Si hasta aquí hablé de una racionalidad social del acto, que es preciso descubrir en nuestros interlocutores en la som bra a los cuales intenta dirigirse el discurso de la violación, los procesos que ahora exam inaré señalan una racionalidad que debem os ver en las tensiones intrapsíquicas capaces de explicar la com pulsión y la repetición de un tipo de acto que, en últim a instancia, es autodestructivo y no proporciona a su perpetrador ganancia o salida algunas al m argen de un alivio extrem adam ente fugaz del sufrim iento psíquico. Trataré de identificar aquí breve m ente, y de m anera program ática, los procesos y m ecanism os psicológicos de los cuales form a parte la violación y que hablan de la intrusión, en el universo intrapsíquico del sujeto, del m andato so c ia l que p e sa sobre lo m asculino. N o obstante, quiero hacer notar que no se trata de encontrar una causalidad psico lógica de la violación gracias a la identificación de psicopatologías específicas. M enachem Amir, en la obra ya citada, probó exhaustivam ente lo infructuoso de la búsqueda de este tipo de causalidad en las psicopatologías individuales. N u es tra tarea es m ostrar cóm o irrum pe el universo social en la dim ensión intrapsíquica para, a través de ella, encauzar las acciones individuales.
E num eraré rápidam ente algunos conceptos p sicoanalíticos que pueden servir para identificar ciertas estructuras p resentes en las p alabras de los con d enados:
1. El concepto de n arcisism o es el que v incula con m ayor claridad las exigencias del m edio social que pesan sobre el violador, tal com o las describí hasta aquí, y el estado interno en torno de su delito. N arcisism o m asculino, en el sentido, elaborado por K aja S ilverm an (1992), de la escenificación, por parte del sujeto m asculino, de una no castración, la negación p erfo rm ativ a de su falta. Se trata de un m ontaje en el cual el sujeto rep resen ta el papel de no castrado, vale decir, alguien que no es vu ln erab le a la ex p erien cia de la falta y para quien, por lo tanto, el acto sexual no va a llenar ese vacío. El sujeto está tan absorto en la representación de ese papel vital p ara su autoim agen que la víctim a entra en escena com o m ero soporte de su rol. Por esa razón, ni el deseo ni el sufrim iento de la víctim a quedan registrados en la concien cia del v iolador durante el lapso en que éste está bajo los efecto s de la escen a narcisista, cautivo de su derrotero.
2. U na de las tram as m ás frecuentes que pueden captarse en las palabras de los v ioladores diseña un tipo p articular de se lf-fulfil¡ in g p ro p h e c y . En algu nos de ellos, la culpa parece preceder al acto y es parte de un aspecto co n stitu tivo de su persona. El acto de la violación sólo parece venir a co n firm ar esa cualidad m oral previa a él. El acto que espera e incluso busca un castigo está, al parecer, d ictado po r una autoabom inación preexistente. D etrás de algunos te s tim onios se advierte una cu rio sa inversión: “ el vio lad o r es antisocial, por eso viola” , en vez de “ el violador viola, po r eso es an tiso cial” . En este sentido, varios testim onios recuerdan la culpa p rev ia y la búsqueda de castigo a causa de una m ascu lin id ad bajo sosp ech a que Freud leerá en la p ersonalidad de D ostoievski.
En efecto, en “ D ostoievski y el parricidio” , Freud interpreta de esta form a la elección de sus protagonistas -v io le n to s, hom icidas y e g o ísta s-, así com o su adicción al ju e g o y su posible confesión de un ataque sexual a una chica: un padre punitivo y cruel (que en nuestro caso podem os reem p lazar por un orden punitivo y cruel) que le inocula la d uda sobre su propio valor y virilidad, y la vid a bajo am enaza, instalan una culpa que sólo descansa brevem ente en el castigo. En sus crím enes, ficcionales o reales, sugiere Freud: “ En vez de auto- castigarse, logró hacerse castigar por el representante paterno. Tenem os aquí un indicio de la ju stifica ció n p sicológica de las puniciones aplicadas por la sociedad. Es sabido que grandes grupos de delincuentes desean ser castig a dos. Su superyó lo exige; así se ahorran a sí m ism os la necesidad de infligirse el ca stig o ” (Freud, 1980, p. 215). En la escucha de los testim onios advertí la pre sencia de este elem ento: la b úsqueda de castigo desem peña un papel funda m ental en la práctica de la violación cruenta. Hay un odio previo que procura su reconocim iento y su castigo. El reconocim iento de ese superyó autoritario y punitivo, que alcanza a otros para ob ten er la propia destrucción del yo, se
ajusta m uy bien a la idea de que el violador se aferra a una norm a m oral extrem a dam ente (yo diría: patoló g icam en te) rigurosa, com o ya señalam os.
3. M uchos de los dichos de los violadores revelan un notorio im pulso autodestructivo aso ciad o a la violación, una especie de suicidio consum ado en el cuerpo del otro. L a violación surge com o agresión au torreferida a través del otro, una agresión que v uelve al sujeto y lo d egrada y devasta. El concepto de
p a sa je a l acto m e parece un instrum ento útil para describ ir un proceso cuya m ención com pruebo en el habla de los violadores. Si la noción de actin g out,
p lan tead a por Lacan en estrecha relación con aquel concepto en el sem inario sobre la angustia, puede definirse com o una acción ostentosa, d em ostrativa de u na intención de significar, en la cual el sujeto habla pero lo hace po r m edio de un acto, el p a sa je a l acto señala la irrupción de la estructura de lo sim bólico a través del sujeto y a su costa. Al obrar, en esa explosión d ram ática que es el p asaje al acto, el sujeto “ ab andona la escena, por carecer ya de un elem ento de m ostración para el otro” (Gaugain, 1987, p. 131). En el caso de la violación com o p asaje al acto, en y po r la destrucción de la subjetividad de la víctim a, queda abolida de un solo golpe la subjetividad del p ropio violador, ya que ésta está co nstruida en estre ch a d ep en d en cia de aquélla, y así cae por tie rra en el instan te m ism o de su surgim iento la orden regida por esta gram ática.
Podríam os decirlo con otras palabras: en un gesto desesperado p or res ponder a un padre - o una o r d e n - abusivo, el sujeto m asculino se pone en su lugar y, al incorporarlo - o incorporar la o rd e n -, escenifica el abuso en un otro fem enino. C on la destrucción de su v íctim a en cuanto sujeto, su propio poder de m uerte qu ed a rep entinam ente sin apoyo. A bolido el poder con la elim in a ción de su razón de s e r - l a v íctim a en su su b je tiv id ad -, queda abolido el sujeto que se apoya en él y de él obtiene su identidad. Instantáneam ente, el m ism o abuso que había desencadenado el proceso se destruye con la destrucción del sujeto, aportándole un alivio fugaz. Si invertim os la lectura p odem os decir, por lo tanto, que el sujeto se auto elim in a en la violación para destru ir el abuso sufrido y, con él, al padre - o la o r d e n - en cu y a im agen se apoyaba ese abuso. La im plosión del propio poder con la m uerte -im a g in a ria o r e a l- de su razón de ser - l a v íc tim a - equivale, po r un m om ento, a la im plosión de la estructura sim bólica, lo cual da un breve respiro al sujeto m a sculino/violento preso de ella. La com pulsión de repetición se debe a que la estructura aflora, a través del sujeto, para se r d esactiv ad a únicam ente durante un instante con la n eu traliza ción m ism a del sujeto violento en la elim inación de su víctim a. El pasaje al acto es el siguiente: la destrucción del sujeto en su acto por su transm utación en puro vacío. El vacío de lo abolido, donde y a no hay d iferencia entre v íctim a y agresor. El vacío de la falta, del “objeto a ” .
posesión violenta de la figura m aterna negada, una m adre gen érica de quien 11 0 se necesita ni se pretende consentim iento. Un acto sólo de reco n q u ista y ca s tigo, en el cual predom ina el aspecto punitivo en función de la p retensión de que no hay falta y en concordancia con el pro tag o n ism o de un sujeto que se construye com o no castrado y, para ello, m o n ta la escena de la violación.