• No se han encontrado resultados

Valoración del aprendizaje

In document La Mente No Escolarizada - Howard Gardner (página 166-169)

No en menor medida que los maestros artesanos en un sistema de aprendizaje práctico, quienes dirigen las escuelas precisan determinar si los alumnos a su cargo han aprendido algo. Con tal que la escuela sea informal y todos los estudiantes aprendan precisamente las mismas asignaturas, hace

falta que haya una pequeña criba formal; el grupo ayuda a los alumnos retrasados, a los que rara vez se valora individualmente. Cuando la escuela inculca una realización deseada, como la redacción de un examen o la memorización de oraciones, es posible observar directamente a los estudiantes y determinar su progreso. Cuando la clase es razonablemente pequeña y el conocimiento requerido se explica de forma suficiente, el aprendizaje del alumno puede controlarse fácilmente sobre la base del recitado diario de la lección; resulta claro que los estudiantes han aprendido sus programas, han memorizado veinte líneas de una poesía y pueden enumerar por su orden los reyes, los presidentes o las dinastías.

A medida que las disciplinas proliferan y aumentan las cargas que recaen sobre la escuela, aumentan también las presiones en favor de un cambio a formas más eficientes de determinación del progreso del alumno. Entra en escena el examen[105]. El examen es la invención esencial de la escuela, una «medida descontextualizada» a emplear en un ámbito que está él mismo descontextualizado. Los alumnos aprenden sobre los principios científicos o sobre tierras lejanas mientras están sentados en sus pupitres leyendo un libro o atendiendo a la lección. Entonces, al final de la semana, del mes, del año, o de sus carreras escolares, los mismos alumnos entran en una clase y, sin la ayuda de los textos o de los apuntes, responden preguntas acerca del material que se supone que dominan. Algunas de estas medidas, como el examen semanal, son breves e informales; otras, como los exámenes que se llevan a cabo en China para el ingreso en el cuerpo de funcionarios o los exámenes británicos para el ingreso en la universidad o para enrolarse en el Civil

Service, pueden durar días.

En una sociedad laica moderna, las pruebas han adquirido una profunda importancia. A menudo son el principal vehículo para determinar quién recibirá los premios que la sociedad puede repartir. Los exámenes, como los que se realizan por ejemplo al final de la enseñanza media, despiertan en realidad mucho interés y están envueltos frecuentemente por preocupaciones y trampas. Durante años, las pruebas han sufrido ataques feroces desde muchas posiciones, y, con todo, parecen sobrevivir e incluso ganar importancia. En parte como respuesta a las críticas, en la actualidad se han hecho notables esfuerzos para garantizar que los exámenes son justos, en

algunos sentidos: que las preguntas representan una muestra razonable de lo que se quiere que sepan los alumnos; que ningún alumno puede disponer de las preguntas (o de las respuestas) de antemano; y que los puntos del examen no están inclinados a favor o en contra de ningún grupo social o ético particular.

En los Estados Unidos, las llamadas «pruebas estandarizadas» se han desarrollado al máximo. Las pruebas presentan normalmente artículos de elección múltiple o respuestas muy cortas; en la medida de lo posible, los exámenes se califican por medio de una máquina, y los resultados colocan a los alumnos en el interior de diversos grupos objetivados con una precisión estadística (por ejemplo, el 67% de aciertos para los alumnos de décimo grado, alrededor de quince años y de clase media que viven en zonas residenciales y van a escuelas públicas). El elemento «subjetivo» de la prueba queda virtualmente eliminado conduciendo al atributo honorífico de «prueba objetiva». Resulta mucho menos claro si estos instrumentos proporcionan también una buena muestra de las habilidades y las comprensiones que se quiere que adquieran los alumnos. Como sugiere el psicólogo Ulric Neisser, el conocimiento académico se basa normalmente en la evaluación de problemas arbitrarios que un alumno tiene poco interés o motivación intrínsecos para responder, y los resultados conseguidos con estos instrumentos tienen poco poder predictivo para resultados que se den fuera del entorno escolar[106].

Existen respuestas a esta crítica. Cabría sostener que la habilidad para interpretar medidas descontextualizadas tiene el valor de verificación; después de todo, por lo menos en algunas posiciones vocacionales, es importante ser capaz de «empollar» rápidamente y trabajar de modo eficaz con nuevas materias en ámbitos no familiares. Se podría sostener que el propósito de las pruebas es predecir los resultados futuros en la escuela, y no fuera del ámbito escolar. Ciertamente, tal predicción resulta de ayuda principalmente para aquellos casos en los que una persona permanecerá realmente en la escuela —¡cómo lo hacen los profesores!—. Finalmente, se podría argumentar que la escuela es, por sí misma, un contexto de importancia, descontextualizado sólo en comparación con medios que ya no son apropiados como la granja o el taller artesano[107]. Si bien cada uno de

estos argumentos tiene sus puntos positivos, mi conclusión sigue siendo que el examen formal se ha alejado demasiado en la dirección de la valoración de un conocimiento con una importancia cuestionable en formas que muestran poca transportabilidad. La comprensión que las escuelas deben inculcar es virtualmente invisible tomando como base esos instrumentos. Si tenemos que probar documentadamente las comprensiones del alumno es preciso poner en práctica formas bastante diferentes de valoración.

In document La Mente No Escolarizada - Howard Gardner (página 166-169)