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Un mejor equilibrio: la principal fuente de ahorro de energía

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Cuando algún nadador se queja de que necesita desarrollar una pa- tada más fuerte, le recuerdo lo que aprendí no hace mucho tiempo el primer día que me puse unos patines. Al igual que miles de per- sonas, empecé a patinar porque parecía una forma divertida de ha- cer ejercicio aeróbico al aire libre, pero no fue tan divertido, al me- nos no la primera vez.

A los, más o menos, quince minutos tuve que darme la vuelta y marcharme a casa algo confuso. Tenía un dolor constante en la par- te inferior de la espalda que me molestaba tanto que tuve que dejar de patinar. Qué raro, pensé, son las piernas las que están haciendo todo el trabajo.

Tomé la determinación de persistir con este nuevo y “duro” ejer- cicio. Empecé a añadir más distancia en cada sesión para meter en cin- tura esos músculos flácidos de la espalda, los músculos, supuse, que necesitaba para patinar. Pero la siguiente vez que me até los patines, me di cuenta de que unos músculos débiles no eran la causa de mi fa- tiga, sino una forma deficiente al patinar. Algunos patinadores se des- lizaban sin problemas, la velocidad parecía generarse del balanceo de un lado a otro. Había otros que daban bandazos y se movían con es- forzados empujones. Observando desde lejos empecé a darme cuenta de que la diferencia no estaba en la fuerza muscular de la espalda o de las piernas, sino en la transferencia del peso. Los buenos patinadores sabían en qué momento debían transferir el peso de un pie al otro.

Un buen patinador inclina todo su peso en el patín izquierdo y justo en el momento preciso transfiere todo el peso al derecho. Co-

mo el resto de los patinadores que iba dando bandazos, desconocía esta técnica. La mole de mi cuerpo de 90 kilos se tambaleaba de- masiado y se pasaba del centro de gravedad, por lo que los múscu- los de la espalda tenían que acudir en mi rescate para evitar que me cayera. Estos músculos acabarían siendo lo suficientemente fuertes para hacer la tarea, pero me habría convertido en un patinador fuer- te y malo, en lugar de en un mal patinador. Resultaba mucho más inteligente aprender a mantener el equilibrio.

Algunos nadadores decepcionados cometen el mismo error. Sa- ben que las caderas y las piernas parecen arrastrarse demasiado por debajo de la superficie del agua. Con un poco de suerte también sa- ben que no sólo es el error más común junto con el de la brazada, sino también el más grave. Sin pensarlo dos veces, agarran una ta- bla y largo tras largo practican la patada con resignación con la es- peranza de que esto fortalezca sus “problemáticas” piernas.

Pero el problema no son las piernas.

Al igual que yo me di cuenta con los patines, una patada débil no es lo que les impide nadar mejor, sino un equilibrio deficiente. En el agua, esto puede corregirse prácticamente en el acto. Cuando se corrige, estos nadadores descubren felizmente que una “patada débil” ya no es un problema, sino que ya no necesitan dar patadas.

Obtener el equilibrio correcto en el agua no es un regalo de la naturaleza, sino algo que puede conseguirse con la práctica. Verá, el cuerpo humano no ha sido diseñado para flotar con eficacia en el agua. Hemos evolucionado para funcionar bien en tierra. Nues- tras largas piernas junto con un bajo centro de gravedad son per- fectos para la estabilidad y la movilidad. Por encima de la cintura somos casi todo volumen, con unos pulmones que funcionan como si fueran grandes fuelles. Esto significa que el torso flota mejor y que de cintura para abajo nos hundimos como las piedras. Es nor- mal que el extremo más largo y más pesado de nuestro cuerpo quie- ra hundirse.

Batir las piernas con fuerza para intentar compensar la forma en la que la naturaleza le ha diseñado, le agotará. Además, también es el modo más seguro para que le salga mal un triatlón, lo que menos necesita al salir del agua, cuando aún le quedan la bici y la carrera, son unas piernas con unos músculos reventados.

Lo que necesita es conocer el modo de subir las caderas al lugar donde corresponde.

La única forma de hacerlo es “presionando sobre su boya”. Fun- ciona de esta forma.

¿Qué pasa si empuja una pelota de playa en el agua? Claro, el agua vuelve a empujarla hacia arriba. El cuerpo tiene un punto que flota de la misma forma: el espacio que hay entre las dos axilas. Lla- mémoslo su boya personal.

Presione la boya en el agua y el agua la empujará hacia arriba. Sin embargo, si mantiene la presión en la boya, el agua empujará las caderas hacia arriba. Justo lo que quiere. Dejar simplemente que la presión del agua lleve las caderas hasta la superficie supone un gas- to menor de energía que si intenta levantarlas dando patadas.

Para hacer más sencilla esta tarea también puede utilizar el peso de la cabeza a modo de contrapeso. Recuerde que el cuerpo en el agua es como un balancín desequilibrado, con el fulcro situado en- tre la cintura y el esternón. El extremo más largo y que pesa más tiende a hundirse, pero si utiliza el peso del lado opuesto, el balan- cín se nivela fácilmente. Para hacer esto, imagínese que hay una ba- rra de acero que va desde la cintura hasta la parte superior de la ca- beza. Mantenga esta “conexión” intacta y esto le ayudará a elevar las caderas a la superficie. Si se rompe esta conexión, por ejemplo, si le- vanta la cabeza para respirar en lugar de llevarla hacia el lado con el giro del cuerpo, la fuerza de la gravedad hará que las caderas y las piernas se hundan de nuevo.

Más adelante, en el capítulo 8, aprenderá un ejercicio sencillo pa- ra presionar su boya en el agua hasta que se convierta en un reflejo

automático. También aprenderá a apoyarse sobre el pecho para “na- dar cuesta abajo”. Sólo con un poco de práctica, descubrirá que si presiona la boya al nadar, puede hacer que el agua soporte más el peso de la parte inferior de su cuerpo. De repente, sentirá las cade- ras más ligeras y las piernas rozarán la superficie del agua sin ape- nas esfuerzo, justo donde tienen que estar. Sentirá como si nadara cuesta abajo.

En la ilustración inferior se muestra la diferencia entre lo que ocurre cuando el cuerpo se hunde de forma desigual, al arrastrar las caderas y las piernas, y lo que ocurre cuando al presionar sobre la boya, se obtiene un equilibrio uniforme.

No garantizo que esto le resulte fácil a todo el mundo. A los que flotan menos (normalmente triatletas y corredores de complexión delgada), les resulta más difícil subir completamente las caderas ha- cia arriba. Si se encuentra dentro de este tipo, no se preocupe si el cuer- po está a dos o cuatro centímetros por debajo de la superficie. No se trata de intentar flotar como un corcho, sino de alinear las partes superior e inferior del cuerpo casi de forma horizontal a la superfi- cie, con las caderas y las piernas lo más cerca de ella. De este modo reducirá considerablemente la resistencia al agua. Observe lo que le ocurre a la velocidad al reducir la resistencia.

Sin embargo, un aumento considerable de la velocidad no es el mayor beneficio que la mayoría de los nadadores sentirá al aprender cómo obtener el equilibrio, pero se sentirán mucho más relajados en

el agua. En cuanto se dan cuenta de que el agua soporta más el pe- so del cuerpo, nadar resulta mucho menos agotador. Uno de mis alumnos, Don Walsh, de 52 años y de Nueva Jersey, se hizo tan ex- perto en nadar de forma relajada que tras completar la circunnave- gación a la isla de Manhattan, comentaba: “Me sentí fenomenal du- rante todo el recorrido y no sentí cansancio mientras nadaba”.

Las embarcaciones más largas son más

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