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La universidad popular

In document ALA SOMBRA EL MAESTRO (página 73-76)

Lecciones sobre

2.2. La universidad popular

Pero, su vigencia trasciende los estrechos límites de la USB, por amplios que sean. Las ideas de El Maestro son válidas para todas las universidades colombianas y de América Latina, según lo podrán comprobar los lectores de otros países hermanos y hasta del resto del mundo, incluidas las naciones con mayor desarrollo en el planeta, donde sigue vigente el reclamo de nuestros pueblos por la justicia social, la erradicación de la pobreza, la igualdad de oportunidades y la dignidad de las personas, cuyos derechos son sagrados, inviolables. ¿Quién podrá negar, con los pies en la tierra, la validez de dichos criterios?

Lo invito, amigo lector, a escuchar atento estas lecciones, puesta la mano en el corazón, en sus valores humanos esenciales, con la única autoridad de su conciencia. ¡Dejemos que El Maestro hable de nuevo, como si no estuviera hundido en el silencio!

“Casa de estudios del pueblo”, repetía El Maestro al hablar de la Universidad Simón Bolívar, destacando así su carácter popular, democrático, por oposición a las numerosas universidades que no lo son, que mantienen un carácter elitista, sólo para ricos, mientras ésta en cambio era, es y debe ser para pobres, para estudiantes de escasos recursos económicos, a los menores costos posibles, con las matrículas más bajas de la ciudad y del país.

verdad, la expresión de su pensamiento socialista, de izquierda, a favor del proletariado, cuyas miserables condiciones de vida se deben superar a través precisamente de la educación, del estudio, del conocimiento. Esa era la bandera enarbolada por millones de estudiantes en el mundo, a fi nes de los años 60 y comienzos de los 70, mientras soñaban con la revolución social desde la universidad, fruto a su vez de la libertad, aquella que por cierto suele reinar en los corazones juveniles. Consuegra era digno exponente de estos ideales revolucionarios.

Se trata de una visión marxista, sin duda. Con el énfasis debido en la división de clases sociales propia del sistema capitalista, donde la clase dominante se perpetúa, entre otros muchos medios, a través de la educación, la cual crea condiciones favorables para su acceso al tiempo que los sectores populares quedan excluidos, como si no tuvieran derecho a su progreso intelectual, profesional.

Es lo que explica –según Consuegra– los exámenes de Estado para los aspirantes al ingreso (del Icfes, en el caso colombiano), la restricción de cupos en los diversos programas o facultades, el recorte presupuestal que él mismo padeció en la rectoría de una universidad pública como la del Atlántico, y en último término la fl agrante violación de mandatos constitucionales, donde la libre escogencia de los estudios por parte de los ciudadanos se queda en letra muerta.

El resultado era una universidad elitista, “sólo para ricos”, según lo planteaba durante su diálogo con el poeta Artel

en el patio de la casa de El Paraíso, ahí mismo, en el quiosco, donde también salieron tantas páginas de su vieja máquina de escribir. De ese encuentro histórico, por fortuna, se conserva el video correspondiente, en el cual El Maestro presenta su concepción de la universidad, tanto sobre los aspectos que venimos destacando como sobre otros que veremos a lo largo del presente capítulo.

“La Universidad Simón Bolívar –recordaba entonces– nació como un centro de estudios eminentemente popular y democrático que conserva su distintivo de organismo al servicio del pueblo”. Acá está dicho todo.

Una universidad popular, para el pueblo, para los más pobres, para campesinos y obreros como él señaló alguna vez al justifi car, en medio de las protestas de ciertos funcionarios por los problemas fi nancieros que la institución presentaba desde su creación, medidas como la congelación de las matrículas, sin olvidar las becas que él ofrecía con generosidad a muchos estudiantes y, de manera especial, a los bachilleres egresados del Colegio Ana Bolívar de Consuegra, en Isabel López, su amado pueblo de infancia.

La USB, por lo demás, nació pobre, con la pobreza a cuestas, sin apoyo del Estado o del sector privado, pero tampoco aspiraba a ser rica, a convertir la educación en negocio rentable, a usar la universidad con fi nes lucrativos, lejos de ser una entidad sin ánimo de lucro como ordenan las normas legales.

No obstante, su razón última de ser –explicaba– es la de contribuir en forma signifi cativa a superar la pobreza y el atraso, “la dependencia cultural y el subdesarrollo dependiente”, consciente de que la educación es el único camino seguro para salir de pobres, para romper el círculo vicioso y terrible de la pobreza que tanto degrada al ser humano.

¿Cuántas personas –cabe preguntar– pueden dar fe, con su experiencia vital como prueba, sobre la plena validez de tales criterios? ¿Sus familias acaso no vencieron la pobreza, mejorando sus condiciones de vida, por la educación recibida en la universidad? ¿Y este criterio, según el cual la educación es la clave por excelencia para dar el salto al desarrollo, no se acoge hoy en todo el mundo, proclamándose aquí y allá su vigencia? ¿Quién puede afi rmar lo contrario?

Digamos, por último, que la educación popular, profundamente democrática, es lo que proclaman a gritos las frases de Bolívar, Martí y Neruda, impresas en los muros de la USB, desde la sede académica hasta la Casa de la Cultura, desde el edifi cio de rectoría hasta el de Posgrados, repitiendo las hondas convicciones de El Maestro.

José Consuegra Higgins fue un bolivariano absoluto. Lo era desde sus años mozos, cuando vio que sus ideas libertarias, de izquierda, revolucionarias, tenían origen principalmente en El Libertador, de quien se negaba a aceptar que fuera el padre

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