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25 Lecciones Que Aprendi en INCAE - Roberto Artavia

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Copyright Latinoamérica Posible Derechos reservados

Impreso en San José, Costa Rica Primera edición, 2008

Por acuerdo de la editorial y los autores, este material puede ser reproducido libremente siempre que se respete su integridad. Se solicita informar sobre su reproducción a Latinoamérica Posible según las instrucciones en su web site. Copias disponibles en:

http://www.latinoamericaposible.net

Información para catálogo de esta publicación Artavia Loría, Roberto

Centroamérica 1982-2007: 25 lecciones que aprendí en INCAE / Rober-to Artavia Loría – primera edición

ISBN 978-0-9818536-6-6

1. Desarrollo socioeconómico de Centroamérica, 2008 2. Economía y gerencia en Centroamérica

3. Historia institucional de INCAE

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CENTROAMÉRICA 1982-2007:

25 lecciones que aprendí en INCAE

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Introducción

A nivel genético –hoy que está de moda el tema- tengo cinco “genes” muy marcados, tres de mi padre y dos de mi madre. Trabajo más allá del cansancio con placer y orgullo de hacerlo y, por las personas que quiero y por las metas que considero valiosas, puedo hacer cualquier esfuerzo y sacrificio. Además, soy muy impaciente. Esto viene de mi padre. Al mismo tiempo soy conciliador, facilitador y capaz de ceder a otros los frutos de mi trabajo sin pensarlo dos veces, con tal de que un tema importante avance en la dirección que creo correcta. Me considero creativo -y hasta ocurrente dirán algunos- para encontrar soluciones a las más diversas situaciones. Esto viene de mi madre.

En junio de 1982 me gradué de INCAE. En los años anteriores había vivido en New York, estudiando en la Academia de Marina Mercante de los Estados Unidos, Kings Point, con excepción de un período de 11 meses en que tuve la oportunidad de conocer el mundo trabajando como asistente de ingeniería abordo de barcos mercantes. En este período visité más de 30 países en cinco continentes. Esta enriquecedora experiencia tuvo un gran impacto en definir mi carácter y mi forma de entender el mundo. Durante estos viajes vi historia y modernidad, vi pobreza y opulencia, vi paisajes inolvidables y naturaleza destruida por

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la acción del hombre. Vi alguna maldad y decadencia, pero sobre todo vi gente buena y trabajadora en todos los rincones del planeta. De estos viajes regresé con ilusión de lo que la humanidad era capaz de alcanzar y con la certeza de que en el mundo había mucho que cambiar, mucho que mejorar.

En mayo de 1983 me casé con Marcella Cuadra Miranda, nicaragüense, que –aparte de ser una fabulosa y paciente esposa y madre- vino a terminar de definir mi relación con Centroamérica como una región a la que me debía, pues a partir de entonces la mitad de mi familia provenía y estaba en la más vulnerable y convulsa de sus naciones: Nicaragua. En 1985 nació mi hijo mayor, Roberto José. Luego vinieron en 1987 Marcella Raquel y en 1993 Eduardo. Su llegada – la de los tres y la de cada uno- me cambió una vez más la perspectiva. Antes

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tenía un horizonte relevante de 25 o 30 años. Con el nacimiento de mis hijos ese horizonte se amplió al doble y al triple, pues de repente la paternidad me hizo comprender que el mundo no se acaba con uno. El concepto de responsabilidad intergeneracional surgió en mí de manera espontánea. Me empezó a interesar el futuro de largo plazo como nunca antes. Cambié de un horizonte de mediano a uno de largo plazo.

Trabajé en INCAE 25 años, desde octubre de 1982 hasta junio de 2007. En estos 25 años ocurrieron y he aprendido muchas cosas que en buena parte definen –cuando menos en el plano profesional- quién soy. La experiencia de INCAE no es lo único que me marcó en estos 25 años. En esta breve introducción trato algunos temas personales, pero en el texto me enfocaré en compartir las lecciones más valiosas que recibí en el plano profesional a lo largo de este rico período. Con INCAE empecé a viajar por toda la región, a conocer a sus gentes y sus culturas. Aprendí a valorarlas y admirar lo bueno de cada una de ellas. Aun no he conocido una nación que no me encante ni un pueblo al que no admire. Pero de esto escribiré más en el texto principal de esta colección de aprendizajes.

En 1986 viajé a Boston para obtener mi doctorado en la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard. La verdad no aprendí tanto como imaginaba de economía ni de negocios. En eso iba bien preparado por mis estudios y trabajo en INCAE. Sí aprendí de profesores únicos en su vocación por la enseñanza y por hacer la diferencia a nivel mundial en sus respectivos campos. “¿Qué has hecho hoy por un estudiante?” decía el rótulo impreso en la pared de la oficina de Jim Austin. La mitad de las veces que busqué a C. Peter Timmer me encontré con que estaba en Indonesia, en India -o en alguna otra parte-

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buscando la forma de crear un sistema mundial que garantizara la seguridad alimentaria de los más pobres y vulnerables del planeta. Aunque de seguro muchas veces me quedé corto en los análisis, Ray A. Goldberg siempre encontró aquella fracción –muchas veces ínfima, estoy seguro- que estaba bien en lo que presentaba para iniciar por ahí su retroalimentación de mi trabajo. Su habilidad para ser positivo y optimista me marcó profundamente. Francamente no eran estas las lecciones que esperaba aprender en Harvard, pero nunca me he quejado, pues son sin duda más valiosas que cualquier teoría económica o de negocios que hubiera podido aprender allí.

Pasado un tiempo me incorporé como parte del equipo que manejaba INCAE al lado de gente como Brizio Biondi-Morra, Danilo Lacayo, Eduardo Montiel y Francisco Gutiérrez quienes me guiaron y acompañaron en un proceso de crecimiento y maduración profesional que espero que hoy refleje lo valioso de su apoyo y enseñanzas. Con ellos –y en compañía de muchos otros amigos y colegas de INCAE y de toda la región- crecí y empecé a trabajar temas de innovación, competitividad, desarrollo sostenible, responsabilidad social, además de manejar la escuela de negocios de INCAE. En particular John Ickis, Nicolás Marín y Werner Ketelhöhn –como mentores personales- tienen mucho que ver con los buenos resultados que como escuela de negocios INCAE alcanzó durante mis períodos de decanatura y rectoría.

En 1995 se dio –gracias a la visión de Brizio- una oportunidad sin precedentes en mi vida profesional. Empezando en enero de ese año tuve la oportunidad de trabajar al lado de figuras académicas de talla mundial en sus respectivos campos como Michael E. Porter y Jeffrey Sachs. Por casi cuatro años ellos

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fueron compañeros en la formulación de proyectos y agendas de desarrollo para Centroamérica y cada una de sus naciones. A finales de ese año entró por primera vez en INCAE otra figura de talla mundial –Stephan Schmidheiny- quien primero sería el patrocinador financiero y luego fuente de inspiración y valores de las iniciativas de INCAE en el tema de desarrollo sostenible. Finalmente se convertiría –a nivel personal y profesional- en mi mentor, amigo y consejero. Gracias al apoyo de Stephan -más que a ningún otro- INCAE ha cosechado éxitos sin precedentes en la última década.

Entre 1996 y 1999 se desarrolló en la región lo que para mí serán años inolvidables por el impacto que se tuvo, por las redes de líderes que se conjuntaron, por los espacios creativos que se abrieron y por la influencia que se tuvo en la visión y conducta de los gobiernos, de los empresarios y de muchos líderes independientes que encontraron en INCAE –en el Centro Latinoamericano para la Competitividad y el Desarrollo Sostenible- una plataforma para exponer sus ideas, darles forma y presentarlas a una comunidad centroamericana mucho más integrada y sedienta de alcanzar su desarrollo.

Mi período como rector empezó en mayo de 1999 y concluyó en junio de 2007. Durante este período se plantearon y alcanzaron metas que en otro momento hubieran parecido imposibles para INCAE, gracias al apoyo y concurso directo de muchos de los ya mencionados y otros como Esteban Brenes, Alberto Trejos, Arturo Condo, Niels Ketelhöhn, Roy Zúñiga, Juan Carlos Rappaccioli y Ernesto Ayala, sin cuyo trabajo los éxitos logrados no hubieran sido posibles. El Consejo Directivo de INCAE y cada uno de sus miembros, sin excepción, merecen todo reconocimiento y crédito por su constancia, por su capacidad

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estratégica, por su trabajo, guía, acompañamiento y sobre todo por su generosidad al dejarme explorar nuevas ideas, nuevos mercados y nuevos programas -muchos de los cuales terminaron en fracasos- costosos en tiempo y dinero, pero enriquecedores en términos humanos y de desarrollo y dignos de una institución que está dispuesta a innovar, a experimentar y a servir como modelo a otras organizaciones de nuestra región.

Hay mucho más que decir. Muchas personas más que merecen ser nombradas por el impacto que tuvieron en mi desarrollo personal y profesional en estos 25 años. Pero tengo tan buena fortuna que podría llenar páginas con los de nombres de todas las personas que me han apoyado en una u otra forma a lo largo de este rico camino. Muchos de ellos han sido protagonistas de mis 25 años en INCAE y aparecen en las páginas siguientes. Al compartir las lecciones de esta etapa de mi vida espero que todos ellos se vean reflejados en lo bueno, en los logros alcanzados y en las lecciones aprendidas. Como en toda organización y proceso humano también hubo fracasos en el trayecto, la mayoría de responsabilidad enteramente mía. Por cierto que de los fracasos he aprendido importantes lecciones también.

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T A B L A D E C O N T E N I D O

I N T R O D U C C I O N i

U N O

1982 - Inicio del camino con y por nuestra gente... 5

D O S

1983 - ¿Se agotan los modelos económicos? 10

T R E S

1984 - El valor de la inversión extranjera 17

C U A T R O

1985 - Subsidios, incentivos y señales 22

C I N C O

1986 - Necesaria más no suficiente 29

S E I S

1987 - El sistema mundial de alimentos 34

S I E T E

1988 - Teoría versus práctica 38

O C H O

1989 - La “Toma” de San Salvador 42

N U E V E

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D I E Z

1991 - Innovación y cambio 52

O N C E

1992 - Una no-tan-distante cumbre 56

D O C E

1993 - Rasgos comunes entre latinoamericanos 60

T R E C E

1994 - Acreditación internacional 65

C A T O R C E

1995 - El valor del talento 69

Q U I N C E

1996 - Porter, la competitividad y los clusters 76

D I E C I S E I S 1997 - El cambio es posible 86 D I E C I S I E T E 1998 - !Huracán! 91 D I E C I O C H O 1999 - Poder de convocatoria 99 D I E C I N U E V E 2000 - Costos y overhead 105 V E I N T E 2001 - Fragilidad 110 V E I N T E I U N O

2002 - La competencia si nos hace mejores 114

V E I N T I D O S

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V E I N T I T R E S 2004 - Corrupción 123 V E I N T I C U A T R O 2005 - Los empresarios 127 V E I N T I C I N C O 2006 - Redes y amistades 131 C O N C L U S I O N 2007 - Hora de partir 137

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Como todo mi trabajo, este libro se dedica a mi esposa Marcella y a mis hijos Roberto José, Marcella Raquel y Eduardo.

Este libro en particular se lo dedico a todos los graduados de INCAE, cuyo trabajo enaltece la institución y es motivo de orgullo

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U N O

-1982-Inicio del camino con y por nuestra gente...

Como tantos centroamericanos, crecí en mi país de origen -Costa Rica- con cierto recelo y quizás hasta algún injustificado menosprecio y rivalidad por los demás países de la región y sus gentes. Creo que fui afortunado en que durante la secundaria tuve muy buenos amigos de Brasil y Nicaragua. El brasileño aprendió a jugar futbol en Costa Rica –una buena parte en el patio de mi casa y en un parque cercano- y el nica era simpático, abierto y un amigo incondicional como pocos. Con ellos se empezaron a derrumbar mis estereotipos sobre las nacionalidades y culturas. Aun así, para mi llegada a Nicaragua en septiembre de 1980 iba contento de ingresar a INCAE, pero preocupado de cómo me iba a llevar con mis nuevos compañeros centroamericanos, ecuatorianos y peruanos.

Podría contar cientos de anécdotas de esos dos primeros años de intercambio intenso –de cuánto nos parecemos en lo importante- pero necesitaría un libro entero para hacerlo y no es esa la idea de estas breves reflexiones. También pude identificar importantes diferencias –marcas y costumbres dejadas por culturas mucho más intensas y llenas de tradiciones que la costarricense- que

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sin embargo no representaron nunca un obstáculo para la amistad sincera y la germinación de la confianza. Baste decir que para cuando empecé a trabajar para INCAE en octubre de 1982 tenía decenas de amigos muy queridos de todas las nacionalidades representadas en la clase y -lo que es más- nuevos hermanos y hermanas que han hecho de mis últimos 25 años de trabajo en Centroamérica un verdadero placer, porque además de trabajar por el ideal del desarrollo he podido hacerlo con el bienestar de personas a las que aprecio mucho en mente. Aunque suene un decir común, me he convertido en un auténtico centroamericano.

Entendí que una nación no es su gobierno ni su equipo de futbol. Entendí que la gente de toda la región es buena, trabajadora, emprendedora y en general mucho más amistosa y acogedora de lo que razonablemente se puede esperar. En el camino me he enterado de que tengo sangre de indígena guatemalteco en

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la familia de mi abuela paterna y de colombiano en la familia de mi abuela materna. En 1982 me casé con una nicaragüense y adopté y fui adoptado por una familia nica, de esas de novela en que hay más de 235 parientes identificables a los que hay que invitar a bodas y cumpleaños de los abuelos; todos ellos primos y tíos que se consideran entre sí parientes cercanos. Así me lo han hecho sentir. Es imposible recordar todas las oportunidades en que esta enorme parentela me ha apoyado en todo tipo de situaciones de manera incondicional, generosa y siempre llena de alegría. Pero además tengo hermanos en Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Panamá, y Ecuador. No exagero, las personas de quienes hablo me reciben en su casa como a un hermano -cosa que no ha sido fácil- pues he tenido que viajar docenas de veces a cada uno de sus países en los últimos 25 años. En este sentido debo destacar a mis hermanos Roberto y Nis Cuevas quienes me han abierto su casa incondicionalmente por muchos años. Espero no haber sido un mal huésped, pues ellos fueron maravillosos anfitriones.

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Posiblemente ya con la mente más abierta hace una década empecé a viajar por el resto de Latinoamérica y la experiencia ha sido igualmente enriquecedora. A mi ya multitudinaria familia he agregado “nuevos parientes” en Argentina –tanto en Buenos Aires como en el interior- Paraguay, Bolivia, Venezuela, Colombia, Chile y México, además de muy buenas amistades en todos los demás países de Iberoamérica. Entre ellos destacan algunos extranjeros –suizos y gringos principalmente- que caminan por sendas paralelas a la mía buscando respuestas a los retos del desarrollo en la región.

Los temas que nos unen a los latinoamericanos y a aquellos extranjeros que nos apoyan son muchos y más fuertes que los temas que nos separan. No me refiero únicamente a rasgos comunes del proceso de desarrollo, de la historia común o de la cultura formal, sino de las características de poblaciones e individuos que son guiados en su conducta por valores. Los latinoamericanos sin embargo hemos sido como fui yo hasta 1982: recelosos de abrirnos a trabajar en conjunto porque nos dejamos consumir por los estereotipos y guiar por las excepciones –los corruptos, los egoístas, los que sólo quieren el poder- en vez de abrirnos a colaborar con el entusiasmo y la energía que el desarrollo requiere con quienes comparten nuestras aspiraciones y necesidades en el mundo productivo, en las organizaciones de la sociedad civil y en algunos gobiernos. La lección aun continúa. No parece terminar jamás. A los hermanos que hice originalmente en INCAE se les han sumado nuevas generaciones de ciudadanos de diversos países con los que comparto valores, iniciativas y la ilusión de un día terminar por hacer diferencia para bien de todos ellos, de sus familias y de sus respectivas naciones. La región se ha integrado, no

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tanto a nivel político -que también ha avanzado- como a través del comercio, de inversiones, pero más que nada a través de la formación de redes humanas que ya no distinguen fronteras y nacionalidades, sino que se mantienen unidas por los valores que comparten.

La gran lección que recibí de mis compañeros de secundaria y que fue ratificada y ampliada en INCAE en 1982 -y muchas veces desde entonces- es que siempre hay gente valiosa con la cual vale la pena trabajar en todas las naciones de la región y para hacerlo los valores fundamentales de familia, amistad, lealtad y responsabilidad constituyen una excelente guía de camino.

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D O S

-1983-¿Se agotan los

modelos económicos?

Mi primer trabajo en INCAE fue como investigador del Programa de Gerencia de Exportaciones. Me contrató John Edmunds, más por mis conocimientos de baseball y de música moderna, que por mis calificaciones académicas y experiencia. Si bien mi desempeño académico en INCAE fue muy bueno, también lo fue el de los otros candidatos al puesto y todos me superaban en experiencia profesional. Pero no superaban mi capacidad de relacionarme positiva y personalmente con John y con los otros investigadores del programa, mis buenos amigos Iván Saballos y David Montesinos, quienes sospecho influyeron en la decisión. En octubre de 1982 empecé a trabajar para INCAE en un nuevo equipo de investigación académica.

La situación de Centroamérica a finales de 1982 era complicada en términos económicos, sociales y políticos. La gran crisis petrolera internacional, iniciada a mediados de 1979 había mostrado –por segunda vez en una década- cuán interconectada estaba la economía mundial. El alza en los precios del petróleo tuvo impacto casi inmediato en la economía internacional,

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particularmente en la norteamericana, lanzando el mundo a una recesión económica. Las tasas de interés internacionales alcanzaron 21%, haciendo prohibitivo el financiamiento de inversiones en áreas en que se percibiera el más mínimo riesgo. Y Centroamérica era una región considerada de alto riesgo. Hasta ese momento Centroamérica exportaba internacio-nalmente pocos productos. Casi el 70% del comercio hacia afuera –llamadas entonces exportaciones tradicionales- era de café, banano, azúcar, carne vacuna, cacao y algodón. Estos sectores pagaban impuestos de exportación y enfrentaban un tipo de cambio fijo y generalmente sobrevaluado, por lo que llevaban la mayor parte del costo de mantener al Estado. El comercio intraregional –que representaba la mayor parte del resto de las exportaciones- consistía en bienes finales que se vendían a precios muy altos. La región mantenía altísimas tarifas para proteger sus nuevas industrias de la competencia de bienes producidos en naciones más desarrolladas o más competitivas. Los aranceles promedio superaban el 100%. La maquinaria utilizada en la industria regional generalmente era de segunda mano -tecnología vieja u obsoleta- y los bienes producidos eran de mala calidad y alto costo. A los empresarios les iba bien pues mantenían virtuales monopolios regionales en sus respectivas industrias, con rentas altas, protegidas por la acción del Estado y los acuerdos del Mercado Común Centroamericano (MCCA); pero no eran realmente productivos ni competitivos internacionalmente. A pesar de lo anterior, las naciones de la región crecieron vigorosamente bajo este modelo entre 1963 y 1978.

En 1978 –justo antes de la recesión global causada por la crisis pretrolera- Nicaragua cayó en una guerra civil abierta

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y los movimientos guerrilleros en las naciones vecinas de El Salvador y Guatemala recrudecieron su actividad para tratar de derrocar a sus respectivos gobiernos. Aunque sólo el Frente Sandinista de Liberación Nacional –en Nicaragua- logró su objetivo, no fue sino hasta en 1993 y 1996 que se logró firmar acuerdos de paz en El Salvador y Guatemala que dieron fin a sus largas guerras civiles. La inseguridad en el transporte que provocaban la violencia y los movimientos guerrilleros, así como la inestabilidad inherente causada por las guerras, dificultó y redujo la importancia del MCCA como fuente de inversión, empleo y crecimiento económico para los países. Al mismo tiempo, la recesión internacional afectó los precios y volúmenes de las exportaciones tradicionales de Centroamérica. El modelo de sustitución de importaciones se resquebrajaba tanto en el mercado regional como en su componente global. La riqueza generada por las exportaciones tradicionales disminuía y la riqueza generada por el MCCA prácticamente se reducía. Se corría el riesgo de la escasez en muchas áreas, pues el comercio intraregional se suspendía con frecuencia y las naciones no tenían divisas para financiar importaciones. Aunque las naciones –acostumbradas a un tipo de cambio fijo se resistieron- el deterioro en los términos de intercambio produjo la devaluación efectiva de las monedas de la región, encareciendo las importaciones y dando lugar a la creación de mercados secundarios de divisas.

La situación de los años entre 1980 y 1982 fue de crisis. Había una caída de las exportaciones tradicionales y una disminución radical en la inversión, como consecuencia de la recesión internacional, de las altas tasas de interés y del alto riesgo percibido en la región. Se vivía una suspensión práctica

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de la actividad del mercado regional como consecuencia de las guerras civiles y la escasez de divisas; así como un fuerte incremento en los precios de las importaciones a raíz del aumento en los costos de la energía y la devaluación de facto de las monedas. El desempleo crecía, lo que auguraba una crisis social sin precedentes para la generación que gobernaba en ese momento.

A pesar de que Centroamérica fue afectada severamente por las guerras civiles y hasta la fecha muchos empresarios las culpan por la caída del modelo de industrialización por sustitución de importaciones, la verdad es que cuando en INCAE empezamos a buscar opciones de qué hacer, no fue difícil decidirse por la promoción y diversificación de exportaciones.

En aquel tiempo apenas se iniciaba el “descubrimiento” internacional del modelo de exportaciones que había hecho tan exitoso a Japón en sólo una generación en la posguerra y se empezaban a discutir con creciente frecuencia los modelos exportadores de los que serían la primera generación de Tigres asiáticos: Korea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong. Recuerdo que en las primeras sesiones de trabajo del Programa de Gerencia de Exportaciones de INCAE se discutían precisamente los casos de Korea del Sur y de Singapur, como ejemplos de apertura a un modelo de desarrollo basado en la promoción y diversificación de exportaciones al mercado mundial. Dada la crisis que se vivía en la región, la verdad no fue muy difícil conseguir quien quisiera seguir el modelo, sobre todo porque desde Washington –tanto a nivel de U.S.A.I.D. como del BID- se planteó el cambio de modelo como parte de su containment strategy al avance del comunismo en Centroamérica. Es así como surge la promoción y diversificación de exportaciones

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como el modelo dominante en la región.

Algunas veces me he preguntado si el modelo de sustitución de importaciones se agotó –como se ha dicho con frecuencia- o si fue más bien aniquilado por una serie de circunstancias económicas y políticas que trascienden el modelo mismo y a las economías de la región. La respuesta a esta incertidumbre la he encontrado en tres temas principales: la globalización, la falta de un modelo político-institucional y el bajo impacto social o redistributivo del modelo de sustitución de importaciones. La sustitución de importaciones basada en proteccionismo y control del comercio internacional perdió su factibilidad como consecuencia de los cambios en la dinámica económica global. En Centroamérica se dieron otras circunstancias que aceleraron su colapso, pero éste hubiera ocurrido de todas maneras, pues la recesión de 1979 no fue sino el aviso definitivo de que la era de la globalización había llegado. Por segunda vez en menos de una década, toda la economía global “se contagiaba” de un fenómeno que unos pocos años atrás hubiera sido un fenómeno local en algunas economías. La conectividad estaba dada en parte por la interdependencia provocada por el comercio internacional –en el caso de Centroamérica representado por las exportaciones tradicionales, las tasas de interés y el colapso de la inversión- y en parte porque al aumentar el parque vehicular, las necesidades de generación eléctrica y la producción industrial, los costos de la energía se convirtieron en el gran integrador de la economía centroamericana con la economía global.

La otra causa es sin duda el colapso social, exacerbado por el desempleo, la corrupción, la arbitrariedad institucional y la caída de las inversiones. En aquella época no se prestó suficiente

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atención a los factores sociales, políticos e institucionales. Si el modelo de desarrollo no mejora la distribución de riqueza –en parte a través de la generación de nuevos empleos- y las oportunidades de progresar de los jóvenes, muy rápidamente se produce un rechazo del modelo mismo. Cabe preguntarse por qué, en una nación como Nicaragua, que en 1978 tenía más de dos décadas de crecer económicamente se produce una revolución para derrocar al gobierno. La respuesta está en que la política estaba carcomida por la corrupción, por el hecho de que el progreso económico no generaba desarrollo institucional –Nicaragua operaba bajo una economía socialista- y porque el crecimiento económico sostenido no redundaba en una mejora proporcional de los indicadores sociales. El modelo –aun en sus años de buen desempeño- estaba al servicio de unos pocos. Los modelos económicos sí se agotan. Se agotan de afuera hacia adentro ante el avance de la tecnología y el cambio en la dinámica del contexto: en este caso el surgimiento definitivo de una economía global interconectada. Se agotan también de adentro hacia fuera por la corrupción de sus gobernantes y por no ofrecer respuestas efectivas y duraderas a los problemas sociales de la población. Todo desarrollo es en última instancia social y –cuando esta dimensión se estanca o se deja por fuera- ningún nivel de crecimiento económico lleva a la sostenibilidad.

En 1983 me tocó vivir el agotamiento final de un modelo de desarrollo: la industrialización por sustitución de importaciones en mercados protegidos. Este modelo había sido una parte importante y positiva de la historia económica de la región, principalmente entre 1960 y 1979. Afortunadamente el modelo fue reemplazado por uno más vigoroso y más moderno que aun parece sostenerse frente los retos externos e internos que

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se le plantean: la promoción de inversiones y del comercio internacional -exportador e importador- en un ambiente de globalización.

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T R E S

-1984-El valor de la inversión extranjera

Al iniciar los estudios y escritura de casos para el Programa de Gerencia de Exportaciones fue bastante claro que el desarrollo de las nuevas industrias exportadoras dependía, en buena medida, de la inversión extranjera que en ella se diera. Cuando se empiezan a analizar las industrias que en aquel momento iniciaron su despegue en la región centroamericana, es notable cómo la gran mayoría de los empresarios-pioneros fueron extranjeros.

Una de las primeras industrias que se promovieron como parte de la diversificación de exportaciones fue la de las flores frescas cortadas. Ya para 1984 había una experiencia relevante y reciente de Colombia, pues este país desde la década de los años 60 había desarrollado una interesante posición en el mercado internacional de flores frescas. Costa Rica y Guatemala, principalmente, reunían condiciones propicias para el desarrollo de esta industria por su topografía y clima. La industria era muy atractiva pues era de alto valor –las flores eran uno de los cash crops de moda en ese momento- de ciclo corto, lo que generaba grandes cantidades de divisas por hectárea por año,

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mujeres, sectores que necesitaban más y mejores oportunidades en toda la región.

Al estudiar la industria fue muy claro que en la región ésta ya tenía un gran pionero: el norteamericano Mike Thomas, cuya empresa -American Flower- colindaba con el aeropuerto internacional de Costa Rica. Mike llegó por primera vez a Centroamérica a finales de la década de los 60, casi al mismo tiempo que se daba el desarrollo de la industria colombiana. Por muchos años Mike fue el más grande –y en mi opinión el mejor- exportador de flores frescas de Centroamérica. Lo interesante sin embargo es lo que el caso de American Flower representa en su conjunto. Mike venía de una familia de floricultores con operaciones en Carolina del Norte. Su familia producía y comerciaba flores frescas en los Estados Unidos desde mucho tiempo atrás. A finales de los 60s Mike decidió buscar formas de aumentar la productividad agregada del negocio de su familia. El buscaba tierras más baratas, mano de obra productiva y de menor costo y un clima que le permitiera producir todo el año. Exploró Costa Rica y Guatemala y –pese a las bondades de éste último país: cercanía, altitud, clima, costo de la tierra y abundancia de mano de obra- se decidió por Costa Rica que además le ofrecía estabilidad política y tranquilidad social. En esa época, ninguno de los dos países ofrecía incentivos ni facilidades a las exportaciones no tradicionales.

En 1984, al estudiar la industria -muy exigente en términos de conocimientos técnicos de producción, logística y programación- me encontré con que gracias a los nuevos incentivos fiscales y programas de apoyo, gran cantidad de inversionistas locales sin experiencia habían decidido invertir en la industria de flores frescas para exportación. El resultado: muchos fracasos rotundos

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–algunos memorables por lo ridículo de sus causas- y pérdidas de capital; uno que otro sobreviviente de baja productividad; y algunos modestos éxitos en las flores y sectores menos exigentes y de menor valor, como claveles y crisantemos. Pero hubo una empresa -ya exitosa por muchos años- que con los beneficios fiscales y programas de crédito, logística, e infraestructura de apoyo creció en área, volumen de producción, exportaciones y en resultados financieros: American Flower.

Del estudio realizado se pueden sacar algunas conclusiones importantes: una industria no puede ser creada de la oferta hacia la demanda, el acceso al mercado es primero. American Flower lo tenía a través de la familia y trayectoria de Mike. La mayoría de las nuevas empresas fueron fundadas para aprovechar incentivos fiscales y un mercado internacional en expansión con el cual –sin embargo- no se tenía ningún contacto. Desarrollar una empresa exitosamente no depende de la disponibilidad de capital y crédito, sino de conocer los procesos de producción, la tecnología relevante, y la logística hacia el mercado. Muchas de las nuevas empresas fracasaron por tener enormes pérdidas en la producción por mala aplicación de tecnología, por infraestructura inadecuada, por materia prima de mala calidad, por mala programación de la producción y por pérdidas desproporcionadas en la logística del producto terminado, así como por no conocer los mercados y procesos que debían satisfacer.

Con el tiempo, mucha de la capacidad establecida por los oportunistas que entraron en la industria para aprovechar incentivos y programas fueron adquiridas por especialistas de la industria -americanos, colombianos, holandeses- que llevaron las flores frescas a convertirse en un sector importante en la

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diversificación y expansión de las exportaciones de la región. La inversión extranjera, en este caso representada por Mike Thomas, aporta mucho más que capital en el desarrollo de nuevos sectores productivos en naciones emergentes. Mike aportaba acceso al mercado a través de la trayectoria y los contactos de su familia; conocimientos técnicos de producción; capacidad de distribución y logística en una industria en que el tema es muy complejo por la delicadeza de sus productos; y capital propio a diferencia de quienes entraron en la industria para invertir lo que de otra forma hubieran pagado en impuestos. American Flower representó una inversión pionera en su momento, sustentada en todo lo que Mike tenía que ofrecer en términos económicos, tecnológicos y de mercado.

Así es la buena inversión extranjera. Nos hemos acostumbrado a medirla en términos de montos de inversión y algunas veces de los puestos de trabajo generados, pero pocas veces la evaluamos por los aportes que hace en términos de aportar nueva tecnología, nuevos canales de logística, nuevos métodos y programación de producción, nuevas variedades de productos o servicios, acceso a nuevos mercados y capital fresco.

La exitosa diversificación de las exportaciones que ha vivido Centroamérica se ha hecho sobre la base de este tipo de inversiones extranjeras. Aun en nuestros sectores más tradicionales, los inversionistas originales en las industrias exitosas han sido extranjeros con capacidad de integrar sistemas de producción y mercado que tienen sentido. Estos pioneros han sido seguidos por oportunistas financieros cuando han habido incentivos y apoyo del Estado; luego por especialistas de la industria que expanden y consolidan los nuevos sectores; y finalmente por capitalistas locales que le dan a las industrias capacidad de

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expansión una vez establecidos el mercado, la tecnología, los sistemas de distribución, y las marcas.

La inversión extranjera en nuevas áreas y procesos es clave para el crecimiento económico y el desarrollo. Para que sea completa debe aportar mucho más que capital: tecnología, canales de distribución, conocimientos logísiticos, métodos y programas de producción y otros elementos clave para el desarrollo de empresas e industrias exitosas. Esta es la lección que recibí en 1984 de parte de Mike Thomas y American Flower y, en los años posteriores, de muchos otros empresarios y en los más diversos sectores productivos que se pueda imaginar; desde arañas y mariposas vivas hasta microprocesadores para los más sofisticados equipos de cómputo.

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C U A T R O

-1985-Subsidios, incentivos y señales…

Para 1985 las naciones de la región habían decidido adoptar el modelo de promoción y diversificación de exportaciones. Centroamérica era en ese año una región convulsa, pues por un lado el gobernante FSLN avanzaba su modelo socialista en Nicaragua, mientras El Salvador y Guatemala lidiaban con sus respectivas revoluciones armadas que si bien no impedían una vida relativamente normal en sus capitales –para entonces acostumbrados a la situación- sí causaban grandes trastornos en áreas rurales y hacían que en estas naciones fuera difícil que se dieran inversiones productivas a mediano y largo plazo. La incertidumbre era alta y en períodos de alta incertidumbre, los empresarios prefieren ser conservadores con sus inversiones. En estas circunstancias, la única opción de inversión en la región era Costa Rica, pues aunque Honduras no estaba inmerso propiamente en una revolución, sí era afectado por las tres que tenía a su alrededor y además Estados Unidos lo utilizaba como plataforma para desestabilizar el régimen sandinista, lo que lo ponía en un ambiente de guerra aunque no “fuera propia”. A partir de 1983 Costa Rica emitió una nueva legislación de

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promoción de exportaciones, la ley # 6955. En esta ley se otorgaban una serie de incentivos a los inversionistas en nuevas empresas de exportaciones no tradicionales (diferentes de café, azúcar, cacao, carne bovina y banano) que incluían exoneración de impuestos sobre la renta por hasta 12 años, la posibilidad de invertir hasta el 25% de lo adeudado en impuestos cada año en nuevas empresas exportadoras en vez de entregarlo al fisco, certificados de abono tributario que en promedio significaban un ingreso adicional de 11% sobre las ventas para las empresas exportadoras (en realidad era un sistema que otorgaba nominalmente un premio de 15% en el tipo de cambio de la moneda para los exportadores), importación de maquinaria, equipos y materias primas libres de impuestos y agilización de trámites de inversión y construcción. Todo lo anterior estaba estipulado en contratos de exportación que cada empresa firmaba directamente con el gobierno, a través del Ministerio de Exportaciones (que luego se convertiría en el Ministerio de Comercio Exterior), con la aprobación de un Consejo Nacional de Inversiones en cuyo seno había representantes del gobierno y del sector privado productivo. Nuevas leyes, nuevas políticas económicas, nuevas instituciones y nuevos mecanismos de coordinación entre sectores caracterizaron este período.

Mucho se ha escrito de los grandes abusos que hubo con los incentivos de exportación: desde exportaciones fantasma sobre las que se pagaron los incentivos que existían, hasta inversiones sin pies ni cabeza sólo para aprovechar las exoneraciones fiscales que se garantizaban en los contratos de exportación. También se ha hablado mucho de los muchos millones en ingresos fiscales no recibidos y el costo que esto puede haber tenido en el creciente deterioro de la infraestructura nacional de Costa Rica la cual –aun hoy- no alcanza un nivel equivalente

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al desarrollo económico y social del país. Lo mismo ocurrió con los incentivos al turismo pocos años después. Se han documentado grandes abusos y se han medido repetidamente los costos directos y de oportunidad que estos ingresos fiscales perdidos han tenido para el país.

Las inversiones que se dieron en este ambiente provinieron de tres tipos diferentes de inversionistas. Empresas locales que veían en los incentivos los recursos para diversificarse en productos y mercados. Entre éstas se pueden citar algunos casos exitosos de empresas como Atlas Eléctrica e Incesa Standard –ambos ampliamente documentados por INCAE- las cuales aprovecharon los incentivos para invertir exitosamente en nuevos modelos de negocio, nuevos mercados y diversificación de su línea de productos. El segundo tipo de inversiones provino de empresas extranjeras que veían una oportunidad de aprovechar condiciones fiscales y productivas muy provechosas para trasladar operaciones de sedes con estructuras de costos menos competitivas. Entre éstas se pueden citar empresas de maquila textil –Warner’s, Lovable, Levi’s, Fruit of the Loom y muchas otras- y empresas de manufactura liviana o agroindustria intensivas en mano de obra. El tercer tipo –posiblemente el de mayor cantidad de inversionistas- estuvo constituido por oportunistas locales que vieron en los incentivos una forma de convertir sus impuestos en actividades productivas para las cuales no tenían ninguna habilidad particular. Su lógica era que no arriesgaban nada pues al crédito fiscal que recibían se le sumaban programas generosos de financiamiento. Entre estos inversionistas hubo gran cantidad que invirtieron en flores frescas pues, al ser un cultivo de ciclo corto, sus retornos potenciales eran altos y rápidos. Entre este tercer tipo de inversionistas se dieron grandes fracasos y enormes pérdidas, en muchos casos

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de empresas que nunca llegaron a realizar exportaciones o que fueron adquiridas –meses y años más tarde- por especialistas internacionales de sus respectivas industrias.

En 1995, antes de irme a estudiar para mi doctorado, trabajé en una de las nuevas instituciones financieras de la promoción de exportaciones, la Corporación Privada de Inversiones de Centroamérica (CPI), como consultor en el departamento de crédito y nuevos proyectos. Estuve ahí por un total de 11 meses. Los socios de CPI eran varios bancos locales y la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos (AID). Por mi departamento pasaron muchos proyectos de flores –crisantemos, claveles y rosas- algunos de agroindustrias exóticas o de alto valor -plantas ornamentales, macadamia y cardamomo- y muchos de manufactura liviana –desde textiles y cañas de pescar hasta pequeños tanques de gas para usos domésticos y suturas para usos quirúrgicos-. A pesar del prestigio y capacidad que les aportaban muchos empresarios reconocidos del país, un porcentaje demasiado alto de estos proyectos se fue al fracaso por razones técnicas y de mercado. A docenas de empresas que fracasaron por no llegar a dominar la tecnología de sus procesos –por ejemplo en rosas- hay que sumarle otras tantas que contando con buena tecnología no encontraron mercado al cual vender su producción. Eran empresas en muchos casos con oferta de productos que nadie quería, como los pejibayes envasados en vinagre; que se producían fuera de temporada, como algunas variedades de melones y fresas; o que por el crecimiento rápido saturaban los mercados, colapsaban los precios y causaban perdidas financieras para todos los exportadores, como en el caso del chayote o la yuca.

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el control de sus inversionistas originales o de los especialistas que les sustituyeron. Pero a los recursos fiscales estoy seguro que hay que sumarle millones de dólares de financiamiento barato que se perdió totalmente o quedó en manos de terceros –especialistas de la industria- que por un lado rescataron a los inversionistas originales y a las entidades financieras y por otro lograron consolidar -años después- la diversificación de las exportaciones en el país.

Esta historia tiene –en mi opinión- un final feliz, aunque no perfecto. El crecimiento y la diversificación de las exportaciones de Costa Rica son notables. No cabe duda de que los esquemas utilizados funcionaron a pesar de los malos controles, los abusos y los desperdicios. Lo mismo puede decirse de los incentivos al turismo. En ambos campos –exportaciones no tradicionales y turismo- Costa Rica se convirtió en un modelo de desempeño para otras naciones de la región. El país llegó a representar casi la mitad de las exportaciones de la región; llegó a triplicar el número de rubros de exportación de sus naciones vecinas; concentró en algunos años hasta el 60% de toda la inversión extranjera recibida en la región centroamericana; y en algunos períodos llegó a recibir hasta el 65% de todos los turistas extraregionales que llegaron a Centroamérica. Los resultados no son perfectos por dos razones centrales: los recursos fiscales que se desviaron como incentivos hicieron que el país se rezagara notablemente en el desarrollo de su infraestructura y la falta de controles adecuados se prestó para abusos, robos y corrupción en muchos niveles.

Sin embargo, hay varias lecciones importantes que se deben sacar de todo esto. Los inversionistas reaccionan positivamente a las señales de un gobierno cuando éstas son claras y tienen

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mecanismos –como los contratos de exportación- que garantizan su cumplimiento por parte del Estado. En el caso de la diversificación y expansión de las inversiones no tradicionales, así como del turismo en Costa Rica; las señales del gobierno fueron muy fuertes y claras en términos de legislación (# 6955 por ejemplo), instituciones (MINEX, CNI, por ejemplo), programas y mecanismos (de crédito o los contratos de exportación, por ejemplo), incentivos directos (exoneraciones fiscales, por ejemplo) y políticas macroeconómicas (manejo del tipo de cambio, por ejemplo). El resultado es una pequeña economía que exporta más de 3700 diferentes productos y servicios a más de 100 mercados del mundo; que es líder internacional en turismo a pesar de su pequeña escala, que ha liderado la región por más de 15 años en la atracción de inversiones, a pesar de haber dejado de ofrecer los incentivos que en 1985 eran la base de su competitividad. La consistencia de las señales (leyes, instituciones, programas, incentivos, políticas del Estado) y su constancia en el tiempo (según garantizaban los contratos de exportación de incentivos turísticos) son la clave de este desempeño.

Ver analíticamente hacia atrás siempre es relativamente fácil. Hoy creo que con mucho menos costos se hubiera podido lograr mucho de lo mismo, sin atraer a tantos oportunistas que causaron pérdidas y desperdicios de recursos que se hubieran podido invertir en infraestructura y educación. Pero si la opción fuera repetir lo hecho o no hacerlo del todo, no me cabe duda que mi recomendación sería de repetirlo. La lección más importante es que un gobierno no logra sus metas únicamente con el discurso, sino que debe alinear los mecanismos a su alcance para que envíen las señales correctas a los inversionistas locales y extranjeros. Cuando las señales son tan generosas como en

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el caso de Costa Rica, es importante establecer condiciones previas de calificación en cada tipo de inversión y controles para evitar abusos. Pero sin las señales adecuadas, el tiempo pasa sin reacción de los empresarios. Y en una economía internacional tan dinámica e integrada como en la que se vive hoy, cada oportunidad que no se toma en el momento preciso, es una oportunidad perdida.

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C I N C O

-1986-Necesaria más no suficiente

Mi primera memoria de una devaluación es aquella en que el colón costarricense se devaluó de 6,60 por dólar a 8,65 por dólar. Recuerdo bien que hubo gran frustración por parte de los empresarios y comerciantes que vieron cómo se les encarecían las importaciones y satisfacción por parte de los exportadores, cuyos costos se aliviaban en relación con sus ingresos. La segunda ocurrió mientras estudiaba en INCAE. En diciembre de 1980 cuando–teniendo yo deuda en dólares para financiar mis estudios de maestría- el colón se devaluó de golpe de 8,60 a 14,00 por dólar. Y no de detuvo ahí. Para cuando me gradué en 1982 el colón – que semanas atrás había llegado a un máximo de 66 por dólar- parecía estabilizarse en 40 por dólar. Los salarios que ofrecían las empresas a los nuevos graduados -en colones- representaban apenas unos cuantos dólares, aunque no sonaban tan mal en colones. Yo tuve la gran suerte de conseguir trabajo como asistente de la presidencia de la Corporación MasXMenos, en la que tuve la oportunidad de trabajar al lado de uno de los grandes empresarios de todos los tiempos en la región: don Enrique Uribe P.

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A pesar de todo lo que aprendía cada día, me da pena confesar que apliqué a un puesto en el INCAE que pagaba en dólares y cuando se me hizo una oferta concreta para incorporarme como investigador con un salario denominado en dólares, abandoné a don Enrique y MasXMenos y me trasladé a la que sería mi casa laboral por los siguientes 25 años. No me arrepiento, el trabajo académico y en pro del desarrollo en INCAE resultó ser mi verdadera vocación. Pero la verdad es que me trasladé por una cuestión de tipo de cambio. Estaba a punto de casarme y necesitaba ingresos un poco más altos.

Cuento esto porque para cuando en 1986 tuve mi segunda gran experiencia con la devaluación de una moneda, mi sensibilidad al tema era grande. Recuerdo también que en ese tiempo hablar de devaluación en Guatemala y Honduras era prácticamente una “herejía económico-empresarial”, a pesar de que todos sabíamos que sus monedas estaban significativamente sobrevaluadas. Los empresarios de estos países –que siguen siendo relativamente conservadores en el manejo del tipo de cambio- pensaban que “desestabilizar” la economía por medio de una devaluación conduciría muchas empresas a la quiebra y causaría una crisis social de grandes proporciones. Parecían no darse cuenta que el valor relativo de una moneda es –en buena parte- función de la productividad agregada de una economía frente a la de sus socios comerciales y financieros y que sus términos de intercambio -como exportadores de materias primas que eran- se estaban deteriorando cada día y cada año que pasaba.

El final del cuento es aun más grave. Se refiere a la hiperinflación y devaluación del Córdoba en Nicaragua. Recuerdo haber estudiado las grandes devaluaciones de la historia –el marco alemán en los años 20- y algunas de nuestra

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región –particularmente en Argentina y Bolivia-. Pero no fue sino hasta que tuve que pagar varios millones de córdobas para adquirir un refresco en el parque de Granada que el verdadero peso de una hiperinflación y devaluación me golpeó con toda su fuerza. Recuerdo haber calculado con amigos que en agosto de 1986 la inflación había llegado a un ritmo que anualizado sería de 55000%. El gobierno tuvo que sellar con tinta común los billetes, agregando seis ceros a cada uno para facilitar la logística del comercio diario, pues por unos meses fue necesario andar bolsas de billetes para pagar cualquier cosa. De la manera más simpática –o trágica- el tipo de cambio oficial seguía en 10 córdobas por dólar de manera que quienes estudiaron en INCAE con becas del Banco Central podían seguir comprando dólares al 10 por uno. Sé de alguien que aprovechando la situación le pagó al banco central el equivalente de 28 dólares al tipo de cambio de la calle para comprar los US$ 6000 al tipo de cambio oficial que adeudaba de su maestría.

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Nicaragua se empobreció a una velocidad asombrosa. Quienes nos hemos tomado la molestia de medirlo en términos del ingreso per cápita sabemos que el país volvió a los niveles de 1940, pues su productividad se desplomó totalmente. En un ambiente tal es imposible hacer proyecciones económicas y financieras o establecer precios y costos de bienes y servicios y por lo tanto toda inversión productiva nueva cesa. Las transacciones económicas se reducen al mínimo porque lo que uno tiene – adquirido a un valor X- es casi de seguro más valioso que lo que puedo adquirir con lo proveniente de su venta. El valor de las cosas se deshace en horas y días, ya no en años y lustros. La adquisición de bienes y servicios se reduce al mínimo necesario pues nadie sabe cómo valorar lo que no es indispensable. Uno de los ejemplos más dramáticos de la pérdida de valor de la moneda fue dado por el uso de las monedas -perforadas ya fuera con taladros o con martillos y cinceles- como arandelas y empaques en los clavos y tornillos usados para sostener láminas de techo, pues era más barato perforar y usar la moneda que tratar de comprar una verdadera arandela con ellas.

Por eso cuando empezaron a promulgarse en la región los programas de estabilización del FMI y luego los programas de ajuste estructural del Banco Mundial –aunque no se hayan dado cuenta nunca- contaron en mí con un entusiasta vendedor. Es claro que la estabilidad económica per sé no mejora la productividad ni crea riqueza, pero sin ella la realización de inversiones y transacciones comerciales disminuye, con lo que se erosiona la productividad de los activos existentes y se suspende la inversión en nuevas empresas y tecnologías. ¿Quién va a querer invertir en activos cuya productividad potencial estará limitada por una economía sin dinámica transaccional?

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En esa época fue cuando oí por primera vez la frase que luego sería repetida –por mí y por muchos otros en toda la región- para explicar la importancia de una economía en la que fuera posible para los empresarios y gobernantes proyectar la productividad de sus inversiones y activos: “la estabilidad de la economía es una condición necesaria más no suficiente del desarrollo económico.” La capacidad del ser humano para repetir sus errores no deja de asombrarme. Espero que cuando menos esta lección si haya sido aprendida para siempre. Su enunciado es sencillo. A veces su ejecución práctica no lo es tanto.

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S E I S

-1987-El sistema mundial de alimentos

Tal vez el curso más significativo que tomé en Harvard fue el que ofrecía el profesor C. Peter Timmer llamado “El Sistema Mundial de Alimentos”. Esperaba una clase con unos cuantos estudiantes. Para mi sorpresa, el curso se ofrecía en un auditorio con capacidad para 200 personas. No había una silla vacía. Conforme el curso empezó quedó claro el por qué de su popularidad: era verdaderamente excelente tanto en su entrega por parte del Prof. Timmer como en el alcance de su contenido que –además de teóricamente sólido- estaba ilustrado con casos reales de los sistemas de alimentos de naciones como Indonesia, China y Bangladesh. El curso trataba como ningún otro en la universidad los temas de pobreza –pobreza rural en particular- y lo hacía a un nivel que nos permitía a los estudiantes comprender a fondo cómo ésta se producía y cuáles eran sus consecuencias más directas e inmediatas.

Recuerdo que en mi examen final para obtener el grado doctoral Peter fue miembro del panel de profesores y una de sus preguntas para mí fue: “Si el presidente de su país le pidiera un reporte sobre el estado del sistema nacional de alimentación, ¿cuáles

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cada uno de ellos?” Después de llevar su curso la respuesta era obvia. El primer capítulo debía ser sobre nutrición de la población y una buena parte debía centrarse en la nutrición en las áreas rurales y en los sectores pobres, particularmente en niños, mujeres y ancianos quienes –según había aprendido en el curso- son particularmente vulnerables a la desnutrición. Esta es una parte de mis lecciones que nunca he olvidado: lo primero es el bienestar de la gente y sobre todo de los más vulnerables. Recuerdo una frase en uno de los libros de Peter, Getting Prices Right: “los pobres son especialmente propensos a la mala suerte”. Y en realidad lo son, el destino siempre parece ensañarse con quienes menos tienen…

De este curso recuerdo datos que hoy me parecen aun más alarmantes que cuando los vi por primera vez. Durante la gran hambruna mundial de 1973 a 1975 en que murieron en varias naciones más de 30 millones de personas (no contando los millones que deben haber muerto en una China que aun estaba completamente cerrada y de la que no se recibía información fidedigna) el sistema mundial de alimentos, sólo en granos básicos, produjo más de 140% de lo necesario para satisfacer las necesidades nutricionales de toda la población del planeta. No hubo escasez de alimentos. Pero sí hubo falta de voluntad para distribuirlos. Hubo egoísmo de quienes vieron los precios crecer desproporcionadamente conforme la escasez se establecía en las naciones que padecían de problemas de abastecimiento. Hubo intereses creados y corrupción a nivel de gobiernos que “explicaron” cómo distribuir los alimentos entre quienes sufrían llevaría a la quiebra sus economías nacionales y rurales. Las prioridades no siempre son las que uno espera y los criterios de decisión no siempre están en función del bienestar humano y menos aun del bienestar de los más pobres.

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Recuerdo de este curso también que por primera vez vi un diagrama que explicaba cómo el encarecimiento del petróleo y del gas -así como de otros insumos energéticos- amenazaba el sistema alimentario mundial por partida doble. Primero encarecía la producción y la distribución de alimentos al aumentar los costos de los agroquímicos, de la mecanización de la producción y de la logística de distribución. Luego profundizaba su impacto sobre la disponibilidad de alimentos al redirigir una parte de la producción a la producción de energía. El tema no era nuevo. Había dos instancias recientes en 1973 a 1975 y 1979 a 1981 en que el mundo había pasado por esta dinámica. Cuando la dinámica de la economía se magnificaba por un mal año climático –como las heladas en Brasil y Argentina en 1975 y 1977 y la mala temporada de monzones en 1973 y 1974- los precios de ciertos alimentos básicos podían alcanzar niveles exorbitantes. Este es un tema interesante en años en que el petróleo está alcanzando niveles de precios sin precedentes y en que el cambio climático global nos está llevando a nuevos extremos en términos de fenómenos climáticos inesperados y “fuera de temporada” y en que se clama en muchos foros por el uso de productos alimentarios para la producción de biocombustibles.

El Sistema Mundial de Alimentos, en combinación con alguna de la pobreza que me había tocado ver de primera mano durante mi corta vida como marinero en lugares como Calcuta, Davao y Alejandría, marcó mi vida para siempre. Una de las razones por las que para mí fue tan fácil tomar la decisión de quedarme en INCAE trabajando por el desarrollo social y económico de nuestros países es el hecho de que haya llevado este curso; haber comprendido que la producción y la economía son partes de un todo mucho mayor que se llama desarrollo humano y desarrollo

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social cuyo fin debe ser –siempre- el bienestar de las personas y sobre todo de aquellos que por condiciones totalmente fuera de su control son vulnerables al hambre y la pobreza y “propensos a la mala suerte”.

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S I E T E

-1988-Teoría versus práctica

Después de trabajar por cuatro años en INCAE, en Harvard tuve que enfrentarme con la realidad del mundo académico norteamericano. Las listas de lectura que recibía -a diferencia de los casos prácticos con que me había acostumbrado a estudiar y analizar empresas, sectores y países- consistían en colecciones de artículos estadísticos y econométricos sobre la relación teórica entre conjuntos de variables, lo mismo si el tema era mercadeo que si se trataba de desarrollo económico. Me sentí un poco intimidado por algunos compañeros de India y Korea para quienes aquellos artículos parecían tener todo el sentido del mundo. Yo por mi parte cometía siempre el mismo error o por lo menos eso me hacían sentir los profesores y compañeros. En vez de analizar si el modelo planteado era el correcto o no, trataba de encontrar cómo aquellos modelos podrían ser útiles para los empresarios o los gobiernos en sus procesos de toma de decisiones y para avanzar las causas del desarrollo. La excepción a este tipo de conflicto eran los cursos de la escuela de negocios que eran enseñados por el método de casos y en los que plantear soluciones siempre era deseable.

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Recuerdo por ejemplo en un seminario de historia de la administración sentirme ridiculizado por tratar de argumentar con ejemplos de casos empresariales por qué un modelo financiero planteado en la industria americana de ferrocarriles no me gustaba. Para mis compañeros y profesores mis participaciones eran anecdóticas y no probaban la validez de mis argumentos pues no tenían sustento estadístico. Al mismo tiempo, en las clases de Agribusiness de Ray Goldberg y de Country Analysis and Scenario Planning de Bruce Scott mis análisis eran elogiados y discutidos a fondo y con entusiasmo por profesores y estudiantes.

Retrospectivamente creo que mi enfoque y mi manera de ver estas cosas tiene raíces aun más profundas que INCAE. Cuando me formé como ingeniero naval tuve que tomar tres clases de termodinámica, clases de ciencias de los materiales y al menos siete cursos de cálculo, geometría analítica, probabilidad y estadística. Luego cuando trabajé como marinero. Cuando algo falló en alguno de los barcos en que navegué, tuve que repararlo directamente y sin mucha teoría. En medio del Pacífico no hay talleres de reparación de calderas o turbinas, ni se abastecen piezas y repuestos “a domicilio”. Aun en los puertos no hay tiempo para esperar reparaciones y repuestos externos pues el barco debe seguir su viaje. Tenerlo detenido es demasiado costoso. En los barcos se aprende a ser proactivo y directo, pues la responsabilidad por las personas, el equipo y la carga es de quienes están abordo. Es un mundo en miniatura –con su población, infraestructura, equipos, sistemas y economía- y con muchas restricciones con las que hay que aprender a convivir. Entiendo perfectamente la importancia de buena teoría, pues sería terrible tomar acciones sobre premisas equivocadas que

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–tarde o temprano- resultan aun más costosas para la sociedad y para el proceso de desarrollo. También entiendo que es necesario tomar decisiones y que con sólo modelos teóricos que en la práctica nunca se repiten exactamente pronto se caería en la parálisis total en cualquier área del quehacer humano.

Al principio de mi paso por Harvard me sentía como un pez fuera del agua, porque INCAE funciona más “como uno de mis barcos”, pues en el instituto se toman y recomiendan decisiones y acciones –bien fundamentadas en experiencia relevante y cuando corresponde en buena teoría- con mucho mayor frecuencia que en cualquier otra escuela de negocios o universidad que yo haya conocido. La excepción es Kings Point donde además de teoría le enseñan a cada cadete a manejar lancha, a manejar tornos y taladros de plataforma, a apagar incendios (literalmente), a usar soldadoras de arco y de acetileno, a reparar circuitos eléctricos (hoy seguramente microelectrónicos), a abrir, reparar y operar calderas, turbinas de vapor, motores diesel y mucho más, además de enseñarle las matemáticas, ciencias y tecnologías necesarias a nivel teórico. INCAE es un poco así, se enseña de manera sólida la teoría de las diferentes asignaturas y temas, pero se trata de formar más directamente al tomador de decisiones y al líder capaz de ejecutar lo decidido.

Con el tiempo me acomodé mejor a Harvard, aunque seguí enfocado sobre la forma de aplicar en la práctica todo lo que aprendía. Con frecuencia necesito ayuda de mis colegas en aspectos teóricos de economía, contabilidad, finanzas y algunos otros temas “técnicos”, pero casi siempre soy capaz de proponer una solución práctica a cualquier problema que enfrente la organización o uno de los gobiernos, sectores y empresas a

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los que INCAE apoya. Es muy frecuente que trate de convertir buena teoría –trato de leer lo necesario para mantenerme al día en los temas de importancia para el desarrollo- en esquemas sencillos para la toma de decisiones: marcos analíticos y marcos conceptuales útiles para ejecutivos públicos, privados y sin fines de lucro.

Un buen balance entre teoría y práctica es en lo que he llegado a creer. Sin buena teoría los errores que se cometen en nombre del desarrollo son siempre costosos y a veces dramáticos en su impacto sobre la sociedad. Pero la “parálisis por análisis” –la incapacidad de tomar decisiones prácticas que respondan a la realidad de un mundo que nunca se acomoda con exactitud a la teoría- es igualmente dañino. Hay un refrán –medio en broma- que dice “el que puede, puede y el que no…enseña”. En una región como la nuestra los académicos no se pueden dar el lujo de quedarse en la teoría pura, sino que deben ser relevantes para su medio como gestores –directos o indirectos- de las decisiones necesarias para seguir avanzando en el proceso de desarrollo. Los profesores de INCAE enseñan, pero también pueden…

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O C H O

-1989-La “Toma” de San Salvador

El 15 de noviembre de 1989 el entonces movimiento guerrillero izquierdista Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) hizo una “toma” armada de la ciudad de San Salvador. Desde la “toma” de Managua por parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional en julio de 1979 no se producía un hecho tan dramático en las guerras civiles que desafortunadamente seguían abatiendo la región centroamericana.

Yo había estado muchas veces en San Salvador. En 1986 fui a ayudar en algunas actividades relacionadas con el terremoto que sacudió la capital y desde entonces establecí una relación emotiva con la ciudad, el país y sobre todo con su gente. Los salvadoreños son gente esforzada, con un gran carácter empresarial, muy creativos y dedicados. Tienen la capacidad de ser abiertos y generosos como pocos pueblos que yo haya conocido. Siempre he admirado la fortaleza interna de los salvadoreños que en las situaciones más duras les permite seguir luchando y avanzando hacia sus sueños.

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el FMLN y en medio de la preocupación por las imágenes y voces de violencia que se transmitían por la televisión y la radio trataba de imaginarme qué podía hacer para ayudar. A pesar de la violencia y lo eficaz que fue la primera parte del ataque guerrillero, éste fue rápidamente repelido por el ejército y la policía para que todo volviera a la normalidad. Sin embargo era una normalidad tensa. Se habían dado -además de las muertes en batalla- ejecuciones sangrientas que de ninguna forma podrían ser justificadas ni explicadas. De hecho, algunas de ellas aun no han sido explicadas totalmente. Los dos bandos acusaron al otro de homicidas y –después de tantos años de guerra civil- posiblemente ambos eran culpables de lo que se les acusaba. Me preguntaba si sería posible para la ciudad volver a la normalidad. Unos meses después oí a un diplomático salvadoreño tratar de explicar que el FMLN no quería realmente tomar San Salvador porque sabían que era insostenible para ellos, sino que había querido mostrar fuerza para establecer una posición más fuerte para iniciar las negociaciones de paz. Increíbles las cosas que somos capaces de hacer los seres humanos. Tomar y sacrificar vidas para establecer una posición negociadora. No sé francamente si la explicación tiene mérito, pero el solo hecho de que se considere como un factor de análisis es para mí espeluznante.

Para mí la toma de San Salvador marcó una época en Centroamérica. En un sentido fue la última gran batalla de las guerras civiles de las décadas en que los centroamericanos vivimos una de las partes más calientes de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética y Cuba. No se malentienda. Sé que hubo después en El Salvador y Guatemala muchos muertos hasta que se lograra la firma de los respectivos

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acuerdos de paz en 1993 y 1996, pero la toma de San Salvador quedó en mí como una marca de lo que nunca debe volver a ocurrir.

Desde entonces la paz dejó de ser un concepto abstracto y una situación que tomaba por garantizada. Antes de la toma de San Salvador mi único contacto con los movimientos guerrilleros había sido en los pueblos al norte de Santa Cruz del Quiché, en Guatemala, donde fui enviado por INCAE a escribir casos de desarrollo comunal a finales de 1982, mientras el gobierno de Ríos Montt armaba los pueblos para que le ayudaran a combatir la guerrilla a cambio de alimentos y cometía atrocidades en contra de guerrilleros y campesinos por igual. Aunque oí disparos y me tocó pasar una noche en un lugar inesperado cuando la guerrilla voló un pequeño puente, la verdad es que nunca hasta el 15 de noviembre de 1989 pensé que la violencia pudiera alcanzarnos a todos si no acabábamos con ella primero.

Mi gran lección de 1989 es el valor incalculable de la paz. A partir de entonces valoro aun más la gesta heroica de José Figueres Ferrer –no sólo de preservar la democracia en Costa Rica- sino de abolir el ejército nacional de un solo golpe en diciembre de 1948. Valoro más el impulso que le dio el Presidente Arias en 1987 al proceso de pacificación de Centroamérica, los acuerdos de paz logrados en El Salvador durante el gobierno de Alfredo Cristiani y en Guatemala durante el gobierno de Alvaro Arzú. Valoro la abolición del ejército de Panamá mediante un proceso que inició en 1992 y se completó en 1994, gracias al entonces Presidente Guillermo Endara, sin duda su más grande contribución al futuro de su nación.

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estabilidad económica. Pues bien, un requisito previo aun a la estabilidad económica es la paz. Sin ella el proceso de desarrollo se convierte en un objetivo secundario.

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