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REFORMA POLÍTICA DEL ESTADO Y MOVIMIENTO INDÍGENA

para los politiqueros. La práctica del diá-logo para el conjunto de las nacionalida-des y pueblos indígenas constituye una di-mensión social e histórica irremplazable, y tiene, además, una importancia radical en el vasto proceso del desarrollo organizati-vo del Movimiento Indígena Ecuatoriano. Su valor constituye una norma correspon-diente a una armónica relación y convi-vencia entre lo spueblos.

Esta dimensión permite sugerir consensos, buscar acuerdos y lograr la unidad. Así como también se advierten en el proceso del diálogo los disensos, las crí-ticas y autocrícrí-ticas. La convergencia de in-tereses obviamente requiere que un tema concentre el interés y conlleve en sí un contenido profundo del bien común.

Las experiencias concretas del le-vantamiento indígena del año 1990, en-trañan elementos válidos por su conte-nido:

• demandas de carácter reivindicativo, como la lucha legitimada por su al-cance territorial;

• políticas globales de interés del con-junto de la sociedad como la construc-ción de un Estado digno y plurinacio-nal.

Es más, el singular hecho de la irrupción social de un sector tradicional-mente postergado por la institucionalidad del Estado y los grupos retrógrados del poder, como son los pueblos indígenas, ha significado, de hecho, el acontecimiento más importante en la reciente historia po-lítica del país.

Lo trascendental de este levanta-miento indígena y las enseñanzas que de él pueden derivarse hacia el Estado y hacia la sociedad en su conjunto, es la instaura-ción de la PRÁCTICA DEL DIÁLOGO, cuya lección, lastimosamente, ha sido rele-gada por negligencia o por carencia de vo-luntad política para llevarlo adelante.

En efecto, uno de los valores intrín-secos de la coexistencia cotidiana de las Nacionalidades y Pueblos es el Diálogo, (rimanacui), y la democracia participativa (tucui pura) de todos los miembros de la comunidad en la toma de decisiones y en el control político a los dirigentes y a las organizaciones.

En el levantamiento indígena y en el diálogo realizado durante los eventos de 1990, el Ecuador y el mundo evidenciaron la presencia cuantitativa y cualitativa de valores e instituciones como las siguientes: • La voluntad y el respeto mutuo para un diálogo transparente, abierto y pú-blico, en igualdad de condiciones. • La elaboración de una Agenda para el

diálogo, denominado también como MANDATO, realizada desde los

con-sensos generados por las bases mismas del Movimiento Indígena.

• La participación activa de todos los re-presentantes de las nacionalidades y pueblos en las discusiones del manda-to.

• La presencia del Presidente de la Re-pública en los procesos del diálogo.

• La presencia de las Autoridades respec-tivas de todas las instituciones del Es-tado.

• La participación de la Iglesia ecuato-riana.

• La participación de la sociedad nacio-nal a través de los medios de comuni-cación.

Sin embargo, en el contexto de la

macro política de nuestro país, e incluso al

interior de las prácticas organizativas de varios actores sociales, no se vislumbra un avance en la cultura del diálogo, de hecho, prevalecen por doquier los monólogos, las imposiciones, la manipulación y la desin-formación.

De todas maneras, para un análisis de los resultados de la evolución actual de las relaciones entre el Estado y el Movi-miento Indígena, es necesario establecer dos niveles de análisis:

Por una parte, están las condiciones sociales y políticas en las que se ha desen-vuelto el Movimiento Indígena; esto es, una acción política y de cohesión interna debilitada, luego de las agresiones y adver-sidades instrumentadas desde la represión institucionalizada por un Gobierno que felizmente fue cesado en sus funciones.

En ese sentido, puede colegirse que las circunstancias que han fragilizado el cauce del diálogo se inscriben en momen-tos y en condiciones inapropiadas en lo que respecta a la participación cuantitati-va y cualitaticuantitati-va de los actores, sobre todo, de las organizaciones del movimiento in-dígena, lo que ha deslegitimado al proceso y ha disminuido sus contenidos prácticos,

desvaneciendo, de esta manera, la posible factibilidad del carácter propositivo para una acción más real y efectiva.

Como consecuencia de aquello es de resaltar, por así decirlo, la conducta maliciosa del Gobierno, al actuar desde una visión paternalista o al establecer unas reglas de juego que permitían la coopta-ción de algunos dirigentes y personalida-des indígenas, en tanto y en cuanto contri-buyan a capitalizar réditos políticos a su favor. El objetivo, en realidad, es el de con-vertir al conjunto del Movimiento Indíge-na en su bastión, acallando su voz, parali-zando sus acciones y desmantelando su fuerza y su poder.

Ello permite explicar la institucio-nalización del diálogo de manera unilate-ral bajo decreto ejecutivo. La carencia ab-soluta de una voluntad que signifique el reconocimiento profundo de los valores endógenos y el mutuo aprendizaje y reco-nocimiento de la diversidad entre los ecuatorianos, intensifica una posición ne-gativa represada por siglos: retardar aún más el conocimiento de lo diverso, y los prejuicios establecidos desde esquemas coloniales que no permiten la aceptación del otro.

Por otra parte, cuando el Movi-miento Indígena ecuatoriano comparece a la faz del mundo con la propuesta de la unidad en la diversidad, propone al mun-do entero una nueva forma de conoci-miento a través del diálogo, a través de la comprensión y el respeto mutuos. Enton-ces, para el movimiento indígena, es un imperativo profundizar “La Cultura del Diálogo”; el diálogo entre las culturas, o el

diálogo intercultural. De los consensos so-bre temas nacionales obviamente genera-dos desde los sectores sociales patrióticos, progresistas e instituciones democráticas, nacerán las respuestas, las alternativas y los proyectos que nuestro país tanto ne-cesita.

Es de primordial importancia rom-per el estancamiento, es una necesidad de primer orden la búsqueda de una plata-forma mínima común. Es saludable, en ese sentido, conceptualizar y repensar las prácticas y experiencias de los pueblos in-dígenas de nuestro país. Allí hay mucho que aprender.

Sin embargo, prevalece por doquier esa práctica de desconocimiento al otro, ese supuesto diálogo que en realidad es un monólogo, y que está cargado de autorita-rismo, y de desinformación. Es más, si nos remitimos a la concepción histórica y tra-dicional que ha caracterizado al actual sis-tema político “democrático”, percibimos la asociación de factores que son usados en la cotidianidad: el irrespeto, los prejuicios sociales, la injusticia, el racismo, la exclu-sión, la marginación, el desprecio a nues-tra propia historia, a nuesnues-tra propia me-moria ancestral.

Por ello, a los umbrales del tercer milenio, y cuando frente a la gran movili-zación nacional del mes de julio, el Gobierno ha propuesto nuevamente la realización de “mesas de diálogo”, es me-nester proponer un nuevo diálogo que signifique la ruptura del modelo de domi-nación política y económica, que impli-que la apertura de la sociedad entera hacia el reconocimiento al otro, que

democrati-ce de manera real y efectiva nuestra socie-dad, que signifique, en definitiva, descolo-nizar nuestras mentes y sentar los princi-pios de una sociedad verdaderamente de-mocrática, tolerante, justa y plurinacional.

La responsabilidad de construir una