2. Antecedentes y referentes teóricos
2.2 Referentes teóricos
2.2.1 Identidad e identidades: algunas tensiones y devenires
De los orígenes de la identidad, la literatura y la filosofía han dado buena cuenta. Con la irrupción del sujeto moderno, los problemas de la identidad no han parado su forma de irrefrenable contingencia. La novela moderna va a narrar a un héroe como Don Quijote abandonado ante la vastedad de un mundo cuyos referentes han dejado de estar sometidos al destino que las divinidades le habían trazado (Lukács, 1971).
Julio Aróstegui, desde la perspectiva de los cambios culturales en la “modernidad tardía”, señala que lejos de aquellas certezas antiguas y de las que todavía podía abrazar el hombre moderno, hemos llegado a enfrentarnos con nuevas preocupaciones asociadas al nuevo “orden mundial” en el panorama internacional y al “destino globalizador” al que están designadas las sociedades de hoy; fenómenos estos que han planteado la desestabilización de las identidades locales. Y por último, el autor señala que ante lo anterior surge un interés por la preponderancia de los “sujetos y las identidades” (Aróstegui, (2004).
Ante la presencia de otro mundo cultural, en el que no entran las uniformidades exigidas por la globalización, surgen fuertes corrientes de resistencia que expresan de forma
inminente otros modos de reivindicación de las identidades. Al respecto, Leonor Arfuch (2005) ha planteado que a este renovado interés por las identidades confluyen tanto los cambios ocurridos en el mapa mundial, como la crisis de ciertas concepciones universalistas y sus consecuentes replanteamientos deconstructivos. La llamada “vuelta al sujeto” de la teoría social y el renovado interés por la investigación histórica están efectivamente ligados a la “reclamación” de las identidades en nuestra contemporaneidad.
En este contexto, la identidad es un concepto y una reivindicación propios de la modernidad tardía (Aróstegui, 2004), que se entiende como un bien o cualidad que transita en la acción cultural, social y política. La identidad no solo hace referencia a sujetos sino también colectivos, quienes la portan y quienes reclaman su carácter diferencial. La identidad de cada sujeto se ha convertido en el agente fundamental de toda acción y todo cambio en las sociedades de hoy y así, la reclamación de identidades diferenciadas surgidas en nuestra época –étnicas, regionales, lingüísticas, religiosas, sexuales, de género, etc., – es uno de los factores de mayor impacto en la actualidad.
Desde el campo de la sociología, Zygmunt Bauman también ha llamado la atención sobre este interés reciente por la reivindicación de todo tipo de identidades: “Solo hace unas décadas la ‘identidad’ no ocupaba ni mucho menos un lugar destacado en nuestros pensamientos, limitándose a ser objeto de meditación filosófica. No obstante, hoy la ‘identidad’ constituye ‘la comidilla de la ciudad’, el tema candente que está en la boca y en la mente de todos” (Bauman, 2004, p. 42). Este autor no describe la identidad como una sola cuestión, sino como un cúmulo de problemas comunes a todos los hombres y mujeres de los tiempos de la globalización o de la “moderna era líquida”. Esto, debido a que todos tenemos que resolver el problema de la permanencia de nuestra identidad en una época de
inestabilidades e incertezas, puesto que no pertenecemos a una sola “comunidad de ideas y principios” y, en ese sentido, se presenta el problema de la coherencia de lo que nos distingue como personas.
El escenario en el que emerge este interés por las identidades se caracteriza, en primer lugar por el paso de la fase “sólida” de la modernidad a la “líquida”, definida como una condición en la que “las formas sociales ya no pueden mantener su forma por más tiempo porque se descomponen y se derriten antes de que se cuente con el tiempo necesario para asumirlas” (Bauman, 2007, p. 7). Dada esta inestabilidad, entonces, las identidades no se podrían tener en cuenta como marcos de referencia para las acciones humanas y para las estrategias a largo plazo, lo cual podría dar lugar a fenómenos de identidades transitorias o múltiples.
En segundo lugar, el autor hace referencia al surgimiento de un nuevo “espacio global” hacia el que el Estado moderno ha desplazado gran parte de la capacidad o el poder que tenía para actuar con eficacia. Es así como las funciones que antes había asumido el Estado quedan a merced de las fuerzas del mercado y de la iniciativa privada y cada vez más los Estados tienen menos capacidad de responder a los problemas cotidianos de los ciudadanos. Obviamente, estas funciones del Estado están articuladas al tipo de economía y al modelo político imperante. La época nos presenta, por lo tanto un individuo abandonado que enfrenta su yo a un mundo globalizado (Bauman, 2007).
En tercer lugar, señala el mismo autor, que ha habido un punto de quiebre en la “red de seguridad” en la que una comunidad se protegía, y quedamos expuestos a una salvaje competencia que nos somete a los caprichos del mercado laboral y de bienes que premia la división, las actitudes competitivas, y degrada la colaboración y el trabajo cooperativo a
intereses temporales de producción que deben agotarse cuando desaparezca la intencionalidad productiva de obtener ganancias. “La sociedad se ve y se trata como una ‘red’, en vez de como una ‘estructura’ (menos aún como una ‘totalidad’ sólida): se percibe y se trata como una matriz de conexiones y desconexiones aleatorias y de un número esencialmente infinito de permutaciones posibles” (Bauman, 2007, p.9). Se desdibujan así las identidades de carácter global y se reivindica lo local y lo individual.
En cuarto lugar, Bauman señala como novedad de esta época el colapso del pensamiento de la planificación y de la acción a largo plazo, lo que reduce la historia política y las vidas individuales a una serie de proyectos de corto alcance. Todo este modelo conduce a olvidar por completo las enseñanzas del pasado y sumerge al sujeto en un presente incierto e improvisado (Bauman, 2007). Hoy las profesiones son transitorias. Tenemos el ejemplo más patético en el campo de la docencia, ya que para el caso colombiano no se necesita contar con un título en educación para ser maestro de básica o media. Cualquier profesional, que no haya podido posicionarse laboralmente, puede asumir el rol de maestro (Decreto Ley 1278/2002). Bauman plantea, por último, que sobre los individuos recae la responsabilidad de aclarar las dudas generadas por las circunstancias volátiles y siempre cambiantes de la “modernidad líquida”. Estamos ante un mundo de flexibilidades para cambiar de tácticas y estrategias de acuerdo con el modelo de la globalización, un mundo en el que se abandonan compromisos y lealtades (Bauman, 2007). Podríamos decir que entra en crisis el valor de la palabra empeñada, ese elemento que marca la permanencia de la identidad a través del tiempo, lo cual equivale a decir que estamos en una época en la que la identidad o las identidades tienen que replantearse porque de las certezas y las fidelidades a la palabra dada, va quedando poco, una opción a estas contingencias son las identidades múltiples.
Vivimos una época en la que nos amenaza una constante incertidumbre a la que no podemos escapar en un mundo globalizado y determinado por las nuevas formas de comunicación y frente a lo cual, de manera paradójica, luchamos afanosamente por construir relaciones a las que podamos remitir para definirnos. No obstante, la actual es también una época en la que la actitud frente a los vínculos humanos tiende a ser ambivalente. Y lo peor, no hay mayor probabilidad de resolver esa ambivalencia, puesto que estamos, en palabras de Bauman, en “el mundo líquido de las identidades fluidas, el mundo en el que terminar rápidamente, pasar a otra cosa y comenzar de nuevo es el nombre del juego” (2004, p. 149).
Frente al carácter plural de las identidades, Sen centra su análisis en la variedad de identidades que una persona puede portar en la vida cotidiana: “La misma persona puede ser, sin ninguna contradicción, ciudadano estadounidense de origen caribeño con antepasados africanos, cristiano, liberal, mujer, vegetariano, corredor de fondo, historiador, maestro, novelista, feminista, heterosexual” (Sen, 2008, p. 44).
Para este autor, la persona pertenece a diferentes colectividades y cada una de ellas le da una identidad particular. Por tanto, no se puede considerar que una sola de ellas sea la única identidad de la persona o su categoría singular de pertenencia. En ese escenario de inevitables identidades plurales, las personas deben decidir acerca de la importancia relativa de sus diferentes asociaciones y filiaciones en cada contexto particular. De ahí que los planos de la identidad-mismidad y la identidad-ipseidad no estarían en polos opuestos, sino que, por lo contrario, permanecen unidos de manera dialéctica, reivindicándose no obstante la multiplicidad de identidades.
Por consiguiente, a las personas les corresponde la responsabilidad de elegir y razonar ante una pluralidad de identidades. De acuerdo con Sen (2008), cuando se cultiva el
sentimiento que tenemos una sola identidad, es cuando se fomenta la violencia. Igualmente, según este autor, la importancia que demos a cada una de nuestras identidades dependerá del contexto. Dado lo anterior, cabe resaltar dos cuestiones importantes en este enfoque de la identidad y la violencia. En primer lugar, reconocer que las identidades son plurales y que la importancia de una identidad no necesariamente debe borrar la importancia de las demás. Segundo, es decisión personal dar importancia relativa, en un contexto particular, a las lealtades divergentes que compiten por ser prioritarias.
A partir de lo expuesto, queda claro que “fluidez” es una metáfora del carácter inestable de nuestro tiempo. Ahora, el problema de la identidad remite a un problema de la permanencia en el tiempo, ya que, antes que nada, hay que resolver la paradoja de lo que permanece, si se vive, como lo hemos señalado, en una época de constante cambio y de incertidumbres.
En este contexto de inestabilidades, surge un conflicto entre las identidades individuales y las identidades colectivas, conflicto que sólo podría superarse si se admite la posibilidad de las “múltiples identidades”, de la “hibridación” de las identidades que han propuesto algunos de nuestros autores. Paradójicamente, también se reclama una permanencia en el tiempo para conjurar la contingencia del sujeto postmoderno.
Los aspectos señalados, nos conducen a buscar una alternativa a través del lenguaje que ancle al sujeto en una historia, alternativa que surgiría con la posibilidad de superar las contingencias del tiempo por medio de una historia narrada. Esta investigación comparte el presupuesto teórico que la narrativa da cuenta de las identidades que reclaman ser articuladas a través de un relato. De ahí que continuemos con la exposición de la perspectiva riqueriana
de la “identidad narrativa", como una propuesta de la permanencia en el tiempo, problema fundamental de toda identidad.