su autonomía y en contra, si fuera necesario, de la autoridad del Estado, tal como lo proclamaba, en el mundo entero, el movimiento estudiantil que sin embargo venía sufriendo rudos golpes, desde el estruendoso fracaso de la rebelión en Francia contra De Gaulle hasta las manifestaciones sangrientas, con estudiantes acribillados en las calles, en la ciudad de México. No sería un camino fácil de recorrer, ni mucho menos.
Pero, lo siguieron. Tan pronto surgió la idea, todos la respaldaron, la convirtieron en su principal objetivo, la compartieron con familiares y amigos, la gritaban a cuatro vientos, con el entusiasmo juvenil de la mayoría, con la más alta convicción en sus ideales, seguros de triunfar por encima de los obstáculos que aparecieran. Sabían de antemano que estaban haciendo historia.
Fue entonces cuando El Maestro, de la mano de doña Anita y con sus amigos más cercanos (como el poeta Jorge Artel, Leonello Marthe Zapata, Álvaro Castro Socarrás, Walter Suárez Glasser, Eusebio Consuegra Higgins, Eduardo Pulgar Lemus, Eugenio Bolívar Romero y Sofanor Moré Redondo), inició unos encuentros formales para estructurar el nuevo centro educativo, para darle forma, para concebir las diferentes Facultades que estarían a cargo de los decanos y profesores despedidos en la Universidad del Atlántico, para elaborar los programas de estudio que habrían de cursar los numerosos alumnos expulsados, y para cumplir con los estrictos requisitos de las autoridades públicas, desde el Ministerio de Educación
y el Icfes hasta las de carácter departamental y municipal, lideradas por el gobernador Abello Roca. No era una tarea fácil, en verdad.
La oposición, además, reinaba a sus anchas. El gobernador fungía como su jefe máximo; los políticos regionales, a quienes nunca se les dio gusto, movían los hilos del poder para impedir que el proyecto en cuestión se hiciera realidad, y desde El Heraldo, el periódico más infl uyente de la Costa Atlántica, se atacaba a las llamadas ‘universidades de garaje’, advirtiendo sobre el negocio que allí había, sobre los mínimos controles para su funcionamiento, sobre la pésima calidad de la formación impartida, y obviamente sobre el alto riesgo de fortalecerse los grupos de izquierda, comunistas, más aún cuando de las aulas universitarias en Colombia partían algunos a engrosar las fi las criminales de las organizaciones guerrilleras. No era fácil, insistimos.
A pesar de eso, las cosas fueron saliendo. Era como si la mano de Dios estuviera abriendo paso. Se les apareció la Virgen, en defi nitiva. Porque hacia fi nes del año, luego de presentar al departamento los documentos exigidos, un gobernador encargado, por afortunada o milagrosa ausencia del titular, aprovechó la interinidad para dictar la Resolución 1318 que le daba licencia de funcionamiento a la nueva institución, cuyos representantes (Consuegra, doña Anita, Artel y el resto de fundadores) estaban llenos de alegría, de la emoción, de una enorme satisfacción nunca antes sentida. La celebración fue una fi esta, como si el Carnaval de Barranquilla se hubiera
anticipado. Había, pues, motivos más que sufi cientes para recibir la Navidad con los brazos abiertos y el corazón agitado, palpitante.
Como la prensa local les hacía la guerra, se lanzaron a las calles para repartir volantes, invitando a los jóvenes de la ciudad para que se matricularan, por apenas mil quinientos pesos el semestre, en una modesta ofi cina del centro, cerca al Paseo de Bolívar (Bolívar, sí, como tenía que ser), y de inmediato el feliz matrimonio Consuegra Bolívar, con sus amigos Benjamín Sarta y Walter Suárez, así como con sus tres jóvenes hijos (José, Ignacio y Anita), se dedicaron a buscar la sede, naturalmente en alquiler, al no haber recursos sufi cientes, ni siquiera mínimos, para comprarla o construirla.
Por fi n, después de mucho andar, encontraron una vieja casona en El Prado, situada en la carrera 54 con calle 59, a pocos metros de la Escuela de Bellas Artes que un año antes fuera su refugio al ser expulsados de la Universidad del Atlántico, pero sólo por la insistencia –o terquedad– de Consuegra, por la bondad de doña Anita y quizás por la mirada suplicante de los hijos que no se desprendían ni un minuto de sus padres, así como por la garantía absoluta de no convertir el sitio en fortín revolucionario o cosa parecida, el propietario cedió y hubo acuerdo fi nal, aun sobre el canon de arrendamiento: ¡Cinco mil pesos mensuales!
¡Por sólo 5.000 pesos al mes se abriría la futura Universidad Simón Bolívar!
Fue el primero de marzo de 1973 cuando la Universidad abrió sus puertas. No podía abrirlas, a decir verdad. O mejor, no debía. Al fi n y al cabo contaba apenas con la personería jurídica otorgada por la gobernación, no con la correspondiente autorización del Icfes, la única entidad que estaba en condiciones de legalizar la actividad universitaria por su carácter regulador de la educación superior en Colombia. A Consuegra, sin embargo, sólo le importaba hacer realidad su sueño de crear “la universidad del pueblo y para el pueblo”, que era una tarea urgente, inaplazable. No hubo tiempo, según él, para cumplir con todos los requisitos legales cuyo lento trámite termina por hundir las mejores iniciativas, y por tal motivo dio la orden de avanzar, de seguir, de asumir los riesgos del caso, entre los cuales nadie podía descartar el cierre de la institución como ya lo pedían algunos de sus enfurecidos críticos. El primero de marzo de 1973 nació, pues, la Universidad Simón Bolívar.
Su sede era esta casona de El Prado, una de las que tanto admiró El Maestro en su adolescencia, cuando recién había llegado con su familia desde Isabel López, desplazado por la pobreza, la falta de oportunidades educativas en el corregimiento, y el poder seductor de Barranquilla, ciudad que desde los años 20 parecía tener un desarrollo superior al de Bogotá, tanto en lo urbanístico como especialmente a nivel industrial, empresarial, que el asfi xiante centralismo santafereño le iría arrebatando con el paso del tiempo. De