Los medios masivos de comunicación mucho han tenido para decir acerca del fenómeno social “Ni una menos”. En este apartado analizaremos comentarios realizados por distintos varones en una nota periodística publicada al día siguiente de la marcha (Diario Clarín, 2015) utilizando como eje el concepto significaciones imaginarias sociales de Cornelius Castoriadis (1997).
Comentarios tales como “El día que las minas mueran en la guerra, que caigan en la cárcel, que califiquen para puestos técnico/profesional, que levanten la pala, que se lleven a los chicos en una proporción miti-miti con hombres hablamos. Hasta entonces, siguen dependiendo de nosotros y les gusta depender. Cierren el **** y vayan a laburar.”, ó “¡Repudio total a esta marcha del odio hacia los hombres! Lamentablemente somos una sociedad cada
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vez más feminista e irremediablemente misándrica. Ojo, los hombres tenemos buena parte de la culpa de esto.” nos llaman a la interpretación, a dilucidarlos.
Castoriadis plantea tres funciones de las significaciones imaginarias sociales: estructuran las representaciones del mundo, designan la finalidad de la acción, y establecen los tipos de afectos característicos de una sociedad (1997, 158). De esta manera, nos producen como sujetos sociales, es decir, modalizan la subjetividad.
Nos preguntamos ¿qué hace que tantos hombres y tantas mujeres justifiquen los actos de violencia hacia la mujer? Una posible respuesta necesariamente debe servirse de la categoría de patriarcado, y las significaciones imaginarias sociales que lo sostienen.
El patriarcado ha sido definido por múltiples corrientes teóricas, siendo muy complejo definirlo de una sola manera.
Consideramos pertinente introducir aquí la definición que propone Marta Fontenla: “un sistema de relaciones sociales sexo–políticas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclases e intragénero instaurado por los varones, quienes como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres también en forma individual y colectiva y se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos, ya sea con medios pacíficos o mediante el uso de la violencia.” (Fontenla, 2008, 258) Si bien el patriarcado resalta el poderío masculino, este sistema social, económico y cultural no es sin las mujeres. Siguiendo la microfísica del poder que nos propone Foucault (1995), el patriarcado opera desde abajo, atravesando el tejido social de manera reticular. No distingue sexo, clase, etnia; aunque opere de diversas maneras según el contexto.
En tanto fragmentos ambulantes de la sociedad (Castoriadis; 1997), en nuestras opiniones emitimos juicios de valor que son propios de esta sociedad en particular, reproduciendo y produciendo ciertas lógicas. Así, los comentarios que son objeto de este análisis nos permiten dar cuenta de la recursividad desde la que pensamos la producción de subjetividad: producen sentido a la vez que son producidos por el mismo orden social que los crea. En un intento de comprender, podemos pensar que estos comentarios responden a un imaginario social instituido, siendo sustentados en aquellas significaciones imaginarias sociales propias del patriarcado. Los sentidos que se deslizan a través de estos, dan cuenta de que, en una época en que se rechaza profundamente la violencia hacia la mujer, aún subsisten discursos que la legitiman: “si se portan como mujeres de verdad nadie las va a matar”. A pesar de que se intenta deconstruir los mitos que han contribuido a la des-igualación de la diferencia entre el hombre y la mujer (Fernández, 1993), aún imperan discursos machistas, discursos que profundizan esta desigualdad.
Lejos de intentar justificar los comentarios que son objeto de análisis en este escrito, podemos pensarlos también como una expresión de rechazo a lo que el sistema patriarcal espera del varón. Así como la sociedad impone ciertos atributos a la mujer, generalmente asociados a lo sentimental y sensible, también del varón se espera que sea fuerte y racional. Así, un varón, haciendo alusión a que debería haber una marcha contra “las mujeres
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asesinas”, agrega: “¿cuándo vamos a perder.... la vergüenza para manifestarnos...?”. Otro varón, “Una marcha de feminazis que solo profundiza la desigualdad de género y el odio, y la gilada se prende. La violencia está en todos lados, no solo contra las mujeres. Ojo que si una mujer me pega soy un pollerudo y dominado”. El patriarcado necesita de varones fuertes para subsistir, que teman a ser vistos con características femeninas, y esto también es denunciado en la marcha, tal como veíamos con el análisis del cartel “Criemos hombres, no machos”.
En los últimos años se ha tergiversado el sentido político de las corrientes feministas, creando neologismos tales como “feminazi”, e instaurando una lógica de enemistades: el feminismo como el odio al hombre. Al mismo tiempo, estos sentidos hacen de los feminismos uno solo, uno que pretendiese instaurar una especie de matriarcado y desconociendo que en realidad la lucha que reivindican los feminismos (que se desliza también en la marcha Ni una menos) es la de romper con las lógicas binarias, sexistas, del hombre como medida de ambos sexos.
Por otro lado, estas significaciones imaginarias sociales que se deslizan en los enunciados que elegimos, enfatizan el rol de la mujer como culpable, siendo esto una forma de negar la responsabilidad que el varón tiene en cuanto a deber reflexionar acerca del lugar jerárquico que históricamente se ha construido en torno a su posición respecto a la mujer.
En relación a lo que enuncian acerca de la violencia que la mujer ejerce hacia el hombre, es necesario aclarar que no negamos su existencia, y que repudiamos la violencia en sus múltiples expresiones. Sin embargo, en épocas en que las estadísticas son escalofriantes es necesario visibilizarlas, haciendo de este ejercicio de reflexión una postura ética y política. Como dijimos, es una urgencia histórica, y hay que responder a ella.