Estudio sobre las soluciones narcisistas en las psicosis
LALENGUA 0 LAZO SOCIAL
7. Una lógica de bolsas y cuerdas
En el final del Seminario 23, Lacan va a proponer ante la disyun ción, "una lógica de bolsas y cuerdas" para anudar el lenguaje con el cuerpo43.
En su "Nota paso a paso", Miller retoma esta clase, y formula los alcances de la articulación de Lacan del cuerpo sin órganos, el cuer po conjunto vacío, el cuerpo bolsa, su ex-sistenda, respecto a las cuerdas del lenguaje que lo atraviesan alrededor de un agujero44.
De este modo, siguiendo la tesis según la cual venimos al mundo con un parásito, podríamos estudiar en la clínica cotidiana ciertos fenómenos clínicos que dan cuenta de la categoría de lo real y que surgen en el borde del sistema del lenguaje. Y desde esta premisa, verificar cómo las cuerdas (el elemento significante, el rasgo unario, el S,) están allí para anudar la bolsa, para articularla al agujero.
En las psicosis, ante las "palabras impuestas", frente al "eco del pensamiento", el sujeto experimenta dramáticamente que no se puede salir más del lenguaje, que algo infecta sin un orden, sin una ley.
Al respecto, frente a esos "unos" separados en disyunción, la psi cosis enseña con sus soluciones a la clínica de las neurosis. Lina de ellas surge por la vía de la invención macedoniana del amor, como muestra "Deunamor".
En la perspectiva del sinthome, el amor es lo que puede hacer
42 D eleu ze, G.: Lógica del sentido, Planeta-Agostini, Barcelona, 1994.
43 La c a n, J.: El seminario, Libro 23, El sinthome, op. cit., pág. 144.
44 M ille r, J.-A.: "Nota paso a paso", en: El seminario, Libro 23, El sinthome, op. cit., 110 págs. 195-241.
mediación entre los unos solos, es una manera de fabricar sentido a partir de un goce que es siempre parasitario45.
Para concluir, Borges relata que el amor fue un tema de conver sación con Macedonio: "Yo tuve una discusión con Macedonio Fernández, ya que Macedonio negaba el yo, él ponía el amor como supremo, y yo le decía: 'bueno, ¿entonces quién se enamora si no existe el yo?' El decía 'el yo no existe' (...). Pero entonces, ¿por qué tanta importancia al amor? Macedonio pensaba que la pasión es her mosa, más allá de que existan personas. No he entendido bien eso -finaliza Borges- no sé si Macedonio lo entendía"-46
En definitiva, el diálogo Borges-Macedonio enseña que el lazo entre el yo y el cuerpo es un mito, que para sos-tener un cuerpo hace falta otra cosa. Como en el amor macedoniano, será cuestión que cuerpo y lenguaje se pongan en conexión por la resonancia del dicho, por un decir que haga eco en el cuerpo.
45 Miller, J.-A.: Curso de la orientación lacaniana, "Piezas de repuesto", clase del 24 de noviembre de 2004 (inédito)
46 B orges, J.L.: "Encuentro con Jorge Luis Borges", en: La Caja Digital, Nro. 17,
Año 1, diciembre de 2006. http:/ / www.tomasabraham.com.ar/cajadig/ 111
Ps ic o si s a c t u a l e s
E l a b o r a c i ó n d e u n a s u p l e n c i a
p o r u n p r o c e s o d e e s c r i t u r a
R a y m o n d R o u s s e l
Je a n-Claude Ma l e v a l*
Consagrar su existencia a examinar el lenguaje por sí mismo y lograr conducirlo hasta un límite, implica sin duda una posición sub jetiva experimentada como una adquisición impuesta y parasitaria. Es lo que Joyce y Wittgenstein tienen en común. Es extremadamente poco frecuente que tales intuiciones estén en el fundamento de una obra reconocida. El siglo xx conoció sin embargo al menos otro ejem plo: el de Raymond Roussel.
Definido por André Breton como "el más grande magnetizador de los tiempos modernos", fue poco frecuentado por la crítica litera ria del movimiento surrealista, pero él mismo se cuidará de partici par ahí, permaneciendo en toda su existencia como un ser solitario, aislado, poco comunicativo. Conoció en su juventud una experiencia singular. Ha sido relatada por Pierre Janet en su trabajo intitulado De la angustia al éxtasis. Martial es el seudónimo sobre el cual presenta a un "neurótico, tímido, escrupuloso, fácilmente deprimido", que no es otro que Roussel; esto último lo revela él mismo en 1935 en una publicación póstuma. De 1897 hasta su suicidio en 1933, Janet no cesará de curarlo. Debió dos veces enviarlo al hospital1. Martial, rela-
* J e a n -C la u d e M a le v a l es psicoanalista (Paris), miembro de la Escuela de la
Causa Freudiana; Profesor de psicópata logia en la universidad de Rennes 2. Laboratorio de clínicas psicopatológica y psicoanalítica. Place du recteur Henri le Moal.CS 24307-35043 Rennes Cedex, [email protected] 1 Según Charlotte Dufrène, que lo conoció como "neurasténico", el habría esta
do internado dos veces en una casa de descanso en Suiza, en Valmont por un mes y, una segunda vez en Saint-Cloud, por ocho meses. (Caradec F. Vie de Raymond Roussel. Jean -Jacques Pauvert. Paris, 1972,pàg. 379.) Janet lo con sideraba como un "neurótico psicasténico", pero remarca que a veces su esta do "se aproximaba singularmente a la melancolía". (Janet, P., De l'angoisse à
l'extase, Alcan, Paris 1926, II, pág. 230). 113
P s i c o s i s a c t u a l e s
J e a n C l a u d e M a l e v a l
ta Janet, "presentó a la edad de 19 años, durante cinco o seis meses, un estado mental que él mismo juzga como extraordinario. Interesándose en la literatura, que prefería a los estudios seguidos hasta entonces, había propuesto escribir una gran obra en verso y quería terminarla antes de alcanzar los 20 años. Como ese poema debía comprender miles de versos, trabajaba asiduamente, casi sin parar de día y de noche y no experimentaba ningún sentimiento de fatiga. Se sintió invadido poco a poco por un extraño entusiasmo: "Sentimos alguna cosa particular que nos hace una obra maestra, un pródigo: hay niños pródigos que se manifiestan a los ocho años, yo me manifestaba a los 19 años. Yo era igual a Dante y a Shakespeare, sentía lo que Victor Hugo sintió a los sesenta años, lo que Napoleón sintió en 1811, lo que Tannhauser soñaba en Venusberg: sentía la glo ria... No, la gloria no es una idea, una noción que adquirimos cons tatando que vuestro nombre hace acrobacias sobre los labios de los hombres. No, no se trata del sentimiento de su valor, del sentimien to de que merecemos la gloria; no, yo no experimentaba la necesidad, el deseo de gloria, ya que yo no pensaba antes en ella para nada. Esa gloria era un hecho, una constatación, una sensación, yo tenía la glo ria... Lo que escribía estaba rodeado de radiaciones, cerraba las corti nas, ya que tenía miedo que la menor fisura dejara pasar hacia afue ra los rayos luminosos que salían de mi pluma, quería retirar la pan talla bruscamente e iluminar el mundo. Dejar esos papeles tirados, hubiera provocado rayos de luz que hubieran llegado hasta la China, y la multitud alocada se habría desplomado sobre la casa. Pero en vano había tomado precauciones, los rayos de luz se escapaban de mí y atravesaban las paredes, yo llevaba el sol en mí y no podía impedir esta formidable fulguración de mí mismo. Cada línea era repetida por millones de ejemplos y yo escribía con miles de puntas de plu mas que flameaban. Sin duda, con la aparición del volumen, ese foco que enceguece se habría develado de entrada y habría iluminado el universo, pero él no habría sido creado, yo lo llevaba ya en m í... Yo estaba en ese momento en un estado de bienestar extraordinario, un golpe de piocha me había hecho descubrir un filón maravilloso, había ganado la lotería, la más sensacional. Viví más en ese momen to que en toda mi existencia."2
Podríamos estar tentados de establecer una relación entre la glo ria de Roussel y las Epifanías de Joyce: esas experiencias parecen haber estado, la una y la otra, en el origen de sus vocaciones de escri tores. Ellas difieren sin embargo radicalmente. Las Epifanías se anclan en experiencias en las cuales la significación parecería estar ausente,
lo que conduce a Lacan a situarlas fuera de lo imaginario -en la cone xión de lo simbólico y lo real. Por el contrario, la gloria de Roussel pone en juego su cuerpo: es una "sensación" que él lleva consigo, ésta se escapa de su ser, participa de un estado hipomaníaco que le permite no sentir la fatiga, trabajando casi sin parar. En este caso se trata de un goce no fálico que se apodera del cuerpo: goce Otro situa do en la articulación de lo real y de lo imaginario. Sostener que la glo ria se produce fuera de lo simbólico puede sorprender, ya que ella parece salida de un trabajo de escritura, por lo tanto Roussel mismo indica que ella no es esencial a la tarea, él señala que ella es lo que experimentaba Napoleón en 1811 o lo que Tannhauser soñaba en Venusberg, y sobre todo, precisa que el foco deslumbrante no está ligado al volumen, no fue creado, ya que él lo llevaba ya consigo. Los límites que lo simbólico impone al goce se encuentran franqueados en esta experiencia. Roussel encuentra ahí menos la fuente de su vocación que la certeza de una posición de excepción: "De esta crisis de gloria y luz, escribe Janet, Martial ha conservado la convicción inquebrantable de que él tuvo la gloria, que él posee la gloria; que los hombres lo reconozcan o no, poco importa". El fracaso de sus libros retrasa la constatación externa de su gloria por los otros, pero "esto no conmueve su realidad".
La experiencia del goce Otro por un sujeto no es suficiente para inferir de ello su estructura psicótica: el misticismo y las técnicas arcaicas del éxtasis bastarían para hacer objeción. La certeza de estar en una situación de excepción, solamente comparable a figuras más elevadas, tales como Dante, Shakespeare o Napoleón, sugiere por el contrario que la función paterna forcluida retorna en lo real.