Tal como se ha destacado ya, los estudios recogidos a lo largo de este capítulo reflejan mayoritariamente una influencia positiva de lo financiero en lo real. Sin embargo son cada vez más evidentes los efectos que una excesiva dimensión del sector financiero conlleva, pudiendo llegar a ser devastadores para la economía real y el bienestar de las sociedades.
Aunque no se trate de un fenómeno estrictamente nuevo, este proceso de sobre- dimensión de lo financiero se ha hecho más presente de forma reciente, recibiendo desde hace algún tiempo el nombre de financiarización.
La financiarización tiene que ver con el progresivo protagonismo de las finanzas y su creciente influencia, que va más allá del ámbito financiero. Siguiendo a Martínez González-Tablas (2007) esta nueva visión de las finanzas parte de la interrelación entre los procesos de globalización y las tecnologías de la información y comunicación, y se da en el marco de las ideas neoliberales que ya mencionábamos en el Capítulo 1. Cronológicamente, para Chesnais (2010), el proceso de financiarización se inicia hacia mediados de los 60, con una marcada aceleración a partir de 1980, y tan solo ha tenido desde entonces algunos momentos de disminución en su intensidad.
Siguiendo a este último autor, y desde una perspectiva marxista, podemos ver algunos rasgos de este fenómeno:
“lo que llamamos financiarización está marcado por el protagonismo asumido por los grandes bancos, las sociedades aseguradoras y los fondos de pensiones en la configuración interna de la burguesía de los países capitalistas centrales y en su peso en la determinación cotidiana de las políticas económicas” (Chesnais, 2010).
Desde otro punto de vista, y buscando una aproximación para definirla, puede entenderse así este fenómeno:
“La financiarización puede entenderse como un predominio de las finanzas dentro de la actividad económica general, una situación que se deriva de la confluencia de cambios que inducen un cambio en la cuantía, complejidad, centralidad y autonomía del plano financiero” (Martínez González-Tablas y Álvarez Cantalapiedra, 2009:59)
En este proceso, por tanto, lo financiero va tomando protagonismo, lo que se refleja en la acumulación de productos en forma de títulos financieros, bonos y deuda pública, obligaciones empresariales etc. adquiridos de forma creciente por familias y empresas, que ven así aumentar entre sus activos la parte financiera respecto a la real. A nivel macro, como indicador de esta tendencia, la capitalización bursátil en relación al PIB va aumentando su importancia.
Paralelamente, se va desarrollando un sistema de intercambio ágil y un mercado amplio para estos productos de variedad creciente, así como todo un sector compuesto de auditores, analistas financieros, agencias de calificación, bancos de inversión, asesores jurídicos etc. que prestan servicios en este marco (Martínez González-Tablas, 2007).
Una cuestión clave que afecta a nuestro análisis es, en este contexto, la progresiva autonomía de lo financiero, que se desliga de sus funciones en relación a la economía real. Paulatinamente, el camino más rápido para lograr elevadas rentabilidades va uniéndose a la negociación y reventa de títulos, frente a las inversiones con trasfondo real, lo que lleva a una mayor complejidad y a un comportamiento autónomo de las finanzas. Tal como lo expresa Chesnais:
“Los mercados financieros parecen dotados de la capacidad no solamente de succionar el valor y el plusvalor de la economía ’real’, sino de aparentar ‘crear valor’ por sí mismos” (Chesnais, 2010).
Este punto de vista resalta que, frente a los títulos que tenían un lazo con la producción y la comercialización a lo largo de los años 90 y comienzo de los 2000, ganan peso productos como los titulizados, que considera capitales ficticios situados en pura “levitación” sobre la economía real. En este sentido, Pérez establece una tipología de los instrumentos financieros innovadores, en una escala que va desde productos que cumplen con las funciones básicas de las finanzas y apoyan la inversión productiva, hasta aquellos que simplemente “extraen sangre de la economía a través de la manipulación de la riqueza de papel” (Pérez, 2004:190).
La sobre-dimensión de las finanzas y la globalización desregulada son, para algunos autores, los motivos clave que explican el distanciamiento de lo financiero y lo real, y el aumento y contagio de riesgos:
“Esta combinación ha resultado perversa en la medida en que ha provocado una progresiva degradación de las funciones que la economía solicita y necesita de las finanzas para poder funcionar satisfactoriamente, contribuyendo además a amplificar el contagio de los riesgos financieros y a profundizar en el deterioro ecológico y social” (Martínez González-Tablas y Álvarez Cantalapiedra, 2009:57).
Las consecuencias de todo este proceso son múltiples. Además de afectar a la distribución de la renta y a la estructura social, podemos destacar dos efectos que afectan directamente a la relación entre lo financiero y lo real, y que son señalados por Martínez González-Tablas (2007).
En primer lugar, y respecto a las funciones del sistema financiero, es dudoso que este aumento de intermediación contribuya a una función clave como la asignación óptima de recursos para la inversión. El alejamiento del sector real y las bases especulativas
de esta tendencia llevarán a priorizar el logro de plusvalías poco relacionadas con la inversión productiva y comercial.
Por otro lado, este proceso está provocando cambios en el modelo de gestión empresarial, al estar obligando a una orientación centrada en maximizar el valor de la empresa para el accionista, con unas rentabilidades elevadas y una visión de corto plazo. De este modo, este tipo de avance del sistema financiero resultaría perjudicial en términos reales por el cambio en las prioridades de las empresas, cada día más alejadas de las estrategias de largo plazo y las decisiones de inversión productiva. En definitiva, y frente al general acento en las potencialidades del sistema financiero para apoyar aspectos reales de crecimiento u otros objetivos de desarrollo, es necesario remarcar los peligros de un sistema financiero excesivamente dimensionado y alejado de sus funciones. Además, aunque este problema sea más visible en sistemas financieros muy sofisticados, debe tenerse en cuenta que, en un entorno de globalización, los riesgos y problemas terminan afectando de manera importante también a los países en desarrollo, conectados a través de los mercados de capitales y cada vez más dependientes de los mismos.