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MONTAIGNE: RENACIMIENTO Y DESARROLLO DEL ESPÍRITU MODERNO

In document La estética de Shaftesbury (página 53-68)

CONTEXTO CULTURAL Y POLÍTICO

MONTAIGNE: RENACIMIENTO Y DESARROLLO DEL ESPÍRITU MODERNO

A partir del siglo XV comienza el periodo de la historia de Europa denominado Renacimiento, cuyos comienzos son a la vez el inicio de la Edad Moderna. Para contrastarlo con la cultura que le antecedió señalaremos cuatro características principales:

1. Durante el Renacimiento se llevó a cabo un giro que se expresó en la secularización de la vida y de la cultura, abandonándose el interés por un mundo trascendente y renovándose de este modo el interés y la preocupación por los asuntos temporales y naturales.

2. Un sólo país europeo, Italia, logró sobreponerse a los demás gracias a su arte, su ciencia y el refinamiento de sus formas de vida, creando así una nueva cultura de muy alto nivel.

3. Al superar la tradición medieval, Italia resucitó una tradición mucho más distante en el tiempo, la tradición antigua, a la que devolvió vida y actualidad. 4. En el campo de la cultura, llegaron a ocupar el primer puesto las artes plásticas, con lo que los artistas consiguieron una posición que nunca antes habían disfrutado.

El Renacimiento no fue una época uniforme: una fue la situación del arte renacentista y otra la de la ciencia; el Renacimiento es una época compleja y variada tanto en sus límites temporales como en sus contenidos. Ciertos fenómenos culturales, ciertos conceptos estéticos hicieron ya su aparición por el año 1400, y existían todavía en el año 1600. Así, pues, no es infundada la afirmación de que el Renacimiento duró dos siglos (sin contar con los precedentes medievales, claramente la Corte de Federico Barbarroja II, el emperador alemán),

que empezó alrededor del 1400, cuando se inició la superación del Medioevo, el entusiasmo por lo antiguo, el predominio de Italia y la supremacía de las artes plásticas, y terminó en el último tercio del siglo XVI (1600) convertido en Manierismo.

Respecto a la lengua, las lenguas populares reemplazaron al latín como vehículo de la ciencia y del arte. Como consecuencia de la mayoritaria aceptación del principio de que sólo lo individual existe en la naturaleza, emerge el culto a la individualidad hasta llegar a veces a la extravagancia, por ejemplo, Il Sodoma135.

La transformación renacentista no fue algo general; la mayor parte del pueblo italiano, y más aún de los otros países europeos, en el siglo XV, e incluso en el XVI, vivía igual que en el Medioevo, y pensaba, trabajaba y viajaba sin que en sus costumbres, hábitos y mentalidad se hubieran operado acusadas transformaciones. Pero entre los escasos círculos de hombres cultos que pronto absorbieron las nuevas ideas del Renacimiento se encontraban precisamente algunos artistas y teóricos del arte.

El término “Renacimiento” tiene dos acepciones que lo justifican:

1) Renovatio hominis: una renovación de la humanidad, así como una elevación del hombre a un nivel más elevado.

2) Renovatio antiquitatis: una renovación del pasado, de la cultura y el arte antiguos.

Los hombres renacentistas hablaban de su “renacimiento”, pero esto lo hacían en escasas ocasiones, no siendo un término generalmente aceptado. Su popularización y divulgación se deberá a los historiadores del siglo XIX.

Las condiciones de la Italia renacentista eran muy similares a las que hacía dos mil años había gozado la Grecia de la era clásica. Su situación económica de entonces no era muy favorable, no obstante esto no impidió el desarrollo de las artes y de los estudios, y hasta parece haber contribuido a su florecimiento.

La estética de Vitruvio se estableció plenamente concordando con otra, también tardíamente asimilada por el Renacimiento en forma completa, que fue la de Cicerón. Y también para éste la belleza era una cualidad objetiva de las cosas y consistía en la disposición de las partes, afectaba a los sentidos y tenía las mismas variantes que las distinguidas por Vitruvio: era intelectual o corporal, formal o funcional, masculina o femenina, y sólo se hallaba plenamente realizada en la naturaleza. En su primera centuria, la estética renacentista se valió sobre todo de los conceptos hallados en las obras del arquitecto y del rétor antiguos.

135

Bazzi, G. A. (1477-1549), Il Sodoma. Pintor italiano de estilo suave, en cierto modo afectado, y dotado de una gran voluptuosidad.

La filosofía de Platón, y posteriormente también la de Aristóteles, no fue para ella sino un fondo, mientras que la doctrina de Vitruvio constituyó su verdadero sentido.

Sin embargo, de entre los grandes sistemas antiguos, el Renacimiento asumió prácticamente sólo dos: el platonismo y el aristotelismo aunque, con más o menos incidencia, incluye también las tres escuelas helenísticas o post-aristotélicas especialmente el escepticismo y el epicureismo. Además, ninguno de los grandes sistemas fue tomado en versión original. El platonismo fue asumido en versión neoplatónica, y del aristotelismo se rechaza su versión escolástica para ir a textos helenísticos o árabes. En Occidente, en realidad, no constituían novedad alguna, puesto que la escolástica también tuvo su platonismo y aristotelismo, igual que tuvo su propia vía moderna; es decir, que la Edad Media dejó un legado claramente compuesto de tres tradiciones: la platónica (en la interpretación agustiniana), la aristotélica (en la interpretación de Tomás de Aquino) y una propia (en la interpretación occamista). Esta última, la que más se aproxima a los conceptos modernos, parece ser mucho más moderna que la platónica y la peripatética y, no obstante, fue la que rechazó el Renacimiento. Las causas de dicho rechazo fueron de carácter exterior: por un lado, la renuncia de los filósofos humanistas ante la escolástica (de la que provenían los occamistas), y por otro, los escasos contactos entre Italia y el norte de Europa, donde los occamistas habían desarrollado sus actividades. Sólo Leonardo da Vinci conocía y estimaba sus tesis, pero éste no fue un filósofo profesional.

De entre las corrientes de la filosofía antigua, el Renacimiento no se interesó por renovar ni el estoicismo ni el escepticismo; tampoco es cierto que dominara sólo y exclusivamente el platonismo. En efecto, el platonismo fue el lema de los humanistas del siglo XV, pero en el XVI, una vez terminada la época de los humanistas, los filósofos, y sobre todo los estetas, se declararon partidarios del aristotelismo.

Respecto al platonismo renacentista, los estudiosos del Renacimiento se plantearon cuatro variantes de las ninguna fue un platonismo puro proveniente de Platón:

1. La primera fue una variante del platonismo fundido con el neopitagorismo, con especulaciones numéricas y elementos procedentes de las religiones paganas. Posteriormente sería aceptada por el pensamiento árabe.

2. El platonismo de Plotino y sus discípulos, consolidado en el siglo III de nuestra era, y denominado posteriormente “neoplatonismo”, fue una filosofía trascendente, abstracta y absoluta; una auténtica metafísica, jerárquica, emanatista, idealista e intuitiva. Adaptada por Pseudo-Dionisio a la ideología

cristiana, tuvo gran aceptación tanto en el Oriente bizantino como entre los escolásticos occidentales.

3. La tercera variante del platonismo fue una interpretación y transformación de la teoría de las ideas de Platón realizada en el siglo IV de nuestra era por San Agustín, quien las concibió como ideas divinas. Fue la primera corriente que llegó al Renacimiento, así como también la primera en desaparecer.

4. La cuarta de las variantes fue el platonismo científico que había asumido de Platón el método matemático y apriorístico de cognición, dejando de lado la metafísica y resultando así ajena tanto a los humanistas como a los teólogos y filósofos universitarios. Ésta fue la variante aceptada por Nicolás de Cusa. Petrarca, el primer humanista moderno, citaba a Platón, aunque en realidad no conociera en puridad su doctrina; en su época, la única variante del platonismo conocida en Occidente era la agustiniana. Mas antes de que acabara la primera mitad del siglo XV llegó a Italia una nueva oleada de Platonismo traída de Bizancio por los estudiosos emigrantes griegos, sobre todo Plethon y Bessarion, que dieron a conocer en Occidente los diálogos originales de Platón, además del griego, haciéndose profesores. De este modo, la interpretación agustiniana del platonismo quedaba reemplazada por la variante oriental, o sea, la neoplatónica, mística e irracionalista, unida a las construcciones herméticas. Fue éste el platonismo que asumió la Academia florentina, su principal foco renacentista en el siglo XV. En dicha Academia, Platón fue la máxima y suprema autoridad, pero fuera de sus muros sus influencias fueron más bien exiguas. En las universidades renacentistas - salvo contadas excepciones - la filosofía platónica no era enseñada ni estudiada. Platón era considerado un modelo de buena prosa, convirtiéndose en un ideal no sólo filosófico y poético sino casi religioso que prolongará su influencia en los místicos durante mucho tiempo.

En el siglo XVI, no predomina ninguna escuela filosófica pero se construyen los materiales para que aparezcan las dos grandes escuelas filosóficas modernas, esto es, el racionalismo y el empirismo. En el XVI se crean las bases importantes de la ciencia moderna, especialmente con el método de Galileo y los avances astronómicos de Copérnico, Kepler y el mismo Galileo a pesar de los impedimentos de la Iglesia y las Universidades, ancladas todavía en una interpretación demasiado literal de la Física de Aristóteles.

Aristóteles tuvo que esperar unos 1.500 años para que se le reconociera en el mundo latino, empezando a ganar popularidad hacia finales del siglo XII. Los árabes acogieron su doctrina antes, pero la encaminaron hacia el panteísmo. Además, la interpretación escolástica vino tarde: la Edad Media conoció a Aristóteles en el siglo XII, lo reconoció en el XIII y

comenzó a criticarlo en el XIV. Y fue ésta una aprobación parcial, porque en los puntos teológicos en los que Aristóteles no cuadraba con el cristianismo fue sustituido por los grandes escolásticos, Santo Tomás y Pedro Lombardo. Respecto a la filosofía, Italia no fue un país muy avanzado; la filosofía de Aristóteles llegó allí prácticamente en el siglo XIII, es decir, cuando aparecieron los primeros indicios del humanismo. Pero, por otra parte, se cultivó hasta finales del siglo XVI, así que el aristotelismo fue en Italia y en el resto de los países latinos un fenómeno genuinamente renacentista. La espiritualista Academia Platónica de Florencia, y la naturalista y aristotélica Universidad de Padua constituyen el contraste de pensamiento más evidente y substancial del Renacimiento. En el siglo XV, los tiempos de Ficino fueron la gran época de la Academia florentina y del platonismo renacentista, mientras el siglo XVI puede ser considerado como la época de esplendor de la filosofía paduana. Sólo a principios de este siglo se produciría cierto acercamiento entre ambos extremos.

Ésta era la situación en el siglo XVI. Al terminar la centuria se produjo un alejamiento de Italia - y de Padua en especial - del aristotelismo, no tanto en el terreno filosófico como en el de la física. Esto sucedió gracias a Galileo que ejerció como profesor en la Universidad de Padua en los años 1592-1610, o sea, ya en los umbrales de una nueva época. Desde principios de esta época, la estética constituía una parte importante de la filosofía florentina, lo que no puede decirse respecto a la de Padua, aunque Galileo hiciera hincapié en su teoría científica en la armonía del universo, pero esto eran atisbos y no reflexiones estéticas en sentido estricto. De este modo, mientras la estética de Platón se aplicó más a las Bellas Artes, Aristóteles toma la revancha en el terreno literario puesto que su preceptiva poética continuará influyendo hasta marcar el nacimiento de los clasicismos del XVII, en especial en Francia con Boileau.

Fue entonces precisamente cuando se publicó la Poética de Aristóteles. La obra fue acogida con entusiasmo por los escritores latinos, pareciéndoles un modelo insuperable y único de tratar el tema científicamente, por lo que se dio la coincidencia de que justo en el momento en que decaía la popularidad del aristotelismo, su influencia sobre la poética - e indirectamente sobre toda la estética - llegaba a su cenit. Así, pues, el siglo XV fue el siglo de la estética platónica, mientras que el XVI lo sería de la aristotélica; el predominio de la primera se debió a los humanistas, y el de la segunda, a la filosofía académica.

De este modo, las artes plásticas en el periodo anterior al Renacimiento fueron clasificadas como artes mecánicas en el terreno del artesano, y será el Renacimiento, al juntar la tradición artesana de la poíesis “como hacer” con la corriente de la poíesis “como inspiración”, lo que hará surgir el gran arte del Renacimiento, y será incluso la base del

método científico de Galileo que aprovecha la experiencia artesanal de los talleres italianos para darle base experimental a su método organizado por la razón.

Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592) es el primer gran representante del espíritu moderno, secular y racionalista, y como tal tiene muchos puntos en común con Shaftesbury.

Montaigne, al igual que Shaftesbury, no fue un pensador sistemático. De hecho, presentó sus ideas de un modo deliberadamente asistemático, y le gustaba ser ambiguo e irónico, siendo toda su obra un extenso “soliloquio”: “Sólo me interesa mi yo”. A veces coinciden casi completamente en sus opiniones. Uno de los placeres al leer a Montaigne es el encontrar constantemente posibles significados nuevos en sus escritos; lo difícil es decidir si un determinado significado era o no el propuesto. Según Shaftesbury, la mejor manera de convertirse en un necio es el creerse cualquier tipo de sistema.

Al igual que Shaftesbury que proclamaba la educación del virtuoso, las reflexiones de Montaigne acerca de la educación de los niños están expresamente relacionadas con la enseñanza de un caballero, y hacen hincapié en la necesidad de evitar lo que él denomina pedantería136. Su ideal es el del aficionado, el diletante, y le gustaba dar la impresión de que no estudiaba, sino que hojeaba sus libros “sin orden, sin método”; de que no trabajaba sus escritos, sino que ponía en ellos lo que se le pasaba por la cabeza; y de que su propósito al escribir, como declaró en el prefacio de los Ensayos, era puramente “doméstico y privado”137, en interés de su familia y amigos, y no del público en general.

Como Shaftesbury, proponía el retiro para conocer mejor lo que hay de auténtico y de convencional en nuestro yo. En 1570, a la edad de 30 años, vendió su puesto de magistrado (recordemos que Shaftesbury abandonó también el suyo en el Parlamento inglés para dedicarse a la lectura y la reflexión) y se retiró a la propiedad que había heredado a la muerte de su padre dos años antes. Se recluyó en su biblioteca, en el tercer piso de una torre redonda, estancia que decoró con inscripciones en griego y latín.

El movimiento humanista, que floreció en los siglos XV y XVI, duró demasiado e incluyó a demasiadas personas como para ser uniforme. Siendo distintos entre sí como eran (o llegaron a ser), los humanistas coincidieron en su admiración por la antigüedad clásica, su creencia en que la sabiduría de los antiguos podría reconciliarse con el cristianismo, y su central preocupación por el hombre. Al igual que Sócrates, pensaron que el conocimiento de uno mismo era la cosa más importante, y no el conocimiento de la naturaleza.

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Montaigne, Michel de, Essais, nouvelle édition avec les notes de tous les commentateurs, choisies et

complétées par M. J. V. Le Clerc, précédée d’une nouvelle étude sur Montaigne par M. Prevost-Paradol, 4 Vols., París, Garnier Frères, 1865, Tome Prémier, Chapitre XXIV “Du pedantisme”, pp. 168-186.

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Montaigne compartió los intereses y actitudes humanísticos. Si bien es posible que supiera poco griego, su latín era excelente. Estimó mediocre a su propia época, como hiciera después Shaftesbury, comparada con las glorias de la antigüedad, y los antiguos fueron su punto de referencia para juzgar el presente, igual que lo fueron para los humanistas. Como Sócrates, Cicerón y los humanistas, creía que el estudio propio de la humanidad es el del hombre: la condición humana, no el universo físico. La primera cosa que un niño debía aprender era a “conocerse a sí mismo”138, esto es, “cómo vivir y morir bien”. Shaftesbury hablaría del mismo tema en términos similares.

Montaigne no fue un humanista “típico”, suponiendo que los haya habido. Era demasiado individualista para ello. Indudablemente, no fue un neoplatónico, como tantos humanistas. Juzgó pesados los diálogos de Platón, y sin duda disfrutó, al decirlo públicamente, con lo que llamaba su sacrílego descaro. Consideraba que tenía más valor conocer bien la propia lengua, y acaso la de un país vecino por añadidura, que saber latín y griego. No pensó que la autoridad de los antiguos fuera decisiva. De cualquier modo, hace una ferviente defensa de las lenguas modernas cuando todavía la costumbre era escribir en latín, con lo cual está revelando que le da más valor a la experiencia vital que a las dudosas autoridades transmitidas por las lenguas clásicas. Busca la sencillez de expresión, como más tarde va a defender Shaftesbury. A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, Montaigne no creyó, como Shaftesbury, en autoridades (a excepción de la Iglesia). Como hemos indicado, opinó que buena parte de la enseñanza clásica era una inútil pedantería. Manifestó que preferiría entenderse a sí mismo que a Cicerón. Tenía escasa confianza en la razón humana. Era, sin duda, un humanista atípico. Si dicho término aún parece aplicársele con propiedad, después de todas esas matizaciones, es a causa del constante uso que Montaigne hace de la antigüedad clásica como punto de referencia, y de su admiración por ciertas personalidades antiguas, como Sócrates o Plutarco.

Que sais-je? ¿Qué es lo que sé? es la frase que la posteridad ha asociado más íntimamente a Montaigne. Sobre las vigas de su gabinete, Montaigne había inscrito: “lo que se sabe de cierto es que nada es cierto”, y “suspendo el juicio”. Esta última frase era una de las ocho citas, todas sobre lo mismo, tomadas del filósofo clásico tardío Sexto Empírico. Su definición del principio básico del escepticismo139 es “la oposición a toda proposición de otra proposición que la compensa”, y la suspensión del juicio entre las dos, fundada en que no sabemos ni podemos saber cuál es la correcta.

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Ibid., Tome Quatrième, Chapitre XIII – “De l’experience”, pp. 99-186, 116.

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A veces se dice que Montaigne se retiró a su torre para atravesar aislado, al igual que Shaftesbury en su casita del bosque, su “crisis escéptica”. Se había retirado de la vida pública, pero no estaba intelectualmente aislado. Leía a Sexto Empírico, Cicerón, Erasmo, Agrippa, de Brués y otros. El problema del escepticismo fascinó, sin duda, a Montaigne. Desde el primer ensayo hasta el último, subraya la variedad de las opiniones humanas y, por consiguiente, su falta de fiabilidad. Según él, no hay dos hombres que tengan nunca la misma opinión acerca de la misma cosa. Critica tanto las predicciones de los quirománticos como los diagnósticos de los físicos, subrayando los desacuerdos existentes entre los profesionales de ambas partes acerca de las maneras en que deben ser leídos los “signos”. Una por una, las ideas escépticas

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