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Lucha por el reconocimiento de las identidades: feminismo y género

2. Antecedentes y referentes teóricos

2.2 Referentes teóricos

2.2.4 Lucha por el reconocimiento de las identidades: feminismo y género

La identidad o identidades introducen otras categorías centrales y también problemáticas de la teoría feminista. Esta categoría, central en la presente investigación, aporta interrogantes como: ¿la identidad es una esencia que constituye a los sujetos? ¿Es una construcción constituida por los sujetos? ¿Es ambas cosas? Si es una construcción, ¿se descarta? ¿Se elige? ¿Es posible hacerlo? ¿Es estable? Además, como ya lo vimos cuando se analizó el tema de la identidad, también se discuten las implicaciones políticas de esta y de cada una de las posturas sobre las identidades.

Mientras algunas teóricas postulan la necesidad de reconocer todas las identidades y las diferencias entre las mujeres, otras afirman que estos discursos forman una “engañosa retórica” que sólo conduce a una fragmentación del poder en términos amplios (Scott, 2000). Para algunas autoras que reivindican la diferencia, es importante hacer aclaraciones contextuales, ya que hay que interrogarse por los aspectos que definen la diferencia, por los parámetros y tipos de comparaciones que se establecen y, sobre todo, por cómo se construye el significado de la diferencia. Al respecto, Scott (2000) plantea que es fundamental atender

las diferencias e insistir en ellas, pero sin caer en una sustitución de las diferencias binarias por múltiples, ya que no se trata de invocar un pluralismo facilista.

Los anteriores debates surgen en los orígenes del feminismo con las propuestas de reivindicación de las mujeres en la búsqueda de un reconocimiento en condiciones de igualdad política en tiempos de la Ilustración (Wollstonecraft, 1977). En tal sentido, podríamos hablar de identidad política en este periodo centrado en los debates acerca de la emancipación de los prejuicios, la aplicación del principio de igualdad, la autonomía de los sujetos y la idea de progreso (Sánchez, 2001). Así, las bases intelectuales que vindicaban la igualdad de derechos entre hombres y mujeres atacaban el programa universalista ilustrado. Estas feministas hicieron ver que la Ilustración cultivó su propia paradoja al negar a las mujeres sus promesas emancipadoras y, por lo tanto, dejándolas excluidas de su proyecto (Sánchez, 2001).

Celia Amorós ha planteado que la vindicación solo es posible previa existencia de un corpus de ideas filosóficas, morales y jurídicas con pretensiones universalistas aplicables a toda la especie humana como el proyecto emancipador de los Derechos del Hombre (Amorós, 2000). Un eje teórico importante que debe ser destacado en la lustración es el de la emancipación, el cual se origina por el desarrollo de las ciencias de la naturaleza y por la influencia del protestantismo. La emancipación, según Cristina Sánchez, será en el proyecto ilustrado, sinónimo de autonomía (Sánchez, 2001).

Sobre este entramado conceptual se sitúa la vindicación femenina de la Ilustración. En consecuencia, las ilustradas reivindicaron la inclusión de las mujeres en los principios universales de la Ilustración. Sin embargo, Rousseau, uno de los máximos exponentes de la Ilustración, va a desarrollar un concepto de naturaleza de las mujeres que las excluye como

sujetos del pacto político y, por lo tanto, de la ciudadanía. En palabras de Cristina Sánchez “su obra representa esa Ilustración falsamente universalizadora que no extendía sus logros a la mitad de la humanidad y que nos revela la exclusión del subtexto de género presente en la Ilustración” (Sánchez, 2001, p. 21).

Además de una búsqueda de la identidad política de las mujeres, la noción de género también plantea diversos debates acerca de las diferencias sexuales, las relaciones de poder, el sujeto, la raza y la clase. Según Lamas (2006), la categoría género alude a la simbolización que cada cultura elabora de la diferencia sexual, las normas y las expectativas sociales que se tienen a partir de las diferencias corporales para justifica las desigualdades sociales y las relaciones de poder entre varones y mujeres. Una noción más completa entiende el género como una estructura de relaciones de poder, basada en las diferencias que distinguen a los sexos. Estas diferencias están presentes en todas las dimensiones de la organización social y de las interacciones sociales, expresadas en símbolos, ideas, prescripciones, representaciones, atribuciones, valoraciones prácticas, experiencias y subjetividades de hombres y mujeres (Scott, 2000). Los múltiples significados que tiene hoy esta categoría es generadora de debates teóricos inacabados.

Mujer es otra categoría conceptual central en las la teorías feministas. Algunas teorías, que se fundan en ideas esencialistas sobre las mujeres. Estas teorías plantean que existe una esencia femenina inherente a las mujeres, cuya subyugación es lo que define al patriarcado y cuya liberación permitirá la vinculación entre mujeres para poner fin al patriarcado. Hay teorías para las cuales el sujeto no existe previamente a la construcción de su subjetividad, en la que influyen múltiples dispositivos culturales, sin posibilidad alguna de autoridad o agencia. Hay otras en las que la subjetividad de las mujeres se reconoce como producto de la

influencia cultural y de la experiencia individual y práctica reflexiva. Otras teorías afirman que cada individuo es radicalmente diferente, por lo que no existen características comunes ni puede haber categorías homogéneas, como la de “mujer” o la de “mujeres” (Scott, 2000).

El sexo o la diferencia sexual ha sido otro tema en el debate de las teorías feministas. Hay quienes destacan que la división entre género y sexo ha sido una de las nociones fundamentales del feminismo, aunque algunas posturas contemporáneas han revisado las características y diferencias atribuidas a esa división. Otras teóricas se colocan en un punto intermedio, reconociendo que sí hay una diferencia sexual biológica, pero no es absoluta ni ontológica. Solo toma peso y especificidad en el ámbito de la sexualidad y la procreación que, si bien son importantes, no constituyen la totalidad de una mujer, ni siquiera su razón más profunda (Lamas, 2008).

La relación del sexo-cuerpo con el género es otro eje de teorización y diferencia dentro de las vertientes feministas. Algunas autoras afirman que el sexo es tan cultural como el género. No puede seguir sirviendo de base al pensamiento feminista el uso de una división que asocia determinantes biológicas al sexo y culturales al género, ciñéndose a una oposición binaria que no puede mantenerse (Butler, 2007). Algunas teóricas han afirmado la escisión entre el cuerpo, el género y el deseo. Estas reivindican la mutabilidad del cuerpo y abogan por desnaturalizar las supuesta congruencia entre estos tres elementos a fin de demostrar las muchas posibilidades de existencia humana más allá del marco binario tradicional (Lamas, 2008). Se ha reivindicado la complejidad, inestabilidad y cambio de las posiciones frente a los temas sexuales y de género de los sujetos. Sin embargo, para otras posturas teóricas, la estabilidad de las diferentes posturas frente a ambos temas no está en juego, ni tampoco se puede pensar que exista un tránsito entre las diferentes posturas frente a ellos.

Desde la perspectiva psicológica y según Martha Lamas, el género es una categoría en la que se articulan tres categorías básicas: La asignación de género, la identidad de género y el papel o rol del género. La asignación se realiza en el momento en que nace el bebé, a partir de la apariencia externa de sus genitales. Pueden darse situaciones en que dicha apariencia está en contradicción con la carga cromosómica y si no se detecta esta contradicción ni se prevé su resolución o tratamiento, se podrían generar graves trastornos. La identidad de género se establece entre los dos y tres años de edad y es anterior a su conocimiento de la diferencia entre los sexos. El papel del género, el rol de género se configura en el conjunto de normas y prescripciones que dictan la sociedad y la cultura sobre el comportamiento femenino y masculino (Lamas, 2006).

El tema de la identidad de género pasa por un debate feminista en el que se plantea la posibilidad de analizar a la mujer, partiendo de una experiencia única, que pueda llevar a conclusiones generalizables. Las feministas de color8 han cuestionado precisamente el supuesto de que exista una experiencia de ser mujer generalizable, identificable y colectivamente compartida (Lugones, 2008). Ser negra y ser mujer es ser una mujer cuya identidad está constituida de forma diferente a la de las mujeres blancas (Benhabib y Cornell, 1990). Este cuestionamiento pone de manifiesto la compleja naturaleza de la identidad de

8Esta nota hace referencia a los trabajos sobre género, raza y colonización que caracteriza a los feminismos de mujeres de

color de Estados Unidos, a los feminismos de mujeres del Tercer mundo y a las versiones feministas de las Escuelas de Jurisprudencia LatCrit y CriticalRaceTherory. Este marco analítico ha demostrado la exclusión histórica y teórico-práctica de las mujeres no blancas de las luchas liberatorias llevadas a cabo en el nombre de la mujer Lugones, María (2008). Colonialidad y

género. La pregunta es ¿Puede haber una teoría feminista con carácter único de la experiencia femenina, sin reducir la pregunta a un discurso esencialista?

La discusión, en últimas, es si el término mujeres indica una identidad común, universal a todas las mujeres. Sin embargo, en lugar de ser un significante estable, el término “mujeres” se ha hecho problemático, ya que el género no siempre se constituye de forma coherente o consistente en contextos históricos distintos, pues se entrecruza con variables raciales, de clase, étnicas, sexuales y regionales de identidades discursivamente constituidas.

Judith Butler (2007) ha dicho que es imposible separar el “género” de las intersecciones políticas y culturales de clase, raza, etnia y otros ejes de relaciones de poder que conforman la identidad y hacen que esta sea concebida de una manera errónea. Para esta autora, la noción de identidad de género es problemática en sí misma. Las dos posturas sugieren una teoría del género que busca darle sentido cultural a la doctrina existencial de la elección. En ese sentido, la posibilidad de una elección genérica es un proceso corpóreo de interpretación dentro de un entramado cultural.

Para De Beauvoir (1981) “llegamos a ser” nuestro género. Sin embargo, este “llegar a ser” no se da en un movimiento temporal lineal, ya que el género no irrumpe de manera súbita en un punto del tiempo para quedar fijado. No se puede rastrear el origen del género de forma definible, porque él mismo es una actividad que se origina de manera incesante: “Al dejar de ser entendido como el producto de relaciones culturales y psíquicas pasadas hace mucho, el género es una forma contemporánea de organizar las normas culturales pasadas y futuras, una forma de situarse en y a través de esas normas, un estilo activo de vivir el propio cuerpo en el mundo” (Butler, 1990, p.197).

Butler dice que las normas reguladoras del sexo obran de manera “performativa para constituir la materialidad de los cuerpos y, más específicamente, para materializar el sexo del cuerpo, para materializar la diferencia sexual en aras de consolidar el imperativo heterosexual” (Butler, 2008, p. 18).

Pierre Bourdieu afirma que “el mundo social construye el cuerpo como realidad sexuada y como depositario de principios de visión y de división sexuantes” (Bourdieu, 2000, p. 22). Esta percepción se aplica en primer lugar al cuerpo en su realidad biológica, es decir, entre los cuerpos masculinos y femeninos y, en consecuencia, la diferencia anatómica aparece como la justificación de la diferencia socialmente establecida entre los sexos.

Butler (2008) señala que los conflictos, angustias, miedos por abandonar un género prescrito o meterse sin derecho a otro territorio de género, dan testimonio de los constreñimientos sociales sobre la interpretación de género, así como de la necesidad de que haya una interpretación de la libertad esencial que existe en el origen del género.

De manera similar ocurre con la dificultad de aceptar la maternidad como una realidad institucional más que algo instintiva o natural. Si la maternidad llega a ser una elección, ¿qué será posible entonces? Este tipo de cuestionamiento, a menudo, genera desconcierto y terror con respecto a la posibilidad de perder las sanciones sociales, de abandonar un puesto y un lugar social sólidos: “Que este terror sea tan bien conocido le da el mayor de los créditos a la noción de que la identidad de género descansa en el inestable lecho de roca de la invención humana” (Butler, 1990, p.199).

Sobre una interpretación del “género” dentro de un complejo entramado surge la pregunta de Butler (2007) por el significado que pueden tener, entonces, la “identidad” y la “identidad de género”. Para esta autora sería erróneo pensar primero la “identidad” y después

la “identidad de género”, ya que las personas sólo se vuelven únicas cuando poseen un género que se ajusta a normas reconocibles de inteligibilidad que le otorgan una visibilidad social y un significado. Lo anterior nos remite a entender que abordar el problema de la “identidad” va más allá de establecer el aspecto interno de la persona que se mantiene o permanece, sino que también es un problema de nuestra invención narrativa.

En términos de Paul Ricoeur (2008b), la identidad debe incluir los aspectos en los que las prácticas reguladoras de la formación y la separación de género determinan la coherencia interna del sujeto y, de hecho, la condición de la persona de ser idéntica a sí misma. En definitiva, la “identidad” se constituye a través de las normas de inteligibilidad socialmente instauradas y mantenidas y, en consecuencia, aparece la otra cara de la propuesta riqueriana: la identidad ipse, el valor de la alteridad. La propuesta de la identidad narrativa se convierte también en una propuesta de la invención narrativa de la identidad del sujeto que narra. Así, género e identidad comparte el plano de la invención narrativa del sujeto.