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Los rasgos generales del despotismo oriental que hemos enunciado encuentran magnífica concreción en la organización política del anti­ guo Egipto.

En los finales del siglo iv de nuestra era, bajo la presión del cristianis­ mo, Teodosio, mediante su edicto del 391, dispuso el cierre de los

7 Federico Engels: Anti-Dühring, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1972,

p. 220.

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templos egipcios y la desaparición de las escuelas de sacerdotes de aque­ lla tierra, los cuales eran, a la sazón, los últimos que cultivaban el estu­ dio de “la escritura sagrada”. De esta forma, Egipto quedó sumergido, con su caudal de viejas experiencias mítico-culturales y su masa oculta de instituciones políticas y sociales, en el más hondo desconocimiento. Se había roto el hilo conductor al pasado egipcio: el conocimiento de la lengua egipcia y de la escritura jeroglífica.

Fue necesario que transcurrieran siglos, y un 14 de septiembre de 1822, Champollión iniciara el desciframiento de la escritura jeroglífica, al descubrir el nombre de Ramsés II, para que los estudios de egiptolo­ gía comenzaran a adquirir vuelos inusitados. Por otro lado, la vieja lengua egipcia, como bien indicara A. Moret, no había desaparecido

por completo, sino que sobrevivía en forma de copto(lengua primitiva

egipcia). Los esfuerzos ulteriores de la ciencia, apoyándose ya entonces en un enjuiciamiento crítico de las viejas fuentes griegas, permitieron alcanzar algunas conclusiones maduras en torno al pasado prepolítico de Egipto, su organización faraónica y el desarrollo de sus tres impe­ rios. Paralelo con el conocimiento más o menos acertado de las bases materiales y sociales sobre las que se sustentaba la cultura y la mitolo­ gía egipcia, pudieron desmistificarse un tanto las informaciones de los griegos, que constituían la única fuente hasta entonces disponible. Asi pudo encontrarse explicación coherente a las reseñas un tanto simplis­ tas y deslumbradas de Herodoto de Hahcarnaso en el Libro Segundo de sus Historias, y de Hecateo de Abdera, que vivió en la corte de Tolomeo I y escribió allí sus Aegtiaca. Incluso la genealogía dinástica del más importante de los historiógrafos antiguos del Egipto, Manetón de Sabennytos, pudo ser confirmada en parte y rectificada o explicada también de manera racional.

Y a estas alturas del conocimiento histórico, no caben dudas de que

en los alrededores del v milenio antes de nuestra era, en el valle del Nilo, aparecieron agrupamientos humanos que, según los descubri­ mientos arqueológicos de diversas estaciones, se encontraban en una etapa de cultura paleolítica en una franca evolución. Esto ha hecho afirmar a algunos arqueólogos que en realidad correspondía a la etapa llamada por Morgan mesolítica.8 A la sazón, rebasada ya la primera glaciación europea, las aguas fluviales del África Central rompiendo

8 En realidad en Egipto es imposible, hasta donde alcanzan los conocimientos actuales, distinguir claramente los diferentes estadios del paleolítico. Allí, com o afirma Davi, no aparecen los momentos de la piedra “desbastada”, “tallada , pulimentada , etc. En las estaciones halladas se pasa abruptamente de la piedra tallada a la pulimentada, pero en las que aparecen yuxtapuestos el cobre y el oro, razón por la cual Davi propone para dichas estaciones la clasificación de “eneolíticas”.

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las barreras graníticas de Nubia, buscaron desagüe hacia el Mediterrá­ neo , como indica hermosamente G. Davi. El Nilo había comenzado a correr y, en torno a su fluir, comenzaba a desenvolverse una de las primeras agrupaciones humanas, que, a su vez, devendría también una de las primeras sociedades que efectuaron el tránsito de la comunidad primitiva a la primera sociedad de clases.

Como señala Moret, no existe en Oriente otro país cuyos límites esten lijados mas claramente por la naturaleza: al septentrión el Medi­ terráneo, al este y oeste los desiertos arábico y líbico, que antes del cuaternario habían sido ricas y fértiles zonas, y al sur, las cataratas del Nilo, que en realidad constituyeron la frontera natural con Etiopía

Como hemos dicho en torno al Nilo’ geográfica y humanamente entendido, se desarrolla toda la vida religiosa, cultural, social y polí­ tica de Egipto e incluso el gran río influye en la organización de la vida propiamente urbana de Egipto.10 Carlos Ritter ha indicado esta verdad plásticamente: “En lo que nuestra historia alcanza, no conoce­ mos ningún pueblo culto, habitante de las riberas de un río princi­ pal cuyo caracter histórico ostente tan marcado el sello de la naturaleza de la tierra local m en quien la naturaleza de la patria haya presidido

Además es bueno señalar que en Morgan la utilización del término mesolítico corres­ ponde a una identificación europea concreta, perteneciente al lapso entre la primera glaciación y el neolítico, y esta clasificación no es en puridad idónea para Egipto, onde no existió glaciación. En Egipto se distinguen cuatro períodos prehistóricos: badanense, amratiense, gerzcense y semaihiense, a los cuales algunos arqueólogos han sumado una fase anterior, m uy polemizada, llamada “tasiense”, según hallazgos Menmde y la depresión del Fayum. Sobre la prehistoria egipcia puede verse el 9 resumen de G ordon Childe en Evolución de la sociedad.

Los egipcios no llamaron N ilo a su río. El nombre se debe a Hesiodo, que lo llamó Neilos. En H ornero, com o indica M oret, el nombre Aeyunlos designa primero el Nilo y despues el país creado por el río. La traducción más acertada de Egipto es efectivamente un don del n o ”.

° En, T ° u a k prT gema CulmM urbanística se han trabado innumerables polémicas en re los historiadores y arqueólogos. La gran discusión parecía centrarse entre Egip­ to y Mesopotamia. C om o señala Turner, parece evidente que el cobre se conoció en as cuencas del 1 igns y el Eufrates antes que en Egipto y, además, se ha especulado sobre una sedicente invasión asiatica que estimuló el adelanto cultural de Egipto. En reakiad es cas. imposible precisar en la actualidad el origen de las culturas urbanísticas en el Antiguo Oriente, pero en términos generales podemos afirmar que surgen casi simultáneamente a finales del v y principios del iv milenio antes de nuestra era en bgipto, Mesopotamia y la India.

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siglo se han hecho descubrimientos arqueologicos en el valle del Indo que dejan pensar en una civilización tan antigua allí com o la sumeria. Siguiendo a Davi pode­ mos indicar, para el estudio de este foco de civilización, el resumen de L. Pericot en la palabra arqueología de la Enciclopedia Espasa-Ca/pe, Suplemento 1935-1939.

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tan absolutamente a su desenvolvimiento interior y exterior, como el pueblo de los antiguos egipcios”.11

La vida egipcia dependió siempre de dos grandes factores externos: el Nilo y el sol. La conjugación de estas dos fuerzas creó un conjunto de circunstancias materiales que era imposible dejar de tener en cuenta para la pervivencia sobre el estrecho valle del rio. Ademas, al atender a esas fuerzas, al domeñarlas, el hombre egipcio tuvo que adoptar medi­ das que determinarían su configuración social, política y hasta espiri­

tual y religiosa. . / .

Ante todo es preciso señalar que los límites de extensión de Egipto han sido magnificados por los mapas usuales, los cuales incluyen vas­ tas zonas que no forman parte del suelo habitable de Egipto. En rea­ lidad, desde la primera catarata al delta, el valle tiene solo 788 km de extensión; y su anchura, variable, en algunos casos alcanza solo a las márgenes del río. La máxima es apenas de 15 km. El delta mismo constituye un abanico de 100 km de longitud y 600 de contorno. En general, como apunta Davi, Egipto alcanza apenas la extensión de Sicilia.

El Nilo se comporta antitéticamente con las tierras ribereñas. Desde más o menos el 15 de junio comienza a correr vertiginoso desde el valle inferior, y trae a las zonas septentrionales, la tierra negra , su agua turbulenta “de la renovación, de la vida”.12 A partir de entonces y por espacio de tres meses el río sumerge las tierras adyacentes. Alcanza 13 o 14 metros en los apretados ribazos del Alto Egipto y 7 u 8 en las anchuras del delta. Después de algunos días de estiaje, comienza a de­ crecer en octubre, y ya en noviembre ha perdido la mitad de su anchu­ ra. En diciembre queda reducido a su cauce original. Entonces las tiei ras del norte están indefensas ante la acción del otro elemento señalado, el sol. Este toma bajo sus rayos tropicales, rectos, límpidos, a plomo, esa tierra negra que dio nombre a Egipto (Kempt), y la vuelve reseca, que­ bradiza, polvorienta, rispida y hostil.

En tales condiciones, desde los primeros asientos primitivos, al hom­ bre egipcio se le planteó el tremendo problema de la subsistencia, en medio de la acción de esas dos fuerzas que, si bien actuando arbitra­ riamente, constituían elementos de destrucción y penuria, coordina­ das, domeñadas, puestas al servicio del hombre, podían hacer su abundancia.13

11 C arlos R itte r: L a geografía en sus relaciones con la naturaleza y con la historia de los

hombres, Libro I, t. 1. t

u Pirámide 589. Se.cita el texto de la pirámide de Saqqarah (VI dinastía).

13 El término abundancia hay que entenderlo, refiriéndonos a Egipto, condicionado también por el N ilo. El valle emergido periódicamente de las aguas de este se encuen­ tra limitado en su producción agropecuaria; en realidad en Egipto prosperan el

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En el Egipto primitivo, al igual que en todas las organizaciones sociales prepoliticas existió el régimen social de la comunidad primi­ tiva, con su organización simple, de iguales, asentada sobre la pro- duccion colectiva escasísima, basada en recursos paleolíticos y con la apropiación igualmente colectiva de los reducidos productos del tra­ bajo. Un testimonio de esta agrupación social, es sin duda los sarú,

denominación que según consta en las pirámides de la VI dinastía, se daba a los jefes de los grupos sociales anteriores al gobierno de los nombres, es decir, cuando la sociedad se encontraba bajo el gobierno de los dioses. En dichas inscripciones no se habla del rey, sino de los indicados sarú, verdaderos jefes del clan, despojados de atributos po­ líticos iguales entre iguales estos, quizás por su condición de an­ cianidad, imponían a la sociedad su recta voluntad experimentada que, por demas, era el reflejo nítido y directo de la más justa volun­ tad y necesidades colectivas, de las que no lo separaba ningún antago­ nismo de clase.

Hacia el año 4 000 antes de nuestra era comienza el conocido como periodo historico de Egipto”, con la monarquía del último rey divi­ no, Horus. Sin embargo, resulta obvio que durante más de un milenio la vida social de Egipto ha presenciado la lenta descomposición de su comunidad primitiva, para dar paso a las primeras manifestaciones de la organización política. No obstante, ese decursar, con todas sus \ lasitudes, ha escapado a la historia. Apenas podemos conjeturar al­ gunos particulares, partiendo de una interpretación materialista his­ tórica de los mitos relacionados con el reinado de los dioses. En realidad, ese largo período de reinado de los dioses habla claramente de algunas verdades inexcusables. Ante todo, la investidura que se brinda al dios, como jefe de los hechos humanos, monarca, habla de la gestación de concepciones mitológicas reflejos de realidades que el hombre egipcio comenzó a vivir. Además, siguiendo la línea de las luchas que registra la mitología egipcia entre los dioses de los nomos del Alto y del Bajo Egipto, se evidencia ya, reflejadas también en formas ideales y mitológicas, luchas por el poder que, por tanto, envuelven un sentido político.

sicomoro, algunas^ especies de acacias y mimosas, dos especies de palmeras y una abundosa vegetación de plantas acuáticas entre las que se destacan el papiro y el loto, be cosechan cereales y la vid. En cuanto a la fauna, hay que señalar que el antiguo .giPto Pa,;ece hf f r desconocido el caballo y el camello. P or el contrario abundaban el cocodrilo y el hipopótamo, a más de múltiples aves com o el águila, el milano, el gavilan y el halcón, tan importante este último en la mitología egipcia. La pesca era rica en el n o que arrastraba las tierras rojas meridionales.

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La misma organización primitiva egipcia de los nomos evidencia una estructura social que, parafraseando a Engels cuando se refería a las confederaciones de tribus, podemos calificar de “artificial”, con acusa­ dos rasgos de un cierto desarrollo hacia formas superiores y consuma­ das de la organización política. En efecto, la palabra egipcia original que designa al nomo es spat de la raíz sp “dividir”. Esta raíz evidencia el sentido que se revela en muchos otros aspectos del nomo: una división territorial. La división se refiere al territorio que se representa ya, pri­ mitivamente, como un cuadriculado de líneas que se cortan en forma perpendicular.

Al referirnos a Atenas, observamos cómo la división territorial, en cuanto liquidación de la vieja organización gentilicia, constituyó la premisa fundamental para la superación de la estructura social y, por ende, para el paso a la organización política. Refiriéndonos nuevamen­ te a Egipto, podemos dejar sentada la diferencia sustancial entre el clan primitivo, correspondiente a la organización de la comunidad primiti­ va, y el nomo, que al menos revela ya una forma de organización para­ lela o superpuesta al clan. Sin embargo, la división territorial supone el asentamiento estable, y ello, claro está, el pastoreo, la labranza y hasta la alfarería. El nomo, pues, constituyó una organización nueva, aun­ que en su seno pervivieran con gran fuerza sus viejas formas organizativas y hasta sus viejos incentivos. Frente al nomo, con su ciudad (m í), sus cabañas con tapias y estacas, sus muros, su castillo de dios (Net-Neter),

protector de cada nomo y, en fin, en última etapa, sus residencias de oficinas públicas y hasta de alojamiento del rey, representante del dios en la tierra, estamos sin duda ante una organización de tipo político o, al menos, que la preludia.

En términos muy generales podemos decir que durante un largo período, que incluso Moret supone tan extenso como el correspon­ diente a todos los reinados faraónicos, en Egipto se van creando lenta­ mente las condiciones del surgimiento de la organización política, como resultado directo de lentos desarrollos de las fuerzas productivas y, en consecuencia, la estratificación primero de la sociedad y, posterior­ mente, su división en clases antagónicas. Como hemos indicado, los nomos ya constituyen elementos acusadores de esa transformación, y a través de la mitología se descubre igualmente un período en que la sociedad está gobernada por seres que se califican de dioses pero que, indudablemente, gozan de poderes especiales e invocan a favor de los mismos esa condición divina.

Toda esa etapa de gestación es la correspondiente al primitivo y mí­ tico reinado de los dioses y alcanza incluso el período del reinado de

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los sucesores de Horus.14 Siguiendo el Papiro de Turín,15 después del reinado del último semidiós, Horus, hijo de Isis, y aproximadamente en el 3315 antes de nuestra era comienza el período de los reyes hu­ manos en el Alto y Bajo Egipto, para posteriormente arribar a la unificación de ambos reinos. Todas las fuentes egipcias y griegas es­ tán de acuerdo en afirmar que fue Menes el primer monarca del Egipto unificado.

Debemos referirnos ante todo a esta primera monarquía unificada, conocida como “tinita”, por tener su capital en Tinis, pues primaria­ mente hemos de dejar sentado que no resulta posible, con un serio criterio científico, referirnos a la organización política de Egipto como una unidad sin solución de continuidad. En realidad, el desarrollo so­ cial del Egipto condicionó un concomitante desarrollo de sus formas de organización estatal, por lo cual debemos, aunque someramente, referirnos a los períodos que marcan variantes esenciales en esas formas estatales.

Sin embargo, antes de pasar a la caracterización de la estructura esta­ tal de la primera monarquía tinita, y a fin de que se obtenga una acer­ tada comprensión de dicha estructura, es preciso dejar sentadas algunas cuestiones básicas en torno a la estructura social, de clases, del Egipto antiguo. Como indicamos al referirnos englobadoramente a todos los llamados “regímenes despóticos”, también en Egipto, como uno de ellos, la esclavitud no constituyó el hecho económico fundamental, la relación de producción preponderante. Por el contrario, la mayor ex­ plotación se ejerció sobre las masas de campesinos libres, sobre los arte­ sanos pobres de la ciudad y sobre los antiguos comuneros arruinados. De las fuentes disponibles podemos afirmar con solidez que el surgi­ miento del Estado egipcio, e incluso su consumación unificada a partir de Menes, con la dinastía tinita, no se fundamentó precisamente en la esclavitud como base social. Güenter y Schrot16 afirman incluso que en

14 Los servidores de Horus son seres humanos que gobiernan bajo el patronato de ese dios. Horus representa en la mitología egipcia un papel importante: es indudablemen­ te una deidad de origen popular que se identifica con el cielo, y com o indica M oret, es un habitante del cielo, un ave, el halcón. En la mitología egipcia se registran varios Horus; el mayor fue el primer rey del Bajo Egipto, y Horus, el menor, se conoce como hijo de Isis.

15 El Papiro Real, conocido com o Papiro de Turín por encontrarse en el museo de esa ciudad, constituye el documento antiguo más importante para la cronología egipcia. Fue encontrado completo, pero se fraccionó durante el viaje. Actualmente son aprovechables 300 fragmentos. Fue redactado en la época de Ramsés II y contiene la cronología de los reyes egipcios desde los dioses.

16 G üenther y S chrot: Problem as teóricos de la sociedad esclavista. E stado y C lases en la

Antigüedad esclavista, Editora Política, L a Habana, 1963.

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Egipto solo se comenzaron a reducir a esclavitud los prisioneros de guerra en el Imperio Medio. Señalan más adelante que la esclavitud en Egipto “solo tuvo un papel muy secundario en el Imperio Antiguo”. Podemos decir que, efectivamente, en el Imperio Antiguo la esclavitud era, dentro de Egipto, un hecho secundario sobre el cual no se funda­ ban las relaciones de producción.

Esa situación de la esclavitud durante el Imperio Antiguo determinó sus modalidades practicas, jurídicas. Como afirman correctamente los citados sabios alemanes, el esclavo egipcio del Imperio Antiguo no puede ser comparado con el servus romano o el doulos griego. En efecto, las fuentes arrojan con claridad que el esclavo egipcio del Imperio Anti­ guo tenía un conjunto más o menos amplio de derechos. Estaba en general lejos de constituir el instrumento vocale a que fue reducido en Roma. Así vemos que esos esclavos egipcios tenían derecho a contraer legítimos matrimonios, incluso alcanzaban algunos derechos de pro­ piedad limitada y la legislación mística y consuetudinaria del reino cas­ tigaba con igual fuerza al que matara a un hombre, fuera este libre o esclavo. Además los hierodouloi, o esclavos de los templos, gozaban, como bien afirman Güenter y Schrot, de un régimen de evidente privi­ legio; se les eximía de los trabajos para el faraón y ya no podían volver a constituirse en esclavos de particulares. Además, parece ser que su régimen de trabajo no era agotador ni con visos de la brutalidad que

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