E) La necesidad de distinguir entre diferentes casos
1.2.2. Las primeras dudas sobre la relación entre crecimiento y desarrollo,
Los problemas de desigualdad, desempleo o pobreza que ya hemos explicado se habían dado en un contexto de elevado crecimiento económico, lo que llevaba a la necesidad de replantearse algunas de las ideas dominantes, y a cuestionar la práctica identidad entre crecimiento y desarrollo imperante.
Tal como expresa Seers la cuestión del desarrollo había cambiado:
“las preguntas que hay que hacerse sobre el desarrollo de un país, por tanto, son las siguientes: ¿qué ha ocurrido con la pobreza?, ¿qué ha ocurrido con el empleo?, ¿qué ha ocurrido con la desigualdad? Si todos estos tres problemas se han hecho menos graves, entonces se ha registrado sin duda un período de desarrollo en el país en cuestión. Si una o dos de estas cuestiones centrales han empeorado, y especialmente si lo han hecho las tres, sería muy extraño llamar “desarrollo” al resultado, incluso si la renta per capita ha crecido mucho. Esto se aplica también, claro está, al futuro. Un plan que no contenga objetivos para reducir la pobreza, el desempleo y la desigualdad difícilmente puede considerarse como un plan de desarrollo” Citado en Bustelo (1998:146).
En efecto, los objetivos de desarrollo comenzaban a centrarse en aspectos como la pobreza, la distribución, el empleo y lo que en general comenzó a calificarse como satisfacción de las “necesidades básicas”. Estas nuevas ideas superan la identificación del desarrollo con la mera producción, que excluía del concepto otras facetas del bienestar humano, las consideraciones ecológicas y cualquier otro aspecto32.
Por otro lado, se cuestionaba el uso de términos agregados normalmente a niveles nacionales. Esta práctica suponía implícitamente que el desarrollo de las personas iba acorde al de sus países (o bien que lo importante eran los países, y no las personas). Además, el PIB se estudiaba en términos per capita, lo que podía llevar a aumentos de este valor medio que, de hecho, escondieran efectos negativos sobre grandes capas (incluso mayoritarias) de población.
Paul Streeten, junto a otros autores, planteaba en los 70 la necesidad de un nuevo enfoque, según el cual un auténtico desarrollo conllevaría que toda la población tuviera cubiertas unas necesidades básicas, que resumían en cinco grupos: nutrición,
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Siguiendo la clasificación de Sen (1998) estas propuestas se incluirían en la concepción GALA (Getting by, with a little assistance) y armonizan la mejora del bienestar social con la estimulación de la capacidad productiva.
educación, salud, abrigo y agua (incluyendo el saneamiento). Tal como explicaba, la práctica había desmentido la idea de que los beneficios del crecimiento se extenderían por sí solos a todos los estratos sociales. Se desvinculaba así el crecimiento económico de la solución a los problemas de pobreza, introduciendo la importancia de la distribución del ingreso en las políticas. El enfoque llamado de las “necesidades básicas” cuestionaba, por tanto, la identificación crecimiento-desarrollo, y suponía un cambio en el centro del debate, que pasaba del ámbito productivo y macroeconómico (crecimiento, ahorro e inversión) al de las personas y sus necesidades (Gutiérrez- Goiria, 2000b). Es significativo que, con los inicios de estos trabajos a comienzos de los 70, empezaran a desarrollarse de forma casi paralela en Recife (Brasil) por parte de ACCION y en Bangladesh, con el impulso de M. Yunus, dos iniciativas pioneras de las microfinanzas tal como las conocemos actualmente. En ambos casos se trataba de dar respuesta con instrumentos financieros apropiados a problemas cotidianos de la población desfavorecida, mediante el impulso de actividades productivas desde la base, concentrando la atención en los aspectos micro, más allá de los resultados en términos agregados.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) también impulsó esta corriente de pensamiento en 1976, proponiendo incluso un plazo (el año 2000) para que se lograra un adecuado cumplimiento de las necesidades básicas, que incluirían (Hunt, 1989:265):
• Los mínimos necesarios para el consumo familiar y personal: alimento, vivienda, etc.
• El acceso a servicios esenciales: salud, transporte, educación o agua potable.
• Las referidas a un puesto de trabajo debidamente remunerado.
• Necesidades cualitativas referidas a un entorno saludable y humano, participación en la toma de decisiones, libertades individuales, etc.
En realidad, según estos planteamientos, la renta debía considerarse como un medio para lograr un adecuado cumplimiento de esas necesidades básicas de la población. La cuestión, entonces, se centraba en primer lugar en comprobar si el aumento de la renta per capita estaba relacionado con el logro de estos objetivos. Para ello, Morawetz (1979) midió la correlación entre el aumento del PNB per capita y 16 indicadores de necesidades básicas, encontrando que solo en 5 casos había alguna relación positiva y significativa, y concluyendo que el PNB per capita y su tasa de
aumento no eran sustitutos adecuados para indicar la satisfacción de esas necesidades.
En relación al crecimiento de la renta y la desigualdad, los estudios indicaban diferentes situaciones. Bustelo (1998) recopila las conclusiones principales de la época, según las cuales el crecimiento económico no suponía necesariamente una disminución de la desigualdad, sino que más bien la agravaba. La pauta no era uniforme, sino que dependía de las políticas y de la distribución inicial, pero parecía que la desigualdad crecía, en línea con las ideas de Kuznets, al menos en las etapas iniciales del desarrollo. La excepción se daba en países como Corea del Sur y Taiwan, con una importante reforma agraria y un crecimiento exportador intensivo en mano de obra.
Para Morawetz, la distribución inicial de la riqueza e ingresos parecía ser la clave para un crecimiento rápido y equitativo, y una vez iniciado el crecimiento, consideraba que era más difícil redistribuir. Según esta línea de razonamiento, puede que sea mejor redistribuir primero y crecer después.
Además de los imperativos morales que exigían cubrir las necesidades básicas, algunos de los autores que proponían este enfoque no consideraban que esto supusiera un obstáculo para el crecimiento. Por el contrario, la educación y salud de la población reforzarían el capital humano imprescindible para el crecimiento, aumentar la intensidad de mano de obra disminuiría el paro, y podía ser también una fuente de reducción de dependencia de importaciones de maquinaria de países desarrollados. Igualmente, la demanda de productos básicos locales por parte de sectores de menores ingresos apoyaría la industria local. Streeten (1986), por ejemplo, estudiaba la relación entre el crecimiento económico y la mejora en los indicadores de las necesidades básicas, concluyendo que ambos podían darse conjuntamente si se llevaban a cabo unas políticas adecuadas, como demostraban casos como los de Taiwán, Corea del Sur, Sri Lanka e Indonesia.
Frente a quienes decían que el enfoque de necesidades básicas suponía sacrificar inversión, productividad y crecimiento para aumentar el consumo presente, Streeen indicaba que satisfacer estas necesidades implica inversión y crecimiento, aunque con una composición y distribución muy diferentes a las que se estaban llevando a cabo:
“Al mismo tiempo, el enfoque de la satisfacción de las necesidades básicas es una manera de hacer más y mejor con menos recursos: servicios médicos preventivos para todos que puedan repetirse en otros lugares, en lugar de
servicios de elevado costo para unos pocos; educación primaria de poblado a bajo costo para los pobres rurales, en lugar de educación terciaria de alto costo para los privilegiados. Economía en la utilización de los recursos existentes y aumento de esos recursos mediante el incremento de la productividad, la reducción de la fecundidad y la movilización de recursos locales subutilizados son aspectos importantes de este enfoque” (Streeten, 1986:168).
En realidad el enfoque, no exento de críticas33, proponía un cambio en la forma de promover el desarrollo, y suponía un cambio de objetivo, que conllevaría también intentos de cambios en la medición del propio desarrollo, al no estar éste tan vinculado al crecimiento34. Aunque no era un tema especialmente presente en estos autores, la provisión de servicios financieros a grandes capas de población excluidas encaja precisamente con estas ideas, en el sentido de promover el desarrollo desde la base y hacerlo incluyente.