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La infidelidad del esposo y la enfermedad del hijo

LA INFIDELIDAD DEL ESPOSO Y LA ENFERMEDAD DEL

HIJO

En enero del año pasado realicé un seminario en un lugar llamado Itoigawa, en la provincia de Niigata.

Entre los presentes en aquel seminario había una señora llamada Kimie Ueno, que relató el siguiente caso de curación que sucedió en su familia.

Su hijo sufría de una grave otitis. La supuración era tanta, que todas las mañanas la almohada del niño presentaba una gran mancha amarilla. Como la enfermedad empeoraba cada vez más y ningún tratamiento casero surtía efecto, la mamá decidió llevar a su hijo al Hospital de la Cruz Roja.

El médico otorrino al examinarlo parecía estar contrariado, y volteándose hacia la Sra. Ueno le preguntó:

-¿Usted es la madre verdadera de este niño? -Sí doctor. ¿Por qué?

-Si es su madre verdadera, ¡¿Cómo pudo permitir que su enfermedad llegase a tal extremo?!. Me cuesta creer que usted sea realmente la mamá de esta criatura...

El tono de su voz mostraba que el caso era realmente grave.

-Vea esto, -dijo él, e introdujo un poco de algodón en el oído del niño y enseguida lo retiró con cuidado. El algodón estaba completamente envuelto en un pus amarillo y

espeso. -¿Está viendo? El hueso ya está comprometido. Si se deja así su vida corre peligro. ¡Es necesario operar inmediatamente!.

De esta forma habló el médico, con expresión preocupada. Y, enseguida, añadió en tono enérgico:

-Si usted es la madre de este niño, le aconsejo que autorice una operación urgente. Hoy no va a ser posible intervenirlo porque necesitamos hacer los preparativos necesarios; pero para mañana todo estará listo para la cirugía. Por eso, tan pronto como llegue a su casa prepare al niño y mañana tráigalo aquí para la operación.

La Sra. Ueno y su hijo salieron del hospital y tomaron un tranvía para regresar a su casa. En una de las estaciones subió una persona que la Sra. Ueno conocía: era el Sr. Kamata, un profesor de Seicho-No-Ie que en diferentes oportunidades ya le había hablado de las enseñanzas (actualmente ese señor vive en Osaka).

Al ver a la Sra. Ueno, el Prof. Kamata se le acercó:

-¿Cómo está Sra. Ueno? ¿De regreso a casa después de las compras?

-¡Oh, profesor! Yo estoy bien, gracias. Pero aquí, mi hijo no está nada bien. Está con otitis y acabo de llevarlo al Hospital de la Cruz Roja. El médico examinó sus oídos y dijo que su estado es muy grave; que hasta los huesos están afectados y ¡qué necesita ser operado mañana mismo!

-Cuando la Sra. Ueno terminó de hablar, el profesor habló en tono tranquilo, pero firme:

-Sra. Ueno, la enfermedad “no existe”.

-¡¿Cómo no?! -replicó. -Es evidente que existe, y ¡El mal de mi hijo es grave!. Usted no sabe, pero ¡todas las mañanas la almohada de su cama aparece manchada de pus que el oído elimina durante la noche!. El médico dijo que la enfermedad ya comenzó a afectar hasta los huesos del oído.

-El hombre es hijo de Dios, y por eso, en realidad, él es saludable. La enfermedad no existe realmente, reafirmó categóricamente el Prof. Kamata, como si quisiera animar a la Sra. Ueno.

-Sí, existe -dijo ella tercamente.

tan sólo es una “manifestación”, un “aspecto aparente” no pasa de una proyección de nuestra mente, y por eso, no tiene existencia real. Necesitamos saber distinguir lo que realmente existe y lo que no pasa de una simple “manifestación”. Lo que existe realmente se llama “existencia real” y jamás desaparece. La enfermedad, como usted sabe, es algo que puede ser curado, es decir, algo que puede “desaparecer”. Es así porque ella no es “existencia real”; desaparece porque no pasa de una simple “manifestación”. Usted naturalmente va a querer preguntarme: “Entonces, la enfermedad de mi hijo, ¿Es la manifestación de qué?” - Pues yo le respondo que es la manifestación de su actitud mental. Por casualidad, ¿Usted no habría tomado la decisión de no escuchar más a su esposo?. Reflexione bien sobre su comportamiento. El día en que usted abandone el pensamiento de que jamás va a dar oídos a las palabras de su esposo, la otitis de su hijo se curará. Porque, en verdad, la dolencia del hijo siempre es la “proyección” del estado mental de los padres.

Cuando el tranvía se detuvo en la estación más cercana a su casa, el Prof. Kamata se despidió de la Sra. Ueno.

Algunas estaciones más adelante, ella y su hijo también bajaron. Mientras caminaba en dirección a su casa, llevando a su hijo de la mano, reflexionaba sobre las palabras del profesor y, contra su propio gusto, tuvo que admitir que él tenía razón.

Realmente, hacía tiempo que había tomado la firme decisión de “no escuchar más las palabras de su esposo”. Estaba muy contrariada porque él la engañaba, incluso tenía hasta dos amantes al mismo tiempo. Pero ahora que el profesor le había señalado la verdad, la Sra. Ueno reflexionó bastante y había comprendido: “De hecho, exactamente como lo dice el Prof. Kamata el mal de mi hijo es, realmente, el reflejo de mi actitud mental”.

Aquel proverbio que dice “La mujer es débil, pero la madre es fuerte” contiene una gran verdad. Como “mujer”, la Sra. Ueno venía guardando pena y resentimiento hacia su esposo. Pero en el momento en que comprendió que su actitud mental equivocada estaba provocando en el hijo una grave otitis que podría hasta costarle la vida, su “amor materno” surgió con toda intensidad, superó la tristeza y el resentimiento que su “corazón de mujer” venía sufriendo. “Si es para salvar a mi hijo, estoy dispuesta

a perdonar a mi esposo por más graves que sean sus errores...” -esta fue la disposición mental que comenzó a surgir en ella.

Entonces, empezó a recordar las enseñanzas de Seicho-No-Ie que había escuchado en diferentes ocasiones:

-Si el hombre tiene aventuras extraconyugales es porque su esposa no le da la suficiente atención -así le había explicado el Prof. Kamata. -El hombre ama a su esposa y quiere que ella también lo ame. Desea escuchar de ella palabras cariñosas, llenas de calor y comprensión. Es evidente que no quiere verla renegando ni enojada. Pero si la esposa casi nunca lo trata de manera afectuosa, expresándole palabras comprensivas, ni demuestra alegría; y por el contrario, casi siempre está irritada, con la “cara disgustada” y contrariada, entonces el esposo siente la falta de amor en su hogar y esta frustración lo llevará a buscar a alguna “vendedora de amores clandestinos”. Cuando la encuentra, se deja envolver por ella y termina por mantener una relación amorosa.

El recuerdo de estas palabras despertó en la Sra. Ueno la docilidad espiritual que estaba dormida desde hacía mucho tiempo.

-Pensándolo bien, quien se equivocó fui yo y no mi esposo, reflexionó. Hasta ahora yo vivía resentida con él, le atribuía la culpa de todo mi sufrimiento, pero ahora me doy cuenta que soy yo la que me comporto de manera equivocada. ¡Oh! ¡Cuánto daño he causado! ¡Tan pronto como él llegue, voy a pedirle perdón desde el fondo de mi corazón! Y así, cuando su esposo regresó del trabajo, ella lo abrazó y entre lágrimas le pidió perdón por no ser comprensiva con él.

A la mañana siguiente, se produjo algo sorprendente: la almohada del niño no tenía ninguna mancha, lo que significaba que la supuración había cesado.

-¡Mira querido! ¡Creo que sus oídos ya sanaron!,- dijo la Sra. Ueno a su esposo. Y enrollando un algodón en la punta de un palito, lo colocó con cuidado en uno de los oídos de su hijo, lo hizo girar lentamente durante un instante y lo retiró enseguida. El algodón estaba seco y limpio.

-¡Querido, creo que él está curado!.

-Sí, parece que ya está mucho mejor. Pero ¿El médico no había dicho que su enfermedad ya había afectado hasta la parte ósea del oído?. Es mejor pedirle al doctor

que haga un nuevo examen y vea si él está realmente mejor.

Inmediatamente, la Sra. Ueno llevó a su hijo al mismo hospital. Al examinarlo nuevamente, el doctor exclamó sorprendido:

-¡¿Qué?!, ¡Es increíble!, ¡Este niño está prácticamente curado!, ¡Qué cosa tan rara!. Y, volviéndose hacia su asistente, le dijo:

-¡Mira! ¡Qué cosa tan sorprendente! Científicamente, es imposible que ocurra un cambio tan repentino como este. Pero, el hecho es que este niño está sano, como lo puedes comprobar.

Seguidamente, le dijo a la Sra. Ueno:

-El niño parece que está realmente curado, pero no vamos a sacar conclusiones precipitadas porque de la manera como el caso se presentó ayer, es posible que la mejoría sea apenas temporal y haya una regresión a su estado anterior. Le aconsejo que traiga al niño todos los días, por lo menos durante una semana, para que podamos observarlo hasta tener la seguridad de que realmente está sano.

La Sra. Ueno procedió conforme las indicaciones del médico y cuando transcurrió el plazo señalado, se constató que el muchacho estaba definitivamente curado.

Como podemos apreciar por este ejemplo, la actitud mental de los padres se refleja en las condiciones físicas del hijo. Por lo tanto, si los padres realmente aman a sus hijos, necesitan mantener la armonía conyugal. La esposa ocupa una posición de singular importancia dentro del cuadro familiar; ella es como un hilo invisible que une a todos los miembros de la familia: por un lado, el esposo, los suegros, etc., a quienes ella debe amar y respetar; por otro lado, están los hijos, las empleadas, etc., a quienes ella debe amar y orientar correctamente tratando de proyectar en ellos sus actitudes mentales más positivas posibles. En realidad, la mujer es la misma “fuerza que crea”; por esto, es capaz de “crear” cualquier destino para su familia. No interesa cual sea el “aspecto aparente” del esposo, la mujer debe mirar el “aspecto verdadero y perfecto” que está detrás de aquel falso aspecto.

“El presente aspecto de mi esposo, es decir, la manera cómo actúa sólo es el reflejo de mi actitud mental equivocada. Él se comporta de esta forma porque no le doy suficiente amor. Su ‘aspecto real’ no es el de un hombre infiel que vive manteniendo

relaciones con otras mujeres”. Pensando de esta forma, ella debe arrepentirse sinceramente y esforzarse en reverenciar el “aspecto real”, el “verdadero ser” de su esposo que es la propia Vida de Dios. Si procede así, la Imagen Verdadera de su cónyuge, su perfección, original se manifestará; y al mismo tiempo, los hijos serán saludables. Es lo que sucedió con la familia Ueno. Sería innecesario añadir que a partir de este hecho, el esposo de la Sra. Ueno cambió totalmente y comenzó a manifestar su “aspecto verdadero” de hombre bueno, cariñoso y muy dedicado a su hogar.