El suicidio infantil es probablemente lo que más destroza a unos padres. También es uno de los principales problemas sociales, y cada vez más frecuente.
Aunque en Estados Unidos hay muchas «líneas de socorro por teléfono», a las que la gente desesperada puede llamar a cualquier hora del día o de la noche, y hay numerosos centros de prevención del suicidio, parece que se está perdiendo la batalla en este terreno. El suicidio es la tercera
causa de la muerte en los niños de seis a dieciséis años y, en muchas comunidades en las que hemos trabajado, hasta el treinta por ciento de los adolescentes ha tratado de suicidarse. ¿Por qué? ¿Qué se puede hacer al respecto?
No hace mucho una desolada madre me preguntaba totalmente desconcertada cómo es posible que un niño de once años se quite la vida. No podía comprenderlo, aunque tenía el valor de preguntar, de buscar, para tratar de prevenir otras tragedias de este
tipo en su familia. Le pregunté sobre las circunstancias que precedieron a la muerte de su hijo, y respondió simplemente:
«No pasó nada. Llegó del colegio con mal humor. Nadie le prestó mucha atención, con excepción de mi marido, que no soportaba las caras largas en la mesa. Antes de cenar le preguntó qué le pasaba, y él contestó que le habían suspendido dos evaluaciones. Mi marido se enfadó y le dijo que, puesto que él no se preocupaba, tampoco nosotros lo haríamos. Ordenó al resto de la familia que no lo mirásemos durante la comida. Mi hijo no tocó su plato y después de la cena se fue a su habitación. Cuando metí a los otros cinco niños en la cama, quise darle una lección, y me salté su habitación. Siempre había sido un buen chico. Era un niño muy normal que siempre hacía lo que queríamos.
Al amanecer oyeron un disparo y lo encontraron muerto. ¡Muerto, por dos suspensos!
Ésa es la tragedia de nuestra sociedad enfocada hacia el triunfo. Decimos a nuestros hijos una y mil veces: «Te quiero si traes buenas notas», «Te quiero si estudias el bachillerato», y «¡Dios!, lo que te voy a querer si un día puedo decir "mi hijo es médico"». Y así es como nuestros hijos se prostituyen para agradarnos, para comprar nuestro amor... ¡que no se puede comprar! Si comprendiésemos que nuestros hijos son dignos de ser queridos aunque no triunfen, que se los puede censurar y corregir por su mala conducta sin privarlos de amor, habría menos niños que se escaparían de casa, menos niños carentes de amor, autoestima y ganas de vivir.
Miles de escolares al regresar del colegio encuentran una casa fría y vacía, una comida fría, si es que la hay, y nadie con quien hablar. Una adolescente dejó un collage con la palabra «ayuda» y muchos signos y síntomas de su depresión. Nadie se fijó en esas señales hasta después de su muerte, cuando era demasiado tarde. Un niño indio dio un poema a su compañero de clase; el poema decía claramente que era incapaz de soportar estar encerrado en una escuela estricta y rígida. Se supo dos semanas después de encontrarlo muerto.
Multitud de niños carecen de recursos y no tienen a nadie a quien contarle sus problemas. Innumerables niñas pasan años sometidas a incesto y abusos físicos, sin poder confiar en ningún adulto, porque las amenazan con matarlas si lo hacen.
En los primeros cien casos sobre incesto en niños pequeños que tratamos, a más de la mitad los amenazaron de muerte si se atrevían siquiera a insinuar que «les había pasado algo». Ni que decir tiene que enmudecían cuando se los dejaba al cuidado de un padre, abuelo o tío sin escrúpulos, y algunos de ellos prefirieron morir antes que soportar más tiempo las torturas.
Casi todo el mundo —si lo piensa con franqueza— ha considerado en algún momento la posibilidad de «terminar con todo» y huir de la miseria de su existencia. Dag Hammarskjöld7 expresó con claridad
y belleza esos sentimientos en su libro Markings cuando dijo:
7Dag Hammarskjóld, secretario general de la ONU desde 1953, murió en accidente de aviación el año 1961, año en que recibió el Premio Nobel de la Paz. [N. de la ed.]
¡Esa es la forma en que tratas de conquistar la soledad y emprender el último vuelo de la Vida! ¡No! Quizá la muerte sea tu último regalo a la Vida, pero no debe ser un acto de traición hacia ella. Si un niño desesperado encuentra a alguien que se preocupe por él, que escuche su súplica de ayuda (muchas veces no verbal), se puede evitar un desastre.
En California, me encontré con un niño, sentado en un paseo, que parecía muy apenado. Para que consintiese en hablar conmigo, me senté a su lado y esperé, hasta que estuvo preparado. Después de unos momentos de hablar sobre cosas generales, le pregunté sin rodeos de qué huía. Tímidamente se levantó la camiseta y me enseñó un pecho cubierto de heridas viejas y recientes causadas por un hierro candente.
Me dijo que su madre lo castigaría otra vez al llegar a casa, y por eso había decidido escaparse. No sabía qué dirección tomar y le ofrecí llevarlo a casa. Cuando un coche se paró delante de nosotros, salió disparado y desapareció de mi vista. Traté en vano de encontrarlo. ¡Hay innumerables niños que sufren, y es posible que incluso sean vecinos nuestros!
Tenemos una gran tendencia a juzgar a los que tratan de suicidarse. ¿Habéis observado alguna vez al personal de un hospital cuando ingresan por urgencias por tercera o cuarta vez a un joven suicida? Muchos jóvenes pacientes recuerdan, años más tarde, la rabia y el disgusto mal disimulado de las enfermeras que por tercera vez debían efectuar un lavado de estómago al mismo niño, a causa de una sobredosis de somníferos. ¿Por qué nos contraría tanto? ¿Acaso es porque estamos sobrecargados de trabajo y preferiríamos trabajar las últimas horas con alguien que desee vivir? ¿Dedicamos algún tiempo de nuestro apretado horario para conocer los sufrimientos, la soledad y la angustia que precedieron al intento de suicidio? ¿Nos preocupamos alguna vez de saber si tienen a alguien que realmente pueda ayudarlos cuando de nuevo salgan a la calle? ¿Nos interesamos por su situación, su familia, sus amigos, si es que los tienen?
Una tarde me trajeron a casa a un niño, para que me enseñara los dibujos que hacía. Estaba pálido, sólo articulaba monosílabos y era evidente que quería agradar. No se sentó hasta que se lo indicaron, no tocó las galletas antes de que se las ofrecieran y sólo cogió la hoja de papel cuando se la puse delante de la nariz. Mientras pintábamos, empezó a hablar, primero con titubeos y luego con mayor libertad, hasta que completé el rompecabezas.
Tenía seis años y había tratado de matarse seis o siete veces: lo habían cogido corriendo hacia las vías del ferrocarril cuando se acercaba un tren, había tratado de ahogarse en una bañera, y hacía poco había intentado saltar de un edificio de cinco pisos de donde lo rescató un portero. Su madre lo había abandonado y había ido de casa en casa buscando la adopción. Lo habían golpeado hasta que no pudo ni sentarse. Lo habían encerrado en armarios días enteros y al salir lo habían castigado por haberse mojado los pantalones en su oscuro encierro.
La última familia con la que había estado fue buena con él, pero, cuando diagnosticaron un cáncer a su madre adoptiva, se lo retiraron. Una pareja quería adoptarlo, pero no encajaba en los estrictos requisitos de la oficina de adopción. Marido y mujer tenían diferentes creencias religiosas, y se consideró que eso no era bueno para criar a un niño. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que lo único que importa es el amor? ¿Cuándo comprenderemos que todos los seres humanos, al igual que las plantas, necesitan alimento, luz, amor, compasión y comprensión para crecer, y convertirse a su vez en padres que amen y cuiden a la próxima generación?
Un adolescente entregó este poema a una profesora. No se sabe si lo escribió él mismo, se sabe que se suicidó unas semanas después.
Siempre quería explicar, pero nadie lo escuchaba. A veces quería pintar y no sabía nada.
Quería grabarlo en una piedra o escibirlo en el cielo. Deseaba tenderse en la hierba y mirar hacia el cielo; Sólo estaría él, el cielo y las cosas que tenía dentro y que necesitaba decir.
Fue después de eso cuando hizo el dibujo.
Lo guardó debajo de la almohada y no dejó que nadie lo viese,
lo miraba todas las noches y pensaba en él. Cuando estaba oscuro y tenía los ojos cerrados, Seguía viéndolo.
Era todo suyo. Y lo quería.
Cuando empezó el curso se lo llevó al colegio, No para enseñárselo a nadie; sólo para tenerlo cerca Como un amigo.
Era divertido todo eso, la escuela.
Se sentó en un pupitre cuadrado, marrón,
Igual que los demás pupitres cuadrados y marrones Y pensó que debería ser rojo.
Y la clase era cuadrada y marrón, igual que las demás clases,
y era estrecha, angosta y poco acogedora. Odiaba coger el lápiz y la tiza,
con su brazo agarrotado y sus pies planos en el suelo, agarrotados también.
Con la profesora que miraba y miraba. Se acercó y le habló.
Le dijo que se pusiese una corbata como los demás nños.
Le respondió que no le gustaban las corbatas y ella dijo que “eso no importaba”.
Después, pintaron.
Y lo pintó todo amarillo, pues así sentía la mañana. Y estaba bien.
“¿Qué es esto?” , preguntó “¿Por qué no haces un dibujo como Ken? ¿No es bonito?”
Después su madre le compró una corbata. Y él dibujó aviones y cohetes como los demás. Y tiró el viejo dibujo.
Y cuando se sentía solo mirando al cielo, este era grande y azul y tenía de todo, pero él ya no estaba en ningún lugar. Era cuadrado y marrón por dentro y sus manos estaban agarrotadas. Era como los demás.
Y las cosas que tenía dentro de él que necesitaba decir ya no era necesario decirlas.
Ya no presionaban.
Estaban aplastadas. Agarrotadas. Como todo lo demás.