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En la organización de la Internet se percibe una influencia del pensamiento oriental, cuando se nota la inquietud por la totalidad, además de las partes. Para comprender la dimensión de esa totalidad, también podemos recorrer a Karel Kosik (1995: 43) para decir que “en la realidad, totalidad no significa to- dos los hechos, la realidad es un todo estructurado, dialéctico, en el cual o del cual un hecho cualquiera (clases de hechos, conjunto de hechos) puede venir a ser racionalmente comprendido”.

La totalidad es un proceso sociohistórico en devenir permanente, no aca- bado, y los sujetos son mediados por objetos, conocimientos y cosmos. La di- mensión gnoseológica está en entender aquello que el hombre percibe como posible, el inédito viable, lo que puede derivar en múltiples realizaciones, desde que exista la comprensión, o sea, las conexiones posibles.

En la visión cosmológica, la red de comunicaciones está en estrecha re- lación con la expansión de la energía. La red abierta es constituida por nexos y en el fluir de la energía (información) se busca la armonía entre naturaleza, hombre y tecnología.

Organizar grandes redes sin perjudicar la naturaleza del fluir de esas ener- gías, en lo que se refiere a su duración, es un gran desafío en la actualidad. Según esa lectura, la energía es mucho más real que la materialidad, ya que se actualiza en los múltiples desdoblamientos y, al crear, se va diferenciando. Es esa diferencia que torna la creación un proceso continuado, en el cual el entrelazado de los opuestos influye modificando la materia, teniendo como cer- teza la imprevisibilidad (lo imprevisible) del próximo estado. Pero esa idea nos enfrenta con la noción de compasión y responsabilidad universal en dependen- cia coemergente, porque cada eslabón está conectado a una multiplicidad de relaciones, causas o situaciones. Aquí la complejidad es entendida como una modalidad de pensamiento que invierte en la polifonía de ideas y en el rescate de la multiplicidad y no en el movimiento lineal de causa-efecto.

El cibernauta opera como el nauta de épocas remotas. El nauta, aquel que navegaba para adentrarse en el mar, necesitaba no sólo de coraje, también de liderazgo para orientar a los otros. Precisaba de mucha curiosidad, empatía, solidaridad e intuición, porque no disponía de carta náutica y la red era una herramienta de sobrevivencia.

En la obra O zen e a arte da Internet, Brendan Kehoe (1994) procura mostrar las potencialidades del mundo cibernético y nos introduce en la utiliza- ción de la Internet, procurando superar las resistencias que aún permanecían. Él considera importante el aprovechamiento de los documentos electrónicos encontrados en la Internet y siempre agradece a sus autores por esa producción solidaria. Sostiene que ante un problema en el ámbito de la Internet, llega ayu- da de donde menos se espera.

Kehoe propone orientaciones para conectar instalaciones (sitios) con los códigos a ser digitados en determinados prompts, y usa el concepto de “interfa- se del usuario salvaje” para decir cómo actuar para que el uso de la Internet no se asemeje a una caza en la selva. Parte de la premisa de que tal suceso está en manos de personas bien formadas, instruidas e interesantes que existen atrás de los hilos y de las computadoras.

Ingresar en la Internet puede asustar, por su dimensión y tamaño, pero se debe evitar una sucesión de pánicos. El zen es una organización creada por Kehoe para ayudar a novatos en el mundo de la informática y también inves- tigadores experimentados. Aunque esta organización no tiene relación con la doctrina zen budista, el sitio ofrece links revelando la influencia del pensamien- to oriental.

Se debe observar que a partir del principio zen, intrínseco en la Internet, se busca superar la dualidad entre el mundo de las apariencias y el de la plenitud. Parece que se llega al estado zen por medio de la Internet, cuando, delante de la pantalla, tomamos conciencia, por el mirar y escuchar, de lo que ocurre en torno del texto: tanto la ausencia como la presencia o la distancia, todo conflu- yendo para formar parte de ese instante.

Internet genera un dominio digital de la realidad denominado ciberes- pacio, término acuñado por Willam Gibson en su libro de ficción científica

Neuromancer (1984). El ciberespacio es una dimensión no física o territorial,

informaciones, en las más diversas formas, circulan de forma permanente. En el romance de Gibson, las personas pueden conectarse por medio de

chips implantados en el cerebro. El útero de la civilización posindustrial es Matrix. Allí los cibernautas se introducen y forman infinidad de comunida-

des. Estos pueblos salen en busca de la información para su sobrevivencia, y así se establece una conexión neuronal directa con el ciberespacio, en di- mensión geométrica.

Cuando se comprueba la cantidad de páginas web creadas cada segun- do y el avance de las redes orgánicas que se aproximan cada vez más al ce- rebro, se percibe que la realidad está superando a la ficción. Así, los israelíes crearon la computadora de dNa, un sistema en que moléculas de dNa (ácido

desoxirribonucleico, la estructura química del código genético) son usadas para procesar información, exactamente como lo hacen las computadoras tradicionales (“Israelenses...”, 2001). La Internet realmente está consi- guiendo derribar certezas y modificar las formas de producción de relacio- nes sociales educativas y, con eso, la manera de ser y estar en el mundo.

El espacio virtual, producido en la interconexión de las computadoras y por la inmersión en la red, intermedia la realidad conocida por nosotros y la virtual, que parece existir sólo a partir de esta confluencia. Algunos teóricos se refieren a ese espacio como transaccional, un enorme hipertexto con múltiples conexiones.

El mayor exponente de esa idea fue Theodore Nelson, que acuñó la noción de hipertexto para referirse a un conjunto de textos interligados en- tre sí por links y remisiones, en los cuales se pueden adicionar, retirar y modificar partes.

En el texto electrónico esas remisiones se realizan por medio de coman- dos que se unen directamente con los elementos asociados. El hipertexto, constituido por bloques de palabras e imágenes electrónicamente unidos en trayectos múltiples, permite el entrelazado espacial en una textualidad inacabada, que no se impone a una o a otra red. El texto significante, no siendo una estructura de significados, posibilita varias entradas, sin que ninguna de ellas sea la principal. Los lectores, por medio de links, se conec- tan al propio texto por diversas vías, en caminata o a saltos, tejiendo letras, iconos, sonidos, fotos, imágenes (fijas y móviles) y voces.

Así, una de las características del hipertexto se refiere a la autoría, ya que el lector irá haciendo, conforme a su repertorio e intereses, las remisio- nes hasta conformar su propio texto. El conocimiento de la gramática de la pantalla y del uso del lenguaje informático hace también diferencia en el momento de los enlaces.

En el espacio hipertextual, cualquier nudo o conexión, cuando analizado, puede revelar- se como siendo compuesto por una red. La relevancia del ciberespacio está en el uso de la recursividad, de las formas geométricas complejas generadas por la computadora y que dan origen al arte fractal. Las figuras geométricas generadas [...] son similares a las encontradas en las hojas de los helechos, en el sistema circulatorio [...] (Gomez, 2002: 67).

La red computacional es relacionada también con la noción de sistema, para referirse a un conjunto de elementos relacionados entre sí, a través de múltiples conexiones entre participantes (personas, grupos u organizacio- nes), identificados y reunidos por intereses comunes.

Recientemente fue confirmado que la arquitectura subyacente a varios sistemas complejos es gobernada por polos de convergencia e irradiación, sin escala. Barabási y Bonabeau (2003: 66) afirman:

Muchos sistemas complejos presentan una importante propiedad en común: ciertos nu- dos poseen una cantidad enorme de conexiones con otros nudos, en tanto la mayoría de los nudos tiene pocas conexiones. Los nudos más visitados, denominados polos de irradiación y convergencia, pueden tener centenas, millares o millones de links. En ese sentido, la red parece no tener una escala.

Concordamos con los autores en que la comprensión de las caracterís- ticas de las redes sin escala puede contribuir bastante para entender y lidiar con el complejo mundo interconectado.

Las computadoras permiten redes de interfaces abiertas a nuevas co- nexiones, imprevisibles, y pueden transformar radicalmente el ser-estar en el mundo. Por la “inteligencia colectiva”, propuesta por Pierre Lévy (1993: 102, 103 y 135), no hay identidad estable en la informática. El autor parte

del análisis de redes y de su evolución, antes de existir la informatización. En el centro de la red digital, Lévy (1993: 103-104) localiza cuatro polos fun- cionales que sustituirían la imprenta, la edición, la grabación musical, la ra- dio, el cine, la televisión, el teléfono, etcétera. Esas cuatro funciones son:

1. La producción o composición de datos, de programas o de repre- sentaciones audiovisuales (todas las técnicas digitales de ayuda a la creación).

2. La selección, recepción y el tratamiento de los datos, de los sonidos o de las imágenes (las terminales de recepción inteligentes). 3. La transmisión (la red digital de servicios integrados y los medios,

como los discos ópticos).

4. La función de almacenamiento (los bancos de datos, de imágenes, etcétera).

Estos polos funcionarían como complejos de interfaces en la relación del sujeto con el objeto de conocimiento. Según ese autor, la inteligencia, o la cognición, es el resultado de redes complejas donde interactúan numerosos actores humanos, biológicos y técnicos. No soy “yo” que soy inteligente, soy “yo” con el grupo humano del cual soy miembro, con mi lengua, con toda una herencia de métodos y tecnologías intelectuales, dentro de las cuales está el uso de la escritura. Así, no sería posible producir fuera de la colectividad, desprovisto de tecnologías intelectuales.

Según Pierre Lévy, los actores de la comunicación remodelan sus uni- versos de sentido o de significación en hipertextos, los cuales él caracteriza por medio de seis principios:

1. De metamorfosis, según el cual la red está en permanente construc- ción y renegociación.

2. De heterogeneidad, de los nudos y de las conexiones hipertextuales. 3. De multiplicidad y de encaje de escalas, por la organización fractal. 4. De exterioridad, pues depende de un exterior indeterminado. 5. De topología, pues funciona por proximidad y contigüidad. 6. De movilidad de los centros, ya que posee ramificaciones múltiples.

En la constitución de redes con ramificaciones y polos diversos, es nece- sario entender que la globalización también incluye una política económica operada por medio de las tecnologías de la información y de la comunicación, que favorece la distribución en todo el planeta. Esa nueva ordenación está produciendo la mayor paradoja de los últimos tiempos: la exclusión de la mayoría, afectando los procesos de identidad y de subjetividad.

La inteligencia colectiva parte de la utopía de lo inestable y de lo múl- tiple, lo que podrá tornarla libertaria es: la globalización de las riquezas, de la educación, de la salud, del transporte, de la alimentación, de lo mejor de la humanidad. Las relaciones de poder aparecen en todas partes por medio de la técnica y tenemos como obligación tornarlas útiles para la formación y para las necesidades populares.