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Rector en la Universidad del Atlántico

In document ALA SOMBRA EL MAESTRO (página 37-41)

estudiantes, con la correspondiente expectativa y el malestar de sus adversarios, quienes desde su nombramiento temían lo peor: el avance del comunismo, ni siquiera del socialismo democrático, en este gran centro académico al que jóvenes anarquistas –decían– pretenden convertir en epicentro de la revolución social. Ganaban, sin embargo, los partidarios suyos, que eran mayoría.

Al día siguiente empezó a trabajar. A toda marcha, según suele decirse. No quería perder un segundo en el afán de conquistar sus ideales y darle un vuelco a la institución educativa, si bien era volverla a sus orígenes, a la universalidad en sentido estricto, a la dignidad intelectual, al avance científi co y a su función social en benefi cio de los sectores más desfavorecidos, esencia de la universidad pública en una democracia incipiente, apenas en formación. Consuegra sabía, pues, cuál era su camino y estaba dispuesto a recorrerlo, cualesquiera fuesen los riesgos u obstáculos que debía enfrentar.

Era un intelectual en el poder. Y actuó como tal ante una audiencia cercana a sus afectos y atenta a sus mensajes, a sus deseos de cambio, al radicalismo de sus argumentos. La cultura, como era apenas lógico, ocupaba el primer lugar de su agenda, a la que debían someterse las demás actividades por su carácter regulador, fundamental. De ahí que todos a una (directivos, personal administrativo, maestros y alumnos) participaran en esta cruzada de la inteligencia que se tomó por

asalto a la universidad: espectáculos folclóricos, de música y danza; publicaciones a granel, de libros y revistas; conferencias, recitales de poesía y presentaciones de teatro; ventas de libros a bajo precio, en la Librería Universitaria, y reapertura del Museo Etnológico, entre otras actividades que congregaban multitudes y se sucedían en medio de estruendosos aplausos.

El Maestro no estaba solo en esa tarea. Lo acompañaba doña Anita, inseparable; su director de orquesta, desde la Dirección de Cultura, era nadie menos que Jorge Artel, ‘el poeta negro de Colombia’, a quien tras conocer en un recital le dio el puesto, desempeñado a la perfección, y de hecho lo rodearon sus amigos de siempre, quienes desfi laban por el claustro en las distintas jornadas académicas, por lo general como conferencistas: Gerardo Molina, Antonio García, Arturo Valencia Zea, Raúl Alameda, Fabio Morón Díaz, Augusto Espinosa Valderrama, Aquiles Escalante, José Stevenson, Meira Delmar, Ramón Martínez Escamilla, Jorge Greco, Felipe Palencia, Vicente Pérez Silva, Ábel Ávila, Orión Álvarez, Julio Silva Colmenares y Judith Porto de González, entre muchos otros.

Como si fuera poco, en sólo un año duplicó la población escolar, amplió la planta física, abrió bibliotecas, aumentó la nómina de profesores e investigadores y dotó a los laboratorios de equipos necesarios, una gestión que a todas luces era ejemplar, digna de admiración y apoyo. Pero…

infructuosa, que atendiera las exigencias de políticos regionales, acostumbrados a disponer de la burocracia ofi cial como les venía en gana; ante su reiterada negativa a las pretensiones clientelistas, frente a las cuales invocaba la sagrada autonomía universitaria consagrada en mandatos constitucionales de validez universal, se recurrió al rector de la Universidad de Cartagena para ordenarle regresar a su puesto de profesor al suspenderle, en forma anticipada, la licencia concedida; y por doquier esta oposición recibía una solidaridad que al parecer se extendía hasta el gobierno nacional, donde veían con malos ojos que el cuestionado rector ganara más y más prestigio, sabrá Dios con qué oscuros propósitos, provenientes sobre todo de la Unión Soviética y Cuba.

En tales circunstancias, Consuegra fue destituido el 25 de agosto; tres días después se nombró el nuevo rector, a quien los estudiantes impidieron el ingreso para su posesión, y pocas horas más tarde, en la madrugada del 29 de agosto, la Universidad del Atlántico estaba militarizada, con la policía a su alrededor para evitar la entrada del personal. Ahí fue Troya. Se desataron violentas protestas, los estudiantes se enfrentaron con piedras a los uniformados, repetían consignas en contra de la represión, y en un abrir y cerrar de ojos concentraron sus fuerzas, sus gritos, sus reclamos, en la Escuela de Bellas Artes por el barrio El Prado, único sitio de ‘la U’ que se había librado de la invasión armada.

y expulsiones masivas de funcionarios, directivos, profesores y alumnos, quienes buscaron como último refugio la casa de Consuegra en el barrio El Paraíso, por dentro y por fuera, a lo largo de la calle, para decidir fi nalmente qué habrían de hacer frente al cierre defi nitivo de la universidad.

Sólo había transcurrido un año desde el histórico acto de posesión.

En medio del ajetreo, de reuniones y consultas, de mítines que se regaban por toda la ciudad, de comunicados de prensa y declaraciones radiales, Consuegra no paraba de escribir. Éste era su ofi cio, al fi n y al cabo. La oportunidad era propicia, además, para sacar a relucir su espíritu revolucionario, para no dar su brazo a torcer a pesar de la destitución, y para dejar en claro, a los ojos de la historia, qué había ocurrido, poniendo en evidencia los atropellos cometidos y cómo la Universidad, centro por excelencia del pensamiento y la libertad, era víctima de la represión armada por obra y gracia del gobierno de turno. Fue así como dio a luz su nuevo libro: Cómo se reprime la Universidad en Colombia, un verdadero éxito editorial.

En realidad, fue un testimonio personal de su paso por la rectoría, desde su nombramiento hasta su retiro y la correspondiente toma militar, pero también una refl exión en torno a la Universidad, a sus aspectos fundamentales desde el punto de vista ideológico y, de modo particular, al papel que le

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