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La ruptura de la unidad de la Iglesia; el Gran Cisma

Otro acontecimiento contribuyó a fortalecer la desazón de los cristianos de la Europa del siglo xtv y hace referencia al papado. El punto de partida fueron los

conflictos incesantes que, después del jubileo de 1300, agitaron a la población romana. Para escapar de dicha agitación, el papa francés Clemente V, arzobispo de Burdeos, elegido en 1305 y coronado en Lyon, no fue a Roma sino que con­ vocó en Viena sobre el Ródano un concilio para 1312, y en 1309 se estableció en Aviñón, a la espera de que se apaciguaran los ánimos lo suficiente para poder re­ gresar a Roma. Los sucesores de Clemente V no dejaron Aviñón, donde habían he­ cho construir un soberbio palacio pontificio y desarrollado una eficaz adminis­ tración de la cristiandad gracias a instituciones ampliamente financiadas por una temible fiscalidad. Cám ara apostólica, tesorería, cancillería, audiencias diversas y penitenciaría hicieron del papado de Aviñón el gobierno monárquico más per­ fecto de la Europa del siglo xiv. La situación de Aviñón, casi en el centro de la cristiandad, favoreció en gran m edida los éxitos pontificios; y, sin embargo, el rasgo dominante en la sensibilidad de los europeos de la época era el apego a la ciudad simbólica que era Roma. Europa siempre encontró, incluso hoy, ese pres­ tigio de determinados lugares, recuerdos, y significados simbólicos. La mayoría de la opinión pública que empezaba a manifestarse, no solamente' en la Iglesia sino también entre los laicos, reclamó constantemente a lo largo del siglo xiv el retom o del papado a Roma. Urbano V prestó oídos a esta petición y abandonó Aviñón por Roma en 1367, pero la situación romana le forzó a regresar a Aviñón en 1370. Su sucesor, Gregorio XI, haría realidad el retorno definitivo del papado a Roma en 1378.

Mientras el papado funcionaba en Aviñón, los conflictos romanos internos se redoblaron, instigados por la rivalidad de las grandes familias aristocráticas y la existencia de un populacho presto a dejarse enrolar por los cabecillas.

La situación romana vivió un episodio excepcional con Cola di Rienzo. Hom­ bre de origen modesto pero muy instruido y gran conocedor de la literatura an­ tigua, Cola di Rienzo fue una especie de tribuno iluminado que se hizo con la mu­ nicipalidad de Roma, el Capitolio, en 1347, con la ayuda de una muchedumbre entusiasmada por su elocuencia, que combinaba las citas antiguas con las enso­ ñaciones proféticas por entonces de moda. La hostilidad conjunta de las grandes familias romanas y del papa que había enviado tropas mandadas por el cardenal Albornoz forzó a Cola di Rienzo a exiliarse. De regreso a Roma nQ consiguió restablecer su poder y fue asesinado en 1354. Sin embargo, el episodio produjo un gran impacto no sólo en Roma sino en la cristiandad, y contribuyó a preparar las mentalidades para un renacimiento del pensamiento latino antiguo. El regre­ so de Gregorio XI a Roma, lejos de restablecer la paz en la Iglesia, fue el origen de una nueva crisis aún más grave. La muerte prematura de este papa conllevó la celebración de un cónclave que terminó en revuelta. El nuevo papa, Urbano VI, elegido en tales condiciones que enseguida despertaron una franca hostilidad, in- - dujo a la mayoría del cónclave a anular su elección y a elegir en su lugar a Cle­

mente VII. Pero Urbano VI se mantuvo, de modo que hubo simultáneamente dos papas, el italiano Urbano VI en Roma y el genovés Clemente VII en Aviñón. Cada uno de ellos concitó la adhesión de una paite de la cristiandad, que se encontró así dividida en dos obediencias. En la obedicencia aviñonense estaban Francia, Castilla, Aragón y Escocia. Por la obedeciencia romana se encontraban Italia, In­

glaterra, el em perador germánico y los reinos periféricos del este y del norte de Europa. Cada uno de los papas tuvo sus cardenales que, a su muerte, formaban cónclaves parciales. A Urbano VI le sucedieron Bonifacio IX ( f389 i 404), Ino­ cencio VII (1404-1406), y Gregorio XII (1406-1409). A Ciernen: le sucedió Benito XIII en 1394. Es de señalar que, como estos hechos se produjeron en el siglo xvi, en el marco de la Reforma, las Iglesias nacionales se atuvieron a las decisiones de los monarcas y de los jefes políticos. Muchos cristianos, cu la Iglesia y entre los laicos, se sentían traumatizados y escandalizados por esta situación. Fran­ cia propuso, a partir de 1395, una solución mediante el procedimiento de cesión, es decir, de retirada simultánea de ambos papas. Benito XIII la rechazó. De to­ dos modos, un concilio en 1409, compuesto por cardenales de los dos campos, de­ puso a los dos papas y nombró en su lugar a Alejandro V, sucedido pin Juan XXIII desde 1410, a quien la tradición no ha considerado verdadero papa y que no apa­ rece por ello en la lista oficial de papas. Sin embargo, Benito X lli y Gregorio XII se mantuvieron, y hubo así no solamente dos papas rivales y simultáneos, sino tres. Juan XXIII fue expulsado de Rom a y depuesto por el concilio ue'Costanza en 1415. Gregorio XII abdicó, Benito XIII, aislado, fue depuesto de nuevo y el concilio terminó por elegir un papa unitario, papa de la reconciliación, en la per­ sona de Martín V, el 11 de noviembre de 1417. Hubo un nuevo capítulo del cisma menos largo y menos serio, ocurrido entre 1439 y 1449. El concilio de Florencia y el papa Eugenio IV pusieron definitivamente fin al cisma e intentaron realizar

in extremis una reconciliación entre las iglesias latina romana y griego-ortodoxa

con la que la toma de Constantinopla por los turcos en 1453 pondría fin. El Gran Cisma fue para la Europa cristiana una dura prueba. Su unidad que­ dó deshecha durante largos años. Aunque el apego afectivo a la iglesia,romana se puso entonces de relieve, el poder unificador de esta Iglesia se vic' muy per­ turbado. Las iglesias nacionales habían tomado distancias respecto a Roma, y las monarquías se preparaban para establecer tratados bilaterales con el papado. Se anunciaba la Europa de los concordatos.