Por último, Obama utiliza las anécdotas como potentes herramientas para comunicar una visión. Las anécdotas le permiten servirse de una narración breve para profundizar más e ilustrar los diversos puntos de forma que se recuerden. Veamos este ejemplo:
Esta unión quizá nunca sea perfecta, pero generación tras generación ha demostrado que siempre puede perfeccionarse. Y hoy, cada vez que tengo dudas o me siento cínico ante esta posibilidad, lo que me da más esperanzas es la generación siguiente, los jóvenes cuyas actitudes, creencias y apertura al cambio ya han hecho historia en estas elecciones.
Hay una historia en particular que me gustaría compartir hoy con vosotros, una historia que conté cuando tuve el gran honor de hablar en el aniversario de
Martin Luther King en su iglesia, la iglesia Baptista de Ebenezer, en Atlanta.
Una joven blanca de veintitrés años llamada Ashley Baia llevaba a cabo actividades de organización para nuestra campaña, en Florence, Carolina del Sur. Había estado trabajando para organizar una comunidad casi por entero afroamericana desde el comienzo de esta campaña y uno de los días estaba en una mesa redonda donde cada uno contaba su historia y la razón de estar allí.
Ashley dijo que cuando tenía nueve años su madre enfermó de cáncer. Por ello, tuvo que faltar al trabajo, fue despedida y perdió sus derechos de asistencia sanitaria. Tuvieron que declararse insolventes y fue entonces cuando Ashley decidió que tenía que hacer algo para ayudar a su madre.
Sabía que la alimentación era una de las partidas de gasto más caras y por ello convenció a su madre de que lo que más le gustaba y más deseaba comer eran sándwiches con mostaza y salsa, porque ésta era la forma más barata de alimentarse.
Siguió esta dieta durante un año hasta que su madre se puso mejor y contó a los demás componentes de la mesa que el motivo de haberse incorporado a nuestra campaña era que de esa forma podía ayudar a los millones de niños del país que también quieren y necesitan ayudar a sus padres.
Ashley podría haber elegido algo diferente. Tal vez en algún momento alguien le diría que el origen de los problemas de su madre eran los negros demasiado perezosos para trabajar, que dependían de la asistencia pública o los hispanos que entraban en el país de forma ilegal. Pero no lo hizo y buscó aliados en su lucha contra la injusticia.
El caso es que Ashley termina de contar su historia, se pone a caminar alrededor de la sala y pregunta a cada uno de los miembros de la mesa por qué apoyan la campaña. Todos ofrecen diferentes historias y razones. Muchos sacan a colación un aspecto concreto. Finalmente, le toca el turno a este anciano de color que ha permanecido sentado en silencio todo el tiempo. Y no saca a relucir un punto concreto. No se refiere a la asistencia sanitaria o a la economía. No se refiere a la educación ni a la guerra. No dice que está allí por Barack Obama. Simplemente dice a todos los presentes en la sala: «Estoy aquí por Ashley».
«Estoy aquí por Ashley.» Por sí solo, ese momento de identificación entre esa joven blanca y ese anciano de color no es suficiente. No es suficiente para
proporcionar asistencia sanitaria a los enfermos, trabajo a los desempleados o educación a nuestros hijos.
Pero es nuestro punto de partida. A partir de aquí la unión se hace más fuerte. Y, allí es donde comienza la perfección, tal como han llegado a entender muchas generaciones en el transcurso de los últimos doscientos veintiún años, desde que un conjunto de patriotas firmase aquel documento fundacional en Filadelfia.ix
La anécdota muestra con gran detalle la fuerza de los pequeños cambios de mentalidad y la decisión de unirse superando las barreras tradicionales de la sociedad. Comunica estos aspectos de forma excelente, al concentrarse en una persona con quien los oyentes pueden identificarse—Ashley—. Al centrar la discusión de este modo, los puntos quedan claros y es probable que pervivan en la mente de los oyentes.
Del mismo modo, la siguiente anécdota de Obama es memorable a la vez que recalca también los temas clave relativos a educación y responsabilidad social:
Estaba hablando una vez con una joven profesora y le pregunté cuál era en su opinión el reto más importante al que se enfrentaban sus alumnos. Me dio una respuesta que nunca había escuchado antes. Se refirió a lo que denominó «el síndrome de estos chicos», la tendencia a justificar los errores y defectos de nuestro sistema educativo diciendo que «estos chicos son incapaces de aprender» o que «estos chicos no quieren aprender» o que «estos chicos están muy por detrás». Y, al cabo de un tiempo, «estos chicos» se convierten en el problema de otro.
Esta profesora me miro y dijo: «Cuando oigo esa expresión, me pongo enferma. No son “estos chicos”. Son nuestros chicos. Todos ellos».
Tiene toda la razón. El pequeño niño de Manchester o de Nashua cuyos padres no pueden encontrar o no se pueden permitir una educación preescolar de calidad, que sabemos que le otorgaría más probabilidades de permanecer en la escuela, leer mejor y tener éxito en su madurez, es nuestro hijo.
La pequeña niña del área rural de Carolina del Sur o el South Side de Chicago, cuya escuela se está cayendo literalmente a su alrededor y que no dispone de medios para comprar libros de texto ni puede atraer nuevos profesores porque no puede pagarles un salario razonable, es nuestra hija.
conocimientos y estudios para competir por el mismo empleo que el adolescente de Bangalore o Beijing, es nuestro hijo.
Estos niños son nuestros hijos. Su futuro es nuestro futuro. Y ha llegado el momento de que su formación sea responsabilidad nuestra. De todos nosotros.x
[...] Bien, yo no acepto este futuro para América. No acepto una América donde no hagamos nada por seis millones de estudiantes cuyo nivel de lectura es inferior al que les corresponde académicamente; una América donde el sesenta por ciento de los estudiantes afroamericanos de cuarto grado no tiene ni siquiera un nivel de lectura básico.
No acepto una América donde sólo el veinte por ciento de nuestros estudiantes están preparados para asistir a clases de nivel universitario en inglés, matemáticas y ciencias; donde escasamente uno de cada diez estudiantes con bajos ingresos llegará a graduarse en la universidad.
No acepto una América donde no hagamos nada acerca del hecho de que la mitad de nuestros adolescentes sean incapaces de entender los quebrados básicos; donde casi nueve de cada diez afroamericanos y latinos de octavo grado no sean aptos en matemáticas. No acepto una América donde los alumnos de primaria reciban sólo unos veinticinco minutos diarios de clase de ciencias, cuando sabemos que más del ochenta por ciento de los empleos que más aumentan exigen una base de conocimientos en matemáticas y ciencias.
Este tipo de América es moralmente inaceptable para nuestros hijos. Es económicamente insostenible para nuestro futuro. Y no responde a lo que nosotros somos como país.
No somos la nación de «estos chicos». Somos la nación que siempre ha sabido que nuestro futuro está inseparablemente unido a la formación de nuestros niños,—de todos ellos. Formamos parte del país que siempre ha creído en la declaración de Thomas Jeferson de que «… el talento y la virtud, necesarios en una sociedad libre, deberían ser objeto de formación, independientemente del patrimonio o del origen de la persona».
Es esta creencia la que llevó a América a la creación de las primeras escuelas públicas libres en pequeñas ciudades de Nueva Inglaterra. Es una promesa que mantuvimos cuando pasamos de ser una nación agrícola a una industrial, y creamos un sistema público de enseñanza secundaria para que todos tuvieran la
oportunidad de triunfar en una nueva economía. Es una promesa que ampliamos después de la Segunda Guerra Mundial, cuando América dio a mi padre y a más de dos millones de héroes que volvían de la guerra la oportunidad de ir a la universidad acogiéndose a los beneficios de la Ley del Soldado.
Cuando América ha incumplido esta promesa, cuando obligamos a Linda Brown a caminar una serie de millas hasta una ruinosa escuela de Topeka a causa del color de su piel, fueron los americanos de a pie los que se manifestaron y fueron heridos, los que tomaron las calles y lucharon en los tribunales hasta que la llegada de nueve niños a una escuela de Little Rock hizo realidad la decisión de que en América, los que están separados nunca pueden ser iguales.
Eso es lo que somos. Ésa es la razón de que yo pueda estar aquí hoy. Porque alguien se levantó cuando era difícil hacerlo; se alzó cuando era peligroso. Porque aunque mi madre no tenía mucho dinero, las becas me concedieron la oportunidad de ir a algunas de las mejores universidades del país. Y yo me presento a la presidencia de Estados Unidos porque quiero ofrecer a todos los niños americanos las mismas oportunidades que yo tuve.
En estas elecciones, en este momento decisivo, podemos decidir que este siglo será otro siglo americano por su compromiso histórico con la educación. Podemos adquirir un compromiso que sea algo más que la simple retórica de una campaña, un compromiso que sea algo más que otra promesa vacía hecha por un político que busca vuestro voto.xi
[…] A lo largo de doscientos años, hemos luchado y hemos vencido para ampliar la promesa de una educación siempre mejor, una educación que ha permitido a millones de personas rebasar las barreras de raza, clase social y origen para hacer realidad el potencial que Dios les dio.
Ahora es nuestro momento de mantener esta promesa, la promesa de América, viva en el siglo XXI. Es el turno de nuestra generación de levantarse y decir a la niña de Chicago, al niño de Manchester o a los millones de niños como ellos de todo el país que ellos no son «estos chicos». Son nuestros chicos. No quieren decepcionarnos. Nosotros tampoco les podemos fallar.
Los líderes que quieran utilizar la comunicación para expresar una visión de forma excelente deberían considerar si recurrir a una anécdota les ayudará a concretar un punto o a que un tema sea más recordable. ¿Se identificarán más fácilmente los oyentes con las cuestiones o temas clave propuestos? Narradas con
detenimiento, las anécdotas pueden enriquecer la comunicación y mejorar la capacidad del orador para transmitir su visión.