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Lo que Lacan nos enseñó de Joyce

¿A partir de cuándo se está loco?

V. Lo que Lacan nos enseñó de Joyce

"¿A partir de cuándo se está loco?", es una de las preguntas que Lacan formula en su seminario El sinthome, el cual nos sirve para cen­ trar el objeto de estudio. A largo de este seminario, dictado entre los años 1975 y 1976, Lacan trató de contestar a dicho interrogante mediante la elaboración teórica de una nueva clínica, la clínica de los nudos "borromeos", a través de la construcción del "caso" Joyce. "¿Estaba Joyce loco?". En el Seminario 23 Lacan buscó los límites de la psicosis en la original obra del escritor James Joyce; los buscó en su texto, en su curioso uso de la lengua, en su insólita forma de hacer con su particular desencuentro desgarrador con la ley del lenguaje. Veinte años antes, en el Seminario 3, Las psicósis, Lacan dedicó un largo comentario al concepto de pre-psicosis en el que señalaba, entre otras cosas, la importancia de conocer con precisión "la sensación que tiene un sujeto de haber llegado al borde del agujero". Este señalamiento nos invitaba a conceptualizar al pie de la letra qué le acontece al suje­ to en el momento previo a rebasar el límite hada la psicosis y con ello poder distinguir el diagnóstico de psicosis, incluso antes de que ésta sea manifiesta. De este modo, orientaremos el comentario sobre la última enseñanza de Lacan haciendo uso de dos conceptos: en primer lugar, el de pre-psicosis y la fenomenología del "crepúsculo de la reali­ dad"13 que caracteriza la entrada en la psicosis; en segundo lugar, el de psicosis no desencadenada, entendida ésta como la existenda de una estructura subjetiva psicótica desprovista de las manifestadones típi­ cas de la psicosis clásica. Finalmente concluiremos con una observa-

ción fundamental sobre la noción de sinthome -postrera aportación lacaniana a la clínica de los bordes, los límites oscuros y los casos inclasificables- a través de una lectura concisa del estudio clínico de Jacques Lacan acerca de la escritura de James Joyce.

Pre-psicosis es un término que Lacan utiliza en el seminario Las psi­ cosis cuando critica los trabajos de Mauritz Katan sobre la fase previa al estallido psicopatológico de la locura del doctor Schreber. Si nos detenemos por un momento a reconstruir dicha fase observaremos que, como bien precisa Lacan, "nada se parece tanto a una sintoma- tología neurótica como una sintomatología pre-psicótica"14. En el caso de Paul Schreber se observa un período prodrómico que dura cuatro meses, esto es, desde el momento en que recibe la noticia de su nombramiento de Senatprasident (Presidente de la Cámara en la Corte Suprema del Land de Dresde) hasta la toma de posesión del cargo. Es el período en el que surgirá la representación hipnopómpi- ca -la revelación del fantasma de ser la mujer de Dios- que tanto habría de perturbarle: "Se trataba de la idea de que debía resultar muy placentero ser una mujer cuando se entrega al coito"15, al tiem­ po que toda una serie de manifestaciones psicopatológicas inespecí­ ficas -insomnio, presiones precordiales, intranquilidad, ideas de sui­ cidio, etcétera- que se correlacionan con la descripción que habitual­ mente hacemos del cortejo clínico de la angustia. No obstante, como también señala Lacan en el mismo seminario, "¿qué buscamos cuan­ do abordamos una perturbación mental, ya sea de modo patente o latente, ya se enmascare o se rebele en síntomas o en comportamien­ tos? Siempre buscamos una significación: la certeza"16. La certeza es lo que nos permite localizar el "sentimiento de crepúsculo del mundo", el sentimiento de estar al borde del agujero; pero también otros síntomas presentes en estos momentos de la pre-psicosis: actos inmotivados, como las fugas, los robos, los incendios o actos violen­ tos. Igualmente, diversos síntomas neuróticos pueden hacer su apa­ rición: angustia, obsesiones, fobias, o somatizaciones, pero con el añadido de que estos síntomas tienen algo de imprevisible, de erráti­ co, de cambiante, es decir, que no obedecen -como sucede en la neu­ rosis- a la repetición.

Para tratar de las psicosis no desencadenadas seguiremos la hipóte­ sis del "caso" Joyce tal y como Lacan la propone en su Seminario 23, El sinthome. Es en este registro de la clínica -que podríamos estable-

u Ibfd.

15 Cf. Schreber, D. P. Sucesos memorables de un enfermo de los nervios, AEN, Madrid, 2003, pág. 50.

16 Cf. Lacan, J. El seminario. Libro 3, Las psicosis, op. cit. 61

P s i c o s i s a c t u a l e s

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cer como el de la locura sin desbordar- donde aparecerá el concepto de suplencia en oposición al de compensación imaginaria; compensa­ ción estudiada con anterioridad por otros autores analistas como Helen Deutsch17 y Mauritz Katan18. Cuando hablamos de una com­ pensación imaginaria que contiene el sujeto frente el desencadena­ miento de la psicosis nos referimos a una serie de identificaciones conformistas -adhesivas, integrales, miméticas y no-dialécticas- ante un semejante situado, respecto al sujeto, en el lugar de Ideal del yo. Sin embargo, el estudio lacaniano de James Joyce representa otra ver­ sión de la clínica. En este caso el mecanismo que sostiene al sujeto en la pre-psicosis ya no se trata de una identificación, sino de una suplencia.

Lacan no contestó a su pregunta sobre si estaba loco Joyce o no, examinando minuciosamente los datos de su biografía. Su argumen­ to no consideró los rasgos paranoides del escritor irlandés, ni sus ideas de persecución, ni siquiera lo extravagante de su carácter o sus tendencias querulantes19. Lacan solamente se apoyó en su obra para identificar en qué términos circulaba la subjetividad de James Joyce, haciéndonos saber de la especial relación que Joyce mantenía con el lenguaje, de la que podría deducirse la existencia de una psicosis sin desencadenar. La hipótesis lacaniana sobre el autor de Ulises sostiene que en Joyce la psicosis se ve compensada por el hecho mismo de la escritura: por la forma como utiliza las palabras para defenderse de su traumático encuentro con la lengua.

Joyce era un sujeto que padecía un trastorno real, algo que él mismo llamó epifanías -manifestaciones súbitas de la esencia o el significado de algo- que, según Santo Tomás, es la propiedad de revelar la esencia de la cosa misma. Joyce describe estas experiencias como diálogos cortos, diálogos interrumpidos, pero que para él te­ nían una particularidad absolutamente trascendente: "eran eviden­ tes". Evidencia que acontece como aplanamiento de la significación en forma de diálogos triviales, frases anodinas, pero cuya realidad era insoportable, "el infierno de los infiernos"; pero una evidencia de la que extrajo una convicción: la certeza de su vocación de artista. Lo que nos enseña Lacan de la obra de Joyce es que ésta le sirvió como tratamiento de su perturbada relación con el lenguaje, como una

17 Cf. De u t s c h, H. "Some forms of emotional disturbance and their relation to

schizophrenia", en Neurosis and character types, International Universities Press, Nueva York, 1965, págs. 268-286.

18 Cf. Katan, M. "Contribution to the Panel on Ego Distortion", en International

Journal of Psychoanalysis, vol. X XX I X , 1958, págs. 265-270.

forma sintomática de estar en el mundo, a lo que Lacan llamó sintho­ me. Es el arte del escritor Joyce -quien transforma en su obra la cer­ teza insoportable de sus epifanías en un enigma- lo que funciona como un biombo para proteger al sujeto del trauma de la lengua, para modelar y atemperar la relación con la lengua. El ser hablante más que estar en posesión de la palabra es hablado; y con eso cons­ truye una trama de la familia que véhicula el deseo del Otro, el deseo de los padres, el de los otros: Mengua. Es lo que Freud llamó una fija­ ción. Lo verdaderamente traumático está en el encuentro con la len­ gua familiar.

El Nombre del Padre es lo que nos protege del trauma de la Men­ gua, un aparato que permite civilizar el deseo, mantener el principio del placer, y llevarnos más o menos mal con el goce. El sinthome es una suplencia del Nombre del Padre, es una suplencia de la carencia radical de la función del padre. Como señala Jacques-Alain Miller en su curso Piezas separadas, el síntoma joyceano es la suplencia de una función que el padre de Joyce no cumplió, esto es, la capacidad de dar nombre a las cosas: "Nosotros recibimos el nombre de las cosas y las creemos y podemos comunicarnos, ya que estos nombres permi­ ten asociar significante y significado, tener un uso rutinario del len­ guaje".

Joyce padecía, igualmente, un trastorno imaginario que podemos confirmar a través de la particular relación que el escritor mantenía con su cuerpo. En el Seminario 23, Lacan nos lo demuestra evocando el episodio de la paliza que Joyce sufrió siendo joven, en el que des­ taca -de forma absolutamente concluyente- una especie de "dejar caer su cuerpo", acompañado por una llamativa falta de afecto, de dolor corporal. Pero eso no es todo. Joyce también padecía un tras­ torno simbólico: las palabras impuestas. De manera que, el sinthome en Joyce era una forma de suplencia que tuvo la propiedad de anu­ dar simbólico, imaginario y real de una manera estable. Era un sín­ toma terapéutico que, a diferencia de las formaciones del inconscien­ te freudianas, se correspondía con el reverso del inconsciente, en la medida en que podía ser interpretado. Se trataba de un síntoma mediante el cual Joyce logró mantener unidos simbólico y real de una manera bien enigmática, pues faltaba el elemento imaginario para anudar los registros. Esta carencia la puso de manifiesto Lacan en la obra joyceana al señalar que Finnegans Wake es una obra en la que falta el relato; esta novela no se lee para tratar de saber lo que pasa en la página siguiente.

Por añadidura, el sinthome difiere del delirio -a pesar de tener numerosas afinidades con éste- en un punto esencial. En oposición al delirio que obtura el enigma por la certeza, Joyce lo cultiva, desci-

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frando el enigma de las palabras que le son impuestas. Esto es para Lacan la esencia de todo síntoma, la esencia de la clínica: un síntoma que no puede ser descifrado pero que sirve como parapeto frente al traumatismo de la lengua. De este modo, Joyce hace de su síntoma un arte, y al hacerlo, hace un uso lógico de su síntoma.

Es de esperar que, tratando de despejar oscuridades e impericias, los clínicos vayamos aunando esfuerzos para definir con ciencia y atino lo que verdaderamente corresponde a la locura, máxima que debe extenderse también a esos casos que se alejan de la norma. Siguiendo las descripciones de la psicopatología y las enseñanzas del psicoanálisis lacaniano, iniciamos este proyecto de investigación, cuyo marco y principales líneas de fuerza se han esbozado en las páginas precedentes.

Una dificultad para el viraje