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Humanismo en las aulas

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Lecciones sobre

2.9. Humanismo en las aulas

Ahora bien, ¿qué debe hacer la Universidad, en su concepto, para lograr tan alta formación? De hecho, lo fundamental son los principios morales. Consuegra es un moralista consumado, según he dicho con insistencia. La misma dignidad de la persona se establece por criterios éticos, tanto como su derecho a la libertad y el ideal de la igualdad que constituye el pilar de la democracia moderna.

Es apenas obvia, en consecuencia, esa valoración del ser humano, quien merece la mayor importancia en la vida académica cuyo principal objetivo no es otro que el alumno. Los directivos, profesores y demás funcionarios de ‘la U’ tampoco son ajenos a dicha valoración, simplemente como personas que son. Y si en las empresas se ha impuesto la tesis de que la gente es su activo o capital más valioso, ¿qué decir de las universidades en la actual sociedad del conocimiento, donde el extraordinario avance tecnológico surge primero en las mentes de los científi cos? ¿Qué podemos afi rmar al respecto?

En la práctica, el humanismo universitario es refl ejo, tiene que refl ejarse, en manifestaciones artísticas, culturales y científi cas, dentro de lo que en medios universitarios se ha llamado, desde tiempo atrás, las humanidades, expresión –como sugiere su nombre‒ de ese humanismo. ¿O acaso alguna universidad podrá ser humanista dejando a un lado este campo de las humanidades? ¡No! Hacerlo conduce fácilmente no a la cultura sino a la barbarie, a la deshumanización, a la

pérdida de la razón de ser de la universitas nacida en la Alta Edad Media, en la Escolástica (en alusión a la escuela que también son nuestros centros de educación superior).

Las Humanidades, sin embargo, se reúnen ahora en las Ciencias Humanas y Sociales, cuyo objeto de estudio, según enseña la epistemología contemporánea, es el hombre o la sociedad, como el mundo físico lo es de las ciencias naturales y las operaciones racionales (las matemáticas, por ejemplo) lo son de las ciencias lógicas o formales.

Ahí están, como sabemos, la Filosofía y el Derecho, la Economía y la Política, la Historia y la Sociología, entre diferentes disciplinas que alcanzaron a su vez el nivel científi co, si bien no con la exactitud propia de las otras áreas mencionadas. Al fi n y al cabo el hombre y la sociedad son fenómenos complejos, de una diversidad infi nita en virtud de la libertad del ser humano, cuyo estudio no se reduce, ni puede reducirse, a una mera cifra, a un número, a una fría estadística.

Más aún, las ciencias sociales, por su origen humano o social, están relacionadas entre sí, sin que una sea independiente de las demás. Los fenómenos económicos, verbigracia, tienen aspectos políticos, culturales, sociológicos, antropológicos, etc. Es lo que se conoce como ‘interdisciplinariedad’, a la que Consuegra se refería en sus conocidos cuestionamientos a la tendencia creciente hacia la especialización que rompe con la unidad del conocimiento y del ser humano, base del humanismo integral que señalamos en un principio.

Repasemos lo que alguna vez dijo El Maestro en tal sentido, como si anticipara las tesis del “padre del pensamiento complejo”, Edgar Morin, quien fuera visitante ilustre de la USB en septiembre de 2009.

Consuegra atacaba la “estrechez de las especializaciones del mundo moderno, tan en discordia con el conocimiento humanístico”, mientras señalaba que la ciencia social en su conjunto es una “rama del saber humano de máxima dependencia e interrelación entre las variadas disciplinas y artes que la representan”.

Interdisciplinariedad, mejor dicho. Y claro, lanzaba fuertes ataques a la especialización que parece dejar al ser humano roto en pedazos. “El que sólo sabe de una cosa –era una de sus inolvidables sentencias–, no sabe ni de esa cosa”, afi rmación que ratifi caba frente a su profesión y sus colegas: “Es poco probable que un hombre sea buen economista si no es nada más que economista”. Saquen ustedes sus conclusiones.

En tales circunstancias, la creación de facultades en ciencias sociales al surgir la USB, así como su mantenimiento a través de una historia que ya se acerca al medio siglo de existencia, era algo inevitable y hasta obligatorio. En ocasiones, contra viento y marea, contra las difi cultades que nunca faltan en el campo de las Humanidades y, en particular, contra las limitaciones económicas, fruto del poco acceso a dichas carreras, con mínimas excepciones (Derecho y Trabajo Social, en primer término).

No son un buen negocio, a fi n de cuentas. Pero, la educación no lo es, no puede serlo, y deben prevalecer intereses superiores, como los que hemos expuesto, sobre los estrictamente fi nancieros, según lo impone –decíamos arriba– la Responsabilidad Social Universitaria. Por lo demás, los mejores rendimientos que ofrecen otros estudios, por lo general de orden técnico y con mayores perspectivas laborales y de ingresos, permiten subsidiar aquellas, sin las cuales el auténtico espíritu universitario se perdería por completo. El Maestro Consuegra lo sabía, mejor que nadie.

No obstante, sufrió rudos golpes. Como el cierre defi nitivo de la Facultad de Economía, por falta de alumnos. Se impusieron, en fi n, el materialismo rampante, el afán de dinero, el menosprecio por el conocimiento especulativo y las razones pragmáticas, utilitarias, que son tan caras al sistema capitalista. Con el tiempo, esta mentalidad que él tanto condenó en sus exaltados discursos en la Casa de la Cultura, frente a ilustres invitados de distintas regiones y de otros países, parece haberse tomado por asalto al mundo universitario, mientras no se demuestre lo contrario.

Por fortuna, la enfermedad que padeció en sus últimos años lo protegió en cierta forma de ser consciente sobre esa terrible realidad, tanto como sobre el avance incontenible de la globalización y el neoliberalismo que fueron el blanco de sus ataques permanentes, implacables, sobre los cuales conviene hacer una rápida mención antes de cerrar el presente capítulo.

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