El registro d e la v iolencia física p racticad a co n tra la m ujer en el ám bito de las relaciones d om ésticas ha ido aum entando en la últim a década. Los esp ecialis tas afirm an de m anera unánim e que el aum ento de las denuncias registradas no responde al aum ento del fenóm eno en sí sino a la expansión de la conciencia de sus v íctim as respecto de sus derechos. Los índices rep o rtad o s en los m ás variados países son altos, pero se calcula que representan no m ás que el 5 o el 10% de la incidencia real, que se encuentra, aún hoy, lejos de ser conocida (Fernández A lonso, 2001).
Los datos que co rrelacionan los p orcentajes de violencia dom éstica con la to ta lid a d de m ujeres en d iv erso s co ntextos n acionales son interesantes, pues perm iten evaluar la g en eralización del fenóm eno. Según un revelador artículo publicado por M aría del C arm en F ernández (2001), los organism os internacionales consideran la v iolencia d o m éstica un problem a de salud púb li ca m undial de prim er orden. En E spaña, en una m acroencuesta realizad a por el Instituto de la M ujer en el año 2000 a partir de una m uestra de 20.552 m ujeres m ayores de 18 años, se encontró que 12,4% de las m ism as reportó que se
en c ontraba en “ situación objetiva de v iolencia en el entorno fam iliar” cuando se les p reguntó en relación con indicadores precisos. Sin em bargo, nos dice la autora: “ llam a la atención que tras preguntarles sobre si habían sufrido m alos tratos en el últim o año, sólo la te rc era parte de ellas se co n sid erab a a sí m ism a v íctim a de m altrato. Estas d iferencias entre los casos detectados a través de indicadores y la p erce p ció n su b je tiv a de vio len cia dom éstica refleja la ‘to le r a n c ia ’ ante las situaciones de m altrato p o r p a rte de la m u jer en las re la cio nes de p a r e ja ”, interpreta la autora, apuntando hacia la dim ensión “ invisible” o n aturalizada del fenóm eno.
El texto citado divulga, tam bién, datos sobre otros países: en Francia, una encuesta reciente revela que 10% de las m ujeres sufrían violencia en el m om en to de la encuesta. En los E stados U nidos, las cifras son m uy variables, pero un análisis ep idem iológico del p roblem a acusó que 32,7% de las m ujeres sufren violencia dom éstica en algún m om ento de su vida (M e C auley et al., en F ernán dez A lonso, p. 5); en C anadá, se estim a que una de cada siete; en A m érica L atina (C hile, C olom bia, N icaragua, C osta Rica y M éxico), entre el 30% y el 60% ; en el Reino U nido y en Irlanda, 41% y 39% respectivam ente; y en países donde “ conductas objetivam ente m altratantes son aceptadas cu ltu ralm en te” los índices son todavía m ás altos.
En C hina, “ aproxim adam ente la m itad de las m ujeres que m ueren por h o m icidio son asesinadas por sus m aridos o novios actuales o anteriores” ; la S ociedad Jurídica C hina (C hina Law S ociety) p ublicó recientem ente una en cuesta nacional que m uestra que “ la v iolencia dom éstica se ha transform ado en un problem a social significativo en C hina, con un tercio de los 270 m illones de hogares del país enfrentando v iolencia dom éstica -f ís ic a o esp iritu alm en te-, m ientras un prom edio de 100.000 hogares se rom pen por causa de la violencia d o m éstica cada año (Tang M in, 2002).
En la India, de acuerdo con la O ficina de R egistro de C rím enes del M inis terio del Interior (C rim e R ecords B ureau o f the U nion H om e M inistry), “ casi 37% de los crím enes com etidos contra m ujeres cada año son casos de violencia dom éstica. Esto significa que 50.000 m ujeres son abusadas por un m iem bro de la fam ilia cada año. Y éstos son solam ente los casos d enunciados” . El Centro para la Protección y A uxilio Legal de la C om isión de Delhi para la M ujer (Helpli- ness an d Legal A id C entre o f the D elhi C om m ission for W om en) registra un p rom edio de 222 casos de v iolencia d o m éstica cada seis m eses y el núm ero de p roblem as encam inados al servicio de apoyo psicológico (counselling) fue de 2.273 en el m ism o período. En M um bai, la oficina de Servicio Social creada por la p olicía en 1984 para p ro te g e rá las m ujeres contra atrocidades listó 121 casos de abuso m ental y físico relacionado con el pago de la dote entre el Io octubre y el 31 de diciem bre de 2001 (Iyer, Lalita, H yderabady N istula Hebbar, 2002). Se
pu ed e ad v ertir que las estadísticas dispersas y los parám etros escasam ente co m p atib les no crean condiciones para construir un m apa m undial, aunque to d o in d ica que el fen ó m en o tiene visos de universal.
P roducido con 18 años de atraso, en 2002, el prim er R ela tó rio N a c io n a l B ra sileiro para la c e d a w (C o n ven ció n de todas las F orm as de D iscrim inación
contra la M ujer, ratificad a por el B rasil en 1984) p ublica que, “ en el m undo, de cada cinco días que la m u jer falta al trabajo, uno es consecuencia de la violencia sufrida en el hogar. En A m érica L atina y en el C aribe, la violencia dom éstica incide sobre 25% a 50% de las m ujeres y com prom ete el 14,6% del Producto Interno Bruto. En el B rasil, cada 15 segundos una m ujer es golpeada (F u n d a ción P erseu A bram o). D atos de la o n u, del Instituto de D erechos H um anos,
afirm an que el B rasil deja de aum entar un 10% su P roducto Interno Bruto com o co n secu en cia de la v io le n cia co n tra la mujer. L as estadísticas disponibles y los registros en las com isarías especializadas en crím enes contra la m ujer d em ues tran que 70% de los incidentes acontecen den tro del hogar, y que el ag reso r es el p ropio m arido o co m p añ ero ” . En la p arte final, dedicada al D iagnóstico, se señ ala que el “ B rasil carece de datos n acionales respecto de la in cidencia de la vio len cia contra m ujeres y niñas” . U n docu m en to elaborado por especialistas de las áreas de d erecho y sociología, A d v o c a d a p r o bo n o em defesa da m ulher vítim a de vio len cia (Q uartim de M oraes e N av es, 2002) d iv u lg a que una entre cuatro m ujeres es víctim a de v io le n cia do m éstica en el B rasil, pero que sólo el 2% de estas denuncias acaba con la punición de los agresores. Y la investig a ción antes m e n cio n a d a de la F u n d afao Perseu A bram o tam bién revela que m ie n tras cada 15 segundos una m u jer es golp ead a, cada 12 segundos una m u jer es víctim a de am enazas. Sin em bargo, sólo un pequeño porcentaje de estos incidentes son d enunciados a la policía.
U n a tradición im portante de estudios publicados en el B rasil sobre el te m a acom paña el debate m undial. T res ejem plos son representativos: los estu dios de H eleieth S affioti y S uely S ouza de A lm e id a (1 9 9 5 ), quienes adoptan la posición clásica fem inista en el sentido de abordar la violencia dom éstica com o reflejo y em ergencia, en las interacciones dom ésticas, del orden p atriarcal d o m inante, F ilom ena de G regori (1993), que enfatiza el papel realim entador de la m u je r en la escalad a en espiral de las agresiones, y B árbara M usum eci (1999), que reseña exhaustivam ente la literatura estadounidense y las form as de apoyo im plem entadas en aquel país, para concluir con una crítica al m odelo fem inista porque, según la autora, oscurece la individualidad fem en in a y la singularidad de la inserción de cada m u je r en el fenóm eno.
En general, sin em bargo, el foco de todos estos análisis recae n u ev am en te en la vio len cia física, lo que es h asta cierto p unto com prensible pues el pensam iento sobre vio len cia d o m é stic a reg istra siem pre el ca rácter cíclico y
progresivo del fenóm eno y m anifiesta el estado de alarm a por la irreversibilidad de los últim os escalones de esta progresión, con la m uerte o la invalidez de la mujer. El tem a de la violencia psicológica o m oral es, por lo tanto, o m encionado superficialm ente, o introducido com o un com p lem en to de la v iolencia física, o asociado a los prim eros m om entos de esta escalada.
A contram ano del reclam o de autoras com o M usum eci y G regory de que el m odelo fem inista, po r su g rado de g eneralización, no reconoce y hasta en m ascara la participación individual de las m ujeres com o sujetos activos en el proceso de la violencia, y fiel a m i acatam iento de los m itos de la usurpación prim igenia, entiendo los procesos de violencia, a p esar de su variedad, com o estrategias de reproducción del sistem a, m ediante su refundación perm anente, la renovación de los votos de subordinación de los m inorizados en el orden de estatus, y el perm anente ocultam iento del acto instaurador. Sólo así es posible ad vertir que estam os en una historia, la p rofundísim a h istoria de la erección del orden del género y de su conservación por m edio de una m ecán ica que rehace y revive su m ito fundador todos los días. Por m ás que la idea de colocar a la m ujer en el eje de reproducción del fenóm eno y percibirla com o sujeto activo de sus relaciones, com o parece sugerir M usum eci, sea una propuesta tentadora, el fenóm eno parece asem ejarse m ás a una situación de vio len cia estru ctu ra/, que se reproduce con cierto au tom atism o, con invisibilidad y con inercia d u rante un largo período luego de su instauración, tan to en la escala tem poral o n to g en ética de la h isto ria personal a partir de su fundación dom éstica en la prim era escena, com o en la escala filogenética, es decir, del tiem po de la espe cie, a p artir de su fundación m ítica secreta.
L ourdes B andeira y T ánia M ara C am pos de A lm eida (1999) analizaron un caso paradigm ático de v iolencia intrafam iliar útil para ilustrar el anclaje de la violencia d ia ria -q u e , en el caso particular exam inado por las autoras, llega a ser francam ente d e lic tiv a -p re c isa m e n te en las “ buenas conciencias” y en la m oral “ relig io sa” de una fam ilia. Se trata de una serie de actos incestuosos perpetra dos por un p astor evangélico sobre sus tres hijas m enores, que culm inó en el n acim iento de su hijo-nieto y en la condena del pastor, en Brasilia, en 1996. De acuerdo con el análisis de las autoras citadas, las relaciones incestuosas se dieron en el am biente religioso de la casa del pastor, entrelazadas en una tram a cotidiana, afectiva, religiosa y dom éstica, que tuvo por efecto exim ir de respon sabilidad a sus protagonistas frente a sí m ism os.
[...] él tiene en la religión el horizonte organizador y clasificador de su propio mundo. Antes de la denuncia, se orientaba y apoyaba en ella para actuar tanto en el medio familiar como en el público. En la primera esfera, por ejemplo, se basaba en preceptos religiosos al exigir la obediencia servil
de la esposa y de las hijas. En la segunda, desempeñaba cotidianamente el rol de pastor evangélico para su comunidad. [...] En el discurso del pastor, el ‘‘m al” tiene el poder de contaminación y está vinculado a todo lo que representa el ' i a d o de afuer a” o “ lo profano". [...] En contraposición, el “bien" se encuentra en lo que está asociado con el núcleo “de dentro” , o con lo “ sagrado” , o, aun, con la propia familia. Por consiguiente, ese grupo de personas y de cosas le pertenecen. Son su extensión y es natural que detente el derecho de usufructuarlo com o quiera, o como sus premisas religiosas le indiquen, una vez que ocupa la misma posición mítica y santa del Padre cristiano: padre-pastor, padre-creador, padre-proveedor y pa dre-abuelo ( B a n d e ir a y Cam pos deA lm eida, 1999, pp. 167-169). En ese episodio, los argum entos del p astor-padre-abusador se am pararon fuer tem ente en la idea relig io sa del p o d er m oral del padre sobre la fam ilia. El texto bíblico constituyó el m aterial básico del discurso paterno, dando form a y ex p li cando los deseos, las resp o n sab ilid ad es y los conflictos interiores vividos por el autor del crim en en su persp ectiv a netam ente cristiana, que nunca necesitó abandonar. Este ejem plo im presionante revela cóm o el abuso no es necesaria m ente ajeno a los discursos norm ativos del m undo fam iliar.
Creo, p o r lo tanto, n e c e sa rio se p a ra r a n a lítica m e n te la v io le n c ia m o ra l de la física , p u e s la m ás n o ta b le de sus c a r a cte rística s no m e p a r e c e se r aq u ella p o r la q u e se c o n tin ú a y a m p lía en la v io le n c ia fís ic a , sin o ju s t a m en te la otra, a q u ella p o r la q u e se d ise m in a d ifu sa m e n te e im p rim e un c a rá cte r je r á r q u ic o a los m en o re s e im p erce p tib le s g esto s de ¡as ru tin a s d o m éstica s - l a m a yo r p a r te de la s ve ce s lo h a ce sin n e c e sita r de a ccio n es ru d a s o a g re sio n es d elictivas, y es en to n ces cu a n d o m u estra su m a yo r e fi c ie n c ia -, L os a sp e c to s c a s i leg ítim o s, ca si m o ra le s y ca si le g a le s de la v io le n c ia p sic o ló g ic a so n lo s q u e en m i o p in ió n re v iste n el m a yo r interés, p u e s so n ellos los q u e p re sta n la a rg a m a sa p a r a la su ste n ta c ió n je r á r q u ic a del sistem a. Si la v io le n cia físic a tie n e una in cid en cia in cierta del 10, 20, 50 o 60% , la v io le n cia m oral se in filtra y cu b re con su so m b ra las rela cio n e s de las fam ilias m ás n o rm ales, c o n stru y e n d o el sistem a de estatu s com o o rg a n iz a ción n atu ral de la v id a social.
L a violencia m oral es el m ás eficiente de los m ecanism os de control social y de reproducción de las desigualdades. La coacción de orden psicológico se constituye en el horizonte constante de las escenas cotidianas de sociabilidad y es la principal form a de control y de opresión social en todos los casos de dom inación. P or su sutileza, su carácter difuso y su om nipresencia, su eficacia es m áxim a en el control de las categorías sociales subordinadas. En el universo de las relaciones de género, la vio len cia p sicológica es la form a de violencia
m ás m aquinal, ru tinaria e irreflexiva y, sin em bargo, constituye el m étodo más eficiente de subordinación e intim idación.
La eficiencia de la violencia psicológica en la reproducción de la desigual dad de género resulta de tres aspectos que la caracterizan: 1) su disem inación m asiva en la sociedad, que g aran tiza su “ natu ralizació n ” com o parte de com p o rtam ientos considerados “ n o rm ales” y banales; 2) su arraigo en valores m orales religiosos y fam iliares, lo que perm ite su ju stifica ció n y 3) la falta de nom bres u otras form as de designación e identificación de la conducta, que resu lta en la casi im posibilidad de señalarla y d en u n ciarla e im pide así a sus v íctim as defenderse y buscar ayuda.
M ientras las consecuencias de la v iolencia física son g eneralm ente ev i dentes y denunciables, las consecuencias de la v iolencia m oral no lo son. Es por esto que, a pesar del sufrim iento y del daño evidente que la violencia física causa a sus víctim as, ella no constituye la form a m ás eficiente ni la m ás habitual de reducir la autoestim a, m inar la au toconfianza y d esestab ilizar la autonom ía de las m ujeres. La violencia moral, por su invisibilidad y capilaridad, es la form a corriente y eficaz de subordinación y opresión fem enina, socialm ente aceptada y validada. De difícil percepción y representación por m anifestarse casi siem pre solapadam ente, confundida en el contexto de relaciones aparentem ente afectuosas, se reproduce al m argen de todas los intentos de librar a la m u jer de su situación de opresión histórica.
En m ateria de definiciones, violencia m oral es todo aquello que envuelve agresión em ocional, aunque no sea ni consciente ni deliberada. Entran aquí la ridiculización, la coacción m oral, la sospecha, la intim idación, la condenación de la sexualidad, la desvalorización cotidiana de la m ujer com o persona, de su p erso n a lid a d y sus trazos p sico ló g ico s, de su cuerpo, de sus cap acid ad es intelectuales, de su trabajo, de su valor m oral. Y es im portante enfatizar que este tipo de violencia puede m uchas veces ocurrir sin ninguna agresión verbal, m anifestándose exclusivam ente con gestos, actitudes, m iradas. La conducta o presiva es perpetrada en general por m aridos, padres, herm anos, m édicos, profesores, je fe s o colegas de trabajo.
Por todas esas características, a p esar del peso y de la presencia de la violencia m oral com o instrum ento de alienación de los derechos de las m ujeres, se trata del aspecto m enos trab ajad o por los program as de prom oción de los derechos hum anos de la m ujer y m enos focalizado por las cam pañas p u blicita rias de concientización y prevención de la violencia contra la mujer. De hecho, prácticam ente no existen cam pañas que pongan en circulación, entre el gran público, una term in o lo g ía o un conjunto de rep resentaciones para facilitar su percepción y su reconocim iento específicos; que generen com portam ientos críticos y de resisten cia a esas conductas, que inoculen, tanto en hom bres
com o en m ujeres, una sensibilidad de baja to leran cia a esas form as m uy sutiles de intim idación y de coacción, así com o el pu d o r de rep ro d u cir incautam ente ese tip o de cond u ctas, y que div u lg u en n o cio n es capaces de p ro m o v er el respeto a la d iferencia de la exp erien cia fem enina, com prendida en su esp ec ifi cidad.
A p e s a r de que en la a c tu a lid a d casi to d o s los d o cu m en to s que se refieren a la v io le n c ia d o m é stic a hacen m ención de este tip o esp ec ífico de v io le n cia, no se a b o rd a su p rev e n ció n de una fo rm a siste m á tic a y p a rtic u la ri zada. De lo co n tra rio , esto sig n ific a ría co lo c a r en circ u lac ió n , p o r m edios publicitario s, un léxico m ínim o, un elenco básico de im ágenes y palabras para el rec o n o cim ien to de la e x p e rie n c ia p o r p arte de sus v íc tim a s, así com o el v o ca b u la rio p ara d e n u n c ia rla y co m b a tirla esp ec ialm en te . E stas estra te g ias d eb e rían se n sib iliz a r a la p o b la ció n y to rn a rla co n scie n te de que la v io le n cia no es ex c lu siv am e n te física, llevando al sen tid o com ún del ciu d ad an o o rd in a rio la n o v ed a d que la ju ris p ru d e n c ia y a h ab ía co m en z ad o a in c o rp o rar en el siglo xix. Los m edios m asivos de inform ación deberían co lo car en circulación im ágenes y d isc u rso s íntim os p asib les de ser ap ro p iad o s en la fo rm u lació n de quejas y b ú sq u ed a de apoyo so lid ario o te ra p éu tico . Las d iv ersas situ a cio n es p riv ad a s de v io le n c ia p sic o ló g ic a vividas po r las m u jeres y que u su a l m ente p asan d esa p e rc ib id a s d eben ser a d e cu a d am en te re p rese n tad a s y d i