la relación saber-poder. Una historia de fisuras y se-
paraciones, de especializaciones y reducciones”. Pri-
mero la separación de la teología y la filosofía, luego la separación de la filosofía y las ciencias. “La filo- sofía y las humanidades son catalogadas como no- ciencias, un conocimiento inferior, hasta convertirse
en superfluas frente a la razón instrumental”. Luego, “dentro de las ciencias se traza una nueva frontera
entre ciencias físicas (naturales) y las ciencias socia-
les. […] El resultado es la constitución de tres cul-
turas del saber: las ciencias naturales –‘duras, exac-
tas’–, las ciencias sociales y las humanidades como disciplinas separadas”. Las universidades se organi- zan paralelamente sobre la base de este patrón: el modelo napoleónico de las facultades (Saltos, 2009).
En el capitalismo tardío llegamos a una nueva ruptura entre ciencia y tecnología; la propia ciencia cae víctima de la utilidad, para dar paso a la proclamación de la su- premacía de las tecnologías, y reducir la educación a la adquisición de tecnologías adecuadas, las competencias, para el éxito profesional. (Saltos, 2009)
Pero este no es un camino lineal. En forma pa- ralela se ha escrito la otra historia que hoy se pre-
senta como la exigencia de la reintegración de la
ciencia y como un diálogo civilizatorio de saberes. Y se presenta como gérmenes y signos de las luchas antisistémicas de los pueblos.
La universidad en América Latina es necesaria solo en la perspectiva de la relación entre ciencias y humanidades, en la perspectiva del poder del pen- samiento crítico que es su fundamento. La universi- dad pública, en particular, es necesaria solo si entra a disputar la producción de conocimiento y la for- mación de los líderes de la sociedad y del Estado; si recupera su carácter creativo.
La alternativa pasa por volver a conectar los tiempos de la reforma en nuestro continen- te: los tiempos de Córdoba en el nacimiento del Estado nacional-liberal, los intentos truncos de la Segunda Reforma en nuestro país, el escla- recimiento y desmarcamiento de campos con la modernización actual. El reto es salir de los
muros formales de la excelencia o la califica- ción para desatar las fuerzas de la creación y la crítica. Pero allí el poder del orden se vuelve la nueva frontera.
América Latina es a la vez extremo Occiden- te y originalidad que proviene desde la raíz de los pueblos originarios, indígenas y afros. El camino de la reforma universitaria pasa por un modelo barro- co que abra el cauce de un diálogo fructífero entre las formas occidentales de conocimiento y saberes y los aportes de la originalidad latinoamericana. Parafraseando a José Carlos Mariátegui, también la
universidad latinoamericana “no es calco ni copia, sino creación heroica”.
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Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie,
…y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957) El Gatopardo
El Consenso de Washington trazó una serie de lineamientos para la privatización de las em- presas públicas, entre otras razones, para combatir
al “estatismo” considerado como uno de los gran- des culpables del subdesarrollo y el atraso. A esta y otras posiciones y actitudes se las denominó po- líticas neoliberales, que a la postre condujeron a muchos países a una crisis sin precedentes. Otras voces también han llamado a este fenómeno como
“capitalismo salvaje”, por ser considerado la ex-
presión más extrema de la derecha conservadora
y fundamentalista.
Esta debacle del capitalismo –especialmente
financiero– fue también designada como “la larga y triste noche neoliberal”, la misma que produjo un
gran nivel de rechazo y de resistencia por buena parte de la población mundial, que reclamaba un cambio radical a través de una propuesta diferen-
te a los discursos de la “libertad de mercado” y su capacidad de auto regulación automática (“la mano invisible”). Ese sentimiento fue identificado por al- gunos políticos –especialmente autodenominados de izquierda progresista– que capitalizaron todo ese descontento y que, en el caso ecuatoriano, per- mitió a Rafael Correa llegar a la presidencia.
Se aspiraba a un cambio profundo, que con el
gobierno de la autodenominada “revolución ciuda-
dana” implicaría sentar las bases para un cambio
sistémico a través de una revolución integral y es-
tructural. Pero lo que se ha producido es un “cam-