Edith Alba Pérez
El presente trabajo es producto de un proyecto de investigación recientemente concluido, que se desarrolla en la Licenciatura en Psicología de la UNLP. El mismo indagó que articulaciones han existido entre la formación de grado y las políticas públicas, en especial las políticas sociales, trató de responder a una interrogación: ¿prepararon los distintos planes de estudio a sus egresados para el ejercicio profesional en el ámbito de las políticas sociales?
Aquí se propone compartir reflexiones sobre los inicios de la profesión para los egresados de la carrera de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata entre los años 1962 – primeros graduados- y 1976 –cupo cero impuesto por la dictadura militar. Los periodos recortados no sólo se fundan en los diferentes planes de estudio sino, además, en distintos etapas sociopolíticas del país que, entendemos, no constituyeron simplemente un contexto, más bien fueron texto de discursos y fundamento de prácticas. Debemos señalar, además que, si bien, algunas cuestiones planteadas refieren a un orden nacional, otras, en especial las que hacen al ejercicio profesional, se sitúan en la provincia de Buenos Aires.
El primer corte temporal, abarca el período que va entre los años 1962-1975, cubierto por dos planes de estudio, el fundacional de la carrera en 1958 y un segundo plan aprobado en 1971. Por otra parte, también el escenario socio histórico y político del país tuvo cambios notorios, caracterizados tanto por una lenta pero persistente transformación del Estado como por distintos movimientos sociales y políticos que incidieron en planes y programas sociales.
¿Cuál era el bagaje teórico y técnico que posibilitaba la inserción laboral de los nuevos profesionales? ¿Desde qué paradigmas de salud mental y enfermedad mental realizaban sus prácticas? ¿Qué lugar institucional les era asignado? ¿Había innovación en sus acciones que pusieran en interrogación saberes y prácticas instituidas? Estas son algunas de las preguntas que tratamos de desplegar en este trabajo.
La información que se analiza proviene de entrevistas con psicólogos y psicólogas que, en esa etapa inicial, se ubicaron en los ámbitos de salud, judicial-penitenciario y acción social que, por otra parte, son los tres ejes de políticas sociales investigados en el citado proyecto.
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La construcción de la identidad profesional es un proceso subjetivo que requiere de anclajes histórico-sociales que no remiten a representaciones ideológicas sino a significaciones colectivas. Aquí se sitúa la línea indagatoria principal de este trabajo.
Respecto a las políticas públicas y, en su singularidad, las sociales son prestadas por el Estado, es decir que dependen, en su planificación y ejecución de él y, en el modelo republicano democrático-representativo, estarán ligadas a la prevalencia de las ideas políticas de quienes ejercen el gobierno. De allí las vicisitudes que las atraviesan y determinan en distintos momentos, a las que no son extrañas razones económicas, es decir cuánto se dedica a ellas del presupuesto general. En el período al que nos referiremos estas políticas eran estatales, a diferencia de tiempos posteriores en los que ha surgido un ámbito público comunitario, productor de políticas desde otros sectores no gubernamentales.
En el segundo lustro de la década de los cincuenta y comienzos de los sesenta, América Latina ve cerrar un ciclo de gobiernos caracterizados como populistas y abrirse etapas de gobiernos militares, algunos de ellos tras figuras cívicas sin poder de decisión, ni autoridad. Adviene un nuevo Estado con una apuesta al desarrollo como motor del progreso económico y social, apoyado en una modernización industrial, al frente de la que se ubicaron empresas multinacionales. Sin embargo y haciendo advertencia por la falta de despliegue de esta afirmación, esa nueva forma estatal conducirá a una mayor dependencia económica y cultural de los países centrales, a la par que, en el caso particular de nuestro país estará acompañado por pérdidas en la soberanía económica nacional. Tal vez hayan sido los momentos de preparación para la entrada del neoliberalismo en la región. Período de fuertes restricciones a la democracia, golpes de estado y gobiernos militares será la dimensión sociopolítica en la que comenzará el ejercicio profesional de los primeros psicólogos/as egresados de esta nueva carrera e incipiente disciplina, que bregaba para sus conocimientos entre modelos experimentales, requerimientos epistémicos de las ciencias naturales, las sagas del positivismo y un campo de las ciencias humanas y sociales que comenzaba a constituirse.
Los años sesenta fueron marcados por acontecimientos históricos, políticos y sociales, en el orden internacional y nacional, tales como las luchas anticolonialistas, la consolidación de la Revolución Cubana, el gobierno de Kennedy en EEUU y la Alianza para el Progreso, la llamada “convivencia pacífica” entre EEUU y la Unión Soviética entre otros. En el orden nacional, los sucesivos golpes de estado y gobiernos militares, las nuevas formas del gremialismo y la lucha política, el surgimiento de una nueva izquierda, contribuyen a instalar interro gaciones y cuestionamientos.
El marco sociopolítico y estatal para la inserción de estos nuevos profesionales en las políticas públicas será acotado: sin polémicas manifiestas en el campo de la educación- donde ya muchos de ellos/as se desempeñaban- las restricciones en salud y seguridad lo limitarán a las actividades de evaluación y diagnóstico psicológico, al igual que en infancia. Debemos destacar que las instituciones de infancia, en aquel momento “menores”, constituyen un analizador de la significación infancia en el imaginario social. Han estado ubicadas
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alternativamente con dependencia a distintas áreas gubernamentales, fueron parte de salud, de gobierno-seguridad y de acción-desarrollo social. En su afán por acceder a las instituciones públicas, los nuevos actores de la profesión lucharán por obtener concurrencias ad-honorem y designaciones en cargos administrativos que les permitan trabajar y legitimar su competencia y saber disciplinar. Es una etapa de creación de demanda social de sus prácticas y búsqueda del reconocimiento profesional.
El primer plan de estudios -1958- otorgaba título con especialidad: clínico, laboral y educacional; con tres años de formación básica en un tronco común, dividía luego en tres recorridos con asignaturas específicas. Las herramientas teóricas y técnicas básicas eran obtenidas en esos tramos curriculares; en adelante, los trayectos por instituciones de formación extraacadémicas marcarán la identidad de estos jóvenes profesionales. La construcción identitaria estará atravesada por todas estas líneas: académicas, disciplinares, profesionales, identificatorias con referentes en la formación, deseos e intereses y los componentes sociopolíticos de la realidad. Sin duda, si al decir de Barman (2005) “la identidad es un amasijo de problemas en lugar de una sola cuestión” (Barman, 2005, 33) y “la identidad entraña una lucha simultánea contra la disolución y la fragmentación, una intención de devorar y, al mismo tiempo, una resuelta negativa a ser comido…” (Barman, 2005,165), la síntesis de estos tiempos iniciáticos esté aquí expresada. Las luchas por el territorio, contra el poder hegemónico de algunas disciplinas y profesiones reinas y la esperanza en transformaciones sociales serán líneas de fuerza en la producción de la identidad profesional.
La presencia de estos nuevos profesionales, procedentes de una formación humanística y social, con preocupaciones e intereses sociales y, en muchas ocasiones, identificados/as con ideas de una nueva izquierda que surgía, sostenidos por una ética con otros sistemas de valores que destacaban lo colectivo y que impulsaban el desarrollo de una conciencia y un pensamiento crítico respecto a saberes y prácticas instituidas, interpelarán a las instituciones en las que se incluya.
La vacancia de herramientas teóricas y técnicas en los contenidos curriculares que les permitieran diseñar y gestionar programas sociales, disparó la creatividad para aplicar algunos dispositivos grupales y comunitarios innovadores, muchas veces inspirados en experiencias en otros países, que fueron creando las herramientas propias alimentando un bagaje experiencial que será su capital de trabajo.
En estos tiempos iniciales y al impulso de la enunciación de algunas figuras emblemáticas como José Bleger, comenzó a constituirse una significación en el imaginario profesional del psicólogo como agente de cambio. En momentos de inclusiones en instituciones con fuertes instituidos, hegemonías de poder y resistencias, tal vez ese cambio apuntaba a nuevas prácticas y nuevas ideas que llegaban a esas políticas y programas. Sin embargo, hablar de cambio en esas épocas remitía a discusiones y posicionamientos ideológicos que resultaban irreductibles e irreconciliables.
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En tanto, se iba constituyendo el campo de la Salud Mental en el país, que produce un giro respecto a la psiquiatrización que se sostenía en ese espacio: el soporte de un modelo médico de la salud y la enfermedad mental era sustituido, tal como afirma Galende:
(…) una disciplina de lo mental…que se propone como conjunción de múltiples saberes y prácticas sociales diversas, la inclusión de nuevos profesionales y prácticas terapéuticas ya no estrictamente ligadas a la enfermedad mental sino a la realización de ideales de bienestar psíquico y, finalmente, una comprensión creciente en los Estados y los políticos de que debe asumirse orgánicamente este nuevo campo, son expresión elocuente de que asistimos a una recomposición profunda en el modo social de existencia de una disciplina de lo mental (Galende, 1990,185).
Este nuevo campo que se configuraba convocaba distintos saberes y requería nuevos modos de intervención, que remitían como objeto tanto a los grupos como a las instituciones y la comunidad. He aquí el punto de partida para otras “políticas sociales y comunitarias en salud mental (…) se trata de intervenir técnicamente abarcando al conjunto de cuestiones implicadas y haciendo participe al sujeto y la comunidad en la búsqueda de soluciones” (Galende, 1990, 191-2). Serán estos psicólogos/as, trabajadores sociales-entonces asistentes sociales- y terapistas ocupacionales entre otros quienes comenzarán a bregar y encarar modificaciones en esos programas, harán una lectura diferente del acontecer en esos ámbitos e interpelarán los aspectos más cristalizados. También propondrán nuevos abordajes de la problemática a través de la integración de equipos interdisciplinarios.
Este despliegue de prácticas y acciones denotará la necesidad de incorporar otros contenidos a los planes de estudio y programas de las asignaturas, ya que las teorías y técnicas que las sustentaban eran adquiridas, en su mayor parte, por fuera de la formación académica. De este modo, a fines de la década y comienzos de los setenta se diseñará un nuevo plan de estudios.