Fue con inm ensa satisfacción que acepté venir hoy a exp o n er sobre la tra n sd is- ciplinariedad en las h u m a n id ad e s.1 En los ú ltim os años he venido defendiendo y, por m om entos, pagando un alto precio p o r hacerlo, la n ecesidad de bajar los parapetos disciplinares, cruzar áreas, leer extensam ente lo que se escribe en los otros cam pos.
N o será con facilidad que vam os a conseguirlo, porque ab rir la ciudad am urallada de esos cam pos es qu eb rar con la arq u itectu ra de un sistem a de autoridad q ue se reserva el d erecho de establecer, in ternam ente para cada área, los parám etros para ju z g a r lo que sirve y lo que no sirve y, sobre todo, distribuir los fondos de investigación, dar em pleo en las u niversidades y todas las dem ás p rerrogativas que de esto dependen.
Sin em bargo, cuando nos detenem os a p en sar en los grandes autores de nuestro tiem po, los form uladores de m odelos de gran im pacto en las hum anida des en general y, po r lo tanto, reform adores de la historia, vem os que ninguno de ellos, ab solutam ente ninguno, dejó de circu lar entre una variedad de d isci plinas com o las ciencias sociales, la historia, la lingüística, la filo so fía y el psico an álisis, y algunos de ellos son, inclusive, m uy difíciles de situar. De Foucault, p or ejem plo, quien ha afectado d efinitivam ente los paradigm as de todas n uestras ciencias, m uy pocos estudiantes son capaces de decir cuál fue su form ación básica, en qué área se graduó, lo que dem uestra que de la m utua fertilización de los cam pos nace la te o ría y es en la transgresión de las fronteras disciplinares que nos encontram os con las nuevas ideas.
1 Conferencia leída en el Congreso Internacional “ ¿Nuevos paradigmas transdis- ciplinarios en las Ciencias Humanas?”, el 9 de abril de 2003 en la Universidad Nacional, Bogotá, Colombia.
D elib erad am en te voy a to m ar el tem a a partir de la antropología porque esta d isciplina, entre todas las ciencias hum anas, ha sufrido recientem ente, en sus cátedras y en su orientación académ ica en general, el m ayor repliegue hacia lo que y a oí d escribir com o una vuelta virtuosa a un “ fundam entalism o discipli n ar” . A cad ém ico s m uy serios y superciliosos fruncen el ceño y sacuden la cabeza, en actitud condenatoria, al com entar el desvío peligroso de la disciplina en la década de 1980, afirm ando la necesidad de re-disciplinarla. Estos verdade ros restauradores de la disciplina intentan expurgar la contam inación introduci da p o r la así llam ada antropología p osm oderna e intentan retom ar sus orígenes conservadores. P ara velar por la identidad d is c ip lin a r-q u e tem en severam ente a m e n a z a d a - son oblig ad o s a volverse reaccionarios, en el sentido estricto de reaccionar contra cualquier infiltración de otros cam pos. Su lem a, francam ente fun d am en talista en espíritu por los engaños que contiene, es la vuelta al su puesto legado de los padres fundadores de la disciplina, copiando su m étodo, que de esta form a se vuelve m ás ahistórico de lo que ya fue.
Este “ reto rn o ” no considera, en p rim er lugar, que el objeto ha cam biado, que no existen sociedades no expuestas a la adm inistración actuante de esta dos nacionales m odernos y no atravesadas por la globalización y que, en m u chos casos, no desean ni necesitan m ás portavoces, analistas, representantes eruditos para d ar al m undo una versión siem pre parcial de lo que son. Ya que su interés particu lar no reside en que se entienda cóm o son, sino en p asar el recado de lo que quieren y d ejar claro lo que no quieren - e n este últim o aspecto de p ro cu rar entender y rep resen tar lo que las sociedades desean p a ra sí, los antropólogos, por lo m enos en el B rasil, hem os contribuido p o co -.
En segundo lugar, en su reacción defensiva y purista de los supuestos “ pilares” de la profesión de etnógrafo, los antropólogos olvidan que la an tro pología clásica sentó sus bases con obras que respondían a preguntas form u ladas por otras d isciplinas en la época. El en capsulam iento fundam entalista que algunos hoy recom iendan nunca existió y m ucho m enos en el período fundacional. La lectura de filósofos, teólogos, lingüistas y psicoanalistas fue parte del proceso creativo de M alinow ski, L eenhardt, E vans-P ritchard, M auss, Lévi-S trauss y m uchos otros. Freud y D urkheim publicaron solam ente con un año de diferencia sus m odelos teóricos - Tótem y tabú y Las fo rm a s elem enta les de la vida re lig io sa -, am bos utilizando las sociedades to tém icas com o clave para co njeturar acerca de las bases que hacen posible la convivencia hum ana y la organización societaria. Esto no puede haber sido casualidad, sino una consecuencia de que eran autores de su tiem po, inm ersos en las preguntas de la época, en la que los conocim ientos etnográficos existentes circulaban entre áreas y la exposición de unos discursos académ icos a los otros era intensa.
el com plejo de E dipo es universal, y respondió con lo que creyó que era otra triangulación, en lugar de padre/m adre/niño, com o en el triángulo freudiano, apuntó el triángulo m adre/herm ano de la m adre/hijo, para la sociedad de avun- culado que estaba describiendo. En ésta, com o es sabido, se separan la pater nidad biológica de la paternidad ju ríd ic a, el padre del p a te r, el afecto del linaje. Pero hoy se nos dice que no, que reco rrer estos cam pos inciertos en v u e l ve peligros innom brables para la salud disciplinar. La sobrevivencia de la pro pia profesión puede estar im plicada, después del gran susto de la crítica pos- m oderna a la representación etnográfica, que am enazó con inviabilizar la fe en nuestros bien intencionados “h allaz g o s” en el cam po. Era necesario d evolver el crédito a las genealogías, los m apas de aldea, los gráficos de parentesco y otras categorías nativas anotadas por el antropólogo en su calidad de co n o c i m iento contundente sobre la realidad.
Sin em bargo, si este conocim iento contundente, si estos datos duros no responden a p reguntas epocales, no dialogan con las grandes cuestiones ab ier tas y en circulación por el m undo actual, ocurre lo que nos está sucediendo com o disciplina: escribim os y p ublicam os para especialistas, in dependiente m ente de que puedan entrevistarnos los m edios con cierta asiduidad trayéndo- nos a la presen cia del gran público. Pero las otras disciplinas nos leen poco, ten em o s poco trán sito transdisciplinar: basta en trar en las grandes librerías del m undo, B arnes and N oble, B orders, Fenac, y verem os en crecim iento p erm a nente los estantes de filosofía, historia, psicoanálisis, estudios cu lturales y poscoloniales, com unicación, estudios de género, y m uy reducidos los estan tes de antropología, que nunca fue un cam po m asivo pero cuyo público de lectores extradisciplinares - y éste es un criterio m uy im portante de evaluación del im pacto de una ciencia en el m u n d o - es cada vez menor. La verdad es que nuestra producción para el público de las h um anidades en general se ha redu cido peligrosam ente. Y éste es el verdadero riesgo - y no, com o se insiste, la pérdida del rigor que significaría para el antropólogo acercarse al estilo de la com unicación o al así considerado d iletantism o de los estudios culturales que, según se com enta en los círculos antropológicos, carecen de m étodo o identi d a d - M alas prácticas interpretativas han existido siem pre, en terrenos d iscipli nares abiertos o cerrados.
Es po r mi profundo desagrado con este repliegue m edroso y conservador de los últim os tiem pos, por mi profundo desagrado con una antropología que se quiere técnica, que quiero referirm e hoy a un diálogo difícil y específico entre dos disciplinas que han m antenido una relación m uy ten sa pero tam bién muy pro lífica desde sus orígenes: la antropología y el psicoanálisis.
La relación es ten sa por varias razones prácticas y teóricas. Todos cuan tos nos hem os form ado en ciencias sociales escucham os alguna vez de boca
de n u estro s m aestro s la ad vertencia, un tan to am edrentadora, de que nunca d eberíam os tra n sp o n e r el lím ite entre las disciplinas que piensan los fenóm e nos relativos a l individuo, o ciencias p sicológicas, y las que piensan la so cie dad, las ciencias so ciales. P arecía in c uestionable lo que, dicho así, sentaba las bases claras de los ejid o s discip lin ares, con sus p oderes propios. N os hacía olv id ar que, m u ch as veces, esos m ism os profesores, intentando ir m ás allá de las ideas de u n a su p ero rg an icid ad de la cultura, com o en el culturalism o no rte am ericano, o de la sociedad, com o en el estructu ral-fu n cio n alism o británico, tendrían que rec o rd a rle s a esos m ism os alum nos, en una relectu ra de Weber, que sólo el albedrío individual y m illares de decisiones cotidianas de sus m iem bros rep ro d u cen - o n o - el estilo de v id a de una colectividad determ inada. O sea que es en pro ceso s individuales d onde es posible o b serv ar la rep ro d u c ción de la vida c o lec tiv a reg id a po r p atro n e s culturales co n siderados estables p o r los antro p ó lo g o s en sociedades descrip tas com o agregados articulados de personas que com parten esa cultura m ínim am ente estable e identificable. Y que si esta reproducción es m ecánica, se debe a la repetición p ro cesad a po r las conciencias y p rácticas individuales. Lo que ya en 1951 M elford Spiro señalaba en su artículo “ C ultura y personalidad. L a h istoria natural de una falsa d ico to m ía ” , donde Spiro arg u m en ta que la llave de conversión o pasaje entre lo colec tivo y lo individual se sitúa en el d ispositivo que Freud llam a superego, por d onde la v o z d el padre, o de los deberes colectivam ente sancionados, es inter n alizada com o m andato propio y personal por el hijo.