TABLA 4 EXPERIENCIAS DE PARTICIPACIÓN
4.2.4.3 Memorias de la participación en la violencia.
En algunas narraciones es recurrente el recuerdo sobre situaciones en las que los docentes, varones y mujeres, lo mismo que otros miembros de la comunidad han tenido que participar de la violencia política y estructural que vive el país. Este trabajo asume que la violencia es un complejo proceso de ordenamiento social en el que están inmersos los docentes en nuestra práctica diaria, por lo que consideramos apropiado no dejar por fuera algunos relatos de la percepción y representación que de ella se tienen. Dado que los relatos son tratados como recuerdos de situaciones de violencia vividas en el contexto de la experiencia docente, serán tratados como memorias de hechos de violencia. La memoria, en
este caso, entendida como esa dimensión que nos permite mirar hacia atrás con el fin de proyectar el futuro. Dado que la construcción de identidad individual o colectiva pasa por procesos de recordación; la memoria se levanta como un campo de recuperación de las narraciones identitarias de grupos, sujetos y voces excluidos por las posturas oficiales desde donde se han construido las narraciones hegemónicas de la historia. El caso de la violencia vivida en Colombia es un hecho que ha marcado varias generaciones, y así nos encontramos con un buen número de relatos que van pasando de generación en generación y de otros que se pierden en el silencio de los que no tienen voz.
El primer relato se desplaza hacia el pasado para ubicarnos en un “espacio trágico” en la Bogotá de los años noventa: “Marinita era una estudiante nocturna bastante mayor, abuela, una mujer emprendedora y ese día llevó a su niña (nieta) y la niña estaba jugando en el patio y la niña quedó con el rostro desfigurado. Ella decía que las cosas eran muy contradictorias, porque ella iba al colegio tratando de buscar oportunidades para sus hijos y se encontró con otra cosa, una paradoja. Eso fue en la década del noventa (1996) cuando la violencia del narcotráfico, le fueron a poner la bomba a la Estación de Policía, pero la bomba cayó justo en el colegio” (P12222). La docente narra un hecho de violencia que dejó a una niña desfigurada por una bomba. Han pasado casi 20 años del acontecimiento narrado, pero la docente lo trae como una experiencia muy viva; de donde se infiere que el hecho marcó para siempre su experiencia profesional. Se trata de una madre de familia y una niña en una escuela nocturna de Bogotá, sujetos anónimos, sin voz, cuya memoria se perdería como tantas otras voces silenciadas por la violencia política, económica y social de la marginalidad. Son voces perdidas y desaparecidas, y cuyos silencios han dejado enormes marcas en la identificación de
sí y de otros. Estas memorias de muerte constriñen la posibilidad de opciones hacia el futuro y se expresan en la narración como una paradoja.
A continuación, otro relato sobre situaciones de violencia, la de Wilson: “Wilson era un estudiante brillante y un mal día no volvió al colegio. Yo traté de contactarme con él y me dijo que tranquila, que él iba a volver. Se presentó una noche y parecía un esqueleto y yo le dije: ¿Qué te pasó mi chino? Y él me contestó: ‘Yo fui y volví, profe’. ¡Tenía una herida de bala en el corazón!” (P12222). El relato nos da cuenta de una situación que toca la sensibilidad y el compromiso que la docente tiene con sus estudiantes. Situaciones como estas son frecuentes en el espacio de las instituciones educativas distritales. Se puede observar el sentido de cuidado que la docente expresa hacia el estudiante cuando ella dice que ante su ausencia trató de contactarse con él. La docente rememora lo que el estudiante le había anunciado anteriormente: “un día me había dicho que él estaba tan desesperado que le provocaba robar. Era vendedor ambulante y los “tombos” (policías) le quitaban los CDs. Y me decía que no encontraba trabajo” (P12222). Casos como este son muy frecuentes en un contexto en el que los jóvenes no encuentran oportunidades laborales: “Y ese día me dijo: yo asalté a un man y cuando salí corriendo me disparó” (P12222). El relato hace que la docente se cuestione el sentido de su trabajo como docente: “Y entonces yo me preguntaba, qué sentido tiene enseñar español y literatura si esa gente no tiene para un agua de panela. Uno se pregunta si tiene sentido ponerlos a leer a Estanislao Zuleta o a Kafka” (P12222).
El cuestionamiento y la reflexión de la docente evidencia cómo las experiencias de la violencia en contextos de marginalidad permean la experiencia profesional docente: “Reconozco que los docentes son unos héroes de la patria, somos unos malabaristas, nos
debatimos entre esas realidades tan duras y al mismo tiempo luchando para que los niños tengan un proyecto de vida, construimos país, sociedad, somos eso: malabaristas con un pie en la realidad y otro en el ensueño” (P12222). La violencia nos arrastra a todos en una sociedad violenta, nos toca, nos constituye, de una u otra manera. Se pierde la ubicación de la escuela como refugio ante el mal o el miedo. El terror ha entrado en ella, como ha entrado a la vida familiar, nada escapa a la voluntad del mal. Es la pérdida de confianza en el mundo que se conoce y del cual se hace parte.
La violencia también ha tomado otras formas de manifestarse: “La situación que más me ha marcado en este sentido son los frecuentes embarazos tempranos de las estudiantes, de manera particular cuando estos tienen profundos efectos en la salud e incluso la vida de la estudiante. Hace tres años una de ellas falleció como consecuencia de su embarazo y mala atención del parto. El año pasado otra perdió a su hijo en gestación y esto le ocasionó profundos desequilibrios emocionales y el abandono de sus estudios” (P182222). Quien habla es un hombre que a su vez es directivo docente. Este tipo de violencia que sufren las estudiantes, siempre menores de edad, involucra también a los docentes, tal como lo expresa el docente, quien se siente marcado por las crudas experiencias que vive en su experiencia profesional.