre los vivos y los muertos. Una de las transformaciones más importantes de Occidente, desde la Antigüedad a la Edad Media, fue que los vivos trasladaran a sus muertos a las ciudades y luego a los pueblos. El mundo antiguo sentía temor e incluso repulsión ante los cadáveres; a los muertos se les rendía culto en la in timidad de las familias o en el exterior de los lugares habitados, junto a los ca minos. El cristianismo cambia por completo esta situación, pues procede a in tegrar las tumbas que encierran los cuerpos de los antepasados en el espacio urbano. La Edad M edia no hará sino fortalecer los estrechos vínculos entre los vivos y los muertos. A ello contribuyó la invención, en el siglo x ii, de un tercer lugar del más allá, el purgatorio. Sobre todo a partir del siglo xi, por influencia de la orden monástica de Cluny, el papado instituyó un día de conmemoración de ios muertos, el 2 de noviembre, el día siguientFáTde Todos los Santos. Así se ha llan reunidos los muertos por excelencia que son los santos y la multitud diversa de los otros muertos. En las capas superiores de la sociedad feudal, el «culto» a los antepasados constituye un vínculo social fundamental que funda y consoli da los linajes. Por ejemplo, a finales del siglo xi, el conde de Anjou, Fulco IV, rememorando el linaje de sus antepasados declara, deteniéndose en sus más viejos conocidos: «De antes no sé nada porque ignoro dónde están enterrados mis antepasados».
Las dinastías reales se apresuraron a crear necrópolis reales: Bamberg en Alemania, Westminster en Inglaterra, y Fontevrault en Anjou para los primeros Plantagenet; San Isidoro de León para los reyes de León-Castilla; los condes de Flandes en Saint Bavon de Gante y los reyes de Francia en Saint-Denis.
La parroquia
Junto con el cementerio, la iglesia es el centro del pueblo. La iglesia de que ha blamos es en general el centro de otra ¿élula esencial, nosolam ente del pueblo, sino incluso de la ciudad: la parroquia. La institución parroquial no conseguirá estabilizarse hasta el siglo x h i; ahora bien, los problemas que se solucionen entre el siglo XI y el x iien general ya lo estaban en los pueblos del siglo x i. El proble-
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ma es ante todo de territorio. Se trata de la instalación de parroquias en los ba rrios de las ciudades y en las extensiones rurales, lo cual resulta más delicado. Dentro del pueblo, la iglesia desempeña de manera natural el papel de parroquia para los aldeanos; se trata así de un conjunto de fieles bajo la autoridad de un sa cerdote al que se llamará «cura». La parroquia define un cierto número de dere chos: el derecho que tiene el fiel a recibir los sacramentos, el derecho del sacer dote a percibir unos ingresos por los cánones establecidos. Con la concesión de los sacramentos a los parroquianos, que son su derecho pero que forman parte del monopolio de la parroquia, el aldeano crea a lo largo de toda su vida y en la cotidianeidad un vínculo estrecho con la iglesia parroquial, su cura y sus copa- rroquianos.